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15 nov 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (IV)

Tyne Cot cemetery

El día se había abierto y nos ofrecía un precioso cielo raso, que combinado con el verdor de los campos y los bosques daba una estampa preciosa de Flandes. Salimos a la carretera de Ypres a Menin, y volvimos unos cientos de metros hacia Ypres girando a la derecha, en el desvío que lleva a Tyne Cot cemetery. No lo contrasté, pero si no recuerdo mal es uno de los cementerios británicos más grande de los que hay en Flandes. Después de un camino sinuoso, llegamos a un pequeño aparcamiento que se encuentra situado en uno de los laterales del cementerio. Cuando llegamos, el nuestro era el único vehiculo. Media hora después ya habían 3 o 4 autocares. Es un lugar de peregrinación.

Laura decidió cuidar de Frasier y se quedó fuera del recinto. Planeé una visita relámpago al lugar. Adyacente al cementerio hay un pequeño memorial que recuerda lo que supuso Flandes para el ejército británico. Muy suave, muy nostálgico. Fragmentos de cartas, fotos gigantes de algunos soldados, así como algún que otro recuerdo material. Acabada la rápida visita al memorial, seguí la pasarela que lleva al recinto. Decidí no entrar, creí que no debía. Eso sí, tomé decenas de fotografías y 'admiré' la elegante disposición del espacio, que le otorga un doble sensación de respeto y recuerdo.
Me paré a reflexionar un momento y lancé una mirada al paisaje: había algo que sorprendía. Los campos cultivados, el ganado paciendo tranquilamente, pequeños grupos de árboles diseminados aquí y allá. Así debía ser el paisaje de Flandes cuando llegaron las primeras tropas británicas. Parecía como si el tiempo se hubiese parado y los monumentos a los caídos fuesen islas en el correr de los tiempos. Era una sensación extraña.

Volví al aparcamiento, allí estaba Laura con Frasier. Quería dar la vuelta por el otro lado. Fuimos los tres. Me adentré unos metros en el recinto con el objeto de tener otra perspectica del lugar. Tyne Cot es muy parecido al cementerio de Sanctuary wood en cuanto a su forma de abanico. Ingleses, canadienses y 'anzacs' comparten espacio sin distinciones y con un precioso roble al sur del complejo como guardían. En la parte norte, una especie de 'proscaenium' semicircular 'coronado' con una enorme cruz cierra el espacio. Conmovedor.

Subimos al coche y nos dirigimos a St Julien (St. Juliaan) donde se encuentra el memorial canadiense. Por el camino y a unos cientos de metros 'damos de bruces' con el memorial neozelandés de Broodseinde, escenario de la cruenta batalla que lleva el mismo nombre y que formó parte de la 3a batalla de Ypres, en el otoño de 1917 y que tendría como colofón la lucha por Passchendaele.

Broodseinde memorial

Al final llegamos a St. Julien (St. Juliaan), mejor dicho al cruce de caminos entre la carretera que viene de Tyne Cot, y la que lleva de Ypres a Passchendaele. A la derecha del cruce se encuentra el memorial canadiense con la escultura de un soldado pensante en el centro del recinto. La escultura es impresionante. En forma de monolito pétreo, se encuentra coronada con la figura de un soldado a medio cuerpo en una postura consternada o reflexiva. En la base del monolito se encuentran los 4 puntos cardinales y las posiciones que señalaban, entre ellas la famosa de Passchendaele. Recinto no muy grande pero de una enorme expresividad y recogimiento. Igualmente impresionante, aunque el tiempo soleado le mengue aspereza al lugar.

St. Julien/St. Juliaan memorial

Después de esta dura catarsis decidí volver a Ypres a visitar el museo 'In Flanders fields' en Ypres. Deseaba tener una aproximación más suave al universo de Flandes, y a su significación en el conjunto de la guerra. Desandamos el camino, llegamos a la Gross Markt y entramos en el Salón de telas. Allí nos esperaba el museo 'In Flanders fields' dedicado a la Gran Guerra en Flandes, tomando el título del célebre poema de John McCrae.
La visita mereció. Se trata de un museo bastante interactivo y eminentemente visual, a lo 'americano', digamos. El recorrido, todo en una extensa planta, se realiza de forma cronológica con especial atención a los momentos más trascendentales, como por ejemplo la famosa 'tregua de Navidad' de 1914, el ataque con gas de abril de 1915, la cosmovisión del saliente de Ypres, Passchendaele, etc.
Otorga un carácter preeminente a la intervención británica con todas sus acepciones, es decir con las naciones de los Dominions (canadienses, australianos, neozelandeses e indios), y aporta numerosa documentación, así como la 'puesta en escena' de numerosas reliquias, armas y algún que otro diorama. Destacaría sobretodo la fluidez en la exposición de los materiales y los contenidos, así como una lograda didáctica del conflicto, no sólo para especialistas.

En el plano inferior, es decir en la planta baja del 'edificio de las telas' se encuentra la tienda del museo con numerosos recuerdos y libros dedicados al conflicto en Flandes. Como siempre los precios son prohibitivos, sobretodo para los que procedemos de latitudes meridionales. Para las compras mejor pasarse por las tiendecillas de la Meensestraat, es decir la calle que une la Gross Markt con la Menin gate y que saliendo de la ciudad lleva, evidentemente, a Menin.

Recuerdo que visité tres o cuatro tiendas, todas ellas en el lado izquierdo de la calle. Los precios según, para qué, prohibitivos también. Los libros nuevos, de robo; los de segunda mano, precios muy dignos, incluso más económicos que en la Red. Insignias, badges u otros, precios normales tirando a caros (Es difícil luchar con según que sites de subastas virtuales).
Si no recuerdo mal, el mejor lugar para comprar libros está prácticamente delante del 'salón de telas', a mano derecha. Lo regenta un chico joven, unos treinta máximo. Es inconfundible ya que 'viste' una enorme barba decimonónica a lo 'Rasputín'. Muy amable. Lástima que su librería no tenga todavía un enlace en la web, porque es la librería dedicada a Gran Guerra más bestia que han visto, a día de hoy, mis ojos. Impresionante. A ojo de bibliotecario de buen cubero, diría que en el establecimiento si no había más de 5000 volúmenes no había ninguno. Tenía duplicados, pero bueno, menos de 4000 libros sobre la guerra no había. Un paraíso para un loco como yo. Precios subiditos, lo que pasa es que había que buscar y rebuscar. Salí con tres o cuatro libros, no más. Ya me resarciría en Bruselas.

Ypres desde la Menin Gate, atardecer

Hasta aquí lo que dió de si Flandes, en cuanto a Gran Guerra se refiere. Faltaba todavía mucho viaje y no era cuestión de agobiar a nadie con mis particulares historias.

Lo mejor: el ambiente y atmósfera de respeto y agradecimiento hacia todos los que dieron su vida por un pedazo de tierra como fue el 'famoso' saliente; la Menin gate y su simbolismo; los verdes y llanos prados de Flandes; el amanecer en el cementerio de Langemarck; la mejor comprensión de un escenario primordial en cuanto al Frente occidental se refiere y, sobretodo la profunda comunión con los que allí estuvieron aunque mediase casi un siglo.

Lo peor: demasiado en tan poco tiempo. La mente humana, al menos la mía, era incapaz de absorber y digerir todo lo que el lugar le estaba proporcionando. Pero no hay mal que por bien no venga. Volveré.

Gracias a todos por seguirme en 'nuestro' periplo por Flandes.

PS.: Os recomiendo que le deis un vistazo a esta selección de fotografías

5 nov 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (III)

Langemarck Friedhof


Después del acto, digamos, de constricción volví al coche donde me esperaba mi pequeño y fiel amigo. A él no le interesan ni los muertos, ni la guerra, ni cualquier estupidez humana. Qué suerte.
Arranqué y deshice el camino hacia Ypres con un pesar, mejor llamarlo pena, por aquellos que salieron de sus hogares como si fuesen a la cacería de los domingos y que no sólo no volvieron con sus 'presas' y sus batallitas que contar, sino que no volvieron. Me acuerdo de esos miles de cartas enviadas a sus familias y que jamás serían respondidas, ni leídas. Siento pena, por esos cientos de miles de jóvenes que jamás volvieron.
Laura me preguntaba cómo podía sentir pena por personas que ni conocí y que quedaban en un universo muy alejado de mi existencia. La respuesta ni fue, ni es, sencilla. Simplemente me transfiguro en esos miles de personas que, inocentemente, fueron a matarse unos a otros por nada. Siento lástima por miles de muertes estúpidas en aras de un conflicto nacido de la estultícia, del haber quién la tenía más 'grande', de unos gobiernos ignorantes y egoistas que jugaron con fuego y enviaron a sus hijos a resolver sus estúpidas y estériles trifulcas. Por eso siento lástima, porque en definitiva, la inmensa mayoría de los que acudieron a la 'llamada de la patria' en agosto-septiembre de 1914 deseaban pocos meses después volver cuanto antes a sus hogares y dejar atrás el infierno en el que se estaba convirtiendo una 'guerra de fin de semana' y que se alargaría más de cuatro años, prologando el sufrimiento, agonía y muerte de millones de soldados, con sus respectivas famílias. Por eso, y por más siento una enorme tristeza.

Quizá resulte difícil entender porque la siento, pero eso es lo que tiene escarbar e indagar en un conflicto tan terrible como fue la Gran guerra. Fue el final de la inocencia de una civilización que auguraba un progreso moral y técnico sin parangón en la Historia y que acabó empañando esa idea casi divina y totémica de progreso. Un progreso unívoco, el industrial, que acabó aplicándose para matar y exterminar a cuantos enemigos se pudiese, de la peor y más salvaje manera. El mundo se brutalizó de tal forma que se perdieron las más elementales formas de humanidad. Se traspasó el umbral. Un umbral que tendría su siguiente etapa un cuarto de siglo más tarde. Por eso siento pena, pero sobretodo porque eran personas con ilusiones, con una vida por delante, con hijos, mujeres, familias... Por eso, que no es poco.
Después del soliloquio deshice el camino hacia Ypres. Frasier estaba más contento. Quizá intuía que íbamos en busca de Laura, que aún debía dormir.
Una vez de vuelta al camino y con el mapa como GPS rudimentario - cómo lo eché a faltar - salíamos hacia Menin por la Menin gate en busca de la zona de la colina 62 (Hill 62), zona de duros combates. Ruta impoluta, vacía. Nos desviamos hacia un rompiente en la derecha, de la carretera que une Ypres con Courtrai. A banda y banda, sin embargo, se encuentran numerosos vestigios de la guerra. Seguimos las indicaciones y a unos kilómetros, a la derecha damos de bruces con el Sanctuary wood cementery. Seguimos hasta que alcanzamos una especie de cabaña de bosque del tipo que uno se encontraría en Montana o Wisconsin.

El chiringo - llamarlo de otra forma hubiese sido mentir - daba miedo. Laura dudaba, yo tiré pa'lante. En el fondo se trataba de un bar-restaurante cuyo jardín-cobertizo era nada más y nada menos que lo durante la guerra se dio en llamar la Hill 62, una pequeña cresta defendida por tropas británicas y que testigo de episodios de especial virulencia, como lo atestiguan los cementerios cercanos así como los testimonios de uno y otro lado. Pasamos al interior del restaurante siguiendo la preceptiva señal 'To the trenches'. Evidentemente para ir más allá de la rudimentaria barrera que separaba un 'saloon a lo Far West' y el mundo de la Gran Guerra era necesario colaborar con la 'causa' de los regentes y guardianes del 'tesoro' donde demasiados soldados perdieron la vida defendiendo un lugar que 'curiosamente' se convertiría en una naïve atracción turística. Ironías del destino.
3 o 4 euros, no recuerdo bien el precio. Eso sí, nos dieron un billete, de aquellos tipo 'boleto' parecido a los que me daban los viernes cuando iba al cine de Tossa de Mar para asistir a lo que se llamaba 'Gran gala infantil'. Todavía conservo el boleto, el de la Hill 62, claro.

Cruzada la barrera, accedimos a una sala de unos cincuenta metros cuadrados repleta de gadgets, gorras, cascos, proyectiles, cuadros, fotos, ... Vitrinas a lo largo de las paredes de la sala cubiertas de medallas, cascotes, anteojos, etc. No había orden ni concierto en la disposición de las piezas, y no es de extrañar, inventariar aquello hubiese supuesto tarea titánica y visto como tenían el bar, cualquiera se imaginaba como podía acabar aquello. En esa sala aún reinaba cierto caos dentro del orden. En la siguiente, algo más parecido a una chatarrería, el espectáculo era digno de ser inmortalizado. Alambradas, piezas sueltas de cañones, vainas de proyectiles, morteros, algún 'minenwerfer' - en muy buen estado, por cierto -, fusiles por doquier, restos de máscaras de gas... Bueno, que deciros, aquello era impresionante. Impresionante por la cantidades de restos y, sobretodo, por su dispar disposición. Sobrecogía. Laura alucinaba. Yo más.

Hill 62 museum

Después de entreternos un rato en el magnífico ejemplar de mortero de trinchera alemán en perfecto estado, salimos al aire libre ya que el olor a rancio y a herrumbre eran casi insoportables. La salida daba directamente a un tupido bosque de robles que apenas dejaba pasar algún rayo de sol. Para acceder al, digamos, centro o parte central de la colina 62, se pasaba por un dugout (abrigo) cubierto de una uralita o plancha ondulada metálica. No recuerdo el nombre en inglés a pesar de haberlo leído en infinidad de ocasiones. Pasado el tunelete, nos introducimos en lo que debía ser en su tiempo una trinchera de comunicaciones, hasta subir por una ligera pendiente que nos dejó casi en el medio del lugar. La visión era ideal.

Hill 62

Por una parte, se insinuaba perfectamente la línea zigzagueante de trincheras, así como las trincheras que unían la primera línea con la de soporte o la de comunicaciones que llevaba a retaguardia. Cabe decir que las trincheras estaban perfectamente conservadas, pero sin caer en la burda y artificiosa reconstrucción tipo 'Leroy Merlin'. Evidentemente las zanjas o trincheras estaban ausentes de parapetos, pero conservaban perfectamente una morfología primigenia: Tablones horizontales en las paredes de la zanja para contener el peso de la tierra y asegurar, por su parte, las tablas que formaban el suelo de las trincheras. En algunos lugares se conservaban las protecciones superiores. Aunque en tiempo de guerra, ese tipo de protecciones apenas salvaguardaban de una lluvia de shrapnels y a una distancia prudencial. Una lluvia de shrapnels prácticamente perpendicular a la trinchera hubiese dejado la chapa como un colador de rejilla fina, y no digamos al que ahí se refugiase.
Evidentemente, y como no podía de otra forma, subí, bajé, me escondí, observé por encima del parados como si fuese un niño pequeño. Pasado el momento 'saltimbanqui' y con las fotografías ya en el 'zurrón', me dediqué a echarle una ojeada más técnica al lugar, a fijarme en los detalles.
Así, uno de los puntos curiosos fue que desde la Hill 62 se tenía una impresionante vista del paisaje. En este sentido, hay que recordar que esta parte de Flandes, como casi todo el resto, lo configuran espacios y áreas muy planas, con apenas mínimas elevaciones. Por ello, durante los más de cuatro años de conflicto, la guerra en Flandes estuvo prácticamente orientada a hacerse con las pocas elevaciones que el terreno ofrecía ya que ofrecían un punto de observación vital de las posiciones enemigas. Cabe decir que de los pocos lugares en los que los alemanes no contaron con el factor altitud fue, precisamente, en esta zona del frente occidental. De ahí, que los alemanes insistieran e insistieran en hacerse con las elevaciones que cercaban a la ciudad de Flandes. La Hill 62 era una de las más importantes. Por ello, resultaba curioso observar a través de los claros que ofrecía el bosque algunos de los puntos donde estaban apostadas las líneas alemanas.


Cráter de obús en la Hill 62

Girando la vista a retaguardia, comencé a inspeccionar el terreno en busca de detalles, y di con algunos curiosos. En algunos puntos destacan unos enormes cráteres cubiertos con las lluvias de días pasados y que habían formado una preciosa capa de verdete. No cabe duda de que para que semejante resto continue visible, el obús tenía que ser como mínimo de un 150 o 210 mm alemán. De otra forma, el tiempo y los sedimentos naturales lo hubiesen cubierto ya. Así como los cráteres, Laura me hizo percartar de algo asombroso: en algunos puntos de la pequeña colina 'sobrevivían' algunos tocones o troncos desmochados de cuando aquello debió convertirse en paisaje lunar. De hecho, en los tres o cuatro tocones que descubrí, los visitantes se habían dedicado a colgar cruces o rosarios y, en algunos casos, cruces con la 'poppy' británica a modo de recordatorio. Sin duda, la Hill 62 era otro de los lugares de peregrinación británica.
De vuelta del cerro, deshicimos la ruta y nos introducimos otra vez en el 'museo de los horrores' no sin una pequeña sonrisa al encontrarlo un 'poquillo' cutre. Nos despedimos de los 'posaderos', entramos en el coche y dimos media vuelta por la carretera hasta encontrarnos otra vez con el cementerio de Sanctuary wood dedicado a los caidos ingleses y de los Dominions (Anzacs y canadienses).


Sanctuary wood cementery

El recinto, no muy grande, es de una exquisita sobriedad. Las lápidas, dispuestas en forma de abanico, llevan grabado el nombre del soldado, el regimiento y la fecha de su muerte si son conocidos. En caso contrario, llevan grabada una cruz y la inscripción 'Soldier of the Great War'. Los cementerios estan cuidados hasta un extremo insospechado. Cabe decir que tanto Bélgica como Francia cedieron, gratuitamente, los terrenos donde se ubicaron los cementerios para los caidos de los ejércitos británico, australiano, neozelandés y canadiense. Para su gestión, el gobierno británico, en representanción del resto de naciones de la Commonwealth, creó la Commonwealth Graves War Commission que tiene como cometido el cuidado y gestión de los cementerios donde reposan soldados de sus respectivas naciones. Como decía, el cuidado es exquisito, y no sólo el mantenimiento. En el caso del de Sanctuary wood, en cada una de las lápidas hay flores - mayormente rosas - que proporcionan un preciosa imagen de dignidad y calma. En esto, los ingleses son especialmente detallistas.

Sanctuary wood cemetery

Dejé Sanctuary wood, entré en el coche y nos dirigimos hacia la carretera que lleva de Passchendaele para visitar el cementerio de Tyne Cot y sus aledaños.

Sigue: In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (IV)

24 oct 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (II)

Viene de: In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (I)

Y vaya si lo fue. Frasier y yo nos levantamos a eso de las seis de la mañana, todavía con las tinieblas de la madrugada. Vajamos sin hacer ruido por las empinadas y angostas escaleras de la casa de huéspedes y nos dirigimos a la calle. El día prometía. Cielo raso, fresco de primeros septiembre y un buen mapa.
El problema no era encontrar los lugares a visitar, sino como salir de Ypres por la carretera adecuada, ya que si salías por el lugar incorrecto luego tenías que dar un gran rodeo. Salimos bien.
Mi primera intención era ir al cementerio alemán de Langemarck.
Quiénes de los que estamos locos con el tema no ha oido hablar de Langemarck, y la tristemente famosa Kindermord o 'matanza de inocentes', en referencia al estúpido e inútil sacrificio de jóvenes cadetes o estudiantes que murieron en descerebrados ataques a campo abierto en línias absolutamente cerradas al son de canciones patrióticas, mientras los británicos hacían prácticas de tiro sin posibilidad de error??
La historia es cruel y semejante tragedia, como toda la guerra, se repetiría con los ejércitos británicos en el primer día de julio de 1916 durante la batalla del Somme. Contextos aparte, al salir de Ypres nos dirigimos hacia Langemarck por la carretera que se dirige a Dixmude, Diksmuide en flamenco.
El paisaje era precioso, o al menos así lo contemplaba yo. Tierra llana, mayormente cultivada y salpicada aquí y allá de pequeños bosques muy concentrados de robles y álamos. La escena del campo flamenco se completaba con una suave neblina que cubría los campos como si de un velo de fino satén se tratase. En ese momento uno se acordaba de los miles de testimonios de soldados que hablaban de las famosas neblinas flamencas que se producen por los fenómenos meteorológicos propios de una zona cercana al Mar del norte y sin apenas cadenas montañosas que se cierren el paso a las brumas.
Como decía, muchos fueron los testimonios que se referían a este típico fenómeno matutino y que tanto daría que hablar. Bajo estas nieblas matutinas se camuflaron algunos de los episodios más sangrientos de la guerra, desde ataques al amanecer hasta los temidos y terribles ataques con gas venenoso que quedaban enmascarados en medio de estas brumas. Hablar de los campos de Flandes durante la Gran guerra es hablar entre otras cosas de fenómenos meteorológicos y de las brumas y neblinas sobretodo.
De esta forma, y sorteando las fantasmagóricas brumas, llegamos a Langemarck. Crucé todo el pueblo y al final encontré el cementerio alemán, el Friedhof de Langemarck.

El cementerio alemán de Langemarck ocupa aproximadamente una área ligeramente inferior a la de un campo de fútbol, es decir poco menos de una hectárea. Rodeado de un seto en todo su perimetro, las tumbas de los soldados caidos en combate estan diseminadas en forma de losetas en el suelo. Desconozco, sin embargo, si los cuerpos se encuentran bajo de las losas con sus nombres. Justo en medio del cementerio se levanta un especie de muro con los caidos por orden alfabético, donde figuran su nombre, cuerpo o regimiento y fecha de defunción.
Sobrio, muy sobrio. Muy alemán.


Al llegar sobre las siete menos cuarto de la mañana me encontré el recinto cerrado. Dommage. Aún así, y como el gato curioso, alargué el cuello para ver entre los setos. La escena contemplada era de una serenidad conmovedora. Ténues resquicios de sol resquebrajaban el sueño de las cruces de piedra diseminadas por el camposanto. No señalan ningún caido en concreto, únicamente lo sagrado del lugar. La sobriedad del espacio es impresionante, no parece un cementerio militar.
Semanas después de haberlo visitado me percato de algunos detalles curiosos pero que en aquel preciso momento permanecieron silenciados por el momento. Hoy que lo pienso, me doy cuenta de que el cementerio estaba situado en medio de los cultivos de maíz que pueblan por doquier los prados de Flandes; la brisa de la mañana balanceaba los altos tallos con una sibilante melodía de calma. Cierto que en uno de los extremos se encuentra la carretera que une Langemarck con el paisaje flamenco, pero el respeto que se profesa por este lugar es total.
El friedhof (cementerio) de Langemarck no es solo un camposanto, es un lugar de reconciliación.
Cuando volví al cementerio de Langemarck horas después con Laura lo constaté. Autocares repletos de alemanes visitaron el lugar en perfecta peregrinación en un acto de sentido recuerdo. Uno se sentía fuera de lugar. Pero aún así permanecimos. El respeto no conoce nacionalidades.

Lo que no hizo la 'Paz' de Versailles lo consiguieron camposantos como este, reconciliación después de la barbarie.

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (III)

15 oct 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (I)


No fue una decisión meditada. La opción de visitar Flandes surgió después de haber decidido hacer un viaje por Bélgica y Holanda en coche. No cabe duda, sin embargo, que cuando atisbé la posibilidad de visitar los campos de Flandes donde transcurrieron algunos de los episodios más importantes de la Gran guerra, mi corazón dió un vuelco.
Comenté, como quién no dice lacosa, que podíamos estar dos o tres días en Flandes visitando algunos lugares relacionados con la Gran Guerra pero con el sosiego propio de estar de vacaciones, es decir descansando, comiendo dignamente y, como no, probando las múltiples variedades de cerveza que abundan por tierras flamencas y belgas. Laura, que es una santa, accedió.

Off the record: el otro día en un cena y recordando el viaje, me confesó que le impresionó sobremanera la visita a los tristes 'campos de Flandes'.

Lo que viene a continuación es un breve periplo por los lugares que visité y por las impresiones que me calaron hasta lo más hondo de mi ser. Una confesión antes del viaje: cualquier opinión o reflexión versada es absolutamente personal e intransferible como el resto de contenidos subjetivos que aparecen en el blog.
Veníamos de Tournai, Laura había sugerido que parasemos allí para contemplar la catedral, muestra excepcional del gótico flamenco, así como del baptisterio - que poco le puede envidiar al fiorentino. Buen tiempo, pocas nubes y acabado el paseo partimos para Ypres, Ieper en flamenco. Cometeré una incorreción pero mantendré la versión anglosajona, que es la que más manejo. Perdónenme los nativos.
Tournai-Ypres, poco más de tres cuartos de hora en coche.
Llegamos a Ypres. Cinco de la tarde. Un tiempo espléndido. Tuve la oportunidad de entrar por la Menin gate, pero no osé. Territorio sagrado.

Nos dirigimos al hotel. Precioso. El hall ya prometía. Proyectiles, libros y fliers de agencias dedicadas a la organización de rutas por los alrededores de Ypres. Todo halagüeño, la boca se me hacía agua. Necesitaba ver por mis propios ojos la silueta recortada en el atardecer del 'Salón de telas', el famoso 'Lakenhalle' en flamenco. Para aquellos que se incorporen a nuestro universo, el 'Salón de telas' o 'Lakenhalle' de Ypres es el emblemático y simbólico edificio que presidió la total destrucción de Ypres como ciudad y la suya propia durante los más de cuatro años que duró la guerra. Aprovecho para decir que el 80-90% de la ciudad de Ypres actual fue reconstruida después de la guerra.
La Ypres actual es una preciosa población de edificios de ladrillo cocido de factura flamenca, con un estilo absolutamente cuidado, pavimento de adoquín en las calles, y un respetuoso ambiente de veneración hacia aquellos que mantuvieron el 'enclave a salvo'.

De ruta por las calles de Ypres dos puntos llaman la atención, el ya nombrado 'Salón de Telas' y unos trescientos metros al este, la Menin gate que recibe su nombre porque desde allí se toma la carretera que lleva a Menin o a Menen, en flamenco. La enorme significación de la Menin gate para el imaginario granguerresco vendrá luego.

Un paréntesis necesario. Uno de los fenómenos más habituales que le suelen ocurrir a uno, el que escribe, es que se sienta apabullado por el lugar que pisa, siempre que tenga una significación especial. Ypres no fue excepción.
Me sentía como aquel niño al que le abren una tienda de golosinas para él solo y apenas tiene unos minutos para llenar sus bolsillos de caramelos. Pues si tenéis la imagen en mente, así estaba yo: quería ir al acto de homenaje que se celebra todas los días a las ocho de la tarde en memoria de los caídos en Ypres, quería entrar en las tiendas y comercios de militaria, en las librerías, en el museo 'In Flanders fields' que se encuentra en la primera planta del 'Salón de telas', quería,... bueno, lo quería todo. Suerte que me ayudó mi santa.

Laura me dijo de ir tranquilamente a la tienda del museo para comprar un mapa con el recorrido que haríamos al dia siguiente por los 'fields', me hizo el timing para entrar en dos o tres tiendas de militaria, pasear tranquilamente con Frasier por las bonitas calles de Ypres con sosiego, sentarnos a degustar las increíbles cervezas del país, etc... hasta que a las ocho estábamos como un reloj en la Menin gate para el acto de homenaje. Bueno, miento. Llegamos media hora antes para admirar la Menin gate, porque eso fue lo que hicimos, admirarla. El término que mejor la defina es ...


Conmovedora. Simplemente así. Contemplarla situada allí te traslada en el tiempo. Las paredes y bóvedas plagadas de nombres de hombres que no volvieron jamás pero que en cambio reposan en la memoria de los que los contemplan. Ellos, reposan ahí, con sus camaradas, uno debajo de otro, por unidades, por regimientos, por naciones. Los índios en sendas placas en las bases de las pilastras del oeste, las que dan a Ypres; los canadienses en las escalinatas que suben hacia el plan superior, allí donde se reunen con los australianos que contemplan el sol del atardecer, igual que lo hacían en sus trincheras unos cientos de metros más al este y al norte. Todo confluye en la Menin gate y todo parte de ella, lo sabían ellos y lo inmortalizaron los artistas. Longstaff & co. Todos ellos narran la vuelta de los muertos a la Menin gate, con una suerte de magia y una mezcla de admiración y respeto eternos. Eso es la Menin gate, uno monumento de recuerdo y de admiración hacia aquellos que dieron su vida por una guerra fuera de sus confines. Unos, los más, a unas decenas de millas allende el canal, otros cruzando los océanos y unos pocos desde tierras asiáticas. Eso es lo que impresiona, su sacrificio. Su sacrificio tiene su recompensa diaria. Se celebra un emotivo y sincero homenaje que conmueve a familiares remotos y a extraños, como nosotros. Un clarín de trompeta, un silencio sepulcral y una ofrena bajo los sentidos pasos de dos militares marcan el clímax a un acto, repito, de respeto no de pompa. Todo eso y más es la Menin gate. Partir de la Menin gate para visitar los campos de Flandes es visitar el monte Calvario de los que ahí reposan y de los que sobrevivieron pero jamás volvieron a ser los mismos.


Parentesis.
La ruta 'In Flanders fields' está señalizada mediante paneles en distintas partes del recorrido. Mi opinión al respecto es que si no sabes muy bien donde vas te pierdes con una facilidad pasmosa. Lo suyo es o contratar un servicio de excursiones diarias donde te llevan a los principales lugares de interés o bien lo que hacemos el resto que es comprar un mapita al uso y carretera y manta, y mucha paciencia. Un inciso: las visitas con los grupos organizados de excursiones es ideal para aquellos que vengan del lado 'aliado'. Si quieres visitar cementerios o lugares de interés relacionados con el bando alemán coge el mapa
Después de la emotiva visita a la Menin gate, decidimos 'aparcar' a Frasier e ir a cenar tranquilamente después de una intensa tarde.
Inciso: Frasier como buen perro asistió al acto de homenaje en la Menin gate. De hecho lo sujeté durante todo el acto y restó impávido al sepulcral silencio del momento. Aún me sobrecoge cuando lo pienso. Cierro paréntesis.
Cenamos en la misma plaza del 'Salón de telas', a pocos metros del edificio en un acogedor restaurante. Nos retiramos pronto. La mañana sería intensa.

Continúa en: In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (I)

3 nov 2009

El infierno mudo (VII y final)



Penúltima parada antes de dejar la zona de Verdun: el Osario de Douaumont. Nos acercábamos a mediodía pero el día no iba a levantarse. Se alzaba una espesa bruma que cubría la copa de los árboles, desde Souville hasta le Bois de Caures y Ornes. Es decir, todo el margen derecho de la Mosa.
Llegamos al aparcamiento del Osario, apenas dos coches y una caravana. Laura decidió quedarse en el coche con Frasier que se estaba rehaciendo aún de los terrores sentidos en Fort Douaumont. Ana, Jordi y yo nos encaminos por detrás del osuario. A través de esta entrada se accede a la parte superior de la torre central del osario. El precio módico. Pasamos por una pequeña muestra de enseres y armas en la planta baja y encaramos las escaleras que suben hacia arriba. Arquitectura tétrica como pocas. Subo perseguido por el diablo. Ana y Jordi lo hacen de forma más pausada. Llego arriba. Parece la cabina de un faro, ya que en medio de la estancia hay varios focos.
Me sorprendo, ya que con anterioridad había visto postales antiguas en las cuales aparecían haces de luz que partían de la torre del osario, pero pensé que se trataba de un añadido ficticio. Deben encender los focos en fechas señaladas, 21 de febrero, 24 de octubre,... La verdad, no lo sé. Paso de los focos. La torre de forma cuadrada ofrece 4 vistas distintas según los puntos cardinales.
Al norte, el inicio de la batalla (Bois de Caures, Bois de l'Herbebois, etc.); al este Fleury, Froideterre, la Côte du Poivre,etc., al sur la Necrópolis de Douaumont, más a lo lejos Souville, etc. Y al oeste, el sector de Fort Vaux. Impresionante. La vista desde esta atalaya privilegiada y permite entender mucho mejor la dureza de la batalla. En la parte inferior de los ventanales hay la reproducción del relieve del terreno que se puede observar desde cada uno de los puestos de observación. Este detalle permite observar con mejor detenimiento y mayor conocimiento las zonas o sectores que se estan viendo. Me deleito con las vistas. El paisaje es realmente conmovedor. La bruma no ayuda poco. Igualmente, la visión de la necrópolis desde las alturas es aún más impresionante.
Bajamos. Llegamos directamente a la nave central donde reposan los restos de más de 130.000 soldados. Es impresionante. Bajo una ténue luz color fuego deambulo por las minicapillas que albergan los sarcófagos de granito con los restos. Esta especie de capillas marcan los diferentes sectores de la batalla de Verdun donde fueron localizados los restos de los soldados. Sobrecogedor. Siento mucha pena. Aún ahora me emociono. Me llegó al corazón.
Está prohibido tomar fotografías, pero no puedo evitarlo. Saco la cámara y hago un par de fotos de soslayo.
Mis amigos están igual de compungidos que yo.
Siento que Laura se pierda esto. Salgo del osario y voy hacia el coche. Arrecia la lluvia. Laura me dice que no, que no puede más. Demasiado para ella. La comprendo, yo también estoy hecho polvo. Vuelvo.
Justo cuando estoy entrando soy testigo de un momento muy conmovedor. Un grupo de seis o siete militares con uniforme del ejército alemán acaban de salir de la capilla. Dos de ellos no han podido reprimir las emociones y están llorando. No es para menos, yo haría lo mismo.
Doy un penúltimo vistazo y salgo. Yo tampoco puedo más, suerte que está lloviendo...
Nos metemos todos en el coche. El silencio es sepulcral.
Tomó la ruta de Verdun. Paro en los restos donde algún día estuvo la Fermé de Thiaumont. Los demás me esperan en el coche. Me despido en silencio del lugar. Vuelvo al coche y arranco. Frasier suspira, también le entiendo. Ýo también llevaba dos días con ese nudo en la garganta. A veces es bueno tenerlo, sobretodo para saber de qué material está hecho uno.
Reflexionando ahora sobre la experiencia de Verdun me sobrecogen aún determinadas sensaciones.
Verdun es punto y aparte en mi obsesión sobre la Gran Guerra. Como dije en el primer relato, la ha acrecentado más. De hecho, estoy intentando encontrar tres o cuatro días para volverlo a visitar con más calma y detenimiento. Visitar un lugar como Verdun proporciona cierta empatía transtemporal con los hechos y los protagonistas. Quién lo supo mejor fue mi perro, Frasier. El Verdun de 2009 nos sume en una catarsis con el propio ser humano, con su estupidez infinita como diría aquel físico alemán. Verdun no una hecatombe, ojalá hubieran sido sólo cien. Tampoco fue un holocausto, huyo del término y el concepto.
Verdun fue un acto de soberbia, de vanidad, de estultícia, de ceguera. Fue un vano sacrificio a los dioses de la nada, para nada.
Valéry tenía razón, Verdun fue una guerra dentro de la Gran Guerra. Lo rectifico: Verdun fue el universo del horror durante más de diez meses y una pesadilla hasta 1918. Hoy es un recuerdo del horror.
Silencio.

Me gustaría acabar este periplo con las palabras de un testigo de excepción. Como diría Pericard, "aquel que no ha estado en Verdun, no puede hablar de Verdun". Lo respetaré y le daré la palabra a Ernst Jünger:

"Las alucinaciones visuales son aquí especialmente intensas. La visión de este mundo de ruinas agobia el ánimo; éste intenta completar lo que falta, reconstruirlo, y llena el espacio con apariciones singulares. Y así se alzan palacios resplandecientes, edificios claros, simétricos, o bien casas sombrías, bajas, que acechan en la oscuridad como tabernas de mala fama o molinos derruidos; las formas fluyen, ondulan, se hunden, se transforman en otras diferentes. La pálida luz de la luna es la que, al parecer, hace surgir esa transparente música arquitectónica que envuelve los pensamientos y los atormenta. De las abandonadas moradas brota un hálito triste y fantasmal; un gran lamento parece haberse quedado rezagado entre las ruinas."

El bosquecillo 125, p. 316.

1 nov 2009

El infierno mudo (VI)




Salimos a las 10.00 h. Ardo en deseos en visitar Fort Douaumont. Ana y Jordi, mis sufridos amigos también. Laura no esconde su inquietud. No le gusta visitar estos lugares. Sabe muy bien lo que hay en ellos. Yo tampoco le miento.
Cogemos la ruta de Souville. Primera parada: el Memorial-Museo de Fleury. Módica entrada para lo que nos espera. Recorrido interactivo por Verdun. La explicación de la batalla en paneles es muy buena, nada tendenciosa. En medio del memorial hay un gran diorama que intenta mostrar el paisaje destrozado de unos de los múltiples sectores de Verdun: cascos, armamento destrozado, cráteres, alambre de espino,... Muy bueno. Del techo del museo cuelgan dos aviones, uno diría que es un Fokker eindecker, y el otro es un francés, quizás un Voisin, no me acuerdo.
La planta baja relata las vicisitudes de la Voie sacrée, los héroes anónimos (camilleros, territoriales, etc.), muestra la cotidianidad de la guerra (cocinas, suministro de agua, etc.). Incluso hay exhibido un camión de transporte de soldados y víveres. De los casi veinte mil que recorrían la ruta sagrada que unían el infierno de Verdun con el resto del país. En el mismo espacio se exhibe armamento de los dos contendientes, enseres personales, notas, dibujos, etc. Todo ello muy emotivo.
En la planta superior se encuentran diferentes uniformes y armamentos. Junto a la exposición permanente se exhibía una interesantísima muestra dedicada a las comunicaciones durante la Batalla de Verdun, especialmente al papel del teléfono y la telegrafía sin hilos. Muy interesante.
La visita duró unos tres cuartos de hora. Al finalizar pasé por la librería de la planta de entrada al Memorial. Me volví loco. Me lo quería llevar todo. La tarjeta me frenó.
A la salida, Jordi y yo decidimos fotografiarnos al lado de un proyectil de 420. Impresionante.
Seguimos. Pasamos por delante del desierto Fleury y llegamos a Fort Douaumont. La esplanada estaba casi vacía. Recuerdo uno o dos coches, no más. Entramos. Pagamos las entradas. Veinte euros por bigote: Douaumont + Vaux.
Preguntamos si Frasier podía pasar, pas problème dijeron. Yo encantado, Frasier no tanto. Al dirigir la vista a mi mejor amigo, vi que algo le pasaba. Se lo comenté a Laura que lo aupó en brazos. Frasier estaba temblando. Cuando lo pusimos en el suelo, se echó en el suelo. Sus ojillos eran la viva imagen del terror. Cualquier que entienda de perros sabrá que cuando uno se echa en el suelo y mete su colilla entre las piernas sabe que el animal está aterrorizado. Frasier lo estaba. Su suplicio sólo duró treinta minutos. Los que duró la visita. Laura, que es una santa, lo cogió en brazos y estuvo acariciándolo todo el rato.
Al pasar la taquilla dimos con el pasillo principal de la zona sur. Estábamos solos. Fuimos hacia la izquierda. Dimos con unos parapetos construidos para evitar el fuego en enfilada. Seguimos los puntos que comentaba el folletín que nos dieron a la entrada. Vimos habitaciones que sirvieron de dormitorios, de letrinas y de lavaderos. Al final dimos con la tumba alemana. En mayo de 1916 una explosión interna dentro de Fort Douaumont mató a más de 600 soldados alemanes. Fue un accidente. Los testimonios hablan de un hornillo para el café que cayó al lado de una caja de explosivos dentro del polvorín. Lo único seguro es que los mandos alemanes decidieron no enterrar las víctimas en el exterior ante el acoso francés. La decisión fue taxativa: tapiaron la entrada del polvorín sellando una enorme tumba donde yacen los restos de los más de 600 muertos alemanes. Enfrente del muro se haya una cruz que recuerda a los Toten Kameraden, A los camaradas muertos. Impresiona y mucho. A Frasier más, que aún sigue aterrorizado. Está claro que siente algo.


Seguimos adelante hasta llegar a la torreta del 155 donde aún se conserva la maquinaria. Giramos sobre nuestros pasos y encontramos estrechas galerías que conectan pasillos que no pueden visitarse. Tengo tentaciones, pero no voy solo. La próxima vez lo haré. Me lo prometo.
Laura está destemplada, no se lo está pasando bien.
A través de una serie de pasillos llegamos otra vez a la salida. Antes de abandonar el lugar, reflexiono sobre Douaumont. Me sobrecoge pensar en lo que tuvieron que sufrir las personas que lo habitaron.
Salimos, milagrosamente Frasier recupera el andar. Próximo destino: Fort Vaux.
Fort Vaux está poco concurrido. Ardo en ganas de pisar el lugar donde aguantaron los héroes de Raynal y sus tropas. Siete días de asedio, con las tropas alemanas acosándolas desde la superestructura, taponando los respiraderos, sin víveres, sin agua, sin posibilidades de auxilio, sin nada y lo peor: sin esperanza. Otra vez impresionante.
Frasier se queda en el coche. Lo agradece. Está derrotado.
La visita dura poco, no quiero agotar a mis amigos con mis historias.
Entramos en el coche. Destino: el interior del Osario de Douaumont. Última parada.
Prefiero dejar aquí el sexto capítulo. La visita al Osario y el epílogo merecen otro aparte. Fue demasiado conmovedor.

Continúa en: El infierno mudo (VII y epílogo)

26 oct 2009

El infierno mudo (V)



Los dioses están con nosotros. No sé como lo hicieron, pero Frasier apareció después que lo llamara angustiosamente. No fue fácil. Me tuve que meter por una de las dos entradas de las 4 Cheminées, caminé unos cinco o seis metros en absoluta oscuridad hasta que al fin sentí el hocico de Frasier husmeando mi pierna. Qué alivio. Salimos perseguidos por diablo de ese lugar.
Ya en la superfície deshicimos el camino y llegamos hasta el coche.
Arranco, próxima parada l'Ouvrage de Froideterre. Como la gran mayoría de los abrigos y estructuras fortificadas de Verdun fue escenario de cruentos hechos de armas. Llegamos a Froideterre después de una larga recta. El camino acaba aquí. Como Thiaumont y otros, Froideterre fue prácticamente destruida. Froideterre acumula también un curioso récord: cambió muchas veces de manos en un cuestión de días. Al este del desaparecido pueblo de Fleury, Froideterre se convirtió en un punto clave en los posteriores avances hacia Fort Souville, la última defensa ante Verdun. No cabe duda que las capturas y reconquistas de esta plaza dejaron huella.
Aparco a la entrada del recinto. Frasier a su aire. La fortificación en si tiene forma de L. Dos puertas señalan la entrada. Nada de especial. Frasier se cuela por una de ellas. Nada grave. Entra y sale como quiere. Lo dejo a su aire y me voy hacia la zona este donde están situadas algunas de las famosas torretas de Froideterre. Poco queda excepto las cúpulas.
Son las 9.00 h. Decido volver a por Laura y mis amigos.
Mi intención es visitar el Memorial-museo de Fleury, Fort Douaumont, Fort Vaux y el interior del Osuaire de Douaumont.
On verra...

Continúa en: El infierno mudo (VI)

23 oct 2009

El infierno mudo (IV)



6.30 am.
Toque de diana. Paro el despertador. Me lavo la cara, cojo las llaves del coche y abro la puerta de la habitación. Frasier ya me espera. Salimos a hurtadillas. El día se ha levantado fresco. El coche está empañado. Frasier entra en el transportin sin rechistar. Lo pongo a mi lado. Me mira y arquea las cejas. Ya sabe donde vamos.
Salimos de Verdun. El mismo itinerario de ayer. Decididamente el día no acompaña. Frío, humedad y una fina lluvia que cala. Paso de largo por el campo atrincherado de Souville, sigo la carretera y a unos 300 metros detengo el coche. Una señal indica que los restos de Fort Souville se hayan a unos 400 metros en el interior del bosque. Suelto a Frasier que se lanza a correr por la pista que lleva a Souville. Se trata de una pista bien cuidada. A banda y banda se eleva un tupido bosque. La oscuridad del amanecer y lo feo del día nos impiden hacernos una idea exacta del paisaje donde estamos. No se trata de un bosque ordenado. Más bien es una maraña vegetal de árboles, arbustos y otro tipo de flora. Tampoco se intuyen ni trincheras ni abrigos, aún menos restos de cráteres.
Caminamos al trote. Vuelvo a tener esa extraña sensación de ayer. No me gusta. Frasier lo nota. No para de girarse para ver qué hago, no las tiene consigo. Sus ojillos delatan inquietud, parece que me pregunten si vale la pena seguir. Yo también me lo pregunto.
Finalmente me paro, Frasier también. Se vuelve y se apoya acurrucado en mi pierna. Al fin caigo.
Llevamos unos minutos caminando por el bosque y no hemos oido un solo sonido, ni un ruido. Nada. Ese vacío nos inquieta. Estamos en el reino del silencio, y de algo más. Ese algo lo dejo en el aire. Pero no sólo nos inquieta la ausencia de vida, nos asusta la oscuridad. Comienzo a dudar. Frasier no duda, hará lo que yo haga.
Sigo.
A unos cincuenta metros se abre a la izquierda un claro. Suspiro profundamente. En esas me percato que he perdido a Frasier. Rectifico, lo he perdido entre el mar de cráteres que se extiende a mi izquierda. Al final, a lo lejos, diviso su colita como sube y baja por los restos cubiertos de césped. Me lanzo en su busca. El suelo resbala. En una de las pendientes patino y caigo de bruces. Nada roto. Sigo, maldiciendo - eso sí - al bueno de Frasier. Ahora que recuerdo esos instantes sonrío, pero en esos momentos no me hacía ni pizca de gracia. Lo único positivo de las correrías de Frasier fue que me olvidé del mal rato anterior.
A Frasier lo encontré husmeando en lo que restaba de la superestructura de Fort Souville. La imagen de la entrada era la misma que permanecía en mi retina de las postales de finales de la guerra: una entrada semienterrada y totalmente destruida en la sólo se podía entrever algunos orificios. Pensar que alguien había podido sobrevivir a los terribles ataques de finales de junio y principios de julio 1916 me parece increíble. Yo diría milagroso.
La zona de Souville estuvo sometida a un castigo sin igual. De hecho, es uno de los episodios más olvidados de Verdun. Las fuentes y los testigos, junto con los partes de guerra coinciden en afirmar que los bombardeos que soportó la zona de Souville en los estertores de la ofensiva alemana fueron increiblemente superiores a los del día 21 de febrero, el día D. Por ello, tengo un especial fijación en Souville.
Frasier corre, salta, huele. Me es difícil pararlo. Peor será en las Quatre cheminées ...
A todo esto y con el claro del bosque, gano en luminosidad y me pongo a fotografiar el entorno. No paro. Me empapo del lugar y también de lluvia. Decido dar por concluido nuestro periplo por Fort Souville. Volveremos. Desando el camino más tranquilamente, entro en el coche y coloco a Frasier a mi lado. Próxima parada: la Tranchée des baionettes.
La carretera sigue desierta. Sigo sólo, ni un alma. A unos kilómetros y a la vuelta de una curva pronunciada topamos con el monumentos a los supuestos caidos del 137º RI. Aparco en la cuenta de enfrente. Decido dejar a Frasier en el coche, por si acaso. La entrada al monumento está abierta. El contraste entre verdes y grises relaja el entorno. Lo cierto es que después de haber leído y leído sobre el tema el lugar pierde su encanto. La leyenda cuenta que una pequeña sección del 137º RI quedó sepultada por la lluvia de obuses y explosiones a la que fue sometida su posición. La historia real es más prosaica.
Es posible que la trinchera acogiese a algunos caidos, eso es innegable. Pero las llamadas bayonetas quedaron así por los soldados que las abandonaron antes de retirarse ante un embite alemán. La retirada estratégica no es un acto de cobardía, sin embargo le resta épica a la muerte heroica de los presuntos caidos. La leyenda se cimentó después de que tropas francesas recuperasen la posición y se percatasen de la imagen: una trinchera totalmente cubierta de cascotes y tierra producto de un intenso bombardeo. Algunas bayonetas en posición vertical y apoyadas en el parapetos de la trinchera hicieron el resto. La donación de un magnate americano le pusieron la guinda. Aún así, la Tranchée des baionettes forma parte del imaginario nacional que reina sobre el mito Verdun.
El paseo por el monumento dura pocos minutos. Vuelvo al coche.
Antes de llegar a la Tranchée recuerdo haber visto una indicación del Abri des Quatre Cheminées y de l'Ouvrage de Froideterre. Arranco y me dirijo hacia allí.
El día se levanta, el sol no aparece. 4 grados de temperatura.
Me encuentro con las 4 Cheminées al lado izquierdo de la carretera que dirige a Froideterre. Aparco en la misma cuneta. Frasier viene, ahora sí, conmigo. Descendemos unos metros y al poco estamos encima de un pequeño prado lleno de cráteres repletos de agua de las últimas lluvias. El lugar seria incluso bucólico sino fuese por lo que tuvieron que soportar los miles de soldados que se refugiaron bajo las vueltas de este abrigo. El Abri des 4 cheminées era un refugio para las tropas que relevaban a otras o eran relevadas. Se trataba de un punto intermedio entre las zonas de primera línea y la retaguardia. Sin embargo, el contínuo avance alemán durante los meses que duró la batalla acabaron convirtiendo el abrigo en zona de primera línea lo que la convirtió en objetivo de los bombardeos alemanes. Entre la superestructura del abrigo y la entrada hay unos cinco o seis metros de desnivel. Una vez en la entrada, el nivel vuelve a descender a otros cinco o seis metros, con lo que el grosor de las superestructura y el desnivel convierten al abrigo en un espacio casi inexpugnable. El único inconveniente para un habitáculo de este tipo es el de la aireación o renovación del aire. De ahí las chimeneas y el orígen de su nombre, 4 Chimenées. Las chimeneas todavía hoy visibles, aunque creo que restauradas, son unos enormes surtidores de aire hecho de plancha fina coronados por enormes capuchones.
Frasier está sediento. Se acerca a los charcos de los cráteres para beber el rocio. En ese momento me acuerdo del magnifíco cuadro que pinto Georges Leroux, titulado l'Enfer de Verdun, donde se observan a dos o tres soldados franceses intentando salir de un enorme cráter que contiene los lodos de antiguos lluvias y en el que flota algun cadáver. Todo ello aderezado con una buena dosis de gases tóxicos y de explosiones alrededor. Parece como uno de los cuadros de Hyeronimus Bosch, pero en versión real. Quien sabe si en uno de estos cráteres rellenos de agua donde bebe Frasier, alguno de los miles de soldados sedientos saciaron su sed... Este sentimiento de reflexión es permanente, y asfixiante.
Frasier, como buen Terrier, lo investiga y lo husmea todo. Sin embargo, y para mi desgracia, Frasier es un maestro en colarse en estrechas galerías y en espacio cerrados e, incluso claustrofóbicos. Es bajar al nivel de las dos entradas al abrigo y ver desaparecer a Frasier en una de ellas. Se lanza a escaleras abajo. El estado de éstas es pésimo, semirotas, llenas de cascotes y muy peligrosas, al menos para bien. Frasier la bajó de maravilla. A todo esto me encuentro en que mi perro se ha metido en un agujero oscuro, en el que está prohibido entrar y en el que no es, para nada, seguro permanecer. Lo peor es que Frasier no acude a mi llamada.

Continúa en: El infierno mudo (V)

11 ene 2009

Royal Artillery Memorial (III)

Viene de: Royal Artillery Memorial (II)

Otras imágenes del Tirador de Jagger

© F. Xavier González Cuadra

Perfil

© F. Xavier González Cuadra

6 ene 2009

Royal Artillery Memorial (II)

Viene de: Royal Artillery Memorial

Recorrido visual por el Royal Artillery Memorial, Hyde Park Corner (London)

A) Soldado caído


© F. Xavier González Cuadra

Figura en bronze con patina negra. El primer plano muestra el extremo realismo de la mano del artillero caído en combate. La totalidad de la figura yacente demuestra el sobresaliente trabajo de Jagger transmitiendo al espectador un extremo respecto por la figura del soldado. Quizás el blanco y negro de la fotografía le proporciona una aureóla más etérea pero nada impresiona más que estar allí, a menos de un metro, para sentir ese espíritu.

B) El tirador


© F. Xavier González Cuadra
Quizás la figura de todo el conjunto que logra captar más la atención del espectador es la del tirador. Los tirador eran los encargados de transportar las piezas artilleras de emplazamiento en emplazamiento, bien conduciendo los carros de tracción animal o junto con sus otros compañeros de unidad, realizando un trabajo imprescindible a la vez que extenuante. Uno de los bajorelieves del monumento muestra la secuencia en que una unidad de artilleros intenta desplazar una pieza a través del lodo.
La visión del tirador de Jagger es frapante.
El escultor logra imprimirle un halo sobrenatural colocándole los brazos en forma de cruz y reclinándole la testa con un gesto de extremo abatimiento, recordando las múltiples representaciones del Cristo crucificado. La no-identificación bajo el casco de los rasgos más definidos de su cara le proporcionan, además, una sensación sobrehumana que incita a su observador a situarse al nivel de su posible mirada para experimentar el nexo entre lo pretérito y lo presente, que es lo que quiere hacernos sentir el artista. Aunque recurriendo a tópicos, la fotografía - como siempre - no consigue transmitir el cúmulo de sensaciones.
Jagger rinde un sentido homenaje al titánico y meritorio esfuerzos de estos soldados.

Continua en: Royal Artillery Memorial (III)

3 ene 2009

In Memoriam, 1918-2008


In Memoriam es una exposición temporal organizada por el Imperial War Museum que tiene como principal propósito hacer un recordatorio de aquellas personas que perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial. La muestra está enfocada a captar la atención del espectador mediante el recuerdo de aquellas personalidades notorias que murieron durante la Gran Guerra.
Entre las personalidades representadas y conmemoradas -todas británicas- figuran Wilfred Owen, Edith Cavell, Sir Douglas Haig, etc.
El recorrido es del todo visual, y no supone un denso periplo por carteles, explicaciones o pies de foto. La estética de la muestra, minimalista, intenta recoger y plasmar la inocencia y el reconocimiento hacia aquellas personas que perdieron la vida bajo su propio ideal de justicia. La elección de los homenajeados no es aleatoria, se trata de una selección con un claro y explícito sentido de la idoneidad. Cualquier persona que conozca la historia de figuras como Owen o Cavell siente una especial emoción al contemplar sus objetos más cotidianos como sus gafas o cuadernos de notas.
La exposición no tiene pretensión didáctica, tan sólo pretende reblandecer y recordar aquellos espíritus actuales que giran página demasiado pronto. Es un grito hacia nuestra memoria más pasajera. In Memoriam es un recordatorio entrañable a ese mundo perdido, hacia todas aquellas personas, a menudo héroes, que no murieron en vano.

3 dic 2008

Royal Artillery Memorial

Cortesía de Charlie Dave

El Royal Artillery Memorial (1925) se encuentra situado en el Hyde Park Corner de Londres. El grupo escultórico muestra una enorme pieza de artillería, un obús, flanqueado a los cuatros lados por cuatro imponentes figuras de bronce que representan a cuatro miembros del cuerpo. A la derecha del monumento, se encuentra la figura de un soldado caído en combate que yace cubierto solemnemente. La decisión de Jagger de incluir en su obra la representación de un muerto iba claramente en contra de las convenciones que desestimaban cualquier inclusión de esculturas de soldados muertos. Pero la audacia, y sobretodo la dignidad con la que se representa le dan al monumento una dimensión más realista del conflicto, más heroica. Detrás a la izquierda está la figura de un conductor con los brazos en semicruz y que proporciona una visión absolutamente sobrecogedora, parece que esté descansando después de una larga jornada. Si el espectador tiene la suerte de poder observar el monumento en un día lluvioso, bien puede trasladar esta imagen a una de las aciagas jornadas que debían soportar estos hombres en el frente occidental. La lluvia parece que resucitar a estas figuras, elevando el grado de realismo a cotas extremas e increíbles. La figura frontal representa a un portador de proyectiles de porte mayestático. La última escultura es la de un oficial en pose de descanso. La solemnidad y prestancia de las esculturas choca con los detalles esculpidos en la base del monumento. Ésta, de granito, está esculpida con relieves que muestran duras escenas de guerra, así como los lugares en los que destacó el Royal Regiment of Artillery durante la Primera Guerra Mundial. Se cree que la admiración que sentía Jagger por el arte asirio lo influyó de cara a realizar estos relieves. Acompañando los lugares donde lucharon y murieron los miembros de este cuerpo, se encuentra dedicatoria que reza así:

In Proud Remembrance of the
Forty Nine Thousand and Seventy Six of All Ranks of the Royal Regiment Artillery
Who Gave Their Lives for King
and Country in the Great War 1914-1919

Con orgullosa memoria a los
cuarenta y nueve mil setenta y seis miembros
de todos los rangos del Royal Regiment of Artillery
que dieron sus vidas por el Rey
y la Patria durante la Gran Guerra 1914-1919



El monumento a la RAM en todo su conjunto proporciona una imagen muy real de lo que fue la guerra para los miembros de ese cuerpo. Tanto más si consideramos que la artillería y sus efectos tuvieron unas consecuencias hasta ese momento desconocidas. Algunos críticos han señalado despectivamente el tamaño del obús esculpido, a lo que Jagger se defendió argumentando que no deseaba que el perfil de la pieza se perdiese o camuflase en el paisaje. Lo consiguió para mérito suyo y para alegría de los veteranos de la Royal Artillery. No hay duda que el realismo de Jagger confiere a este monumento un halo de innegable heroicidad, ante lo cual uno se siente realmente conmovido. 


Continúa en: Royal Artillery Memorial (II)

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