9 may. 2008

Trincheras (II)

Viene de: Trinchera (I)

Vida cotidiana en la trinchera
La muerte se convirtió en el fiel compañero de trinchera, incluso cuando no se lanzaba o recibía ataque alguno. En sectores especialmente calientes, el intermitente fuego de artillería constituía un verdadero peligro, cobrándose numerosas victimas, bien porque quedaban sepultados bajo sus abrigos, bien porque eran alcanzados en alguno de los momentos en que se encontraban descansando desprevenidamente. Por este motivo, el despiste, se advertía a los novatos de no intentar echar un vistazo por encima del parapeto hacia la Tierra de nadie. A pesar de las continuas advertencias, muchos soldados murieron en su primer día de trinchera, a consecuencia de la mortífera puntería de los francotiradores enemigos. Se estima que más de un tercio de las bajas de los aliados en el frente occidental tuvo lugar en el interior de las trincheras. Pero el fuego enemigo no fue el único causante, las enfermedades también provocaron un gran número de bajas.

Ratas
Millones de ratas infestaron las trincheras. Había dos tipos de ratas, las de pelaje marrón y las negras. Éstas últimas eran especialmente temidas. Los cadáveres en putrefacción eran su principal alimento. Se cuenta que algunos ejemplares llegaron a alcanzar el tamaño de un gato. Los soldados, recelosos de las ratas en la oscuridad, temían que éstas se paseasen libremente por encima de sus caras o cuerpos, de ahí a que recurriesen a cualquier método para eliminarlas, bien por arma de fuego, a la bayoneta o golpeándolas hasta la muerte. No obstante, todo intento por erradicarlas fue inútil ya que una pareja de ratas podía producir hasta mil ejemplares en un año, con la consiguiente infección y contaminación que acarreaban. Curiosamente, algunos veteranos solían explicar que las ratas tenían un agudizado sentido del peligro, ya que cuando solían avecinarse violentos bombardeos las ratas desaparecían.

Piojos
Las ratas no fueron las únicas fuentes de infección e insalubridad en las trincheras. Los piojos, por ejemplo, fueron un problema inacabable, ya que encontraban un perfecto cobijo en los sucios uniformes de los soldados provocando en estos un interminable suplicio de picores y otras molestias. A pesar de que los uniformes se lavaban periódicamente, las larvas o huevos de los piojos permanecían a salvo en las costuras de las guerreras, y así, en pocas horas el suplicio volvía a comenzar para el soldado. El piojo provocaba lo que se dio en llamar la fiebre de trinchera, una enfermedad especialmente dolorosa que se iniciaba con grandes dolores seguidos de una alta fiebre. La recuperación acostumbraba a prolongarse más allá de los tres meses. Paradójicamente, no se descubrió que el piojo era el causante de la fiebre de trinchera hasta 1918.
Por otro lado, la humedad y la acumulación de agua en los cráteres y trincheras favorecían la proliferación de ranas, babosas y cucarachas. El llamado Pie de trinchera fue otras de las peculiares enfermedades de la vida de trinchera. Se trataba de una enfermedad fúngica localizada en los pies que era causada por el frio y por la endémica y omnipresente humedad de las trincheras. En casos extremos podía llegar a la gangrena y a la amputación.

El ciclo de trinchera
Generalmente, la rutina de trinchera consistía en cuatro días en la trinchera de fuego – la del frente -, luego cuatro días más en las trincheras de reserva y finalmente cuatro de descanso, aunque este modelo variaba enormemente, dependiendo sobretodo de las condiciones, tanto meteorológicas como de disponibilidad de relevos para la rotación de las unidades. No obstante, las tropas en reserva tenían que estar prestas para cualquier orden de incorporación inmediata a la línea de fuego. Solían emplazarse en las trincheras de reserva, que habían sido creadas para poder acudir al frente rápidamente en caso de ataque o de cualquier otra eventualidad. Las tropas de reserva también se situaban en refugios, pueblos o villorrios en ruinas o en los bosques cercanos al frente. Incluso cuando las tropas estaban de descanso podían ser enviadas a la línea del frente para realizar algunas corveas o tareas de acondicionamiento. Algunas unidades podían pasarse en las trincheras de primera línea más tiempo del habitual, sobretodo si estaban en los llamados sectores calientes. Según cálculos, siempre aproximados, un soldado podía esperar prácticamente un año antes de pasar más de 70 días en las trincheras del frente, con 30 días en las trincheras de soporte o auxiliares. El cómputo seguía con 120 días en un estado de reserva. Los días de permiso al año podían llegar a unas dos semanas.

Continua en: Trinchera (III)

Archivo del blog