29 ene. 2008

La Vida de los mártires de Georges Duhamel (2)


Fotograma de la película La Chambre des officiers


Otro fragmento frapante de La Vida de los mártires de Georges Duhamel.

Auger se prepara a poner al día su "cuaderno". Es un grueso libro que le han regalado, sobre el que anota las cosa importantes de su vida...
Auger tiene una letra redonda de colegial. Bueno, sabe escribir lo estrictamente necesario para sus necesidades, estaba por decir para su diversión.
- ¿Quiere usted ver mi cuaderno?-dice
Me lo tiende con el ademán de un hombre que no tiene secretos.
Auger recibe muchas cartas, y las copia cuidadosamente, sobre todo cuando son bonitas e inspiradas por generosos sentimientos. Su teniente, por ejemplo, le ha escrito una carta muy notable.
También copia en su cuaderno las cartas que escribe él a su mujer y a su nena. Luego figuran en el libro los hechos del día: "Cura, a las diez de la mañana. Tengo menos pus... Después de la sopa, visita de la señora Princesa Moreau, que reparte gorros a todos; a mí me ha tocado uno verde magnífico. Aquel hombre bajito, que tenía tan mal el vientre, ha muerto a las dos..."
Auger vuelve a cerrar su cuaderno y lo mete bajo la almohada. Tiene una cara que no se puede mirar sin satisfacción. Su tez es viva y cálida; el cabello abundante y un poco rizado; un bigote de adolescente, una barbilla bien afeitada y dividida por un hoyito rebosante de alegría; unos ojos que parecen contemplar un paisaje riente, con arroyos y sol.
-Sigo bien-me dice con tranquila satisfacción-. ¿Quiere ver a usted a Marieta?
Levanta la sábana y me enseña el aparato en que hemos colocado el muñón de su pierna. Parece una gorda "muñeca" blanca, que él coge, riendo, con las dos manos, y a la que ha dado el nombre familiar de Marieta.
Auger era ingeniero zapador. Un obús le partió un muslo y le arrancó el pie. El pie le colgaba aún por una tira de carne; Auger sacó una navaja y acabó de desprender el pie. Luego dijo a sus compañeros, que se habían puesto verdes de horror:
-¡Bueno, amigos! ¡Esto ya está listo! No se ha perdido gran cosa. A ver si podéis llevarme un poco hacia atrás.
-¿Sufrías mucho?-le pregunté.
-Pues mire usted, señor, menos de lo que creer. Sinceramente, no me dolía muchísimo, muchísimo. Después, ¡qué demonio!, claro que vino el dolor...
Y yo comprendo por qué gusta Auger: es que tranquiliza. Viéndole, escuchándole, parece que el sufrimiento no es cosa tan terrible...
Los que viven lejos del campo de batalla y visitan los hospitales para tomar un poco el aire de la guerra, contemplan a Auger y regresan contentos de todo: de los acontecimientos, de él, de sí mismos; deducen que el país está bien defendido; que los soldados son bravos, y que las heridas, las mutilaciones, son, desde luego, cosas serias, pero soportables.

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