12 feb 2008

Fort Vaux (I)


Perspectiva de uno de los pasillos de Fort Vaux


7 feb 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace 1916-1918 (4)

Viene de: R.W. Iley: memorias de un enlace 1916-1918 (3)

Mientras esperábamos el ataque, el sargento mayor me envió a por agua. La encontré juntamente con un poco de whisky, volví con los restos. Justo a la vuelta ví que el enemigo se aproximaba por una colina que estaba a unos quinientos metros más allá. Avanzaban en formación abierta y se estaban agrupando en el espacio vacio donde antes había estado nuestro campamento.Nos mantuvimos en firmes en nuestros puestos a pesar de que los proyectiles pasaban a ras de nuestras cabezas, hasta que de forma súbita, un regimiento de caballería cargó contra nuestras posiciones. Fue una experiencia nueva, mi corazón saltaba dentro del pecho. Disparamos rápidamente y los barrimos, disparamos también a los jinetes caídos que intentaban retirarse arrastrándose. Después de un instante de calma, nos atacó más caballería pero por la derecha. A todo esto, un tanque de los nuestros apareció de la nada y juntamente con nuestras ametralladoras los frenamos.
Al llegar el ocaso enviamos una patrulla de reconocimiento. Nunca volvieron. Se envió una segunda patrulla compuesta por un mayor borracho y yo. Vagabundeamos sin rumbo cuando de repente, a lejos, apareció una luz en la ventana de una cabaña. El mayor me ordenó apagarla. En la oscuridad, apunté mi rifle hacia el punto de luz y disparé. La luz desapareció, sospecho que abatí un alemán fumando un cigarrillo. A la vuelta, el mayor fanfarroneaba entre los compañeros de que yo era el mejor tirador del ejército británico. Más tarde se nos ordenó retirarnos a una nueva linea, unos 12 kilómetros atrás donde se había de frenar al enemigo. Nos situamos justo detrás de Ypres. Allí tuve el privilegio de poder instruir los primeros enlaces americanos que llegaron al frente. De camino al frente, nos pusimos a dormir en un cabaña, cuando de repente me sentí un terrible miedo y se lo comuniqué a los otros. Se rieron de mi. Me levanté y me vestí y justo cuando salí, cayó un obús en la cabaña. Encendimos unas velas como pudimos y encontramos – en la otra parte del habitáculo – dos enfermeros. Uno de ellos estaba hecho literalmente pedazos y su compañero estaba herido. En la habitación del otro lado, el asistente del coronel estaba muerto y en la cabaña contigua había numerosos muertos y heridos. El enfermero herido agonizó con una dignidad admirable. Fumando un cigarrillo, les comentó a sus colegas que ayudasen a aquellos que pudiesen vivir. Murió en la ambulancia, de camino al hospital. Después de todo el trasiego, comprobé que mi casco tenía una pequeña hendidura, que tenía una pieza de shrapnel en mi toalla y que nuestra cabaña estaba destrozada pero yo misteriosamente estaba ileso. Poco después, los aliados iniciamos el contraataque que acabaría con la guerra. Mantuvimos a raya al ejército alemán hasta su retirada, mientras escuchábamos los primeros rumores de armisticio. La mañana del 11 de noviembre de 1918 estaba con una sección en el frente y teníamos órdenes de hostigar a los alemanes hasta que las hostilidades cesasen. A las once paramos, tomé una estamina y nuestra casera asombrada gritó La guerre est finis y nos ofreció cerveza. Al día siguiente, para comprobar la retirada los seguimos y en el camino, encontramos soldados aliados que liberados de su captiverio volvían a sus líneas, muchos murieron por el camino de regreso.

Caporal Robert William Iley, alistado en el 21º Batallón de los King's Royal Rifle Corps (Yeoman Rifles) el 20 de noviembre de 1915. Transferido al 41º Batallón del Cuerpo de Ametralladoras el 19 de marzo de 1918. Herido el 20 de septiembre de 1917. Condecorado con la Military medal en junio de 1917. Mencionado en los despachos de Sir Douglas Haig en abril de 1917. Desmobilizado en enero de 1919.

5 feb 2008

Wilfred Owen (1893-1918)


Wilfred Owen (1893-1918)


Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of five-nines that dropped behind.

GAS! Gas! Quick, boys!-- An ecstasy of fumbling,
Fitting the clumsy helmets just in time;
But someone still was yelling out and stumbling
And floundering like a man in fire or lime.--
Dim, through the misty panes and thick green light
As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams, before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil's sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,--
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

4 feb 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (3)

Sentí como si una piedra hubiese golpeado mi pierna: dos balas habían atravesado mi muslo, la herida no era mortal. Otras balas atravesaron mi uniforme pero milagrosamente no me alcanzó ninguna. Tendido en el suelo, oí que habían herido gravemente al coronel y que la otra sección había logrado capturar el nido mientras les servíamos de cobertura. Volví un trecho por mi propio pie a la trinchera, hasta que decidí descansar en recodo y caí dormido. Me despertaron unos golpes en el hombro: era un soldado alemán. Asustado y sorprendido, pensé que me habían capturado, pero en realidad era él el prisionero. Me ayudó a volver a la retaguardia durante tres millas por la ruta principal. Al llegar reposé un momento y cuando iba a agradecérselo ya había desaparecido.
Después de pasar por el hospital de campaña y el Whalley range hospital, fui enviado al pabellón Seaham a apenas una milla de mi hogar, en Inglaterra. Después de dos semanas de dulce reposo, me destinaron al depósito de los King's Royal Rifles en Tipperary. El ambiente se podía cortar, parecía que las hostilidades fuesen entre las tropas inglesas e irlandesas. Afortunadamente, fue una breve estancia, luego marché a Sheerness para un curso de entreno antes de volver al servicio activo en Francia con los Yeoman Rifles en enero de 1918.
En Francia, los Yeoman Rifles, fuimos desperdigados en otras divisiones y unidades lo cual nos provocó una terrible tristeza. Algunos de nosotros fuimos transferidos al Cuerpo de ametralladoras.
El 21 de marzo de 1918 comenzó la ofensiva alemana lo que provocó que tuviésemos que retirarnos a la línea Achiet-le-Grand. Yo conservé mis atribuciones como enlace y fui enviado al cuartel general del batallón. Allí nos llegaron notícias de que el frente había colapsado. Al instante nos ordenaron partir hacia el frente y hacer un informe de las posiciones enemigas. Para la misión, el oficial al mando nos dio un revólver como precaución, exhortándonos a disparar a cinco alemanes antes de dispararnos un tiro a la cabeza. Como previa a la misión nos dio un trago de whisky y recibimos el apoyo de nuestros compañeros como si fuese la última vez que nos fuésemos a ver.
Nuestro viaje comenzó tranquilo, los obuses caían muy intermitentemente y todo estaba más o menos tranquilo. De repente comenzamos a ver formas y figuras borrosas, luego un tanque, y luego más tropas hasta que nos dimos cuentas que eran tropas británicas en retirada. El oficial del tanque que avistamos no nos quiso informar de nada, debió suponer que éramos espías. De vuelta, llegamos a un bosque donde estaban algunas de las compañías de ametralladoras.
La conclusión era la que las cosas iban muy mal.
Aunque ahora estaban tranquilas, las tropas en el frente habían sufrido muchísimo y el cuartel general de la brigada necesitaba de trincheras de cobertura, para instalar a las tropas en retirada. Toda esa información la obtuvimos porque habíamos sido bombardeados sin compasión retornando. A la vuelta, encontramos nuestro campamento desierto y sin rastro de nuestro equipo. Parecía que nuestro cuartel general había partido precipitadamente. No demoramos nuestra partida, teníamos que encontrar cuanto antes a nuestra unidad. Finalmente los encontramos en una trinchera, no muy lejos. El oficial al mando al oír nuestro informe nos felicitó y nos dio orden de descansar. Pero como nos temimos, la pausa fue breve, nos enviaron al cuartel general de la división con un mensaje. Cuando volvíamos a nuestras posiciones, vimos al ejército en franca retirada, artillería, vehículos y el grueso de las tropas volvían a la retaguardia. Se decía que la retirada estaba acorde con los planes, pero en ese momento pensamos que la guerra se había perdido. Cuando volvimos a nuestra trinchera, todo estaba tranquilo, no había ni nada ni nadie.

1 feb 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (2)

Viene de: R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (1)

La situación me paralizó recorriéndome un escalofrío por todo el cuerpo, pero los alemanes se quedaron aún más sorprendidos, de forma que todos echaron a correr. Todos menos uno que levantó los brazos y gritó: "Mercy, kamerad". Lo cogí como prisionero hasta el lugar en que encontré al general. Fue allí donde oí que Lord Feversham había caído. El cuerpo de nuestro coronel fue recuperado un mes después por una partida de hombres entre los que me encontraba. El 7 de octubre de 1916 reanudamos nuestro ataque en el Somme, en el que continué realizando misiones como mensajero-enlace. Nuestra línea del frente estaban muy mal excavadas, y las trincheras apenas tenían suficiente profundidad para hacerlas útiles. Debido a esto, el comandante en jefe me dio la siguiente orden: "No hay espacio para pasar por las trincheras, deberá ir por arriba. Lo más probable es que lo maten, pero debe hacerlo". Cuando volví de la misión, fui recibido con vivas y vítores, del tipo: "Hurra Iley, estás vivo". No hubo tiempo para la alegría, tuve que llevar una misiva a la izquierda de nuestra posición. Otra vez tuve suerte, la verdad es que volé.

Ese día sufrimos duras perdidas, una nueva remesa de treinta hombres venidos directamente desde Inglaterra fueron aniquilados uno o dos días después de haberse incorporado.
Cuando se nos ordenó trasladarnos de sector, acompañé al nuevo oficial al mando hasta nuestro batallón. Me preguntó sobre nuestra posición y le respondí que era un sector tranquilo pero que ya habíamos llenado un cementerio e íbamos camino del segundo. El asistente del coronel me contó lo mucho que se había divertido mi narración. El coronel había recibido la DSO en Gallipoli y ya estaba acostumbrado a bregar en situaciones difíciles. Una noche de cerrada oscuridad, dos de nosotros tuvimos que abandonar nuestra ruta habitual debido al fuego artillero. De repente, un centinela nos advirtió que nos tirásemos al suelo, y al hacerlo varios cañones dispararon justo por encima de nuestras cabezas. Curiosamente, meses más tarde, en el hospital Seaham oí a un artillero relatar una historia sobre una noche en que dos soldados de infantería estuvieron a punto de perder la cabeza por el fuego bajo de unas baterías. Interesado por el relato le pedí que me dijese cuando y donde tuvo lugar el hecho. Por los datos que me proporcionó descubrí que había sido aquella noche en que casi perdemos nuestras cabezas, al explicárselo, éste, se quedó estupefacto. El 7 de junio de 1917, durante el ataque a Messines, en el fragor de las explosiones de las minas, sugerí al oficial que me acompañaba que estábamos avanzando demasiado aprisa y que perderíamos el contacto con el coronel, así pues decidimos sentarnos en un cráter a esperar que el Cuartel general nos alcanzase.
En la espera, un sargento, viéndonos sentados en el cráter y sin reparar en el oficial, nos gritó: "Moveros, malditos cobardes". De repente, se percató en la pistola del oficial y prosiguió su camino sin decir nada más.
Cuando nos movilizaron para la 3a batalla de Ypres, tuve que guiar una partida de soldados. Ese jornada fue muy dura. El enemigo conocía las intenciones del ejército británico de atacar, por eso no cesó en bombardear duramente con gas y shrapnels todas las rutas que llevaban al frente. La partida de hombres que yo guiaba fue la última en moverse, los llevé por una ruta que no había tomado nadie hasta el momento. Con las máscaras abtigás puestas durante la mayor parte del trayecto, fuimos tirándonos en las cunetas y refugios para protegernos del violento bombardeo enemigo. Justo cuando cruzábamos el canal de Yser, cayó un obús, pero afortunadamente salimos ilesos y llegamos a nuestro destino sin un rasguño. Me sentí enormemente feliz cuando esos hombres me felicitaron y estrecharon la mano en agradecimiento. Otras partidas registraron bajas y perdieron muchos hombres.A las cinco de madrugada del 5 de septiembre de 1917 nuestra división atacó Tower Hamlets bridge en Passchendaele. Estuve con el coronel hasta la hora cero, éste realizó la cuenta atrás con los dedos. Saltamos de la trinchera y nos encontramos con una resistencia durísima procedente de unas estructuras de hormigón que nuestra artillería no había logrado destruir. Las ametralladoras alemanas barrían nuestras líneas, pero a pesar de ello el coronel ordenó avanzar a nuestra sección con el objetivo de eliminar la amenaza que suponía ese nido de ametralladora. Fuimos directos hacia allí, entonces los alemanes lanzaron una bomba incendiaria y nos barrieron con fuego de ametralladora. De una sección de diez hombres, cinco murieron y cuatro cayeron heridos.

30 ene 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (1)

En noviembre de 1915, fui uno de los seleccionados por el coronel Lord F. para formar parte de los Yeoman Riflesen Hemsley Park. En enero de 1916 el batallón fue enviado a Aldershot para llevar a cabo nuestro entrenamiento. Allí se pidieron corredores de enlace o enlaces y acepté de forma voluntaria.
Después de una marcha terrible, en las que algunos compañeros morirían, y de la visita de su Majestad el Rey nos fueron distribuidos y entregados nuestros discos de identidad y aprovisionamientos. Nos embarcamos hacia Francia el 4 de mayo de 1916. En el continente, en la zona de Meteren recibimos un último entrenamiento antes de partir hacia el frente en Ploegsteert. Allí tuvimos nuestro bautismo de fuego el primer día que llegamos a las trincheras; un pelotón de la compañía A fue prácticamente aniquilado durante la inspección del armamento. Yo mismo ayudé a llevar a algunos de nuestros primeros muertos al hospital de campaña.
Nos adaptamos pronto a la cotidianeidad de la vida en las trincheras, como si fuese la mejor de las existencias e intentábamos pasarlo lo mejor posible. Una noche, una de nuestras baterías de 18 libras rompió la calma tensa con un martilleo regular. Cansados y con enormes ganas de dormir maldecimos a nuestros propios artilleros. El enemigo respondió sobre el cuartel general de nuestro batallón. Debido a la certera puntería de la artillería alemana se ordenó retirada, pero cuatro de nosotros quedamos bloqueados, ya que un obús había taponado nuestro abrigo. El resto de abrigos también habían sido destruidos. Estuvimos durante un largo tiempo cubiertos de escombros y humo. Hasta la mañana siguiente no fuimos rescatados, estábamos ilesos ya que el proyectil estaba defectuoso y fue a incrustarse en medio de una de las bigas que soportaban nuestro abrigo. Esa noche tres jugamos a cartas, mientras el cuarto rezaba.
Un día yendo en bicicletas a través de unas pasarelas, dos de nosotros oimos el silbido de un obus acercarse. Mi compañero, de un salto, se lanzó dentro de una trinchera. Por mi parte, pedaleé estúpidamente mucho más rápido para alejarme, pero la onda expansiva me lanzó contra un árbol; milagrosamente me levanté sin un rasguño. Mi compañero no tuvo tanta suerte, la trinchera se inundó totalmente.
En agosto de 1916 fuimos destinados a la zona del Somme. Los enlaces a los que íbamos a relevar nos preguntaron si ya habíamos estado en el Somme, a lo que nosotros respondimos que hasta ahora habíamos estado en Ploegsteert. Sorprendidos nos dijeron: "Y eso es ser soldados? Mueren más aquí en un solo día que allí en todo un año". A pesar de que tuvimos algunas bajas en Ploegsteert, nos dimos cuenta que el tiempo que pasamos allí fue un periodo de aprendizaje para acontecimientos futuros. En Ploegsteert, a pesar de los contínuos obuses y del traqueteo de las ametralladoras, a la hora del atardecer oíamos el sonido de los pájaros; en el Somme todo era oscuro y por doquier había ese nausebunda podredumbre.
En la mañana del 5 de septiembre de 1916, nuestra división, acompañada de los tanques - que serían usados por primera vez-, atacamos en el Somme. Yo permanecí en la retaguardia, en el Cuartel general. Poco después que comenzase el ataque acompañé al general de brigada hasta nuestro batallón, a través del Bois de Delville. El batallón sostenía firmemente el empuje alemán, a pesar de las cuantiosas bajas, sin posibilidad además de relevo.
El general de brigada, después de reunirse con el coronel, me dio un despacho para el Cuartel general, con la orden de ir lo más rápido posible, sin parar por nada ni por nadie y de volver lo más pronto posible, aunque oyese o me ordenasen lo contrario.
Estas órdenes me excitaron de gran manera. Volví a entrar en el Bois Delville y de repente oí un terrible lamento de un tommy herido: "Por el amor de Dios, ayúdame". Me desvié y lo levanté, en ese momento di con un soldado alemán herido que había, presuntamente, disparado al tommy y a otros compañeros. El tommy herido me pidió que cazase al Fritz, pero recordando las órdenes, eché otra vez a correr. De vuelta del Cuartel general, encontré muerto al Fritz.
Cerca de la trinchera donde dejé al general me dijeron que era imposible avanzar más, los alemanes habían recapturado las trincheras. Atento a las últimas advertencias del general sobre hacer caso omiso a cualquier contraorden, seguí corriendo y salté a la trinchera en medio de un grupo de soldados alemanes


Continua en: R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (2)

29 ene 2008

La Vida de los mártires de Georges Duhamel (2)


Fotograma de la película La Chambre des officiers


Otro fragmento frapante de La Vida de los mártires de Georges Duhamel.

Auger se prepara a poner al día su "cuaderno". Es un grueso libro que le han regalado, sobre el que anota las cosa importantes de su vida...
Auger tiene una letra redonda de colegial. Bueno, sabe escribir lo estrictamente necesario para sus necesidades, estaba por decir para su diversión.
- ¿Quiere usted ver mi cuaderno?-dice
Me lo tiende con el ademán de un hombre que no tiene secretos.
Auger recibe muchas cartas, y las copia cuidadosamente, sobre todo cuando son bonitas e inspiradas por generosos sentimientos. Su teniente, por ejemplo, le ha escrito una carta muy notable.
También copia en su cuaderno las cartas que escribe él a su mujer y a su nena. Luego figuran en el libro los hechos del día: "Cura, a las diez de la mañana. Tengo menos pus... Después de la sopa, visita de la señora Princesa Moreau, que reparte gorros a todos; a mí me ha tocado uno verde magnífico. Aquel hombre bajito, que tenía tan mal el vientre, ha muerto a las dos..."
Auger vuelve a cerrar su cuaderno y lo mete bajo la almohada. Tiene una cara que no se puede mirar sin satisfacción. Su tez es viva y cálida; el cabello abundante y un poco rizado; un bigote de adolescente, una barbilla bien afeitada y dividida por un hoyito rebosante de alegría; unos ojos que parecen contemplar un paisaje riente, con arroyos y sol.
-Sigo bien-me dice con tranquila satisfacción-. ¿Quiere ver a usted a Marieta?
Levanta la sábana y me enseña el aparato en que hemos colocado el muñón de su pierna. Parece una gorda "muñeca" blanca, que él coge, riendo, con las dos manos, y a la que ha dado el nombre familiar de Marieta.
Auger era ingeniero zapador. Un obús le partió un muslo y le arrancó el pie. El pie le colgaba aún por una tira de carne; Auger sacó una navaja y acabó de desprender el pie. Luego dijo a sus compañeros, que se habían puesto verdes de horror:
-¡Bueno, amigos! ¡Esto ya está listo! No se ha perdido gran cosa. A ver si podéis llevarme un poco hacia atrás.
-¿Sufrías mucho?-le pregunté.
-Pues mire usted, señor, menos de lo que creer. Sinceramente, no me dolía muchísimo, muchísimo. Después, ¡qué demonio!, claro que vino el dolor...
Y yo comprendo por qué gusta Auger: es que tranquiliza. Viéndole, escuchándole, parece que el sufrimiento no es cosa tan terrible...
Los que viven lejos del campo de batalla y visitan los hospitales para tomar un poco el aire de la guerra, contemplan a Auger y regresan contentos de todo: de los acontecimientos, de él, de sí mismos; deducen que el país está bien defendido; que los soldados son bravos, y que las heridas, las mutilaciones, son, desde luego, cosas serias, pero soportables.

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