16 abr. 2009

El Miedo (La Peur), G. Chevallier


Lo confieso: la etiqueta de obra maestra ninguneada sobre la Gran Guerra me empujó a comprarla. En la faja del libro rezaba su excepcionalidad como gran testimonio sepultado. Al lado de los Barbusses, Dorgelés y cia., la obra de Chevallier había sido olvidada. Después intuí porqué. Lo comencé a leer con ansia. Las páginas volaban y las máximas surgían. La fragilidad de la vida se mezclaba con la estéril lucha por escapar al ignoto destino. La historia comenzó un caluroso día de agosto. El protagonista se vió envuelto en la vorágine de la movilización. - La guerra, la guerra !!! gritabann las masas acaloradas. Chevallier afina con la ambientación de un París que me recuerda demasiado al de los primeros pasajes de Le Voyage au bout de la nuit de Celine. El personaje es arrastrado por la estúpida e insconsciente alegría de las masas sedientas de sangre. Primera de las muchas andanadas contra una sociedad francesa ciega de ignorancia ante el conflicto. Esta extrema beligerancia contra la sociedad del momento, le costaron al autor muchas críticas. Tanto que en 1939 autor y editor, de mútuo acuerdo, decidieron dejar la obra en las prensas. Los vientos de guerra soplaban y de qué manera. Se editó por primera vez en 1930, y a pesar de las críticas, la obra se vendía bien.
Vuelta al agosto de 1914. Tallado, pesado y uniformado, el protagonista es enviado al infierno de la instrucción. La instrucción lo sumerge en la triste y estúpida realidad del mundo militar, como él lo describió. Segundo blanco de sus críticas, éstas las más feroces. En pocas páginas, el autor realiza un variopinto collage de personajes y situaciones que sitúan al lector ante un espectáculo cuanto menos dantesco y ridículo. La descripción es excelente tanto en la forma como en el fondo. La realidad de l'Armée es ensombrecedora y taciturna. El autor sitúa esta sacra institución francesa en una posición difícilmente defendible. Largas e inútiles marchas, mala alimentación y un largo etcétera de vicisitudes jalonan los primeros pasos del protagonista en la guerra. Después de un fallido intento por optar a un ascenso a caporal, Jean - así se llama el altergo de Chevallier - se sumerge irremediablemente en el universo poilu. Su corta, aunque prometedora formación - tiene diecinueve años - le permiten optar a otros puestos dentro del magma militar. El primero de los que desempeñará es el de granadero, a pesar de confesar a su mando de que no sabe como funciona semejante chisme es puesto en primera línea de combate. Ahí vivirá su primero miedo. Un miedo aterrador, sobretodo al cómo morir, cómo quedará su cuerpo: será troceado por la metralla? qué miembro perderá primero? quedará en una postura ridícula?? Estos y otras cuestiones macábras atormentan al soldado. Con una fina ironía, nos relata su primer salto de trinchera. Kafkiano. El primer ataque marcará su porvenir en la guerra. Y hasta puedo leer...

Chevallier describe con una grave y fina ironía su experiencia: momentos especialmente crudos se alternan con pasajes literalmente hilarantes, en los que el lector ríe a carcajada limpia. Predominan, sin embargo, los episodios especialmente crueles. La pluma del autor es un bisturí que hurga en las entrañas de la guerra buscando NADA. Sólo encuentra la personificación del miedo en los miles y millones de combatientes que murieron y padecieron en ese horror que fue la Primera Guerra Mundial. Chevallier no cae en la misantropía extrema de Barbusse. Dedica breves y duras puyas al stablishment y a la estupidez generalizada, pero rescata al hombre sencillo. A ese hombre que los de arriba han situado como una marioneta en un teatro de muerte.

Merece y mucho.

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