2 jul. 2009

Casco Adrian (modèle 1915)


El estallido de la Gran Guerra no sorprendió a los Estados mayores de los diferentes ejércitos, ni tampoco a las cancillerías o diplomacias de las potencias en lucha, pero a buen seguro sí lo hizo con los responsables de los ejércitos contendientes. Los más desprevenidos quizás fueron los de l'Armée française. En agosto de 1914, los soldados franceses marcharon a la guerra entre vítores y marchas pero sus uniformes eran prácticamente los mismos que usaron sus abuelos durante las guerras napoléonicas casi un siglo antes. Los uniformes de color azul marino y rojo escarlata resultaban del todo obsoletos para el nuevo tipo de guerra que se avecinaba.
La guerra corta se alargó, y la Navidad se pasó en los gélidos frentes del este y oeste europeo. Las trincheras se convirtieron en incómodas moradas, pero esto era sólo el principio de una pesadilla de cuatro interminables años. Había nacido la guerra industrial. La cesura de la modernidad fue implacable. La Humanidad se dió de bruces con su propio Leviathan. En términos militares, las antiguallas fueron superadas por los signos de los tiempos: y el viejo képis azul con ribetes rojos sucumbió por su propio peso. Su presencia en el campo de batalla era hilarante, casi ridícula en un conflicto donde la artillería y su mortífera eficiencia marcaban los tempos de una sinfonía de violencia. Los uniformes de l'Armée y sus guapos soldaditos eran lindos de ver en un desfile, pero para nada más. El estancamiento fue un aviso y la guerra de posiciones dió paso al infierno de la zanja y la trinchera. La miseria de la guerra subía un peldaño más. Las cargas de caballería dejaron paso a la destrucción masiva a cargo de la artillería pesada, y los efectos no se hicieron esperar: las bajas en las ejércitos augmentaron de forma exponencial. Los inhumanos destrozos que producían la artillería y sus diabólicos inventos eran estremecedores. Según cálculos expertos, cerca de tres cuartas partes de las bajas eran producidas por lesiones o heridas en la cabeza. Nueve de cada diez heridos en la cabeza morían. Se imponía un reflexión: cualquier esquirla o trozo de metralla, o incluso, cualquier pedazo de tierra o piedra podía tener efectos funestos si alcanzaba alguna parte de la cabeza desprotegida o cubierta con un simple képis de ropa. A muy poca distancia se podía decir lo mismo del débil pickelhause alemán.
El tema se puso sobre la mesa y una de las primeras conclusiones a las que llegó el Alto Estado mayor francés, a parte de las escasez de proyectiles, fue la de cubrir la cabeza de sus soldados de una forma más segura y eficaz. Uno de las encargados de llevar a cabo el estudio, Louis Auguste Adrian, director de l'Intendance au Ministère de la guerre francés propuso una solución al problema. La primera de sus iniciativas consistió en idear y fabricar una pequeña coraza metálica de forma ovalada. El prototipo de casco tenía unos 0,5 mm de espesor e iba situado por debajo del képis. Esta protección cubría la parte superior del cráneo hasta la altura de las sienes. Su inventor la bautizó con el ocurrente nombre de cervelière, aunque fue conocido también como la Bourguinotte Adrian. De este artefacto se acabaron fabricando unas 700.000 unidades. Los resultados, sin embargo, no fueron los esperados. En febrero de 1915, el Alto Mando se propuso encontrar la solución definitiva. Aprovechando las ideas y avances de Adrian, se decidió estudiar la fabricación e implantación de un casco metálico.
Adrian mejoró sus diseños en forma de una protección más completa y envolvente. Tambien hubo otras opciones o trabajos como el proyecto Detaille o la Batterie de Vincennes, pero su diseño fue el elegido para equipar a las tropas francesas. A parte de cuestiones ergonómicas, Adrian pensó en los procesos de producción con el fin de facilitar al máximo la fabricación en tiempos de guerra, para ello contó con la ayuda de Louis Kuhn, jefe de producción de la fábrica de Japy. Se calcula que su coste en moneda de la época era de unos cinco o seis francos de 1915. Las primeras unidades del casco Adrian salieron de la fábrica de Japy en abril de 1915. No fue hasta junio que Adrian lo presentó en sociedad. El casco Adrian recibió la bendición y se ordenó la fabricación de más de millón y medio de unidades para ese mismo junio, pero no fue hasta inicios de otoño que se distribuyeron masivamente. El primer año se fabricaron más de siete millones. Aunque se trataba de un casco ciertamente endeble, un grosor de plancha de acero de 0,7 milimetros y peso medio de 700 gramos, el Adrian modèle 1915 tuvo tal éxito que diversas naciones pidieron a Francia unidades para sus respectivos ejércitos.
El casco Adrian, modèle 1915, estaba compuesto de cuatro piezas. En la parte superior del casco (bóveda) iba fijada una cresta (cimera) metálica a través de cuatro remaches. Debajo de la cimera iban situadas unas ranuras de aireación. La visera, parte delantera, y el cubrenucas, parte posterior, se unían por soldadura de puntos o por remaches, dependiendo de la fecha de fabricación. La unión de ambas piezas evolucionó durante la guerra. Durante el año 1915 se unían mediante soldadura, pero después se unían mediante dos remaches superpuestos en los flancos del casco. En la parte delantera de la bóveda, encima de la visera, se colocaba la insigna del cuerpo a la que pertenecía el soldado. En los primeros tiempos iba pintada pero luego se sustituyó por una insignia metálica. Cada cuerpo de l'Armée tenía su propio distintivo en el casco. Los primeros cascos fueron destinados a los cuerpos de infantería e ingenieros. No fue hasta 1916 que se crearon las insignias para la artillería, las tropas coloniales, las africanas, las de los chasseurs o cazadores y el servicio sanitario. Cada uno de estos cuerpos llevaba una insignia distintiva. Incluso la gendarmería acabó teniendo una propia. La guarnición (forro o interior) del casco tuvo dos variantes. La más primitiva, consistía en un forro de cuero segmentado en siete lenguetas unidas por una correa igualmente de piel. El forro iba fijado al casco mediante ocho enganches o grapas metálicas y aislado del casco por un aluminio ondulado. El segundo tipo de guarnición varió del primero en su composición ya que eran siete pedazos de piel unidos mediante un hilo, pero que no formaban un todo uniforme sino que iban enganchados a la parte metálica del casco mediante grapas. El ahorro en piel estaba detrás de este nuevo diseño. El color de la guarnición también varió de un modelo a otro. El barboquejo sufrió modificaciones, aunque menores. Se trataba de una simple tira de piel de caballo (evitaba la deformación por la humedad) que iba asida a dos presillas en los dos extremos del casco y con un hebilla de bucle. La longitud del barboquejo variaba según la talla del casco. Aunque se podía reglar según el tamaño. Lo que varió fue el tipo de fijación al casco. En el caso de los oficiales, a menudo el barboquejo no era una simple cinta, a veces estaba trenzada. El Adrian 1915 disponía de tres tallas, de la A a la C, y luego 9 subtallas. Sobre el color del casco también hubo pequeñas modificaciones. Al principio, el color del casco era de un azul tirando a marino abrillantado, lo cual lo convertía en un blanco demasiado visible. Al poco se optó por rebajar el color azul a un tono más suave y convertirlo en un mate menos llamativo. El color definitivo se llamó bleu horizon o bleu artillerie, más acorde con el nuevo uniforme de campaña. A su vez, las tropas coloniales llevaban pintado el casco de un color khaki, los franceses lo llamaron moutarde (mostaza), como sus uniformes.

Fuentes: Tavard, Christian Henry. Casques et coiffures militaires français. Paris : J. Grancher, 1981.
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http://www.world-war-helmets.com/fiches/Casque-Adrian-Mle-15.php

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