6 ago. 2009

Minas en el Mosa: la guerra fluvial en Verdun

 
No hay duda de que la batalla de Verdun fue uno de los peores durante la Gran Guerra, no sólo por la crueldad de la lucha sino por el simbolismo de la misma para ambos contendientes. El enemigo utilizó todos los medios a su alcance para aniquilar al adversario: artillería pesada en números hasta ahora desconocidos, gases mortales, lanzallamas, bombardeos aéreos selectivos y, minas acuáticas. Sí, la batalla de Verdun tuvo también su escenario acuático. Fue una batalla por tierra, río -el Mosa- y aire. La lucha hasta ahora poco conocida en Verdun, al menos por el que escribe, también tuvo su protagonismo en forma de sabotaje. El ejército alemán aprovechó su dominio en las partes más altas del río para lanzar a éste artefactos explosivos (minas) que perseguían destruir y aniquilar los puentes o estructuras que permitían el flujo de tropas francesas entre las dos orillas. El minado del Mosa respondía más a operaciones de hostigamiento que de un planteamiento estratégico en si. Fue Agustí Calvet (Gaziel), prestigioso periodista y escritor, el que durante su corresponsalía para La Vanguardia en Paris durante la Gran Guerra informó de ello. De sus múltiples crónicas para el diario - fervientemente acogidas por el público -, la editorial Estudio decidió aglutinarlas en forma de libro. Es precisamente en uno de esos libros, El Año de Verdun (1916), en el que se informa de esta peculiar forma de guerrear del ejército alemán en Verdun.
El pasaje en el que se menciona el episodio de la mina es este:
 
"Media hora después de abandonar la carretera de Bar-le-Duc a Verdun, y de habernos introducido por la soledad de un estrecho sendero [...] llegamos a las orillas del Mosa. Sobre la corriente del río están tendidos seis puentes paralelos de barcas.[...] Pasamos a la otra orilla, andando sobre uno de los puentes, y al tocar en ella suena explosión formidable, ensordecedora. Los montes que cierran a ambos lados el cauce del río, retumban sacudidos por la conmoción del aire. Volvemos, de instinto, los ojos hacia el lugar donde sonó el estampido, y divisamos un chorro gigantesco de agua brotando del fondo del cauce, a doscientos pasos de nosotros, en medio de un tranquilo remanso entre los innumerables que el Mosa forma por aquellos parajes. La tromba se levanta a una altura prodigiosa, y luego cae en peso, desplomada, salpicándonos el rostro de rocío. Todo vuelve a su aspecto primero. Los excursionistas nos miramos con inquietud. Ninguno de los soldados esparcidos por ambas orillas parece fijarse siquiera en el raro fenómeno. ¿Se tratará de una granada alemana? Nuestro guía nos explica el suceso. Lo que acaba de reventar en el agua no es una granada, sino una mina. El enemigo, que está instalado más arriba del curso del Mosa, en las cercanías de la selva de Apremont, acostumbra a lanzar de tiempo en tiempo artefactos de esos, con la intención de desbaratar las comunicaciones entre ambas orillas del río. La corriente se encarga de empujar las minas flotantes, y de empujarlas hacia Verdun. Pero los franceses han dispuesto, para librarse de ellas, una suerte de barreras, diques y pontazgos, contra los cuales las minas vienen a estallar inútilmente. Estas vallas están compuestas de series paralelas de estacas, empotradas en el lecho del río o flotando sobre la superfície, unidas entre sí por fuertes alambradas a manera de jarcias, que sostienen un muro de sacos atiborrados de arena. Los soldados no hacen caso ya de esos alarmantes fenómenos que la explosión de las minas producen, porque menudean de continuo. De suerte que, al cabo de unas cuantas explosiones consecutivas y espaciadas, los soldados se dicen: "Si el enemigo no miente, debe estar ya por caer la suspirada hora del almuerzo"..."
 
Gaziel. El Año de Verdún (1916). Barcelona : Estudio, 1918, pp. 22-23.

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