25/9/2014

Los desiertos blancos, el Somme por William Orpen (agosto 1917)


'Nunca olvidaré mi primera visión del Somme de aquel verano. Durante la primavera era solo era barro, algun charco de agua, cráteres y más barro. Era la estampa más triste y deprimente de la desolación que alguien pueda imaginar. Sin embargo, en el verano de 1917 su belleza no podía expresarse con palabras. El lúgubre y plomizo barrizal había mudado a un blanco puro y deslumbrante. Campos de blancas margaritas y rojas amapolas junto algun bleuet disperso se extendían por millas y millas. El cielo azul profundo, plagado de mariposas blancas, que se ... a la ropa. Parecía un paisaje de cuento, pero en lugar de hadas solo había cruces blancas marcadas con la inscripción 'soldado británico desconocido'. (Más tarde, todos estos cuerpos fueron desenterrados, identificados en su mayoría e inhumados otra vez en cementerios miliatres). A través de las cortinas de mariposas blancas, alguna libélula azulada rasgaba el aire con el canto de las alondras ensordecido a menudo por el zumbido de un avión en las alturas. Todo brillaba bajo el calor. Uniformes, canones, todo lo que se había abandonado al cesar el fragor de la batalla se cocía al sol bajo una preciosa combinación de colores blancos, grises y dorados. Las únicas tonalidades oscuras eran el color bronce-óxido de las alambradas y el negro de un gato que vivía en uno de los refugios que permanecía semienterrado en la calle principal de lo que un día fue Thiepval'. 

De esta forma entre poética y prosaica describió William Orpen su segundo encuentro con el Somme. Era el agosto de 1917 y esta instantánea sería la que permanecería no solo en su retina sino en el oleo de su serie sobre el Somme. Blanco, ocre dorado y motas de verde fueron la combinación más común junto al azul cobalto y al liláceo vespertino para cubrir los cielos. El Somme para Orpen era un campo de batalla pero sobre todo un paisaje. Un paramo desértico que acabaría tiñiendo blanco en múltiples gamas. Orpen abjuró del plomizo, hasta el extremo de blanquear los pocos dibujos que se incluyeron en la serie.
Orpen era un testigo de la guerra, pero fue sobre todo un espectador. Un espectador de paisajes de guerra vacíos. Una vacuidad que ese agosto del 1917 le permitirá ir y venir de Péronne al Somme, a las antiguas líneas británicas. Durante sus paseos y excursiones a los antiguos campos de batalla apenas dejó sin explorar o describir. Curiosamente allí coincidiría con una de las personas que mejor acabo describiendo el Somme: John Masefield. Fueron jornadas de silencio contemplativo, que el poeta aprovecharía para escribir su preciosa The Old front line y que el artista irlandés recrearía en sus lienzos. 

An onlooker in France, 1917-1919
Orpen fue nombrado artista oficial de guerra a principios de 1917, siendo embarcado para Francia en abril de ese mismo año. Sus comienzos y aclimitación no fueron del todo óptimos, pero al poco se vio retratando la cotidianidad de la retaguardia. Primeros contactos con el Somme para luego partir hasta el saliente de Ypres donde estuvo hasta finales de julio. De este breve periodo destacan sus pinturas de Cassel, un precioso y pequeño pueblo tras las líneas aliadas. Poco después volvía al Somme. Su red de contactos se fue ampliando hasta que un día el general Charteris ... le aconsejó (y conminó) que se moviese a su antojo y pintase lo más que le interesase, siempre dentro de unos límites que el irlandés respetaría. Al poco, y acompañado de un asistente, Orpen fue recorriendo el labertinto de las antiguas líneas del frente y los escenarios más emblemáticos del Somme. La Boisselle, Ovillers, Courcelette, Thiepval, Pozières, Grandcourt, Miraumont, Beaumont-Hamel, Bazentin-le-Grand, Bazentin-le-Petit, Mametz o Fricourt fueron algunos de los lugares que visitó para describir el horror del Somme.
Orpen, sin embargo, no estuvo solo durante sus periplos por el ancient Somme. El desplazamiento del frente más allá de Péronne a inicios de 1917 permitió a británicos y franceses el ordenamiento del territorio. El terreno seguía plagado de derelictos de la guerra en forma de tanques destruidos, refugios y bodegas semisepultados, todo tipo de maquinaria de guerra y demás, pero sobretodo sembrado de restos humanos y un sinfin de tumbas dispersas por toda su orografía. 
En sus memorias no elude hablar de los muertos. Es más, reconoce sin tapujos que en más de una ocasión se dedica a dibujarlos como parte del paisaje. Incluso cuenta una anécdota un tanto misteriosa. Explica que, una tarde de agosto, retratando los restos de un soldado británico y otro alemán, comenzó a sentir una especie de pánico. Asustado y ante la posibilidad de que fuese un golpe de calor, decidió retirarse unos pasos para ponerse al abrigo de la sombra de un arbol desmochado. Recuperando la noción del momento, de repente, cayó de espaldas golpeándose ligeramente la cabeza contra el suelo. Debido al resbalón empujó sin querer el caballete que a su vez golpeó una de las calaveras que estaba dibujando, haciendo que ésta fuese a parar encima del lienzo caído. Orpen no detalla su sentir aunque confiesa que en ese momento consideró más oportuno dejar de trabajar y volver hacia el coche a media milla de distancia. Orpen, sin embargo, no dejó el asunto y esa misma noche decidió compartirlo con un artista francés, mutilado en 1914, llamado Joffroy. Éste, intrigado, accedió acompañarlo hasta ese lugar. Al día siguiente no obstante, Orpen decide continuar su trabajo unos cientos de metros más al sur, sobre los restos del bosque de Thiepval mientras Joffroy visita el lugar. Tras un par de horas de tomar notas Orpen va a buscar a Joffroy al que encuentra tirado en el suelo, medio desmayado. Tras incorporarlo le pregunta por lo sucedido y Joffroy le contesta que se había desmayado por el olor a podredumbre de los cadáveres, a lo que Orpen le replica que es imposible. Joffroy insiste y le pregunta si ha visto que la calavera aún tiene un ojo. Orpen, sorprendido, le dice que no, que ninguna de las calaveras conserva ningún ojo. Recuperado del susto, Orpen y Joffroy deciden partir. Orpen, lacónico, acaba la historia afirmando que 'there must have been something strange about the place' y deja al lector su propia interpretación.

Somme 1917, desierto blanco
El antiguo sector del Somme como cualquier zona de combate del frente occidental es un caos de trincheras, refugios, cráteres y restos de bosques o villorrios. William Orpen no deja nada en la paleta. Su serie de oleos y dibujos sobre el Somme es un recorrido exhaustivo. Thiepval, el reducto Schwaben, La Boiselle o Mametz focalizan su atención. Orpen juega contraponiendo los efectos de la batalla al espectáculo natural. Todos sus lienzos reflejan un claro contraste entre la aridez y el horror de la guerra con el manso e inexorable retorno a la naturalidad del entorno. Campos invadidos por especies vegetales que al tueste solar van cogiendo un color que apacigua la crudeza de los combates y disimulan los restos del horror. El artista irlandés también se adentra en el horror de las trincheras, detalla cuerpos, restos de uniformes y demás enseres como cascos y demás, pero siempre con el marco de un cielo adornado con colorez azulados que devuelven al espectador al punto original. No obstante, lo que hace original a la obra de Orpen sobre el Somme es su uso omnipresente del blanco. 
El sector del Somme se asienta sobre un suelo estratigráfico dominado por la caliza. Una caliza blanca y profunda que sobresale por doquier. Una caliza que emergió del subsuelo al cavarse las primeras trincheras y que se convierte en la nota común en todo el frente. Orpen detalla como nadie ese contrapunto blanco con el cielo cobalto, aunque las primeras fotografías de la RFC en 1916 para planear las ofensivas de julio ya detallan un dédalo de trincheras blancas desde el aire. Lo blanco se distingue perfectamente del terreno gris machacado por la artillería. 
Orpen no saca a la luz el blanco de las caliza, es la caliza de las trincheras y las minas la que lo ciega. Orpen solo juega al contraste. Se podría considerar que Orpen sube la intensidad cromática de forma artificiosa. Podria ser, pero no es vano. Orpen busca ante todo mostrar que la naturaleza sigue su curso y que tras un bosque o villorio borrado de la faz de la tierra se extiende una franja de verdor y vida sin límites en el horizonte. No todo en el Somme es blanco. Los inmensos cráteres de la Boiselle o la destrucción de Thiepval configuran un desierto blanco en que, sin embargo, los oasis verdes comienzan a sobresalir. La naturaleza se irá imponiendo. Es la idea que subyace en la obra pictórica de Orpen y sobre todo en sus primeras impresiones al contemplar el Somme en la canícula de 1917.

El gran cráter (The Big crater). Somme. Día claro. Vistas desde las trincheras británicas opuestas a La Boisselle, mostrando la línea alemana y los cráteres de las minas (The Somme: A Clear Day. View from the British trenches opposite La Boiselle, showing German front line and mine craters).



Ambos cuadros reunen todos los ingredientes de Orpen para el Somme: la caliza reluciente al sol y cegadora, trincheras blancas que surcan mares de hierba, cráteres de minas como volcanes de lava blanca que rompen la monotonía, incipientes muestras de vida como margaritas u otras flores y un cielo que contrasta con la blancura y verdor de la tierra.
En El gran cráter Orpen juega con los claroscuros que le ofrecen las nubes con franjas más o menos iluminadas, sacando a la luz el conjunto de trincheras blancas que se intuye a lo lejos y que contrasta con un pequeño mar de verdor entre la loma al sol y el impresionante cráter blanco de de mina que se encuentra en primer plano.
La peculiar y uniforme orografía del viejo sector del Somme no ayuda a la situación exacta de las grandes panorámicas de Orpen. Estas dos, a banda de su lacónica descripción, se podrían situar a banda y banda de la carretera que va de Albert a Bapaume, en la que partiendo de ésta se observa un ligero repunte hacia los extremos. 
El gran cráter, producido por la mina que estalló el 1 de julio frente a las líneas alemanas en La Boiselle, es muy probablemente el Lochnagar crater. El sector elevado que se observa desde el cráter Lochnagar es la parte sur de Ovillers, quedando la carretera Albert-Bapaume casi oculta, excepto en la esquina derecha del cuadro. Al norte, a la derecha del cuadro, se iría hacia Bapaume y al sur, izquierda del lienzo hacia Albert. Por su parte, las Vistas desde las trincheras británicas opuestas a La Boiselle ofrecen una visión casi complementaría a la anterior. Situado el espectador en la antigua línea de frente británica, la del 1 de julio, a la derecha del cuadro se podría identificar La Boiselle y su cráter blanco (Lochnagar crater) y a la izquierda del lienzo Ovillers, encontrándose la carretera que lleva a Bapaume en dirección norte junto a la depresión que los británicos bautizaron como Mash valley. Otro elemento que ayuda en la localización sería la formación de caliza que aparece en la parte izquierda y que podrían ser los restos de la 'Y Sap'. Sea como fuere esta perspectiva de la antigua línea de frente británica secuestró la atención de Orpen, que dedicó media docena de óleos al sector Ovillers-La Boiselle en su primera serie de 'desiertos blancos' del Somme.


Cabe decir que el dibujo La carretera a Bapaume, frente a La Boiselle ayuda en la localización de las perspectivas de Orpen. El plano muestra un pequeño convoy de avituallamiento en dirección a Bapaume ya que la carretera en ese sentido tiene una cierta elevación. Así, de frente, el artista muestra la parte sur de Ovillers y en el lado izquierdo del lienzo asoma la que puede ser la carretera que iba desde la general hasta la localidad de Authuille, bordeando el Ancre y llegando hasta Thiepval, Saint Pierre Divion y demás pueblos del valle del Ancre. Este cuadro no es solamente útil como herramienta topográfica sino que reitera la refuerza la idea de Orpen sobre el nuevo paisaje del Somme plagado de pequeños desiertos blancos. Obviando la indefinición (incluso cromática) del primer plano, Orpen reitera la idea de contraste los verdes incipientes de los campos , los ocres y pastel de la tierra devastada completada con trincheras de blanca caliza. 

Thiepval
Reordenando las rutas de Orpen por el Somme, decido seguir por la vieja y estrecha ruta desde el sur de Ovillers para ir hacia Thiepval por la vertiente norte del Ancre. Hoy en día sería la carretera con nomenclatura D20, que llegados a Authuille muta en la D151, pasando por Thiepval y Grandcourt, hasta llegar a Maricourt donde muere. Se trata de una carretera plagada de bosques dispersos a banda y banda, pero que en 1917 había sufrido el inevitable impacto de la guerra. El sector de Thiepval ha sido quizá el más castigado durante la ofensiva del Somme. Los ataques arrancan en julio pero no terminan hasta principios de octubre cuando se toman definitivamente las últimas posiciones y reductos fortificados al norte del pueblo. Thiepval es arrasado literalmente. Apenas una pared de dos palmos sobresale entera del suelo. Thiepval es un queso gruyere no solo por el efecto de los obuses y sus cráteres sino por las decenas de bodegas y refugios que sirvieron de defensa a los alemanes. Thiepval es ya un páramo lunar, un desierto blanco que ocupa en la serie de Orpen sobre el Somme un lugar preeminente. La serie Thiepval, con sus variantes, suma un total de ... piezas si se suman las del reducto Schwaben y algún refugio devastado localizado muy probablemente en ese sector. El conjunto de Thiepval presenta una monotonía cromática dominada por las diferentes tonalidades del blanco y las frías variables del azul. Orpen explora y transita por los restos del pueblo de Thiepval, deambula por el bosque de Thiepval, se adentra en algún cráter como en La Boiselle, desciende a una trinchera devastada y cubierta de restos humanos y objectos y retrata la descomposición.



Thiepval
El óleo Thiepval condensa el sentir de Orpen sobre el Somme: ruinas, restos humanos y desolación. El pintor ahonda en su exploración sobre el binomio caliza-cobalto pero añade, a diferencia del sector de La Boiselle, el factor humano. La presencia de restos humanos en sus lienzos es habitual, forma parte de su paisaje corriente. Orpen no se censura y a la larga le creará problemas, en especial por su obra Al soldado desconocido en Francia (To unknown solider in France) sin referencias al Somme, pero muy mal digerida en el Reino Unido. 
La composición estudiada del cuadro muestra en un primer plano los restos de dos cuerpos (calaveras y algun fémur o húmero), objetos no identificados y los jirones de algún uniforme. Ideado compositivamente en pirámide, en el segundo plano se intuyen de forma plástica las ruinas de alguna construcción por la cantidad de estructuras en madera que sobresalen. La escena representa la imagen fija de lo que pudo ser uno de los múltiples combates que hubo en Thiepval durante el 26 y 27 de septiembre de 1916 en los que se conquistó la posición a base de un bombardeo sistemático y de combates casa por casa entre tropas británicas y alemanas. Antes de levantar la vista hasta la perspectiva celeste, Orpen nos regala en forma de amapola su recurrencia hacia la naturaleza victoriosa. Thiepval, como el resto de pueblos del Somme, es un desierto blanco donde a pesar de la devastación la naturaleza y la vida se abren paso. Las amapolas, elemento central en el imaginario británico de la Gran Guerra, cumplen aquí una doble misión: son un memento para el soldado caído y personifican la vuelta a la vida de un paisaje humano devastado. A un tercer nivel, la bóveda azul - medio oculta tras las omnipresente neblinas del Somme, aparece en todo su esplendor. El azul contrasta con la blancura desértica y silenciosa del antiguo Somme y le proporciona al paraje una triste serenidad. Orpen comienza a introducir lo que será una constante en la rememoración del Somme: una solemne y respetuosa paz. 

El bosque (y la trinchera) de Thiepval


El bosque y la trinchera de Thiepval (Thiepval wood) siguen la misma estructura y mensaje que el lienzo anterior: a la tormenta le sigue la calma. Una calma blanca y silenciosa en la que los restos humanos y los ecos de la guerra son engullidos por la caliza y el azul del cielo. En el caso del bosque la amalgama informe de troncos y tocones convive con grupos de margaritas que surgen aquí y allá de la nada. Cascos, granadas y demás enseres ceden a la naturaleza, que inexorablemente se abre paso tras la barbarie. Oasis de vida en un gran desierto blanco. La escena de trinchera ofrece el mismo marco compositivo que el anterior. Aunque se trata de un dibujo acuarelado -sin el aparáto cromático de los dos anteriores-, el detallismo en la descripción de los restos de la trinchera introduce una idea nueva: el Somme ha engullido por igual a los dos contendientes. El Somme se ha transformado en un inmenso mausoleo, en el que bajo la caliza ardiente de verano yacen miles de cuerpos de ambos bandos. La reiteración de Orpen al representar numerosos restos humanos mutilados o sin identificar bien podría interpretarse como un homenaje a todos aquellos soldados desconocidos o desaparecidos en combate. Orpen cuenta sobre su experiencia en el Somme que durante sus paseos y excursiones coincidió con grupos o partidas de soldados que se dedicaban a localizar tumbas dispersas y restos humanos para concentrarlos y volverlos a enterrar en cementerios militares creados ad hoc. Muy probablemente al contemplar el macabro espectáculo despertó en Orpen la necesidad de plasmar como una instantánea aquellos lugares en los que todavía permanecían restos de soldados insepultos. 

Refugio artillero en una trinchera, Thiepval y Alambrada alemana en trinchera, sector de Thiepval (Gunner's shelter in Thiepval y German wire in a trench, Thiepval)


Orpen recorrió el sector de Thiepval de forma intensa y escudriñó todos los rincones para testimoniar la crudeza de los combates. Tanto el Refugio artillero como Alambrada alemana en trinchera mantienen el mismo esquema compositivo y conceptual que las dos obras comentadas con anterioridad. En el Refugio, Orpen se sumerje en el infierno claustrofóbico de la trinchera. Nada por la caliza que da forma a sus desiertos y escucha el silencio de los derelictos de la guerra. Orpen insiste en equiparar a los muertos. Dos cascos, uno británico y otro alemán aparecen como si fuesen piezas de fruta en un bodegón holandés. Completan la escena un capote medio destrozado colgando de una pared de chapa que sostiene unos de los parapetos de la trinchera. Al fondo y como reclamo el hueco que insinúa el refugio. Una entrada al refugio casi sepultada bajo el manto de la sempiterna de la caliza que se derrite al sol y da color al nuevo desierto del Somme. A pesar de nadar por el mar de caliza, Orpen no olvida que se encuentra bajo la protección del azul celeste.
Alambrada alemana en trinchera sigue el mismo patrón que la Trinchera de Thiepval. La magistral descripción de la trinchera sinuosa y el grado de detalle en los árboles devastados por la artillería son impresionantes. Orpen logra con la acuarela un grado de realismo fuera de lo común. Curiosamente solo colorea el azul del cielo y el ocre óxido de las alambradas en el último plano. La ausencia de color se explicaría por la monotonía cromática del terreno.

Reducto Schwaben y La Butte de Warlencourt (La loma de Warlencourt)


Considerado uno de los puntos fortificados más inexpugnables del sector del Somme, el reducto Schwaben resistió el empuje británico hasta primeros de octubre de 1916. Su fama de inexpugnabilidad y el gran número de bajas necesarias para conquistarlo le otorgaron un status especial, que Orpen decidió inmortalizar. Convirtió el reducto en otro desierto blanco. Tocones , ruinas y calizas bajo un inmenso cielo azul. 
Reducto Schwaben no presenta ninguna novedad respecto a otras obra de la serie. Al contrario reitera el leitmotiv de Orpen en el Somme: pintar el silencio blanco y azul de un campo de batalla ya vacío. 
El mismo silencio blanco pero con otros matices está presente en La Butte de Warlencourt. Punto de infausto recuerdo, como el resto del Somme, la butte (la loma o montículo) de Warlencourt epitoma el sentir de Orpen sobre el Somme de 1917. La loma blanca se eleva sobre un mar de hierba en plena resurección después de los combates, parece más un oasi que no un desierto. Los desiertos blancos no lo son tanto por su extensión, como por la ausencia de vida y su extrema blancura. La butte de Warlencourt insinua el fin del infierno del Somme como orografía. Es casi el último espacio desértico antes de llegar a Bapaume. La butte marcaría el final de la rutas que cruzan el desierto blanco del Somme que parte de las viejas trincheras británicas. 

Desde un punto de vista plástico podría decirse que el penoso avance británico iniciado el 1 de julio de 1916 (y que duría más de nueve meses) por los blancos páramos del Somme se asemeja más a la travesía bíblica por el desierto que a una campaña militar. Los desiertos del Somme aluden a la nada. Durante los interminables meses de la ofensiva el Somme se convierte en una inmensa Tierra de nadie con todos sus elementos: orografía lunar (cráteres, zanjas, trincheras, etc.), ausencia de cualquier tipo de vida, miles de restos humanos desperdigados por el terreno, tumbas sin identificar o destruidas, aniquilación absoluta de pueblos, cultivos y bosques, gran acumulación de material de guerra inservible (sin contar los miles y miles de proyectiles enterrados sin explotar), etc. Todo este panorama es el que se encuentra William Orpen durante su estancia en el frente del Somme. Pero no fue el único en retratar los eriales del Somme. Artistas y dibujantes como Muirhead Bone, William H. Dyson, Fred Leist, Adrian Hill y muchos otros interpretaron el Somme de otra forma aunque con los mismos ingredientes. Los unos se centraron en la devastación de lo humano, los otros en lo material o en dibujar decenas de tanques destruidos, pero los más fijaron su mirada en el simple paisaje y en describir el Somme como un eterno silencio blanco.

Fuentes
Masefield, John. The Old front line or The Beginning of the Battle of the Somme. London: Heinemann, 1917.
Orpen, William. An Onlooker in France, 1917-1919. London: Williams & Norgate, 1921. Versión digital.
La colección Orpen sobre el Somme se encuentra en el Imperial War Museum.

11/9/2014

El Somme desmitificado: la batalla por Thiepval, 26-30 de septiembre 1916 (I)

 
Los inesperados éxitos británicos frente a Montauban y Mametz y el enérgico avance francés por el flanco derecho el 1 de julio de 1916 cambiaron la estrategia a seguir en el Somme. Los desastres al norte (Beaumont-Hamel, Serre) y en el centro del ataque (Ovillers, La Boiselle) convirtieron el sector de Thiepval en el punto sobre el que pivotaría el resto de la ofensiva. Los peores pronósticos se cumplieron y el Big Push se convirtió en una guerra de desgaste sin cuartel que los políticos habían querido evitar a toda costa. Durante los meses y semanas que siguieron los nombres de Trônes, Bazentin, Fricourt o Delville entraron a fuego en la historia militar de la Gran Guerra. En el sector al sureste de Thiepval, los avances británicos, australiano y canadiense se iba sucediendo con cuenta gotas a un ritmo de bajas casi inasumible. Fricourt, Ovillers o La Boiselle -que habían resistido enconadamente los ataques del 1 de julio- fueron cayendo. Pozières pasaba a ser un objetivo de máxima prioridad: era imprescindible para asegurar el flanco izquierdo más allá de la cresta de Thiepval, al este. La conquista y consolidación de Pozières (23 de julio - 7 agosto) supusieron el bautismo y el primer sacrificio australiano en Europa. No obstante, y a pesar de la caída de Pòzieres, Thiepval -firmemente defendida- seguía siendo el mayor obstáculo para cualquier avance en el sector del Somme. 
Desde Thiepval se controlaba la parte septentrional de la cresta del mismo nombre, así como el terreno al norte del Ancre (y su valle) que iba desde Beaucourt, pasaba por Beaumont-Hamel y Serre llegando hasta Gommecourt. A banda de su situación estratégica, los alemanes decidieron reforzar la posición durante los meses de julio y agosto al percartarse de su extrema importancia como eje en el ataque británico. La inactividad británica permitió en parte que los alemanes fortificasen eficazmente sus posiciones con total tranquilidad. La línea de frente (Joseph trench) junto a otras cuatro líneas de defensa (Schwaben, Zollern, Hessian y Stuff trench) fueron renovadas, reforzadas y conectadas con otros puestos fortificados como la granja Mouquet o los reductos Schwaben y Zollern. Junto al dédalo de trincheras, los restos de Thiepval se encastillaron de tal forma que los mandos británicos tuvieron que modificar sus tácticas de guerra. Los combates en el Somme, como había sucedido en Verdun, cambiaron tanto el despliegue defensivo como las maniobras de ataque. El devastador bombardeo de las posiciones alemanas y el brutal coste en bajas provocó que el mando alemán optase por una defensa abierta, con pequeñas unidades distribuidas a través del terreno y con parapetos como cráteres, bodegas o ruinas. Durante el bombardeo y el ataque británico abandonaban los parapetos y refugios dispersándose a campo abierto tras las defensas que les proporcionaban los cráteres y otros montículos de cascotes o ruinas. La defensa alemana ganó, sin duda, en elasticidad y eficiencia. Evitó la destrucción en masa de unidades parapetadas en trincheras semiderruidas e indefendibles y, sobre todo, confundió a los mandos británicos sobre el poder de sus bombardeos y el porqué de la increible resistencia alemana. El mando alemán logró que posiciones enteras resistiesen durante semanas con puñados de soldados dispersos de cráter en cráter al mando de una o dos ametralladoras y una bolsa de granadas. Pozières, High y Delville Wood o Guillemont fueron anticipando el nuevo despliegue táctico, pero los combates por Thiepval y su sector fueron la consumación, el súmmum. Thiepval se convertió por méritos propios en el paradigma de la adaptación al terreno, de la elasticidad defensiva y de la improvisación en tácticas de ataque. 

Previa 
El 3 de setiembre dos divisiones del IIº Cuerpo (39ª y 49ª) atacaron al norte de Thiepval. La 49ª llevó el grueso de la operación. Tras un breve bombardeo atacó frontalmente el reducto Schwaben. No hubo sorpresa. 1.800 bajas y ni un solo metro de terreno ganado. Gough y Jacob (comandante en jefe del IIº Cuerpo) culparon a las tropas de falta de compromiso y coraje. Curiosas apreciaciones si se tiene en cuenta que los batallones implicados perdieron entre un tercio y la mitad de sus efectivos atacando uno de los puntos mejor fortificados del Frente occidental. Haig, tras los combates de Flers-Courcelette el 15 de septiembre, insistió a Gough en que debía aprovecharse el momentum y que era indispensable tomar el resto de la cresta de Thiepval fuese como fuese. Las tropas de Gough se unirían el 25 de septiembre a una operación conjunta con Rawlinson a su derecha y los franceses más al sur. El desgaste de sus divisiones le obligaron a plantearse un breve paréntesis pero las escaramuzas (y las bajas) se siguieron a lo largo de esas dos semanas en los alrededores de la granja Mouquet (Mouquet Farm). Por cuestiones que aún no están muy claras - quizá por la participación de los tanques - la batalla por Thiepval se planeó para un día después de lo programado, el 26 de septiembre pasando 35 minutos del mediodía. 

Planes 
Para el ataque sobre Thiepval y su cresta, Gough destinó cuatro divisiones dispuestas a lo largo de un frente de unos 5,5 kilómetros, que iban desde Thiepval y la granja Mouquet hasta las afueras de Courcelette en el sector canadiense. En el flanco derecho, la 1ª y 2ª canadienses (Byng) atacarían al norte y al este de Courcelette intentando capturar la trinchera Regina (Stuff para los ingleses y Staufen para los alemanes) situada un poco más allá de la cresta. Para ello tenían que sobrepasar y ocupar las trincheras Hessian, Zollern y Kenora, cerrando el frente a la derecha. En el flanco izquierdo de los canadienses, la 11ª División británica -en su primera ofensiva después de Gallipoli- tenía como misión conquistar la granja Mouquet y los reductos Zollern y Stuff, para luego avanzar hasta la trinchera Stuff, continuación de la trinchera Regina en ese sector. En el flanco izquierdo del ataque, los objetivos más difíciles se dejaron a las tropas de la 18ª División de Maxse, quiénes habían demostrado una gran preparación y arrojo el 1 de julio. 
Tras su 'descanso' en Flandes, Gough asignó a los hombres de Maxse la conquista de Thiepval y el reducto Schwaben, que tantas bajas había causado a las divisiones 36ª y 32ª el 1 de julio y el 3 de septiembre a la 49ª. 
La operación presentaba enormes dificultades. El objetivo final (las trincheras Regina y Stuff) se encontraban en una vertiente opuesta a la línea de ataque y fuera del alcance de la artillería británica. Por si fuera poco, antes de llegar a ambas líneas se encontraban cinco de las fortificaciones más inexpugnables de todo el frente: la granja Mouquet, los reductos Zollern y Stuff, Thiepval y el reducto Schwaben. 
A nivel de superfície los restos de la granja Mouquet eran solo ruinas. En el subsuelo, sin embargo, estaba compuesta por un triple sistema de bodegas y refugios conectados a través de túneles. Las entradas a los sótanos estaban disimuladas entre las ruinas dificultando mucho el avance de la infantería. En la teoría, una cortina de artillería en progresión (la famosa creeping barrage) podía permitir el avance sin excesivas bajas hasta la posición, pero una vez que la protección de fuego desapareciese la infantería estaba a merced de cualquier ataque procedente de las bodegas sin que la artillería pudiese evitarlo. La principal misión de la infantería británica era buscar las entradas al sistema de túneles, cegarlas y liquidar cualquier foco de resistencia. La principal amenaza alemana era el fuego de ametralladora escondido entre las ruinas y los cráteres junto a los granaderos que permanecían ocultos. 
Reducir o neutralizar los reductos era aún más difícil. A diferencia de Mouquet farm, éstos se encontraban a gran distancia de las líneas británicas. La gran distancia entre las líneas obligaba a que la 'cortina de fuego' fuese perfecta, tanto en su precisión como en el ritmo que debía seguir el avance de las diferentes oleadas de la infantería (cien metros cada tres minutos). Cualquier retraso provocaría que la infantería perdiese su 'protección' y que fuese alcanzada por las ametralladoras alemanas situadas en los reductos. Por si fuera poco, los reductos también contaban con posiciones fortificadas internas, que albergaban a compañías enteras prestas para cualquier contraataque dentro de la posición. Como en el caso de la granja Mouquet, una vez la infantería se introducía en un espacio tan reducido la artillería amiga no podía ayudarles y los combates se tornaban en un verdadero cuerpo a cuerpo. 
Thiepval también entrañaba sus propias dificultades. En su superfície apenas permanecía piedra sobre piedra pero bajo la posición del castillo existían cerca de 150 bodegas o sótanos, que podían alojar compañías de ametralladoras y granaderos. Como en Mouquet, la cortina de fuego podía facilitar el arribo de unidades pero una vez allí los alemanes podían emergir a la superfície y rechazar cualquier ataque con un potente fuego de ametralladora o con una lluvia de granadas. 

Preparación artillera 
A nivel de artillería los mandos optaron por hacer un cálculo a grosso modo y destinaron unas seiscientas piezas de artillería de campaña y unos 280 obuses de diferentes calibre para un ataque en un frente de casi seis kilómetros. En potencia de fuego, la cobertura artillera para la ofensiva contaría con el doble de munición por trinchera que el 1º de julio, pero en cambio representaría la mitad de lo lanzado en la ofensiva del 14 de julio aunque se trataba del mayor bombardeo llevado a cabo por los artilleros del ejército de Reserva. 
Las baterías del ejército de Reserva (Vº Cuerpo) situadas al oeste del rio Ancre dispararían hacia Thiepval desde el oeste y cogerían al enemigo de enfilada permitiendo un ataque por tres flancos. De los casi 100.000 proyectiles que se iban a lanzar, un 40% pertenecían a piezas de gran calibre. Igualmente, des del mismo sector se llevaría a cabo un contrafuego de ametralladora que barrería la retaguardia alemana para evitar cualquier medida de apoyo. El mando británico también ordenó bombardear con gas las posiciones alemanas de Thiepval para evitar que los alemanes permaneciesen en ellas hasta el momento del ataque. El bombardeo previo comenzó el 23 de septiembre. El mal tiempo de ese día impidió, sin embargo, que los vuelos de observación comprobasen los efectos en las posiciones alemanas. Las nieblas del otoño en el Somme no daban mucha tregua aunque los días siguientes los informes confirmaron un nivel de destrucción óptimo en todo el sector de Thiepval. 

Over the top
Sector canadiense (Courcelette)

 

El ataque comenzó a las 12.35 del mediodía del 26 de septiembre. 
En el flanco más oriental del ataque, la 2ª y 1ª canadiense atacaron con sus 6ª y 3ª brigadas respectivamente. El 5º y 8º batallón de la 6ª brigada atacaron por la derecha, el 14º de los Royal Montreal y el 15º de los Highlanders (48º) por la izquierda. Objectivos: sobrepasar la trinchera Zollern, luego la Hessian y prolongar el avance hasta la Regina. No lo tuvieron fácil. Los informes previos hablaban de una primera línea desocupada, pero la noche previa ataque los alemanes volvieron a ocuparla en el sector frente a los Highlanders. El avance canadiense por su izquierda (5º y 8º batallón) fue bastante limpio y sin excesivas bajas, aunque el fuego en enfilada procedente del oeste (frente la 11ª división) les advirtió que los británicos no había logrado sobrepasar el reducto Zollern. Neutralizada la trinchera Zollern y con un centenar de prisioneros, los hombres de la 6º brigada prosiguieron hacia la trinchera Hessian donde se encontraron con que 5º batallón a su derecha ya había ocupado su parte de la Hessian. A las dos de la tarde los informes que recibió el mando procedentes del 8º hablaban de que era imprescindible que los británicos neutralizasen el reducto Zollern ya que el fuego procedente de allí los estaba diezmando. 
La distancia entre líneas no era muy amplia, pero los alemanes resistieron duramente hasta media tarde. Informado el mando de la toma de la Zollern/Fabeck se hicieron los preparativos para asaltar la Regina. Volvió una certera cortina de fuego pero la resistencia fue durísima. Los canadienses tuvieron que improvisar una nueva línea entre la que habían abandonado y la Regina. Los Highlanders resistieron en la nueva línea de frente hasta el alba del 28 cuando el 27ª de la 2ª división los relevó. Las pérdidas habían sido muy duras para tanto poco terreno. La trinchera Regina no caería hasta octubre durante la llamada batalla por los altos del Ancre (Ancre Heights). 

Continúa en:  El Somme desmitificado: la batalla por Thiepval, 26-30 de septiembre 1916 (II)

2/5/2014

Byng & Currie, o el triunfo de la táctica: Vimy Ridge, 1917


Mucho se ha escrito sobre las lecciones que proporcionó la 1a batalla del Somme (julio-noviembre 1916) en cuanto a táctica militar y lo mucho que sirvieron para conseguir la victoria final. La historiografía británica de entreguerras se encargó de elevar dichas enseñanzas a la categoría de mito a través de la teoría del aprendizaje progresivo. 'The learning curve', como así se bautizó el nuevo paradigma, explicaba la  adopción de una serie de procedimientos y operaciones militares que permitieron la derrota de las potencias centrales en otoño de 1918. Discutir sobre la credibilidad de esa teoría o enzarzarse a defender las líneas revisionistas no es objeto de este humilde trabajo. Desearía matizar, sin embargo, la afirmación de que existe una línea ascendente de mejoría -sin solución de continuidad- desde la 1a batalla del Somme hasta la 2a segunda en agosto del 1918. No considero esta tesis del todo exacta.
Las victorias en Vimy Ridge, Cambrai, o la ofensiva final de los Cien Días son coetáneas de episodios más bien desastrosos como Passchendaele (3a batalla de Ypres), Bullecourt (1917) o las ofensivas alemanas de 1918 (Kaiserschlacht). La coexistencia entre victorias y desastres no anula el hecho de que la experiencia bélica fuese modificando los usos y las prácticas en la táctica militar. Bien al contrario. Simplemente demuestra que la ciencia militar no es un ámbito de estudio infalible y que en el transcurso de una guerra, el valor y el orden de los factores sí que alteran el producto, como es el caso del humano.
Podría trabajarse en ucronías del tipo 'que hubiese pasado si en Jutlandia al frente de la Grand Fleet se hubiese encontrado Beatty y no Jellicoe' o 'si en septiembre de 1914 Ludendorff hubiese estado en la silla de Moltke' pero sería imposible determinar el resultado. Sin embargo, y a pesar de la futilidad, el establecimiento del factor humano como elemento central nos permite elucubrar conclusiones relacionadas con las características más determinantes de los jefes militares que estaban al mando de sus ejércitos.
Hoy en día, y dejando de banda la visión más historicista, es impensable imaginarse la resistencia francesa en Verdun sin el temple y el carácter organizativo de Pétain. Como tampoco es posible imaginarse un desenlace tan victorioso en Tannenberg sin el dueto Hindenburg-Ludendorff (planes de Hoffmann a banda) o un descalabro tan desastroso en vidas y material como la ofensiva francesa en Chemin de Dames llevada a cabo por Nivelle. Se podría llegar a un sinfín de ejemplos como la impresionante campaña africana de Lettow-Vorbeck, la defensa numantina de Kemal Ataturk en Gallipoli o los paseos militares de Von Hutier en Riga o los de Von Dellmensingen en Caporetto. El hecho crucial en todos ellos, como decía, es el factor humano. Nadie puede disociar según que campañas o hazañas de estos nombres, y aún más difícil, de las singularidades de cada uno de estos militares y estrategas. Todos ellos, sin embargo, comparten un elemento común y es la adaptación de su doctrina militar a la evolución de la guerra moderna. Todos ellos, incluido Nivelle, usaron conceptos o ideas nuevas para el despliegue de su pensamiento estratégico o táctico. Bien fuese para la defensa (Pétain o Ataturk), para el hostigamiento (Lettow-Vorbeck) o para la ofensiva (Nivelle, Von Dellmensingen o Von Hutier) todos estudiaron con detenimiento su misión, el contexto y la situación en la que se encontraban, los medios con los que contaban y los resultados que querían obtener.
La historia militar de la Gran Guerra, y especialmente después del Somme, fue protagonista en la alternancia entre militares brillantes y jefes mediocres o caducos. La distinción entre ellos no fue la edad, como siempre se suele reseñar, sino la adaptación o no al nuevo escenario de guerra dominado por la tecnología con nuevos armamentos y recursos técnicos. La Gran Guerra, y su especificidad, fueron el escenario propicio para un cambio de mentalidad táctico,  aún anclado en conceptos de raigambre napoleónica. Las batallas u ofensivas de 1914, 1915 y 1916 en el bando aliado ofrecieron duras lecciones que solo algunos aprendieron, otros desdeñaron y los más se empeñaron en repetir. Ataque en formación cerrada, fila tras fila; disposición de tropas de reserva a kilómetros del frente; ausencia de sorpresa; nulo trabajo de contrabatería artillera; mala praxis o ausencia de las cortinas de fuego o 'creeping barrage'; etc., etc., etc.. Todos estas pésimas decisiones se volvieron a reiterar en algún que otro frente y volvieron a producir terribles resultados en bajas humanas por apenas decenas o cientos de metros de terreno conquistado.
Volviendo al Somme y a sus duras enseñanzas en el bando británico, incluyendo australianos y canadienses, sí que coincido en que supuso un punto de reflexión de no-retorno. Las conclusiones extraídas desde julio de 1916 señalaban que sin un excelente trabajo artillero, tanto en la protección del avance como en la destrucción de la artillería enemiga (contrabatería) poco se podía hacer. La cuestión, no era tanto la anchura o profundidad de los objetivos en el terreno, que también, sino la minuciosidad y ejecución con la que debía llevarse a cabo. Pocos mandos de la BEF, como Plumer o Allenby, llegaron de forma natural a la conclusión de que algo debía de cambiar. No sería hasta abril del año siguiente, 1917, que se tendría una visión clara y práctica de lo que significaban los nuevos usos de la infantería y la mejora -rayando la excelencia- del potencial artillero como apoyo indisociable de la táctica militar. Lo curioso en este caso es que los éxitos llegaron de parte del Cuerpo Expedicionario Canadiense (CEF) y es por esta razón - y por otras más ocultas - que la trascendencia de los éxitos y su futura emulación tardarían en llegar al resto del contingente británico.

Byng & Currie
En junio de 1916, y después de diversos y exitosos trabajos de 'fontanería' militar (véase 1a batalla de Ypres, retirada de Gallipoli o defensa del Canal de Suez), Sir Julian Byng - posteriormente reconocido como 1r vizconde de Vimy - fue destinado a comandante en jefe del Cuerpo Expedicionario Canadiense (CEF). Las razones de tal destino, a parte del hecho de que Byng hubiese sido el comandante en jefe del XVIIº cuerpo británico en el área de Vimy, se desconocen parcialmente pero vistos los resultados y su excelente colaboración con su segundo, el quizá mejor militar aliado durante la Gran Guerra, el general de división Sir Arthur Currie, se intuyen. Desde un punto de vista táctico, Byng y Currie coincidieron al instante. Cualquier ataque, por menor que fuese menor, requería una máxima y concienzuda preparación, un secretismo absoluto (algo que olvidaría Nivelle en su preparación de Chemin des Dames) y una milímetrica ejecución, tanto de la infantería como del apoyo artillero. A estos tres elementos, cabía sumarle el grado de importancia que le dieron ambos a las duras enseñanzas del Somme y a las esperanzas surgidas de Verdun. Tanto es así que cuando se confirmaron los rumores sobre una ofensiva en todo el frente de Arras en marzo de 1917, Currie pidió informes a sus mandos intermedios de los métodos utilizados por franceses (y alemanes) durante la batalla de Verdun.
Currie era militar atípico. Enrolado en las fuerzas canadienses desde los escalafones más bajos (arma de artillería en el servicio pre-militar) alcanzó el grado de comandante en jefe de la CEF en junio de 1917 (después del ascenso de Byng al mando del 3r ejército británico). Sus acciones en el frente occidental desde mayo de 1915 hasta el mismo día del Armisticio estuvieron marcadas por la acción, la contundencia y el temple. La fama de Currie se acrisoló con la 2a batalla de Ypres, se cimentó en el Somme y se engrandeció en Vimy Ridge (la cresta de Vimy). Des de un primer momento, y observador de los cambios en la guerra moderna, Currie cayó en la cuenta que los manuales y los protocolos no servían de nada. Fue precisamente ese desprecio por la rigurosidad y el encorsetamiento en el campo de batalla lo que le permitió aplicar una serie de principios tácticos que apenas dejaría hasta el final de la guerra.
Gracias a sus experiencias en Ypres y en el Somme, junto a los informes recabados por algunos oficiales del frente de Verdun, Currie determinó llevar a cabo pequeños golpes de mano no muy extensos en tiempo y en el terreno, con una preparación artillera muy contundente, municiosa y no dilatada en el tiempo que tenía como objetivo aniquilar la artillería enemiga de cobertura. La artillería debía disponerse en un frente muy delimitado, preferiblemente no muy ancho, que tuviese como objetivo destruir las primeras líneas enemigas, así como los campos atrincherados. Una vez se iniciase el ataque de la infantería (en pelotones y en compañías y lo más cerca de la línea enemiga), la artillería debía iniciar sincronizadamente una cortina de fuego de cobertura que despejase el camino a la infantería para ocupar el frente enemigo. De forma complementaria, y como respuesta al fuego enemigo, se debia iniciar un fuego de contrabatería que eliminase el potencial artillero enemigo facilitando doblemente el ataque de la infantería, y eliminando la posibilidad de que el enemigo iniciase un contraataque para recuperar el terreno perdido. La infantería, por su parte, debía prepararse minuciosamente no solo desde el punto de vista de la instrucción, sino de la asimilación de sus objetivos concretos - previamente conocidos -. Currie también expidió órdenes para que en caso de confusión o caos  los mandos intermedios pudiesen actuar casi autónomamente otorgándoles poder de decisión y maniobra. La prensa y los propios medios militares denominaron a este tipo de golpes de mano minuciosos y resueltos 'bite-and-hold' (morder y resistir), no solo por su rapidez y contundencia ejecutiva sino porque también llevaban aparejada la doctrina de aguantar en el terreno y resistir el contraataque enemigo a la espera de nuevas reservas. De ahí la importancia que daba Currie tanto a la disposición de unidades de reserva muy cercanas a la línea de frente como al trabajo de zapa en la creación de túneles o rampas de ataque muy cercanas a las primeras líneas enemigas, tanto para el primer ataque como para la afluencia contínua de nuevos contingentes de cara a asegurar el terreno reconquistado. Los pruebas de fuego serían Vimy Ridge y la Hill 70 (la colina 70).
Vimy Ridge proporcionó al 'fontanero' Byng un vizcondado y la estimación del pueblo canadiense, a Currie lo elevó a héroe nacional y a Canadá le proporcionó el orgullo y la dignidad patriótica necesaria para olvidar su estatuto de dominion y ganarse la categoría de nación. La batalla de la Colina 70, por su parte, elevó los métodos de Currie y su 'bite & hold' a dogma militar y, lo más importante, descubrió en él a un gran estratega.

Vimy ridge, 9-12 abril de 1917




En noviembre de 1916 el general Julian Byng recibió órdenes de preparar un ataque para la primavera siguiente en el sector norte de Arras como parte de un ataque global británico en todo el sector como cobertura a una ofensiva francesa de principios de mayo. La cobertura británica se conocería como la batalla de Arras (1917) y la ofensiva francesa sería la tristemente famosa batalla de Chemin de Dames u 'ofensiva Nivelle'. La parte reservada al contingente canadiense se denominaría la batalla de Vimy Ridge.
La cresta de Vimy o Vimy Ridge (alternaremos ambas nomenclaturas) se encontraba situada al nordeste del sector denominado de Arras, y al suroeste del ya tristemente famoso sector de Notre-Dame de Lorette (Nuestra Señora de Loreto). Se trataba de un enclave de gran valor estratégico, no solo por los puntos elevados y de observación, sino por que en las vertientes que caían hacia el este, hacia terreno enemigo, se hallaban dispuestas numerosas grupos de artillería que ofrecían una cobertura excelente a las tropas situadas en los puntos elevados haciendo casi imposible su conquista o incluso aproximación. La toma de Vimy Ridge tenía un doble objetivo. El primero eliminar un punto de hostigamiento y de tiro enfilado hacia la ofensiva que debía llevarse a cabo más al sureste, hacia Chemin des Dames y, de otra parte, obtener un punto estratégico y de observación futuro que proporcionaría un control artillero a más de diez kilómetros en dirección este y por tanto hacia terreno alemán.

Preparación
Estudiados el terreno y la proyección del ataque, Byng & Currie decidieron aplicar gran parte de las conclusiones a las que habían llegado oficiales canadienses y británicos durante las clases recibidas de sus colegas en Verdun. Las reconquistas francesas en otoño y diciembre de 1916, así como las precedentes victorias alemanas en febrero-mayo del mismo año, habían puesto de relieve que cualquier avance debía ser muy veloz, realizado por pequeñas unidades de infantería cubiertas (antes y durante el ataque) de un certero y contundente fuego de artillería y con un alto grado de precisión para lo cual era imprescindible un conocimiento previo del terreno, de las líneas enemigas y de sus posiciones fortificadas en caso de haberlas.
No se escatimó el más mínimo detalle en ninguno de los aspectos del ataque. A las cuatro divisiones que formaban el CEF (por primera vez iba a luchar al completo el contingente canadiense) se las sometió a un completo entrenamiento no solo físico, sino táctico a nivel de pelotón y compañía con objetivos muy precisos. Se construyeron, incluso, réplicas a escala de las posiciones alemanas en la retaguardia para explicar con detalle todas las fases de la operación. Con el objetivo de delimitar las áreas de ataque, el sector de Vimy se dividió en cuatro sectores (con 4 colores) que se asignaron a cada una de las 4 divisiones participantes. A banda del entrenamiento táctico, cada soldado contó con un mapa detallado de su zona de ataque con la posición a conquistar y la ruta que debían seguir para tomarla.
Por lo que hace referencia a la artillería, el cuerpo divisionario canadiense de artillería no contaba con más de ocho brigadas de artillería de campaña y dos de artillería pesada por lo que pidió ayuda al mando británico para conseguir una potencia de fuego adecuada a las expectativas depositadas en el ataque. El resultado fue que el ejército británico cedió a los canadienses casi un millar de piezas de artillería, entre calibres pesados, medios y morteros de trinchera permitiendo que el ataque canadiense se llevase cabo con una potencia tres veces superior a la habitual para cualquier tipo de operación. A banda de la potencia y de la concentración de fuego, Currie tenía entre sus prioridades tácticas el silenciar al máximo la artillería enemiga, antes, durante y tras el ataque como medio para dificultar los seguros contraataques alemanes.
Para ello, y a banda de intensificar los vuelos de observación para localizar la posición de las baterías alemanas, los servicios de soporte elaboraron numerosos tableros y mapas que permitieron a la artillería tener localizadas las posiciones enemigas. Para fortuna de Currie, al frente del servicio de contrabatería se hallaba el teniente coronel Andrew McNaughton, quién había trabajado en el campo de la balística y la localización de objetivos a través de artefactos precursores del radar. 
A banda de la precisión y el apoyo de la artillería en el ataque, Currie consideró imprescindible el acortar la distancia entre su línea de frente y las posiciones enemigas. La velocidad (y la sorpresa) en la resolución del ataque eran una de las claves, y para ello contó con la ayuda de varias compañías de tuneladores británicos para que abriesen dos tipos de túneles en dirección al enemigo. Los primeros serían las 'lanzaderas' desde las cuales partiría el grueso del ataque y que, una vez vacíos, servirían de refugio y posterior partida para que las tropas reserva que apoyarían y ocuparían las posiciones ya depasadas durante la operación. Currie, con la dura experiencia del Somme en la cabeza, cubría varios aspectos primordiales de su nueva táctica: acortaba el espacio a recorrer a campo abierto de la infantería, reducía el número de bajas de las primeras oleadas, facilitaba al máximo la disposición de las reservas y proporcionaba al ataque una sorpresa indiscutible al acercarse al máximo a las posiciones enemigas, reduciendo el tiempo de reacción enemigo.
Los otros túneles o galerías se destinaron para el emplazamiento de minas que servirían para eliminar el mayor número de enemigos, junto a sus posiciones, así como servir de elemento desconcertante poco antes del ataque. El grado de sofistificación de los túneles de comunicación llegó a ser tal que la mayoría contaron con luz eléctrica, y los destinados a funciones de abastecimiento y de logística tenían raíles, a banda de espacios concretos para funciones sanitarias, depósitos de municiones y puestos de mando.

Plan
El plan para la conquista de la cresta de Vimy contaba con tres factores. El primero el terreno a conquistar y la prioridad de los objetivos señalados como imprescindibles, el segundo la entidad del enemigo y su capacidad para reaccionar en caso de contraataque y el tercero el papel que tendría la artillería en toda la ofensiva. Unidos estos tres elementos, el plan primaba en un primer momento en desalojar al enemigo de la 'cima' de la cresta, la llamada Hill o colina 145, manteniendo a raya (y en lo posible) el fuego que vendría de enfilada de la otra cima de la cresta llamada The Pimple situado en el bosque de Givenchy. En un momentum similar se debían tomar las otras posiciones que caían hacia el este, hacia la derecha de la línea canadiense para tomar completamente la cresta y hacer retroceder al enemigo hasta la llanura de Douai (Douai plain). Byng & Currie sabían que las tropas alemanas que estaban defendiendo la posición eran una mezcla de soldados veteranos en el sector (la 1a División bávara de reserva) con otras que eran el resultado de la fusión de otras formaciones procedentes de otros sectores (la 79a División de reserva) o la simple fusión de tropas de una misma procedencia como la 16a División de infantería bávara. 
A pesar de la composición de las unidades alemanas, los servicios de información aliados intuían que el mando alemán, a partir de noviembre de 1916, había procedido a implantar un tipo de defensa flexible en profundidad, que más tarde se conocería como línea o sistema defensivo Hindenburg. La idea alemana era adaptar la defensa y la contraofensiva a la magnitud del ataque recibido, en parte apoyado por un sistema defensivo basado en situar varias líneas de defensa conectadas entre sí por una red de fortificaciones, nidos de ametralladora y blocaos que hacían muy costoso en vidas el avance.

Artillería
Sabedores, en parte, de lo que les esperaba, la sociedad Byng & Currie ordenó a la artillería una continuidad total durante toda la ofensiva. Previo al 9 de abril, fecha fijada para el ataque, y durante casi quince días, la artillería aliada castigó sin cesar las posiciones enemigas, logrando eliminar gran parte del campo atrincherado frente a las posiciones alemanas, así como aniquilar en casi tres cuartas partes de la contraparte artillera enemiga. Éxito atribuible al completo a las nuevas técnicas de localización implantadas por el oficial al mando de la contrabatería, el teniente coronel McNaughton. 
Byng & Currie señalaron la importancia no solo de anorrear a las tropas alemanas dispuestas en primera línea sino de evitar al máximo la concurrencia de las reservas enemigas al contraataque. Para ello y a lo largo del ataque, la barrera de fuego no solo se limitó a cubrir el ataque y machacar los objetivos de la cresta sino que avanzó su tiro para castigar la retaguardia enemiga, imposibilitando o dificultando al máximo la afluencia de tropas para tapar brechas o reconquistar lo perdido.

Infantería
La infantería canadiense, 4 divisiones con aprox. 100.000 hombres, situada frente de la cresta tenía objetivos muy concretos y un horario muy calculado. Byng ya había advertido a sus oficiales que "you shall go over exactly like a railroad train, on time, or you shall be annihilated", o funcionáis y os movéis con la exactitud de un tren o os aniquilarán'.
La longitud de la cresta, de unos seis kilómetros y medio, se había dividido por colores correspondientes a las 4 divisiones atacantes. Al margen de cada uno de los objetivos asignados a cada división, el conjunto de la ofensiva debía conquistar la primera línea defensiva alemana (la Zwischen Stellung o la trinchera del medio) que se bautizó como Black Line. Descendiendo de norte a sur, la 4a Division debía acometer la misión más difícil: conquistar las dos alturas más importantes  de la cresta y las mejor fortificadas (la Colina 145 y el promontorio llamado The Pimple en pleno bosque de Givenchy) alcanzando la llamada Red Line, con la 16a División bávara en frente.
A la derecha de la 4a canadiense se situaron la 3a y la 2a, frente a la 79a de reserva alemana, con el objetivo del punto fortificado de Folie Farm, los alrededores de Vimy y el nudo de Les Tilleuls, situados en la zona de la Blue Line. Por último y como la unidad más al sur se encontraba la 1a División que tenía que avanzar hasta la Brown Line, en la que se encontraban la posición de Théllus y los arrabales de Farbus.
Jack Sheldon en The German Army on Vimy Ridge, 1914-1917 sostiene que los planes canadienses no eran del todo ajenos al mando alemán. En febrero de 1917 un soldado canadiense de origen alemán desertó aportando documentación referente a la supuesta ofensiva de primavera. De hecho, los alemanes sabían que algo ocurría ya que el trabajo de mina y contramina de los ingenieros y zapadores británicos habían aumentado considerablemente. Tanto es así que los alemanes lograron desbaratar y destruir algunas de las minas que habían dispuestos los ingleses bajo sus pies.
El plan de ataque para el 8 de abril quedó pospuesto a petición de los franceses hasta el día siguiente.

Ejecución

El 9 de abril al romper el alba comenzó el ataque en toda la línea. El tiempo como los días precedentes no era muy halagüeño: ráfagas de viento helado y una nevada ligera pero contínua. Poco antes de las 5.00 de la mañana los cañones que habían estado aún martillenado las líneas enemigas callaron y recalibraron el tiro para la cortina de fuego que acompañaría las tropas de asalto, que se habían desplazado por los túneles hasta sus posiciones de salida por la tarde-noche del día anterior. Cada uno de los soldados llevaba un rifle con su bayoneta, munición (120 balas), dos granadas Mills, cinco sacos terreros, ración para dos días, una cantimplora de agua, una máscara de gas, unas gafas y una bengala. Todo fue calculado al milímetro: unos 20.000 solados saltaron a la Tierra de nadie a las 5.28 h., mientras segundos antes los ingenieros hicieron volar tres minas para asegurar el avance y descolocar a los alemanes. Al iniciar la cortina de fuego hicieron detonar otra media docena de cargas situadas estratégicamente bajo posiciones fortificadas. El recalibrado de la artillería pesada británica permitió castigar las defensas alemanas y lanzar numerosos proyectiles de gas en la línea defensiva alemana (la Zw¡schen Stellung) mientras la artillería canadiense ofreció una efectiva cobertura en cortina de fuego. A pesar del castigo, la defensa alemana aguantó el tipo y el fuego de ametralladora castigó mucho a los atacantes causando enormes bajas. Los partes canadienses hablan de que sobre las 6.30 h. la mayoría de los objetivos, unos 3/5 dicen, se habían logrado. Cierto, en parte.
No fue hasta media tarde que el terreno estuvo limpio y además no hay que perder de vista que los objetivos más estratégicos e importantes no se habían conseguido. Las brigadas 11a y 12a de la 4a División no habían conseguido poner apenas un pie en la colina 145 y menos en The Pimple. 
Debido a su importancia estratégica, los alemanes habían fortificado la cota 145 con un triple cinturón de alambre de espino y con una serie de nidos de ametralladoras camuflados tras la vertiente opuesta. De ahí que la artillería británica no hubiese podido aniquilar esas defensas y que las tropas de la 4a División canadiense fuesen castigadas sin cesar por el fuego procedente de The Pimple. Los cuatro batallones de la 12a brigada (38º, 72º, 73º y 78º) sufrieron lo indecible para cubrir a los hombres de la 11a brigada que no habían podido avanzar. El batallón 102º  de la 11a había logrado abrirse algo de camino pero el 54 que le seguía se quedó a medio camino y se retiraron con enormes pérdidas. Se confirmó que existía todavía un reducto fortificado intacto. Batallones canadienses como el 87º o el 75º fueron literalmente barridos, perdiendo en algunos casos el 60% de sus efectivos. Se reanudaron los esfuerzos pero la 145 no se cayó ese día. Solo dos compañías del batallón 85º lograron asegurar parte de la vertiente oeste, mientras que el resto siguió en manos alemanas hasta el día siguiente. La lentitud en la conquista de la colina 145 y el sector adyacente frenaron el avance de la 3a División canadiense, que podría haberse adentrado aún más en las líneas enemigas. El fuego procedente de la Colina 145 estaba cogiendo a los canadienses de enfilada por lo que se decidió esperar y consolidar el terreno ganado.
A pesar de la contundencia del ataque, los alemanes no se dieron por vencidos y en la medida de lo posible enviaron tropas (de la 79a División) a ocupar las brechas y en algunos casos, como en la colina 145, a reforzar la línea. No obstante, los canadienses (y los británicos) no estaban dispuestos a perder la oportunidad de tomar toda la loma, The Pimple incluido.
Al día siguiente, 10, se retomaron los ataques con más fiereza. Se movilizaron algunas brigadas británicas como soporte, junto a alguna sección de tanques, y se prosiguió el avance en el sector de la 1a y 2a División canadiense.
A primeras horas de la tarde se había conseguido llegar al límite nordeste establecido en el plan de ataque, la llamada Brown Line. El escollo, sin embargo, persistía en el norte. La colina 145 resistía y The Pimple seguía casi incólume. Los mandos lo vieron claro: los alemanes se dejarían la piel. O subían más refuerzos o desguarnecían algunos puntos conquistados por la 3a División, enviando a tropas de ésta para encararlas hacia la colina 145.
Se optó por ambas opciones. Tropas de la 4a por el sur y tropas de la 3a por el sureste fueron cerrando el cerco. Esa tarde los batallones 44º y 50º de la 10a brigada remataron la faena. Los alemanes resistían pero la falta de munición y el cansancio hicieron mella. Poco antes de las cuatro los canadienses pusieron el pie en la parte norte de la colina, que los alemanes reconquistaron por poco tiempo y con enormes bajas, hasta que tropas frescas (y bisoñas en combate) como el 25º batallón de los Nova Scotia Rifles expulsaron o apresaron a los alemanes que resistían.
El mando ordenó descansar al día siguiente, miércoles 11 de abril, para hacer recuento de bajas y actualizar la situación. Byng & Currie lo tenían claro: The Pimple debía caer sí o sí. Y así fue. En medio de una tormenta de nieve, parte de los efectivos que habían logrado tomar la cota 145 se lanzaron a la conquista de The Pimple. Tropas alemanas pertenecientes a la 4a División de la Garde Infanterie, que habían relevado a la castigada 16a División bávara, defendían la posición. El ataque se inició a las 4.00 de la mañana con un bombardeo previo de gas que gracias a un viento favorable diezmó parte de la defensa pero que logró rechazar un primer embite canadiense. La 10a brigada canadiense, apoyada por efectivos de la 24a División británica se lanzó otra vez al ataque sobre las cinco de la mañana, asestando un golpe definitivo y logrando capturar la posición una hora después.
Vimy Ridge ya había sido controlada totalmente al anochecer del 10 de abril, pero la captura de la posición de The Pimple fue imprescindible para asegurar la posición en toda la cresta.

Epílogo
Vimy Ridge permite hacer dos lecturas, una militar y otra política. Des de un punto de vista exclusivamente militar, la batalla fue un rotundo éxito con pocos precedentes en la historia bélica de la Primera Guerra Mundial. La cresta había estado en el punto de mira aliado desde 1914 y se había intentado reconquistarla infructuosamente en 1915 y 1916 con miles de pérdidas, primero francesas y luego británicas. Los canadienses tuvieron casi 11.000 bajas, muriendo finalmente unos 3.700 soldados. El precio fue alto, muy alto, como en toda la guerra a pesar de que la sensación de triunfo maquilló las pérdidas. Los mandos comenzaron a intuir en Vimy la luz al final del túnel. Los alemanes habían sido desalojados y vencidos en apenas cuatro días de una posición prácticamente inexpugnable e inconquistable que había costado decenas de miles de muertos durante los 3 o 4 años previos. La prensa y los mandos británicos y francés miraron hacia la magnífica sociedad de Byng & Currie y se preguntaron -por supuesto- cuál había sido la clave de un éxito tan rotundo en Vimy y un fracaso tan sangriento como el de Chemin des Dames. Poco tardaron las mentes pensantes y los jefes militares más clarividentes en darse cuenta que el factor más determinante había sido la mezcla de una preparación táctica impoluta y el empleo de la artillería en todo su potencial. Haig tomó nota, Pétain se reafirmó en lo que ya intuía y Foch pondría a la práctica las lecciones en el verano de 1918.
Lo de Vimy Ridge no fue una casualidad. Currie repitió éxito el agosto siguiente en la Colina 70. Con menos potencial artillero, pero con la misma minuciosidad y preparación, Currie -esta vez solo- aplicó los principios que habían guiado el triunfo de Vimy: preparación, minuciosidad, exquisita ejecución artillera y absoluto secretismo. Vimy abrió las puertas a Byng hacia su futuro vizcondado y el mando del IIIr ejército británico. Currie subió a los altares de la Patria canadiense, no sin antes limpiar cierto expediente por desfalco y superar numerosas zancadillas del premier canadiense Sam Hughes, el cual lo odiaría hasta el final de su vida por haber relegado a su hijo Garnet como mando militar de la CEF. La sociedad Byng & Currie puso en práctica algo ignoto en los campos de batalla de Francia o Flandes: sentido común, paciencia y una fe ciega en la victoria.
La lectura política de Vimy la creó la prensa y la alimentó la opinión pública, sobre todo canadiense. El pueblo canadiense consideró la victoria de Vimy como un hito no solo en la guerra, sino para su propia historia y dignidad como nación. Con el transcurrir de los meses y los años, el mito de Vimy Ridge se instaló -por méritos propios- en la breve historia de Canadá como un punto de inflexión en su consolidación nacional. Vimy Ridge fue (y es) una fita en la historia de Canadá. Apuntaló su orgullo nacional y permitiéndole sentirse como una nación más. Los canadienses, como los australianos con Gallipoli o Pozières, otorgaron al triunfo de Vimy Ridge un carácter fundacional en su historia como nación.

Fuentes

Morton, Desmond and J.L. Granatstein. Marching to Armageddon: Canadians and the Great War 1914-1919. Toronto: Lester & Orpen Dennys Ltd., 1989, pp. 138-143.
Nicholson, Colonel G.W.L., C.D. Canadian Expeditionary Force 1914-1919: The Official History of theCanadian Army in the First World War. Ottawa: Queen's Printer and Controller of Stationery, 1962, pp. 244-265.
Sheldon, Jack. The German Army on Vimy Ridge 1914–1917, Barnsley : Pen & Sword Military, 2008.
Turner, Alexander. Vimy Ridge 1917 : Byng's Canadians triumph at Arras. London : Osprey, 2005.

http://www.remembrancetrails-northernfrance.com/history/battles/vimy-ridge-april-1917.html

16/12/2013

Notre-Dame de Lorette (Nuestra Señora de Loreto), mayo-junio 1915


Los sangrientos combates por Notre-Dame de Lorette en 1915 fueron de los más duros del frente occidental. Circunscrita en la Segunda Batalla del Artois, la reconquista de la posición de la antigua ermita buscaba romper la línea alemana en el eje Loos-Givenchy-Thélus donde el objetivo final era la cresta de Vimy (Vimy ridge). Su peculiar morfología y altura la convertían en un lugar de observación privilegiado, tanto para la artillería como para el control de efectivos enemigos. Como la Butte de Vauquois - aunque sin minas- Notre-Dame de Lorette cambió de manos en numerosas ocasiones en solo catorce días de brutales combates. El resultado fueron miles de muertes por una simple colina y la posterior mitificación como carnicería inútil.

Patrón equivocado
A pesar de la concienzuda preparación francesa y de la colaboración británica (Festubert y Aubers), Notre-Dame de Lorette y Vimy repitieron la lógica macabra de los desastres del verano del 14 y de la Champagne de principios de 1915. Las correcciones y modificaciones tácticas no fueron suficientes: la offensive à outrance volvió a fallar sin apoyo eficiente y continuado de la artillería durante el ataque. El Pétain de la 'artillería conquista y la infantería ocupa' aún tenía que pulir su método. Nombrado por Foch jefe del 33º Cuerpo de ejército, dispuso de una preparación artillera fuera de lo común y de reservas suficientes en caso de rotura del frente. Pero cometió algunos errores. El primero iniciar el bombardeo dos días antes del ataque (serían cinco) malbaratando la carta de la sorpresa. El segundo situar las tropas de reserva a más de 8 kilómetros de distancia del frente. Las equivocaciones del pasado se enquistaban. De hecho, Loos y todas las ofensivas aliadas hasta mediados de 1917 (Passchendaele incluída) tuvieron un patrón desgraciadamente común: 
1º Apoyo artillero deficiente e intermitente a lo largo de la operación. 
2º Reservas mal dispuestas o rezagadas. 
3º Graves deficiencias en las comunicaciones. 
4º Nula coordinación e improvisación de los mandos intermedios y 
5º Visión nula u obtusa de los mandos superiores junto a un desprecio absoluto por sus tropas. Con estos factores el resultado sería el mismo en todos los casos: masacre de miles y miles de soldados a cambio de decenas o cientos de metros. Notre-Dame de Lorette sería el summum.

La mejor defensa es un terreno inconquistable
La vieja ermita, lugar de peregrinación y devoción antes de la guerra, se encontraba al final de una cresta que va de oeste a este, mas o menos de Bois (Bosque) Bouvigny hasta los aledaños de Souchez. Desde Lorette, en la parte oriental de la cresta (170 metros sobre el nivel del mar) y a unos 15 km de Arras, se divisaba la práctica totalidad del sector del Artois y, por supuesto, la cresta de Vimy. Lorette suponía el punto de apoyo al oeste en la línia de ataque y su toma significaba una baza importante en el éxito de la operación. Su conquista, sin embargo, sería durísima, no solo por la escarpada orografía sino por la fuerzas alemanas que la defendían desde octubre de 1914. La zona septentrional de la cresta no presentaba una orografía complicada pero la vertiente meridional - formada por media docena de escarpadas laderas junto a estrechos y abruptos barrancos - ofrecían una defensa natural dificilmente franqueable y un ataque poco halagüeño desde el punto d'Ablain Saint-Nazaire (aún en manos alemanas).
Desde finales de 1914 el 21º Cuerpo de Ejército francés del General Maistre conocía muy bien la posición. En enero de 1915 habían puesto los pies en la parte más occidental del promontorio (Éperon de Mathis). En marzo y abril cayeron el Grand Éperon y l'Éperon des arabes. La posición de Lorette, sin embargo, permanecía a casi 1 kilómetro de las posiciones de vanguardia francesas. Las débiles defensas de la vertiente norte decidieron a los mandos alemanes por formidable sistema defensivo en el sector nordeste de la cresta. Cinco líneas de trincheras protegidas de sacos terreros, nidos de ametralladora en pequeños blockaus (blocaos) situados en los flancos, un nutrido campo de alambradas junto a barreras móviles y caballos de frisia protegían la posición de Notre-Dame desde el norte y el este, más o menos desde l'Èperon (espolón) des arabes. En puntos determinados y entre líneas se construyeron pequeñas fortificaciones anticipando los futuros blockhaus que en algunos casos contaban con fosos y muros de más de 6 metros de profundidad, como el del Fortin de la Chapelle. Junto a las formidables defensas, gran parte de las tropas que defendían la posición pertenecían a un regimiento de élite badenburgués apoyado por una importante concentración artillera en las posiciones de Angres y Liévin. De esta forma, cualquier ataque francés que cruzase la pequeña meseta de Lorette estaría sometido a una impresionante lluvia de fuego. Los mandos franceses sabían de lo imposible del ataque, pero confiaban en tomar Ablain Saint-Nazaire que favorecería el avance cubriendo uno de los flancos.

Mayo 1915
El bombardeo artillero francés se inició el 4 de mayo. Pero el mal tiempo obligó a posponer el ataque de la infantería hasta el 9. El efecto sorpresa se fue con la lluvia. La magnitud del bombardeo y los fuertes aguaceros dejaron un terreno impracticable pero los planes de ataque no se modificaron. En el sector más occidental del ataque, tres regimientos de infantería y tres batallones de cazadores al mando del general Maistre saltaron de las trincheras a las diez de la mañana del 9 de mayo. Su objetivo era desalojar a los alemanes del fortín de la Chapelle en su camino hacia los restos de la ermita para ocupar posteriormente toda la cresta de Lorette hasta su punto más oriental, con vistas a Souchez y con Ablain Saint-Nazaire en su flanco meridional. El objetivo, Lorette aparte, era proporcionar fuego de flanco en apoyo al avance perpendicular hacia la cresta de Vimy. El avance fue durísimo. Las condiciones del terreno junto a un mortífero fuego de ametralladora alemán hicieron mella en la ofensiva. Tres horas después y tras cruzar varias líneas de trinchera abandonadas, el grueso de las tropas estaba a unos doscientos metros del fortin de la Chapelle. Hubo reagrupamiento y al poco se inició el ataque en semicírculo. Las ametralladores del fortin barrieron cualquier avance. Las bajas fueron terribles. Pura carnicería. La artillera desde Souchez y Liévin remataron la faena. El mando francés decidió suspender los ataques pero ordenó un claro 'ni un paso atrás'. Llegó la noche y los restos de las compañías dispersas, algunas lideradas por sargentos o caporales, se refugiaron en los cráteres de obús y se parapetaron bajo los cuerpos de soldados alemanes. Llegaron refuerzos alemanes y los temidos contraataques. Se llegó al cuerpo a cuerpo y a la bayoneta. Los franceses lograron rechazarlos. El día 10 la situación de las tropas francesas era muy delicada. Sin apoyo de retaguardia y con un fuego artillero de flanco pocas eran las opciones. Avanzar o avanzar. Los compañeros de la 70ª división tampoco pudieron tomar Ablain Saint-Nazaire. Al acoso artillero se sumaron el calor, la sed y el hedor de los muertos en descomposición que los obuses habían desenterrado. Un horror.
Durante dos días la situación se mantuvo estable. Del 10 al 12 de mayo los supervivientes aguantaron como pudieron los contraataques alemanes, que mantenían abiertas las vías de Souchez y Ablain Saint-Nazaire. El 12 a la noche el contingente superviviente de los chasseurs (cazadores) tomó la iniciativa. Un pequeño grupo reptó hasta la base del fortín y cubrió - parcialmente - las troneras de las ametralladoras con sacos terreros. Lo consiguieron a medias, muchos cayeron, pero ralentizaron el tiro y el resto de la infantería cruzó algunos parapetos en dirección al fortín. Una vez rodeado se luchó cuerpo cuerpo hasta acabar con la resistencia alemana. El grueso de las tropas se dirigió hacia el resto de la cresta pero no de toda la meseta. El punto más oriental estaba todavía en manos alemanas. Concretamente los espolones de Souchez y el de Voie Blanche (vía blanca).
A pesar del pésimo estado del terreno, los franceses avanzaron los días siguientes hasta tomar el espolón Souchez. La Voie Blanche, sin embargo, se mantenía inexpugnable. El fuego de ametralladora era mortífero. Hasta el 22 de mayo, la línea francesa en la cresta de Lorette tuvo forma de semicírculo. Ablain Saint-Nazaire, la punta más oriental de Lorette y la zona de Angres-Liévin permanecían en manos alemanas. El mando francés dispuesto a cerrar el capítulo Lorette puso todas sus energías en la conquista de los reductos. Los alemanes no se lo pusieron fácil. Después de más de trece horas de combates con sendos contraataques toda la meseta de Lorette cayó de lado francés. Solo resistía la vertiente oriental hacia Souchez, pero las alturas ya eran francesas. Los defensores alemanes perdieron en un solo día tres mil hombres. De los franceses se desconoce el número pero se calculan muchos más. Comenzó el mito Notre-Dame de Lorette. En el emplazamiento de la antigua ermita se erigió la necrópolis más grande de todas las dedicadas a los caídos de la Gran Guerra con un camposanto para 23.000 caidos.

Fuentes:
Conquête du massif de Lorette. Notre épopée, 1914-1915. Paris, Société Française d'Imprimerie et de Librairie,1916, p. 268 ss. 
Laure, Auguste. Lorette, une bataille de douze mois, octobre 1914-octobre 1915. Paris : Perrin et cie., 1916.
http://chtimiste.com/batailles1418/1915artois1.htm http://www.nordmag.fr/patrimoine/histoire_regionale/premiere_guerre/lorette.htm http://centenaire.org/sites/default/files/references-files/guide_circuit_npdc.pdf

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