1 dic. 2007

HOWARD, Michael. La Primera Guerra Mundial (1)

HOWARD, Michael. La Primera Guerra Mundial. Barcelona : Crítica, 2003 (1)

[Rusia] eliminó los disidentes con tanta brutalidad que los condujo hasta el límite del “terrorismo” (término y técnica inventados por los revolucionarios rusos del siglo XIX).
p. 15

[…] la gran desgracia no sólo de Alemania sino también del mundo entero fue que en aquella coyuntura la Casa de Hohenzollern produjera en Guillermo II un individuo que personificaba las tres cualidades que, podríamos decir, caracterizaban a la élite alemana gobernante: militarismo arcaico, ambición desmesurada e inseguridad neurótica.[…] En la nueva Alemania el ejército era socialmente dominante como lo había sido en la vieja Prusia: dominio que se extendía a todas las clases sociales mediante un servicio militar obligatorio universal de tres años.
p. 19

El propio Bismarck, tras crear el Imperio alemán, simplemente se había contentado con preservarlo, pero la generación que le sucedió no se conformaba así de fácil. Tenía todos los motivos para ser ambiciosa. Era una nación de más de sesenta millones, fuerte y con una fantástica herencia en lo relativo a la música, poesía, filosofía, y cuyos científicos, técnicos y eruditos (por no hablar de los soldados) eran la envidia del mundo entero. Sus industrias habían superado a las británicas en la producción de carbón y acero, y sus industriales, junto con los científicos, estaban protagonizando una nueva “revolución industrial” basada en la química y la electricidad. Los alemanes se enorgullecían de poseer una cultura única y superior que mantenía el equilibrio entre el barbarismo despótico de sus vecinos orientales y la democracia decadente de occidente.
p. 20

Las clases pudientes – alemanas – libraban sus propias batallas, principalmente entre los terratenientes del este y los industriales del oeste; no obstante, hacían causa común contra lo que consideraban una amenaza socialista revolucionaria.
p. 21

Al principio los británicos contemplaban alarmados esta alianza – la Triple Entente – entre sus tradicionales adversarios, y la dinámica de las relaciones internacionales habría dictado normalmente una alianza con Alemania como consecuencia natural. Que esto no se produjera se debió en parte a la tradicional reticencia de los británicos a involucrarse en las enmarañadas alianzas continentales, y en parte a la extraordinariamente torpe diplomacia alemana. No obstante, lo más importante de todo era la decisión alemana de construir una flota capaz de desafiar el dominio británico de los mares.
p. 23

Los británicos seguían preocupados no tanto por la flota que Alemania ya había construido como por la que podría llegar a tener, especialmente si una guerra victoriosa le concediera la hegemonía sobre el continente.
p. 24

A pesar de que Gran Bretaña no firmase ninguna alianza formal más que con Japón, los alemanes se quejaron de que los británicos estaban tejiendo una red para cercarlos y aprisionarlos, cosa que empeoró sustancialmente sus relaciones.
[…]
Sin la mano pacificadora de Bismarck, las relaciones entre Austria-Hungría y Rusia se fueron deteriorando tanto como las mantenidas entre Gran Bretaña y Alemania
En 1903 un golpe de estado en Belgrado había derrocado la dinastía Obrenovic que había iniciado una vía de conciliación con la doble monarquía, y la sustituyó por un régimen dedicado a la expansión de Serbia mediante la liberación de los serbios bajo gobiernos extranjeros, especialmente los de Bosnia.
p. 26

Berlín consideraba ya la guerra como algo inevitable. Los dirigentes militares alemanes calculaban que era mejor embarcarse en la guerra cuanto antes, mientras los rusos no se hubieran repuesto del todo de la derrota de 1905, en vez de aguardar tres años, cuando el programa de movilización y construcción del ferrocarril financiado por los franceses habría concluido, situándolos en una posición totalmente nueva en cuanto a fuerza militar. Tras la crisis de Agadir, Francia también había atravesado una fase de nacionalismo militante, y estaba psicológicamente y militarmente preparada para una guerra. […]
En cuanto a los británicos, sus intereses en los Balcanes eran mínimos y sus problemas nacionales abrumadores. Pero si tenía que haber una guerra europea no iban a quedarse al margen contemplando cómo Francia era derrotada por una Alemania cuyos publicistas habían considerado a Inglaterra durante mucho tiempo como su principal enemigo, y para quienes una victoria en Europa supondría sólo el paso previo a su consolidación no como una gran potencia, sino como una potencia mundial.
p. 30

Los triunfos alemanes eran considerados en general como resultado de dos factores, uno estratégico y el otro táctico. El primero era la capacidad que tenía Alemania de desplegar en el campo de batalla unas fuerzas armadas mucho más numerosas que las de su adversario, y ello era debido a dos motivos. Uno era el desarrollo del ferrocarril y el telégrafo que hacían posible un rápido despliegue en el campo de operaciones militares de un número de hombres sin precedentes. El otro era la introducción de un servicio militar obligatorio universal en tiempo de paz…
p. 31

Todos los ejércitos europeos de 1914 eran comparables en lo que armamento se refiere. Sólo en el uso de la artillería pesada móvil podrían dar los alemanes alguna sorpresa desagradable.[…]
En Francia, la desconfianza democrática en el militarismo había reducido el servicio militar a dos años, aunque se reclutara a más del 80 por 100 de los efectivos disponibles.
p. 35

La amenaza rusa parecía tan insignificante que Schlieffen, en el plan que legó aquel año a su sucesor, la ignoraba por completo y concentraba toda la fuerza del ejército alemán contra Francia.
[…]
Las restricciones de los propios alemanes con respecto al incremento y refuerzo militar desaparecieron, y en 1912 introdujeron un programa de choque de expansión que aumentó el tamaño del ejército en 1914 hasta 864.000 efectivos. Los franceses respondieron aumentando la duración de su servicio militar hasta tres años, cosa que les proporcionó un contingente de 700.000 hombres en tiempos de paz
p. 36-37

Al apoyar a los austriacos, los alemanes sabían que se arriesgaban a una guerra europea, pero era una guerra que esperaban ganar. La única cuestión era, ¿sería también una guerra mundial? Tomaría Gran Bretaña también parte en ella?
[…]
Gran Bretaña se consideraba mayoritariamente el principal enemigo de Alemania, el adversario al que había que enfrentarse si Alemania quería alcanzar su legítimo status de potencia mundial. No obstante, Gran Bretaña había sido completamente ignorada en su planificación militar, la alemana. El ejército había delegado el asunto a la armada, suponiendo que cualquier fuerza expedicionaria que los británicos enviasen en auxilio de los franceses sería demasiado insignificante como para tomarla en consideración.
p. 38

La marina británica había llevado a cabo todos los preparativos para una supuesta guerra contra Alemania, pero no se había comprometido a nada. Existía una preocupación general ante el empuje de la política alemana, pero la opinión de los liberales y de las izquierdas permanecía inmutablemente neutral. La aversión por el “militarismo” alemán se vio compensada por la hostilidad hacia un régimen ruso despótico cuyos pogromos hacia los judíos y las brutales persecuciones de disidentes resultaban igualmente repugnantes para la conciencia liberal. La creencia general era la de que Francia y Rusia suponían una mayor amenaza para los intereses imperiales británicos que la propia Alemania, con la que se seguían manteniéndose estrechos vínculos comerciales y económicos.
p. 39

Clausewitz escribió una vez que los planes militares podían tener su propia gramática, pero que no tenían ninguna lógica. Obviamente no había lógica alguna en la decisión tomada por el estado mayor alemán de que, para apoyar a los austriacos en conflicto con Rusia acerca de Serbia, Alemania tuviera que atacar a Francia, que no era parte implicada en la contienda, y que lo hiciese invadiendo Bélgica, cuya posición neutral estaba garantizada por el tratado de 1831 firmado tanto por Gran Bretaña como por Alemania. […]
Para que la guerra pareciera justa y defensiva era preciso presentar a Rusia como la agresora, y ésta era la mayor preocupación del gobierno alemán en los últimos días de la crisis.
p. 41

Los desesperados intentos de última hora por parte del aterrorizado káiser para aplazar las cosas resultaron infructuosos.
p. 42

La preocupación de los liberales por los derechos de las pequeñas naciones, combinada con la tradición preocupación de los conservadores por el mantenimiento de los poderes europeos, hicieron posible que el apoyo parlamentario fuera casi unánime. Se proclamó el estado de guerra por todo el Imperio británico y daba comienzo la primera guerra mundial.
p. 44

El estallido de la guerra fue acogido con entusiasmo en las grandes ciudades de todas la potencias beligerantes, pero esta exaltación no era ni mucho menos representativa de la opinión pública en su totalidad. Concretamente en Francia el estado de ánimo reinante era el de una estoica resignación que probablemente caracterizaba a todos los trabajadores agrarios que tuvieron que abandonar sus tierras dejando que las cultivasen las mujeres y los niños.
p. 45

Durante un siglo, los programas educativos estatales dirigidos a la formación de ciudadanos obedientes y leales habían inculcado una conciencia nacional. En efecto, a medida que las sociedades se iban secularizando, el concepto de nación, con toda su panoplia militar y su patrimonio, adquiría un significado casi religioso. El servicio militar obligatorio contribuía a este proceso de adoctrinamiento aunque no era indispensable: en Gran Bretaña, donde el servicio militar obligatorio no se introdujo hasta 1916, la opinión pública era tan nacionalista como en cualquier otro lugar del continente.
[…] El pacifismo … en las democracias occidentales y también en Alemania era un síntoma de decadencia moral.
[…]
Para los artistas, los futurista en Italia, los cubistas en Francia, los vorticistas en Gran Bretaña y los expresionistas en Alemania, la guerra se consideraba un aspecto más de la liberación de un régimen agotado y caduco que ellos mismos habían preconizado una década atrás.
p. 46-47

En las sociedades menos alfabetizadas y desarrolladas del este, la lealtad feudal tradicional, fuertemente apoyada por sanciones religiosas, resultó igualmente efectiva en cuanto a la movilización de masas.
p. 47

El sucesor de Schlieffen, Helmut von Moltke modificó los planes para proporcionar una mejor protección frente a una eventual invasión francesa por el sur de Alemania, evitando al mismo tiempo tener que invadir Holanda, pues si la guerra de alargaba, la neutralidad de dicho país resultaría esencial para la economía alemana. Al final de la guerra, Moltke fue acusado de haber arruinado la estrategia de Schlieffen, pero posteriores investigaciones han demostrado que las recomendaciones de Schlieffen eran logísticamente imposibles.
p. 49

Viendo saboteadores y francotiradores incluso donde no los había, las tropas apresaron y fusilaron una cifra estimada de 5.000 civiles belgas y prendieron fuego indiscriminadamente a edificios, incluyendo los de la universidad medieval de Lovaina.
p. 50

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