5 abr 2013

Ética protestante en la prensa ilustrada alemana de Gran Guerra: Schwormstädt y el Leipziger Illustrierte Zeitung


La biografía profesional de Felix Schwormstädt tiene tres etapas claramente definidas: una doble trayectoria en la Norddeutschen Lloyd como publicista gráfico, un breve periplo como profesor de arte en la Bauhaus de Weimar y una prolífica carrera como ilustrador y dibujante en la prensa gráfica de la época. Estilísticamente el periodo que dejó menos impronta en su obra fue su paso por la Bauhaus. En cambio, sus plakate o carteles de motivos náuticos para la compañía naviera así como las múltiples crónicas ilustradas que realizó para la prensa durante los años de 1914 a 1918 forjaron y pulieron su peculiar estilo. 
Académicamente Schwormstädt suele ser clasificado como Marinemaler o pintor de motivos náuticos y marítimos. Alternó la ilustración de libros juveniles con otros trabajos gráficos, pero el grueso de su producción, compromisos a banda con la Norddeutschen Lloyd y posteriormente con la Hapag (Hamburg-Amerikanische Packetfahrt-Actien-Gesellschaft), tuvieron casi siempre una temática marinera. Faceta que luego explotaría en la representación gráfica de la Gran Guerra para el Leipziger Illustrierte Zeitung, una de la publicaciones ilustradas más prestigiosas de la época. 
Es muy probable que su contacto artístico con el mar procediese de su ciudad natal (Hamburg). Su temprana vocación lo llevó primero a la Staatlichen Akademie der Bildenden Künste de Karlsruhe y luego a la Münchner Kunstakademie para completar sus estudios de la mano del profesor y artista Carl von Marr, de quién heredó el dominio magistral de la luz del retrato como expresión máxima del sentimiento humano. El estilo postimpresionista de Schwormstädt y su habilidad natural para el dibujo convencieron a Von Marr. Le proporcionó sus primeros contactos (y encargos) en la industria editorial que con el tiempo y su merecido caché le abrieron las puertas al selecto grupo de los ilustradores y dibujantes de prensa. Trabajar como ilustrador para un diario o publicación gráfica era uno de los sueños de la mayoría de artistas de la época. La prensa como medio de comunicación de masas en auge proporcionaba una remuneración fija y cuantiosa para una profesión no siempre bien remunerada, sino que – y lo más importante- aseguraba al artista una gran visualización de su obra, otra de las grandes carencias de su oficio. El creciente prestigio de Schwormstädt le permitió alternar encargos de prensa, del mundo editorial y del naciente arte de la publicidad. La Norddeutschen Lloyd contrató sus servicios para explotar comercialmente sus lujosos transatlánticos lo que le permitió unir su arte a su pasión por el mar. Schwormstädt jamás ‘abandonó’ el mar, aunque la mayoría de dibujos o ilustraciones no tuviesen como temática el mar océano o lo náutico. 
A principios del siglo veinte ya estaba considerado uno de los ilustradores de prensa más famosos de Alemania y, sin duda, el mejor de la Illustrierte Zeitung (Leipziger Illustrierten Zeitung), la decana de las publicaciones ilustradas alemanas y una de las más importantes. Al estallar la contienda, Schwormstädt se volcó de lleno en el esfuerzo gráfico de guerra. La periodicidad del Illustrierte y la incesante lista de sucesos y notícias le obligaron a establecer un protocolo en la cobertura informativa. Como el resto de dibujantes e ilustradores de prensa, Schwormstädt alternó el dibujo de salón a partir de fotografías, croquis y demás, con la toma de notas y cobertura de la noticia in situ. Schwormstädt no se prodigó en exceso con el trabajo de campo. Prefirió el calor de la redacción o de su propio estudio a la expuesta intemperie de la trinchera o de la retaguardia, aunque el propio Illustrierte realizó un reportaje de uno de sus viajes al frente con fotografías del artista junto con algunos de sus dibujos.


Dibujos y frentes
Schwormstädt retrató la guerra desde todos los frentes con resultados dispares. Ilustró todo tipo de episodios y sucesos, aunque las operaciones terrestres no fueron sus mejores obras. Los encargos los marcaba el diario, el interés del gran público y especialmente la actualidad. El de Hamburgo, sin embargo,intentó en todo momento que sus predilecciones coincidiesen con el encargo. Para ello aprovechó algunas de las operaciones submarinas y aéreas más destacadas para volver a su terreno preferido: el estudio. A diferencia de las 'terrestres', sus ilustraciones de temática naval o aeronáutica desprendren un estilo mucho más cuidado, sereno y con una gran carga ideológica. Ello no significa que algunas representaciones 'terrestres' no tengan una gran calidad artística y un contenido claramente propagandístico. Pero las navales y aéreas desprenden un aire mucho más estudiado. Se reflejan los detalles faciales, la gestualidad de los movimientos y se incluyen una serie de actores que delatan la intención del documento. Por contra, los cuadros de escaramuzas y batallas de infanteria (vs. Mulhouse, Frente oriental, etc.) tienen una función más folletinesca y complementaria. Todas las ilustraciones tienen un claro componente documental. Pero en los 'estudios' navales y 'zepelinescos', a banda de este inherente rasgo informativo, subyace un evidente espíritu propagandístico y moral. 
Dibujante meticuloso y perfeccionista, las escaramuzas y los ataques a la bayoneta no consiguieron la misma fuerza visual que sus misiones de observación y vigía en el Atlántico norte o bordo de un zepelín en los cielos de Flandes. Gran observador y mejor retratista, sobresalía en la descripción del momentum propio del estudio. La secuencia o la acción vertiginosa no eran su fuerte, no porque careciese de la técnica necesaria sino porque era un especialista en captar el espíritu de la escena. Para Schwormstädt, el instante previo al lanzamiento de un torpedo, la tensión en el puente de un destructor o el avistamiento de un caza desde la cabina de un zepelin representa la unidad en cuanto a acción y significado. 

Bayonetas feuilletonescas 
De las ilustraciones que hizo Schwormstädt para el Leipziger Illustrierte Zeitung las ilustraciones dedicadas a la infantería o a los escenarios de la guerra 'terrestre' son los más abundantes. La mayoría detalla escenas de refriegas y combates de una gran expresividad visual pero de una escasa factura artística. 
En este sentido es paradigmático el caso de Die erbitteten Kämpfe im Argonner Wald 1914 (Lucha feroz en el bosque de Argonne). 



El subtítulo de la ilustración detalla los combates que libraron los alemanes para avanzar 'paso a paso' por la espesura de bosques y matojos narrando la dura resistencia que plantaron los franceses ante tal avance. La breve descripción apenas complementa la ilustración que de por sí explicita la dureza y ferocidad de los combates que tuvieron lugar en el sector de Argonne a finales del verano 14. Con una innegable expresividad visual, Schwormstädt describe al lector/espectador la dureza de los combates bajo el socorrido -y siempre efectivo- recurso del ataque cuerpo a cuerpo con la bayoneta calada. Busca impresionar al público con una 'narración' épica basada en el heroismo y en la lucha sin cuartel expresada con los gestos de desesperación y de fuerza sobrehumana empleadas en la derrota o en la resistencia del enemigo. Destaca el hecho de que todos los combates mantenidos entre las 'parejas de baile' se libran o bien con la culata del fusil o con la bayoneta a modo de estilete. Documentalmente la escena no presenta más novedades que la de una carga de infantería contra las posiciones francesas en un sector del Argonne. Estilísticamente, la escena no presenta un gran derroche de recursos excepto la gestualidad facial de corte caricaturesco de algunos soldados, como los dos que aparecen en primer plano, juntamente con las dos parejas de soldados en plena lucha en la segunda línea compositiva. Más allá de estos dos polos de atracción, el resto de la escena se diluye en una lucha coral sin ningún tipo de valor más que el de servir de marco boscoso. Como en la mayoría de reproducciones de la época la ausencia cromática se solventa con un difuminado sobre fondo en verde para completar el contexto boscoso.  Pura función documental, con leves toques de heroica. Justo lo que buscaba el espectador de la época. 
Misión informativa y resolución técnica prácticamente idéntica a la anterior presenta Auffahrende Artillerie unter feindlichem Feuer (Marcha apresurada de una bateria artillera bajo el fuego enemigo). 





De gran expresividad visual con una secuencia bastante lograda y buen orden compositivo se desarrolla en marco paisajístico más bien pobre. La función, como en el caso del Argonne Wald, es totalmente informativa, sin apenas o nulos elementos de propaganda. Caso muy similar es el Nachgefecht im Mülhausen (Combates nocturno en Mülhausen).Gran expresividad, poca o nula definición artística y un carácte eminentemente de fouilleton. 

LZ 38





Schwormstädt alternó para el Illustrierte encargos informativos con otros claramente propagandísticos. Combinó a la perfección la función política de las ilustraciones con una concienzuda documentación y el resultado fueron piezas de exquisita ejecución técnica y de gran valor artístico. Para la serie del zepelín LZ 38, como en casos anteriores, trabajó a partir de notas, croquis y fotografías. Las dos acuarelas publicadas representan una de las seis misiones que realizó entre el 29 de abril y el 31 de mayo de 1915 antes de que fuese destruido el 7 de junio en su base de Evere, cerca de Bruselas. 



Ziel: England ! (Objetivo: Inglaterra) muestra dos conceptos clásicos del Schwormstädt propagandista: tensión ambiental y un estudiado sentido del deber. 
El activismo de sus ilustraciones bélicas (también las hay de retaguardia, confraternización y cotidianeidad) cumplen una doble misión. Demostrar al público alemán la dureza de la guerra y evidenciar un patriótico sentido del deber y la eficiencia. La propaganda de autoconsumo presenta al soldado o marino alemán desempeñando su labor con una devoción patriótica que liga perfecfamente con el ideario militar alemán de rigor, marcialidad y autosacrificio, conceptos muy presentes en la ética protestante de raíz luterana. Se podría pensar que los dibujantes y artistas del resto de naciones en lucha también abusaron de tales recursos, y en parte es cierto. La diferencia con Schwormstädt, no obstante, fue que alternó el sacrificio y el deber con la recompensa terrenal de inspiración luterano-calvinista firmemente arraigadas en la sociedad alemana de principios de siglo XX. 
Marco ideológico a banda, Ziel: England ! de 1917 presenta tres elementos formales que se repiten en la obra política de Schwormstädt: una atmósfera tensa y marcial; la figura impertérrita de un oficial con pose de mando y una tripulación diligente que simboliza el sacrificado sentido del deber. El artista congela el tiempo y disecciona el instante. Sitúa a los personajes a modo de epifanía bélica y les otorga una misión clara y definida. La escena no defrauda al espectador. Le proporcionan una estudiada (y deseada) representación del deber patriótico. La primera de las dos acuarelas, la de la cabina de mando con el capitán (Hauptmann) Erich Linnarz, presenta al piloto (segundo por la izquierda) en posición de extrema concentración, a los dos ojeadores (primero y tercero por la izquierda) en tensión por la  posible llegada de aviones de caza o por la cercanía del objetivo y un cuarto miembro de la tripulación que vuelve a la cabina después de alguna tarea de mantenimiento o de vigía en la escotilla superior del zepelín. El deber y la profesionalidad de la tripulación gira entorno al propio Linnarz que ofrece al espectador una imagen de control total, con la vista hacia el lugar que ha señalado uno de los ojeadores y la intención (con altavoz en la mano) de ordenar el lanzamiento de las bombas o alguna maniobra. El rigor y la seguridad que emanan de la escena proporcionan al espectador una evidente creencia en el éxito de la misión y por ende en el triunfo final en la guerra. 





La segunda acuarela sobre el LZ 38 ahonda en los contenidos e ideas que presenta la 'cabina de mando de Linnarz'. Aparecen otros cinco miembros de la tripulación, dos ametralladores en la parte derecha con sendas miradas de preocupación e inquietud por la posible llegada de cazas enemigos. Mientras que los otros tres componentes llevan a cabo tareas de mantenimiento en los motores del zepelin. Schwormstädt vuelve a plantear en esta escena la dualidad entre el rictus firme y severo de los ametralladores con su vigilancia y la cuidada y pausada hacendosidad de los operarios que engrasan la maquinaria. Otra vez confluyen el deber y la serenidad. Se persigue ofrecer al espectador una sensación de tranquilidad y firmeza en el cometido bélico. Mención especial merece, en ambas ilustraciones, el escrupoloso detallismo con el que Schwormstädt retrata los interiores del zepelín. A diferencia de los 'obras terrestres' de crónica, no tanto las de confraternización o cotidianeidad, el autor persigue de una descripción y detalle al milímetro. Conocedor del valor expositivo de las ilustraciones, del gran altavoz (el Leipziger Illustrierte) y el público al que se dirige se esmera con total dedicación e información a mostrar una escena única y real. Desde el propio semblante de Linnarz, pasando por el vestuario y la propia estructura y armazón del zepelín, el de Hamburgo no ahorra en un realismo que a momentos recuerda a Matania. Junto con la seguridad, el rigor y un sentido del deber fuera de duda, los protagonistas de los estudios bélicos de Schwormstädt poseen una enorme determinación. En este caso, la mirada decidida de Linnarz fija en el objetivo desprende un halo de creencia absoluta en la victoria final. Esta incuestionable convicción en el triunfo personificada en los mandos se repite a lo largo de toda la producción propagandística de Schwormstädt, especialmente en sus series navales.

Continúa en: Ética protestante en la prensa ilustrada alemana de Gran Guerra: Schwormstädt y el Leipziger Illustrierte Zeitung (II)

16 feb 2013

Sopwith Camel f. 1 deconstruido: luces y sombras de un mito


La guerra aérea durante la primera contienda mundial desprende un irrestible halo de romanticismo. Un aire de leyenda repleto de historias de duelos al alba, códigos caballerescos y maniobras imposibles. Ball, Richthofen o Nungesser ocupan un altar especial en la historia de la aviación como coparon en su época los medios que los encumbraron como los nuevos ícaros. La épica, sin embargo, fue más prosaica. Muchos despegaron en pos de la gloria aunque solo unos pocos entraron en el Olimpo. La mayoría se precipitó al abismo de una temprana muerte.
La atracción que todavía despiertan los ases de la Gran Guerra no responde únicamente a las muescas de sus carlingas o a su impresionante aunque suicida coraje. Los temerarios pilotos se enfrentaron contínuamente a los desafíos de la técnica y al dominio de unos aparatos que no siempre respondían a las expectativas bélicas. Muy a menudo, su pericia no solo los salvaba de una muerte segura sino que proporcionaba a los diseñadores una información vital para los futuros prototipos. De la fructífera relación entre ciencia y técnica y los impredecibles avatares de la guerra nació uno de los mejores cazas de la Primera Guerra Mundial: el Sopwith Camel F.1.

El atentado de Sarajevo cogió desprevenida a la aviación militar. Los tambores de guerra sonaron con las fuerzas aéreas por nacer. Los pocos escuadrones existentes eran unidades adjuntas a los ejércitos terrestres que apenas cubrían funciones de observación y fotografía. Las razones para tal situación eran un lento desarrollo de la ciencia aeronáutica pero muy especialmente la obtusa o nula visión de los Altos Mandos respecto a sus potencialidades. La ceguera, no obstante, duró poco. Los episodios de Mons y Le Cateau a finales de agosto de 1914 y la batalla de la Marne a inicios de septiembre evidenciaron la importancia de la aviación como herramienta primordial para la estrategia.
Alemanes, franceses, británicos y en menor medida, rusos y turcos se pusieron manos a la obra. Los italianos lo hicieron en 1915. Se crearon cuerpos específicos, sino los había, y comenzaron a reclutarse mecánicos, y sobretodo pilotos para las nuevas fuerzas aéreas. Proliferaron los campos de instrucción, y los pioneros del aire pasaron por las aulas, bien como alumnos o profesores. La guerra acceleraba la revolución aeronáutica.
La contienda proseguía voraz y los vuelos de observación se tornaron imprescindibles para cualquier tipo de decisión táctica. Los informes proporcionaban datos sobre las posiciones enemigas, trincheras, rutas de abastecimiento, depósitos de munición y lo más importante: sus posiciones artilleras. El conflicto mutaba y la lucha cuerpo a cuerpo se trasladó a las nubes.
Entre mediados y finales de 1915 hubo un cambio de paradigma. Ya no era suficiente con derribar balones de observación, situar movimientos de tropas enemigas o bombardear nudos ferroviarios. Era preciso dominar todo el espacio aéreo para cegar la observación enemiga obstaculizando movimientos de tropas y abastecimientos. De la lucha por mantener los cielos libres surgió la caza aérea que consistió en localizar y abatir el mayor número de aviones enemigos. A medida que avanzaba el conflicto, evolucionaba la aeronáutica y con ella surgieron nuevas máquinas y aviones.
Durante la contienda se crearon aviones de observación y bombarderos de mayor alcance y capacidad, pero donde se avanzó con mayor rapidez, ingenio y éxito fue en el ámbito de los aviones de caza. La mayoría de potencias diseñaron y fabricaron sus cazas, aunque algunas también optaron por importar modelos de éxito de sus aliados. Entre 1914 y 1918 surcaron los cielos europeos y asiáticos decenas de cazas de todos los tipos, formas y colores. Albatros, Fokkers, Aviatiks, Spads, Nieuports o Sopwiths fueron los más célebres. Cada modelo nuevo buscaba superar el anterior aunque no siempre se cubrían las expectativas.
El periodo más activo de la guerra aérea se inició en 1917 y no finalizó hasta noviembre de 1918, aunque 1915 y 1916 tuvieron momentums especialmente álgidos con las celebérrimas versiones de los Eindekker de Fokker. Durante veinte meses de 'caza mayor' algunos cazas se hicieron muy famosos. En el bando alemán destacaron los modelos D de Albatros, así como los Fokker tanto el model Dr. 1 como el D VII y en el bando de la Entente sobresalieron los Spad y Nieuport franceses así como los Sopwith Camel y los S.E.5 (Scout Experimental) de la Royal Aircraft Factory. De entre todos éstos, y aunque la competencia fue dura, el caza probablemente más famoso fue el Camel -con permiso del triplano Fokker Dr. 1- aunque no por ello fuese el avión más completo.

Roll of honour: letal y peligroso

En dieciocho meses 1.294 victorias oficiales y 3.000 oficiosas convirtieron al Camel en el caza aliado más laureado de la guerra y en uno de los más controvertidos. Pocos dudan de su condición de fuera de serie pero su fama no estuvo exenta de sombras. Mientras sus antecesores Pup y Triplane tenían reputación de dóciles, del Camel se decía que 'mataba más pilotos que el enemigo' y en parte era cierto. 413 muertes en combate por las 385 en tareas de entrenamiento demuestran que su pilotaje era ‘complicado’ debido sobretodo a su peculiar e innovador diseño.
La lograda concentración en el morro (solo en 2 metros) de la hélice, el motor, el depósito de combustible, el armamento y la carlinga con el piloto (incluido) le proporcionaba una impresionante maniobrabilidad pero lo convertían en un aparato muy inestable sobretodo en los despegues y aterrizajes. Esta paradójica combinación se debía a tres factores: un impresionante torque, una nula resistencia sobre el centro de gravedad del aparato y el efecto giroscópico propio de las hélices (el motor hace girar la hélice en un sentido, y todo el avión tiende a girar en el sentido contrario). En pleno vuelo, su impetuosidad motriz y un minúsculo timón le permitían realizar maniobras y giros extremadamente cerrados muy difíciles de emular para sus contrincantes. La cruz, sin embargo, surgía en las ascensiones y los descensos. El efecto giroscópico provocaba que en los giros a izquierda su morro se elevase considerablemente y que en los virajes a derecha se produjese el efecto contrario, descendiendo bruscamente. En este caso, sin un contratimón experto, el Camel entraba en barrena y su recuperación era muy difícil a cotas bajas. Especialmente contraindicado en novatos requería un sutil toque y una perícia al alcance de pocos. Pese a estos claroscuros, su increible maniobrabilidad y potencia de fuego contribuyeron claramente a decantar la balanza de la guerra aérea del lado de la Entente.

A banda de su exitoso periplo italiano y de algunas operaciones balcánicas, el Camel luchó exclusivamente en el frente occidental. Las primeras unidades (Clerguet de 110 CV) se destinaron para misiones de vigilancia costera y naval al 4ºescuadrón de la Royal Navy Air Service (RNAS) en junio de 1917 y, a finales de ese mes el 70º escuadrón de la Royal Flying Corps (Fienvilles) recibió sus Camel 'oficiales' con Clerguets de 130 CV. Al inicio de la ofensiva británica en Ypres (Passchendaele) su suministro se acrecentó llegando a completar totalmente los escuadrones 28, 43 y 45º de la RFC en setiembre de 1917. Tras un brevísimo período de adaptación participó activamente en Passchendaele y Cambrai, rubricando sus éxitos en 1918 con la merma del potencial aéreo alemán e interviniendo decisivamente en la ofensiva de los últimos cien días.
Gran fajador en los duelos de altura (dogfights), su innata maniobrabilidad también lo acreditaron como un especialista bajo las nubes. Bombardeo de instalaciones ferroviarias y nudos logísticos, eliminación de blockhaus y trincheras especialmente fortificadas, así como el hostigamiento de refuerzos fueron algunos de sus objetivos terrestres. El F.1 era duro de pelar a 6.000 pies, pero a trescientos metros y armado con dos Vickers o Lewis de 7.7 mm más cincuenta kilos en bombas era mortífero. Cambrai fue su bautismo de fuego y el crisol donde se forjaron sus posibilidades terrestres.
El vuelo a baja altura requería, no obstante, de una perícia excepcional. Las revoluciones no eran muy altas y cualquier giro brusco requería una mano diestra. Pocos se atrevían a bajar por debajo de los cien pies. Solo el objetivo de neutralizar una posición terrestre o zafarse de algún enemigo con giros y contragiros muy cerrados obligaban a ello. Precisamente en estos se registraron algunos de los episodios más increíbles del Camel como los duelos entre Brown y Von Richthoffen, Billy Barker y Frank Linke-Crawford o las hazañas de MacLaren o Collishaw entre otros.

Forjando una leyenda

Cuando las autoridades británicas contactaron con Thomas Sopwith para un nuevo prototipo de caza, le pidieron –o más bien le suplicaron- un avión capaz de hacer frente a los halcones alemanes. Durante la fase inicial, Sopwith como Fred Sigrist y Harry Hawker (piloto de pruebas) se percataron de que el nuevo modelo no podría ser una simple adaptación del Pup. Las mejoras del Triplane en cuestiones como el diseño de los planos (alas) y la distribución de peso y la resituación del centro de gravedad ofrecían grandes posibilidades para un nuevo biplano. Los diseñadores Smith y Ashfield descubrieron que la concentración en apenas dos metros (y coincidiendo con el centro de gravedad del aparato) del motor, el tanque de combustible, la carlinga y el propio piloto mejoraban increiblemente la maniobrabilidad del caza. Mucho se ha discutido sobre la semejanza en los modelos Pup y Camel, pero la verdad es que, a pesar de sus orígenes comunes, fueron aparatos con grandes diferencias, tanto en pilotaje como en rendimiento. Ambos eran soberbios, pero mientras el Pup era una ‘montura fiel’, el Camel era un ‘Mustang’ indomable con una potencia de fuego brutal.

Cuatro versiones, un solo espíritu

Sopwith desarrolló cuatro versiones del Camel diferenciadas por el motor, el diseño de los planos y el armamento instalado. Los prototipos fueron surgiendo con el desarrollo de las pruebas, pero las cuestiones relativas a la fabricación de los motores fueron decisivas. La imposibilidad de que un único fabricante abasteciese toda la producción de los motores implicó que se ensamblasen diferentes plantas motrices para cubrir la imperiosa demanda del nuevo aparato.
La primera versión (F.1) que voló a finales de 1916 lo hizo con un Clerget 9Z de 110 CV. Posteriormente lo hizo con otro Clerget de 130 CV; dos Le Rhône de 110 y 180 CV; dos Gnôme de 100 y 150 CV y finalmente dos Bentley, ambos de 150 CV aunque con diferencias en la comprensión.
La principal novedad del siguiente prototipo F.1/1, conocido por 'Taper Wing Camel', a parte de montar un Clerget de 130 CV, radicaba en el diseño de las alas. Ambas tenían las puntas romas y el montaje entre planos aportaba un mayor encordado para reforzar la estabilidad de un aparato de notable brío.
El tercer modelo, el F.1/2, es un absoluto misterio del que se desconocen sus especificaciones técnicas, así como las diferencias respecto a los otros modelos. El último prototipo fue el F.1/3 o 2F.1, dependiendo del autor. Probado con éxito en marzo de 1917, incorporó dos motores, un Clerget 9B de 130 CV que se destinó a la RFC (luego RAF) y un Bentley Rotary 1 que se ensambló en los modelos destinados para el Almirantazgo (RNAS) en mayo de 1917. Los modelos destinados a la Marina adaptaron su denominación a las series N517 y N518.
El desarrollo de cuatro Camels en seis meses se debió a las enormes posibilidades que ofrecía el aparato. La apuesta en firme por un caza más potente y más mortífero respondían a la necesidad del Alto mando de destronar a los alemanes del dominio aéreo y ofrecer una esperanza a sus pilotos después del ‘Bloody April’. Conscientes del ambicioso proyecto, las autoridades concedieron numerosas licencias de fabricación para poner los máximos aparatos lo antes posible en el aire. Las primeras 50 unidades fueron producidas por la Sopwith (B6330-B6379) y destinadas a la RNAS, mientras que la primera licencia se otorgó en mayo de 1917 a la Ruston Proctor & Co. que fabricó 250 unidades para la RFC. Ambas compañías fueron incapaces de cubrir la demanda por lo que el Gobierno británico cedió otras licencias a la Beardmore; Boulton and Paul, a la British Caudron; Hooper & Co e incluso a la Nieuport & General Aircraft. Se calcula que durante dieciocho meses de guerra se fabricaron cerca de 5.700 Camels, aunque hay fuentes que hablan de un número superior.

El rugido del motor

Siguiendo las recomendaciones de Sopwith sobre la potencia óptima, los primeros contratos especificaban que las plantas motrices (motores) fuesen Clergets o Le Rhône de 130 CV, aunque esto no fue siempre respetado. Sopwith se decidió por ensamblar motores rotativos (los cilindros giraban en torno a un cigüeñal inmóvil) porque se enfriaban con mayor facilidad y evitaban los temidos sobrecalentamientos. La decisión de ensamblar rotativos no evitó que los Camel tuviesen problemas motrices, sobretodo con los Bentley, considerados de peor factura que los franceses. Los Bentley adolecían de contínuas roturas en los resortes del motor y de bombas de aceite poco fiables. Pero los Clerget de 130 CV tampoco resultaron ser infalibles. El diseño de los pistones y su sobrecalentamiento produjeron numerosas averías que no tuvieron, sin embargo, los motores Le Rhône.
Los rotativos solían ser motores muy fiables, pero ello no impedía que la fuerza centrífuga producida por el giro de los cilindros y su peso dificultasen algunas maniobras del Camel. En los giros a contramotor, la brutal resistencia se intentó mitigar con una doble rotación cilíndrica que se abandonó por el excesivo aumento de peso. El Clerget como el Le Rhône era muy brioso lo que unido al poco peso del avión y a la concentración de carga en el morro le daban una inusitada pero difícil maniobrabilidad. Cecil Lewis hablaba maravillas del Camel pero reconocía que se necesitaban muchas horas de vuelo para dominarlo.
Por lo que respecta al motor, es sorprendente que el Camel aun estando a años luz de sus coetáneos Spad XIII y S.E. 5, equipados con el preciado Hispano-Suiza de 150 CV, presentase una hoja de servicios claramente superior a sus dos colegas.

De alas y gibas

El Camel era un caza muy compacto, no por la lograda concentración de peso en el morro, sino por un carenaje sólido que le proporcionaba a la parte delantera un aspecto muy recio y robusto. La morfología resultante de elevar las ametralladoras a una especie de repecho desde la carlinga le proporcionó su rasgo más distintivo y su curiosa nomenclatura, Camel, por un piloto de pruebas de Martlesham Heath. La pequeña giba donde se instalaron las dos ametralladoras proporcionaba al piloto mayor visibilidad y control de tiro sobre el objetivo, así como una excepcional comodidad de cara al duelo. El carenaje que cubría el motor era de aluminio, pasando a ser de contrachapado por la parte de la carlinga. El fuselaje, como la gran mayoría de aviones del momento, lo formaban secciones cuadrangulares de madera, recubiertas de lona, y unidas entre sí con alambre de acero.
El diseño de las alas también condicionó la evolución de los Camel. Diseñadas en principio con el mismo diedro (ángulo), cuestiones relacionadas con la producción hicieron que Fred Sigrist desaconsejara tal opción. Siendo el plano superior de una sola pieza se recomendó que fuese totalmente plano, mientras que el ala inferior se fabricó en dos secciones y ensambladas con un diedro de cinco grados lo que dio al Camel su peculiar diseño y una gran aerodinámica. A pesar que posteriormente el plano superior se fabricó en tres secciones, su diedro se mantuvo totalmente recto.
Otra de las modificaciones que sufrió el plano superior durante la evolución del caza fue la apertura de dos secciones longitudinales por encima del piloto. Mucho se ha especulado sobre el porqué de estos orificios, pero la mayoría de especialistas opinan que se idearon para proporcionar al piloto una mayor visibilidad en el plano superior durante un combate. Se arguyeron cuestiones aerodinámicas pero lo más plausible es que fuese para lo primero.

Carlinga

En el modelo F.1/3 o 2F.1 –el oficial-, las carlingas estaban aparejadas con un tacómetro, un altímetro, un compás, el indicador con la presión del aceite, un velocímetro y un cronógrafo. En los modelos que se destinaron para la patrulla costera y la vigilancia nocturna, a banda del equipo corriente, se introdujeron baterías para iluminar todos los indicadores asi como luces de posición. En algunos casos también se colocaron radios de corto alcance.

Armamento

Otra de las novedades del Camel fue su impresionante potencia de fuego. La mayoría de los modelos incorporó en su giba dos ametralladoras Vickers de 7.7 mm que disparaban a través de la hélice con sincronizadores Sopwith Kauper 3 al principio, y posteriormente con Constantinesco Clay CC. Gran parte de las miras telescópicas instaladas enfrente de la carlinga eran Aldis, aunque con el tiempo se incorporaron miras con círculos concéntricos. La munición de los primeros Camel era cargadores Vickers de 500 balas, pero solían congelarse a gran altitud produciendo encasquillamientos indeseados. El problema se resolvió con la disposición de munición en cinta en vez del tambor. Pero no todos los Camel iban armados en su giba, algunos incorporaron dos ametralladoras Lewis, también de 7.7 mm, en ala superior con mira telescópica Norman y sobre una estructura Foster. En misiones de bombardeo, el Camel también podía llevar bombas con un peso máximo de 50 kg.

Epílogo

El Camel fue un caza excepcional con un diseño muy novedoso – sobretodo por su estudiada carga aerodinámica -, una potencia de fuego impresionante y una versatilidad fuera de lo común. Poseía, sin embargo, otras características que mermaban enormemente su potencial como caza. Montaba un motor no siempre fiable ni excesivamente potente y tenía de graves problemas de estabilidad. Con estos datos resulta ciertamente extraño que un aparato con semejantes pros y contras acabase distinguiéndose como el mejor caza aliado de la Gran Guerra. La conclusión que resta en este análisis es que no siempre la máquina determinaba el éxito o no de sus misiones, sino que en este caso como en muchos otros, véase el ejemplo del Albatros D.V, la perícia de los pilotos sobresalía por encima de las capacidades del artefacto. Ello nos lleva a concluir que los pilotos, a banda o no de sus victorias, fueron verdaderos héroes del aire a lomos de monturas no siempre infalibles y eficaces.

Fuentes

Las fuentes son el Camel son múltiples en formato y en número.
Especialmente útil me ha sido el artículo de uno de los mayores y mejores especialistas en el Camel, John M. Bruce. Sopwith Camel, en Historic Military Aircraft n. 10, part. I-II, april 1955. pp. 527-532, 560-563.

También se han consultado las monografías especializadas:
Franks, Norman, Sopwith Camel aces of the World War I. Osprey, 2003.
Guttman, Jon. Sopwith Camel vs Fokker Dr. I. Osprey, 2008.
Kozent-Kielisnki, Edward. Sopwith Camel. Kagero, 2003. 

Para profundizar en las unidades o escuadrones de Camels y sus trayectorias:

Interesante documentación gráfica en la que se adjuntan numerosos croquis, planos y diseños sobre la fabricación y producción del Camel 2F.1

Recomiendo también muy especialmente la consulta de los vídeos relacionados con el Camel y sus peculiaridades con el torque y el efecto giroscópico. Ambos producidos por la Historical Aviation Film Unit.

Este con un Clerget:
El siguiente con un Gnome:

Metraje con secuencias de época y que resultan muy curiosas:

10 ene 2013

La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (VI)


Acto V y último: 'Il Maggio radioso'
La rúbrica del Tratado de Londres el 26 de abril desencadenó los hechos a velocidad endiablada. El 4 de mayo Sonnino comunicó a Viena su desvinculación de la Triplice y Cadorna recibió órdenes de acelerar la mobilización. Paralelamente, calles y las plazas seguían siendo un hervidero de manifestaciones interventistas y actos en favor de la guerra, a pesar de que la gran mayoría de la población se mantenía en una neutralidad silenciosa. Aunque el Parlamento permanecía cerrado -no había sesión hasta el 19 de mayo- el Consiglio no descansaba. Consciente de ello, Giolitti volvió a Roma el 9 para conversar con Salandra y otros miembros de su gobierno sobre la veracidad de determinados rumores sobre la entrada de Italia en la guerra.
La tensión política iba en aumento. Mientras la mayoría parlamentaria (liberales, católicos y socialistas) mantenía posturas claramente neutralistas, las demostraciones de la pequeña minoria interventista subían de tono. Roma cogió el testigo de los sucesos de Génova y los grupos interventistas, formado mayoritariamente por estudiantes, organizaron día tras día actos -no siempre pacíficos- en favor de la intervención.
En la arena política, y a pesar de que no consiguió conocer de primera mano la existencia de ningún tratado, Giolitti supo intuir cuáles podían ser los movimientos del gobierno Salandra. Se entrevistó con el ministro del Tesoro, con el rey y con el propio Salandra para hacerles saber que no era el momento de entrar en guerra y que, en caso de derrota austríaca, se 'conseguiría' igualmente parte de la lista giuliana negociando con los vencedores. En la misma línia y sabedores de las intervenciones de Giolitti en favor de la neutralidad, unos trescientos parlamentarios y un centenar de senadores le mostraron su total adhesión dejándole en su domicilio sus tarjetas de visita. Era un muestra expresa del apoyo parlamentario a la neutralidad y una muestra de palmaria desconfianza ante las tareas del gobierno Salandra respecto a la guerra.
El golpe de efecto del Parlamento neutralista desconcertó al gobierno y al sector interventista. La división era cada vez más visible y aunque Salandra no parecía inmutarse, el desconcierto dio paso a la ira y a la reacción de los sectores autoritarios, así como a todo el interventismo radical y democrático que empleó todas sus fuerzas para mantener a Italia en la senda belicosa. La prensa afecta sacó a relucir todo su 'arsenal' y los máximos exponentes del interventismo militante como d'Annunzio no escatimaron medios ni verbo para vilipendiar y violentar a los sectores neutralistas, parlamentarios y Giolitti incluidos.
Agazapado tras el ruido, Salandra ultimó su jugada maestra. Ante la ausencia de apoyos y la falta de confianza en su gobierno, el 13 de mayo presentó la dimisión irrevocable de su gabinete al rey Vittorio Emanuele III. El monarca, sabedor del pacto y activo interventista, no tuvo otra opción que ofrecerle la llave del Consiglio a Giolitti, que éste rechazó. El viejo estadista piamontés intuyó un posible acuerdo con la Entente y no quiso verse envuelto en semejante tesitura. La historiografía posterior ha señalado que un gobierno Giolitti podría haber dado marcha atrás en lo concerniente a Londres, pero las mismas fuentes señalan que no se sintió con fuerzas para luchar en dos frentes: plantar cara a la Entente y sofocar un incendio interno con tantos pirómanos sueltos. En este punto radicó la hábil maniobra de Salandra. Sabía que Giolitti no querría llevar a Italia a una guerra incierta, pero que tampoco querría extenuarse en apagar la creciente tensión de la calle. Él, en cambio, estaba en su salsa. Tiraría adelante con la intervención en la guerra y de paso acrecentaría en control policial interno con la excusa de la ampliación de poderes.
Los días posteriores a la dimisión del gabinete Salandra supusieron un rosario de manifestaciones y algaradas en las principales ciudades italianas. El cénit se decantó totalmente a Roma, donde el 15-16 de mayo se alcanzó el clímax interventista. Que la escalada de violencia verbal y física comenzaba a ser alarmante lo demuestra el hecho de que el propio Giolitti fuese increpado y zarandeado por un puñado de interventistas radicales que lograron entrar a la fuerza en el edificio del Campidoglio.
Ante la negativa de Giolitti de aceptar el encargo presidencial, Vittorio Emanuele volvió a ofrecerle el Consiglio a Salandra. La renuncia de Giolitti dejó huérfanos y desconcertados a los sectores neutralistas del Parlamento mientras la ruidosa minoría interventista incendiaba la calle por la guerra y los sectores silenciosos del neutralismo social se quedaron en sus casas. El 'partido de la guerra' -según terminología de M. Isnenghi- había triunfado.
El ruido callejero se acrecentó con la reanudación de las sesiones parlamentarias el 19 de mayo. El Parlamento, más que un órgano de soberanía popular, se había convertido en una caja de resonancia de la nueva política de la piazza. Los acordes de la política fatta entre adoquines resonó por todas las bancadas a modo de amenaza y coacción. De esta forma, y como colofón a meses de tensión, el 20 de mayo el Parlamento apoyó la decisión de intervenir en la guerra y votar a favor de los créditos de guerra presentados por Salandra. El 24 de mayo Italia entró en guerra con la Entente y muy especialmente contra Austria-Hungría.
Las 'giornate radiose di maggio' o il maggio radioso', tal y como las describió d'Annunzio,  significaron una de las grandes cesuras de la historia de la Italia del siglo XX. La teoría del 'golpe de estado' ha surgido en numerosas ocasiones como explicación para describir el proceso político e institucional que culminó en mayo de 1915 con la entrada de Italia en laQue las negociaciones con la Entente fuesen secretas, que hubiese incluso miembros del propio gabinete Salandra que no estuviesen informados o que -más grave aún- no se informase en ningún momento a la oposición de los tratos con los aliados denota una falta extrema de pulcritud democrática que acabaría lastrando el sistema político italiano en 1922. Sin embargo, lo que sí significó un cambio en la vida política italiana fue la aparición de una nueva forma de hacer política. Una política más gestual que teórica, que amparada bajo el nuevo rol de la sociedad de masas usó el espacio público de la plaza y la calle para edificar una alternativa a la política oficial. La piazza se convirtió en el ágora desordenada donde intelectuales y sindicalistas extremistas incitaron a una parte muy definida de la sociedad liberal, estudiantes universitarios sobretodo, para repetir y reiterar hasta la saciedad algunos de los 'mantras' que más tarde utilizaría el fascismo en plena década de los veinte.
Así pues, en la teoría del 'colpo di stato', a banda de figurar en el elenco de protagonistas un sector muy concreto de políticos con extensas e indisimuladas relaciones con elementos muy destacados del mundo de la banca, la industria y de los medios de comunicación, se añadió el nuevo coro de representantes de una cultura subversiva con el dogma, el sistema y las formas de la vieja política. Lo que ignoraban los que detentaban el poder en 1915 es que siete años más tarde su falta de visión y miopía junto a la perversión de las normas más elementales del juego liberal les pasarían factura. La nueva política della strada e la piazza aprovechó la crítica posguerra y las grietas del política oficial para fagocitar lo construido en 1861.
Fuentes:
Isnenghi, M. et al. La Grande Guerra 1914-1918. Il Mulino, 2008.
Melograni, Piero. Storia politica de la Grande Guerra, 1915-1918. Mondadori, 1997.
Pieri, Piero. L'Italia nella Prima Guerra Mondiale. Einaudi, 1968.

4 ene 2013

La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (V)




ACTO IV. 26 ABRIL 1915: ELPACTO DE LONDRES (Y CON EL DIABLO)

Desestimadas las negociaciones con Viena, Sonnino decidió liquidar lo que quedaba de la Triplice por la vía rápida. Dio carta blanca a Imperiali, embajador italiano en Londres, para que retomase y cerrase un tratado lo más ventajoso posible con la Entente. Aunque se gestó a rebufo de algunos triunfos militares rusos, fue precisamente Moscú quién intentó torpedear el acuerdo en más de una ocasión. No por considerar exigua la ayuda militar italiana, sino porque sus pretensiones chocaban de frente con parte de los acuerdos a los que habían llegado con Italia, como el de Racconigi. Rusia consideraba que las compensaciones territoriales de la Dalmacia, la península istriana y parte de la costa albanesa perjudicarían a sus aliadas eslavas de Serbia y Montenegro. Y acertó, la postura codiciosa de Italia afectó en gran medida a la confianza generada para un nuevo status quo balcánico, que solo se superó con acuerdos puntuales y concesiones como la de Rapallo en 1920.
A pesar de las advertencias rusas, Londres y París aceptaron el acuerdo. Sabían de la limitada potencialidad del ejército italiano pero eran conscientes de que algunos de los artículos del Tratado jamás se cumplirían. Por parte italiana, la ilusa satisfacción de haber suscrito un acuerdo beneficioso para los intereses territoriales (y coloniales) patrios cegó sus graves consecuencias. En primer lugar, la obligación de entrar en guerra al cabo de un mes de haber firmado el pacto, 25 de mayo de 1915, sin haber informado previamente al Parlamento y a miembros de la oposición liberal, como por ejemplo Giolitti. Al error de cálculo interno se unía el absoluto secretismo con el que se llevaron a cabo las negociaciones y la exagerada lista de peticiones que lastraron y pervirtieron la imagenItalia en el conflicto y por la que tanto había luchado di San Giuliano en evitar.
Curiosamente, los puntos del tratado no se conocieron hasta que la prensa bolchevique publicó en 1917 algunos de los documentos que comprometían parte de la política exterior rusa como medio para desprestigiar al anterior regimen zarista. El Pacto de Londres constaba de dieciséis artículos. Los tres primeros establecían las cláusulas que regían la participación militar italiana. Los artículos 4º al 13º detallaban las compensaciones territoriales, incluyendo el Trentino, el sector de la Venezia-Giulia, la Dalmacia, Albania, partes del imperio Otomano - en caso de desmembramiento - y otros reequilibrios coloniales. El 14º 'obligaba' al Reino Unido a conceder un préstamo de guerra de al menos 50 millones de libras esterlinas, el 15º respaldaba la opción italiana de negar la mediación papal en la consecución de acuerdos de paz y el 16º, y último, establecía el carácter secreto del pacto, el calendario de intervención y la negativa a que Italia firmase la paz por separado con algunos de sus enemigos, suscribiendo de paso el acuerdo de 5 de setiembre de 1915 que habían firmado Francia, Gran Bretaña y Rusia.
El conocimiento del Pacto de Londres por la opinión pública comprometió los intereses italianos y lanzó una seria duda sobre los presuntos valores defendidos en la guerra. La fórmula de Italia pediendo y la Entente concediendo dañó a la imagen civilizatoria de la guerra. Fue precisamente esta visión de 'mercadeo persa' la que acabó dando al traste con gran parte de la reclamaciones italianas en Versailles. En junio de 1919, Francia se desdijo de algunas de las peticiones 'exageradas' - atendiendo, claro, a intereses particulares; el Reino Unido se autoexcluyó y fueron los Estados Unidos, con Wilson a la cabeza, los que se negaron a ceder mucho de lo reclamado. Wilson arguyó que Versailles debía iniciar un nuevo período en política internacional y que, por tanto, no podía tolerarse que la diplomacia subterránea ni sus pactos secretos rigiesen el orden mundial.
La negativa aliada a ceder en gran parte de las peticiones italianas junto a las reacciones airadas - con abandono incluido de las negociaciones - de los representantes italianos, generó el inicio del mito de la Vittoria mutilata de inspiración fascista. El clima in crescendo de la victoria incompleta cimentó la creencia (y la propaganda) de que el sacrificio italiano en la Gran Guerra había sido en gran parte traicionado. Este fue solo uno de los efectos funestos del Pacto de Londres a nivel interno. El verdadero cataclismo político tuvo lugar en el mayo de 1915 con la obligación de aplicar el artículo 16º del tratado que consitía en proclamar el estado de guerra, movilizar al ejército e intervenir militarmente en el conflicto. Firmar un tratado fue sencillo, lo difícil sería aprobarlo por un Parlamento ignoto e ignorado y que además era claramente neutralista.
Los movimientos y maniobras que en mayo de 1915 lograron hacer entrar a Italia en la guerra fueron el punto y final de una etapa no solo política, sino histórica de Italia. La cronología política del Maggio radioso colocó al regimen liberal en el 'corredor de la muerte' y significó la entrada en escena de una nueva forma de política (y nación) completamente distinta.
Continúa en: La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (VI)

10 dic 2012

La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (IV).

Viene de: La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (III).




ACTO III. NOVIEMBRE 1914-ABRIL 1915: 'IL SACRO EGOISMO' DE SONNINO 

DRAMATIS PERSONAE III 

Sidney Sonnino 


A la muerte de di San Giuliano, la cartera de exteriores pasó a Salandra, quién tras un breve interim (4 de noviembre) la traspasó a su mentor y amigo Sidney Sonnino. De padre judío (convertido al anglicismo) y de madre escocesa, Sonnino profesaba el protestantismo en una de las naciones más católicas del mundo. No fue un obstáculo para su carrera, pero jamás tuvo el carisma o la clientela de Giolitti. Por tres veces detentó el cargo de Primer ministro del Consiglio italiano, aunque ninguno de los tres períodos superase los tres meses. Más exitoso fue su cometido como ministro de finanzas y del tesoro entre los años 1893 y 1896, donde logró capear las diferentes crisis económicas del país. No consiguió sanear totalmente la economía italiana, pero la dirigió hacia una mejor adaptación a los tiempos venideros. A pesar de sus múltiples relaciones con la prensa - compaginó durante años su carrera política con el periodismo y fue el propietario de una de las cabeceras más importantes de Italia, 'Il Giornale d'Italia' - nunca destacó por su elocuencia y oratoria. Íntegro, aunque suspicaz, trabajó siempre desde la sombra y el secretismo. 
Sonnino fue un representante destacado de la vieja derecha conservadora. Triplicista convencido, batalló para la entrada italiana en la Triplice desde 1881. Incluso desde su columna en la Rassegna settimanale rechazó algunas de la posturas irredentistas y abogó por romper el aislacionismo italiano. Su pensamiento estuvo siempre, o casi siempre, en la órbita de la Triplice. Tanto, que a primeros de agosto de 1914 reclamó a su discípulo Salandra un alineamiento claro con las Centrales. Solo los vientos de la guerra y la adopción (miope y oportunista, según Pieri) de postulados nacionalistas, le hicieron cambiar de tercio y virar hacia la Entente. El objetivo era lícito pero fallaron las formas.
Muerto di san Giuliano, Salandra y Sonnino no tardaron en caer en la trampa de presentar a Italia como una oportunista. Lastraron la imagen de la República italiana y de su participación en la guerra de interesada y egoista. Se desconoce quien lo lo acuño (Salandra o Sonnino), pero la aparición y difusión en la prensa (y luego por las cancillerías) del término 'Sacro egoismo' persiguió a Italia desde el otoño de 1914 a 1919 en Versailles. Sonnino asumió la 'lista' de di San Giuliano como dogma de fe y transformó su cartera de exteriores en maletín de vendedor de crecepelos y otros potingues. La lógica bélica, sin embargo, alteró sus planes triplicistas. Decidido a apretar (chantajear) a los austríacos, que acumulaban derrota tras derrota, se topó con la torpe miopía de la corte vienesa. Con Berchtold dimitido (o más concretamente defenestrado), Sonnino chocó con Burian, maniatado por la política inmovilista del imperio. Los rusos se retiraron de Lodz, pero los laureles pasajeros no convencieron al oscuro Sonnino, que como buen pisano era un negociante voraz. Exigió cesiones visibles e inmediatas, pero Viena recelaba de la díscola aliada. Le emplazaron al final de la guerra, pero Sonnino se impacientaba. El circo bajó el telón en abril, aunque los meses de enero a marzo de 1915 mostraron su faceta más torpe, y lo peor: anticipaban lo que ocurriría cuatro años más tarde en Versailles: impertinencia, intemperancia, impaciencia y falta de tacto. Todo lo contrario que di San Giuliano y su política de sentido común. 

Il Popolo italiano 

El volumen y complejidad de este apartado, así como el evidente protagonismo en el desarrollo de la intervención italiana en la guerra obligan a dedicarle una entrada aparte. No obstante, y para no alterar la estructura y sentido del presente artículo se ha realizado una aproximación somera sobre la sociedad italiana en la antesala del conflicto] 

La guerra fue calando desde el inicio en todos los sectores de la sociedad italiana. Desde las clases más humildes a los círculos más influyentes, el conflicto europeo se fue introduciendo de forma ininterrumpida configurando discurso, ideología y manifestación política. En este sentido, y ajenos a la política gubernamental, se formaron -de forma más o menos organizada- dos posicionamientos respecto al conflicto. Por una parte, los contrarios a la guerra se aferraron al neutralismo, aunque con matices que iban de la neutralidad más absoluta (buena parte del socialismo) a la condicionada (el bloque católico). En el extremo contrario, los partidarios de la guerra o interventistas también se dividieron en dos tendencias paralelas, formal e ideológicamente. 
En la génesis y desarrollo del neutralismo y del interventismo, el rol de la prensa y de gran parte de la intelectualidad italiana fue trascendental. La prensa enseguida tomó partido. En el bando neutralista, representado principalmente por el mundo del socialismo y del Partido socialista italiano, el diario Avanti! tuvo desde el inicio una ascendencia decisiva. Por contra, el interventismo democrático, para diferenciarlo del revolucionario o radical, tuvo en el diario milanés 'Il Corriere della sera' y en su editor jefe Luigi Albertini un paladín incansable en la lucha por su defensa. También 'Il Giornale d'Italia' de Sonnino traspuaba un indisimulado intervencionismo, al que se sumaría el beligerante 'Il Popolo d'Italia' sufragado con fondos francobritánicos y dirigido por el neoconverso Mussolini cimentando el interventismo radical de los D'Annunzio, Marinetti y co. 
La intelectualidad italiana se inclinó mayoritariamente por la intervención, aunque la guerra, y los valores que en ella se enfrentaban, dividieron al heterodoxo magma que formaban universitarios, académicos y artistas. Parte de la comunidad universitaria y académica, discípula y admiradora del gran universo cultural germano, se decantó por la causa triplicista. Mientras que por causas antagónicas y sobretodo políticas, los amantes de la cultura francesa y de los valores británicos tomaron partido por la causa aliada. 
El mundo del arte se sumió casi por completo en la causa interventista. Sus mayores exponentes, tanto escritores como artistas plásticos, militaron activamente en el interventismo radical, especialmente los representantes más destacados del futurismo como Marinetti, Boccioni, Edda, y otros. El partido de la guerra, tal como definió Isnenghi, lo formaba un conglomerado amorfo de elementos de todas las clases sociales y colores políticos. Lo que hoy se llamaría movimiento transversal, tuvo en algunos políticos, periodistas, catedráticos o artistas a sus más fervientes defensores y altavoces. En este sentido, y como gran paradoja del proceso italiano, si bien la mayor parte de italianos se abstrajeron de la guerra, fue esta masa informe la que bastió el edificio ideológico para la entrada italiana en la guerra. La creación de un estado de opinión favorable a la guerra se cimentó sobre tres factores. En primer lugar, a planteamientos políticos y nacionalistas basados en las opiniones y reflexiones del mundo académico y universitario. Sobre esta base, y tomando como bandera algunos de estos postulados nacionalistas, los artistas más significados e implicados en la causa, lanzaron una campaña furibunda en pos de la intervención del lado aliado, que encontró en determinados medios el principal altavoz y plataforma para su difusión. Y por último, el partido de la guerra se formó con aquellos políticos que, acorde con algunos círculos financieros e industriales, aprovecharon - y patrocinaron- el estado de opinión para proponer una intervención que estuviese conforme con los supuestos intereses del pueblo italiano. 
Los meses que transcurrieron de septiembre de 1914 a mayo de 1915 fueron testigos de una gran mutación en el sentir político de la sociedad italiana. No tanto por el cambio de actitudes respecto al conflicto, sino por el radicalismo que tomaron algunos de sus postulados y manifestaciones. El neutralismo siempre se movió en los esquemas de la corrección política e ideológica, como el interventismo democrático. Lo que trastocó el escenario político y la concordia social fueron los medios que utilizó el interventismo radical para imponer sus postulados. El interventismo revolucionario consiguió crispar la política italiana. Sus manifestaciones y mítines, así como los artículos de prensa de sus líderes, consiguieron crear una profunda división en el cuerpo político y social italiano. Se emprendieron campañas de acoso y derribo contra elementos neutralistas e interventistas acusados de tibieza. Se señalaron como traidores a la patria a determinados neutralistas y lo peor, la calle se convirtió en el nuevo escenario política, anticipando la política italiana del futuro. 

Mussolini 

La mayoría de historiadores definen al Mussolini prebélico de elemento perturbador. Otros de agitador y todos, de oportunista. Ciertamente, su evolución desde el neutralismo más intransigente hasta el interventismo más frenético -cito a Pieri- bebió mucho de los tres. Agente aliadófilo a banda, sus manifestaciones y sentido político concentraron en él la sintomatología de aquellos ciudadanos imbuidos por el espíritu de un interventismo militante y radical. Incluso su mutación política no fue ajena a los tiempos de la neutralidad. Abandonó a sus antiguos camaradas del partido socialista y el diario Avanti! por postulados más acordes con los signos de los tiempos. No obstante, su 'milagrosa' conversión al interventismo fue el fruto de un estudiado tacticismo político. 
En septiembre de 1914, el neutralismo del PSI comenzaba a ser visto como un elemento indolente y sospechoso de antipatriotismo (opinión impulsada, claro, por la prensa interventista), la apisonadora alemana se había parado en el Marne y el incipiente interventismo radical se encontraba huérfano de líderes. Mussolini ansiaba erigirse en 'la voz' de la marea interventista, y tras observar que la retórica y la liturgia del interventismo revolucionario se adecuaba a sus registros, no tardó en sobresalir au dessus de la melée. Como pez en el agua y desde su nueva tribuna, 'Il Popolo d'Italia', azotó con especial virulencia verbal al neutralismo y al interventismo moderados. Sin apenas diferencias, los acusó de connivencia triplicista y antipatriotismo. 
A partir del octubre de 1914, Mussolini tuvo un papel vital en el nuevo clima político italiano. La nueva forma de hacer política o, el nacimiento de 'la política de la calle' le fueron como anillo al dedo. Su afilado verbo y su gestualidad se adecuaban perfectamente a los nuevos tiempos. La confrontación política se recrudeció. El adversario político se convirtió en enemigo, y contra el enemigo se usaron todo tipo de métodos. Mussolini y sus Fasci se bautizaron en las luchas del invierno y la primavera de 1914-1915. Jamás tuvieron el carácter violento ni gangteril de los años 1919-1924, pero anticipaban lo peor. De hecho, las nuevas manifestaciones políticas y la crispación no abandonarían Italia hasta bien entrada la Segunda Posguerra. El linchamiento del neutralismo fue el primer episodio en el asalto al poder que culminaría en 1922. Mussolini, sin embargo, no fue el único culpable, sino un protagonista más. Hacia tiempo que el edificio liberal mostraba signos de cansancio estructural. Pero no fue hasta mayo de 1915 que las maniobras y requiebros de los máximos líderes del Parlamento (Salandra y Giolitti) le asestaron el golpe mortal y finiquitaron la legitimidad de la clase política italiana. 
La guerra hizo el resto. 

La política y la opinión pública se contagiaron de mútua inquietud respecto a la guerra. Posiciones claramente definidas a principios de agosto, eran ahora totalmente difusas e inciertas. Las circunstancias y el desarrollo de la guerra cambiaron perspectivas y en el caso italiano el viraje tenía visos interventistas. La neutralidad languidecía. Moría sola, pero entre todos las enterraban. La indefinición y opacidad gubernamentales junto a las ruidosas campañas en determinada prensa hicieron subir el soufflé interventista. La mayoría de la población seguía estando en contra de la intervención, pero la balanza seguía decantándose por la guerra. El triplicismo de Sonnino no estaba hecho a prueba de Marnes y, muy a pesar suyo, comenzaba a girar hacia la Entente. Los 'negocios' con las Centrales estaban encallados, o mejor, Austria no estaba por la labor de ceder en período bélico todo lo reclamado por los italianos. Burian, defenestrado Berchtold, seguía atado en corto y el círculo del Hofburg se negaba a regatear con el Trentino por muchas presiones que tuviese de Berlin. A inicios de diciembre los austríacos iniciaron otra ofensiva desastrosa contra Serbia. Los italianos, y especialmente Salandra y Sonnino, pensaron que cederían, pero tampoco. Cerraron filas y se lamieron (otra vez) las heridas y el orgullo. La opción triplicista, por racana y sobretodo por los reveses militares, comenzaba a no interesar en las altas esferas italianas. La balanza se decantaba por la 'solución di San Giuliano' aunque al obtuso grito del 'Sacro egoismo'. Con el nuevo año (1915) las cosas seguían donde estaban: Austria se negaba a cualquier concesión erritorial, Alemania clamaba por un entendimiento e Italia esperaba un gesto. Ante algunos avances exitosos de los austríacos en enero, Sonnino impelió al Hofburg a definirse, pero no logró respuesta. La paciencia del impaciente comenzaba a resquebrajarse. Ni las artes de Bülow, ahora en Roma, lograron acercar posiciones. La Entente seguía siendo más generosa y la sordera incompetente de Austria fue palmaria. Cansado y ninguneado, Sonnino ordenó al embajador italiano en Londres entablar negociaciones de alto nivel con la Entente. El Pacto de Londres comenzaba a gestarse.

Continúa en: La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos (V).

12 nov 2012

La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos. (III)

Viene de La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos. (II)




ACTO II. AGOSTO-OCTUBRE 1914:NEUTRALITÀ, SABLES INQUIETOS Y SUBASTA A LA ITALIANA 

DRAMATIS PERSONAE II 

Luigi Cadorna 


"L’operato del generalissimo fu largamente influenzato dal clima di contrasto politico nel quale si volse la guerra: contrasto fra partigiani ed avversari della guerra, a tutt’oggi non ancora spento. E poichè mio padre fu assunto ad esponente dell’intervento e dell’intransigente volontà di vittoria, è ovvio che gli eredi del neutralismo,fossero essi giolittiani, cattolici o socialisti, che la guerra subirono od in qualche modo ed in varia misura avversarono, siano poco disposti a lusinghieri riconoscimenti, anche se questi rientrano nella pura verità storica “. 

Así justificaba su hijo Raffaele, también militar, parte de la leyenda negra que acumuló su padre a lo largo de la jefatura del ejército italiano durante los años 1914-1917. Destacan dos ideas. La de un personaje mecido por las fuerzas de la historia, y más concretamente por el clima político y los ocultos entresijos del poder, y por otro lado, la creencia de que los partidarios de la neutralidad (giolittianos, católicos y socialistas) tergiversaron parte de su trayectoria a sabiendas de falsedades históricas. Ciertamente, la figura de Cadorna no deja indiferente a cualquiera. Como otros personajes del período, generó una feroz controversia entre sus defensores y detractores. Los primeros justificaron sus decisiones militares -la mayor parte, fracasos- en base a las coyunturas geográficas, a las deficiencias inherentes del ejército, a los mandos intermedios, a la tibieza del gobierno, etc. 
Los críticos -con otros datos- personalizaron en el militar piamontés lo peor del mundo castrense: indisimulado desprecio por la vida del soldado, decimaciones arbitrarias, decisiones militares absurdas, desconocimiento absoluto o carencia de un plan militar global, etc. La inmensa bibliografía sobre la participación italiana en la guerra no ha logrado conclusiones de consenso. Existe, no obstante, un escenario más uniforme de los primeros meses de Cadona como Jefe del Regio Esercito. Sobre estos, un análisis detallado de las relaciones entre el gobierno, el rey y el propio Cadorna aporta una visión muy interesante de las dificultades inherentes al papel del jefe del ejército italiano en la futura contienda. Aunque su carrera militar fue notable (Mayor general en 1898, general de división en 1905 y comandante del Cuerpo de ejército en Génova en 1910), Cadorna siempre se vio plato de segunda y eso le fomentó un gran desdén por la política y los políticos. Desde 1898 hasta su designación como jefe del estado mayor del ejército el 27 de julio de 1914, fueron numerosos los colegas que le pasaron por delante (Hensch, Zuccari, Pollio). Sus contínuas quejas y manifestaciones tampoco ayudarían. Sus relaciones con el monarca no eran malas, pero el ubicuo Giolitti jamás confió en él. La animadversión sería mútua. Con Salandra las cosas no irían mejor. 
Durante los meses de julio de 1914 a mayo de 1915, Cadorna fue el pelele de los políticos. Conscientes de sus prerrogativas constitucionales, Salandra, di San Giuliano y el propio ministro de la guerra Grandi lo obviaron y ningunearon abiertamente durante las primeras semanas de guerra. Tampoco Grandi era informado de todos los acuerdos del gobierno y eso también le provocó una gran desconfianza hacia él. Vista la cronología y el sentir de las decisiones podría decirse que sus vaivenes resultaron ridículos. 
Extrañado, pero respectuoso con el papel del rey como jefe supremo de los ejércitos, Cadorna le envió un memorándum el 31 de julio donde se detallaban los detalles de la movilización y distribución de las fuerzas que se iban a enviar a Alsacia, de acuerdo con las convenciones militares establecidas con Alemania. Al día siguiente, y desconociendo - aunque intuyendo - la neutralidad italiana, Von Hötzendorff reclamó a Cadorna que le enviase tropas de soporte para sus acciones en Serbia. A mediodía los planes se truncaron con la declaración oficial de neutralidad. Cadorna seguía en el alero. El 3 de agosto estupefacto ante el silencio del gobierno, recomendó la movilización del ejército en la Valle del Po y su concentración a un máximo de tres días de marcha de ambas fronteras (Francia y Austria). Salandra y di San Giuliano le comunicaron que era imposible, que sería interpretado por ambos países como una declaración de guerra encubierta. Insistió, pero el gobierno se mantuvo firme. Consideraban que declarar la neutralidad y enviar el ejército al Piave o al Tagliamento eran acciones contradictorias y que sería malinterpretado por las Potencias centrales. Cadorna cedió, pero su papel hasta la intervención no fue fácil, aunque peor lo sería durante la guerra. El clima político y el temor a la derrota acrecentaron la importancia de los fracasos militares, aunque -sin duda- algunas de sus decisiones alimentarían la controversia futura respecto a su papel en la guerra. Piero Pieri, uno de los mejores historiadores militares de la Italia contemporánea, lo definía como un hombre muy seguro de si mismo, de gran lucidez y de una enorme visión estratégica. Destacaba, sin embargo, que era extremadamente susceptible, tozudo y de escasas dotes comunicativas lo que le contraindicaba para un cargo como el de comandante supremo de las fuerzas armadas italianas. 

Vittorio Emanuele III
Soldado, burgués o rey victorioso fueron algunos de los epítetos que recibió VE III durante su vida como rey. El hecho es que fue un rey atípico teniendo en cuenta su dinastia. Especialista en numismática, filántropo y firme partidario de las políticas sociales, el rey Sciaboletta (espadín)- en referencia a su baja estatura y el tamaño de su espada - era reservado, un tanto esquivo y nada amante de la liturgia ceremonial de las grandes monarquías. Atento a los cambios que se operaban en la Italia del nuevo siglo, intentó proporcionar una especie de concordia social validando la mayoría de leyes de marcado contenido social. 
El recuerdo de su padre, Umberto I, y una cultura acorde con la época le proporcionaron una visión más progresista de su pueblo. A nivel internacional, abogó por el mantenimiento táctico de sus obligaciones con la Triplice, aunque fomentando siempre el entendimiento con Francia y Rusia. Estallada la guerra y consciente de la difícil tesitura italiana, confió en el gobierno Salandra y en las artes de di San Giuliano. Durante el interregno neutralista, tuvo que buscar un lugar de consenso entre el creciente interventismo y las tesis neutralistas de gran parte de los políticos y la sociedad. Antitriplicista convencido, sustentó y animó los contactos de Sonnino con la Entente después del octubre de 1914, aunque sus métodos no lo convenciesen. VE III fue informado en todo momento de las negociaciones con la Entente, así como del 'mercadeo persa' con las Centrales. Suscrito el pacto de Londres en abril de 1915 y sabedor de las dificultades que tendría el gobierno para imponer la intervención se dejó guiar por el estratega Salandra. Quizá no fue su acción más afortunada, como tampoco lo sería la del 9 de setiembre de 1943, pero el 'Sacro egoismo' era un proyecto muy tentador. Como Giolitti durante más de una década, y sin ser consciente del todo, contribuiría a la deconstrucción del edificio liberal, y a un menoscabo de la institución que representaba. 
Su papel en el 'Maggio radioso' de 1915 fue de vital importancia. Neutralizó la crisis del gobierno Salandra ofreciendo a Giolitti una manzana envenenada (la promesa de entrar en guerra el 24 de mayo) y tras la negativa de este, aceptó la dimisión de Salandra sancionando de rebote la intervención en la guerra y asestando un golpe de muerte al trastocado sistema político italiano. 

Neutralità
La neutralidad italiana el agosto de 1914 no fue una decisión precipitada. Salandra y Di San Giuliano coincidieron plenamente en ella. Los giros y contragiros diplomáticos solo fueron una cortina de humo para esconder la verdadera motivación de permanecer neutrales. La lógica y el sentido común se impusieron a la espera del desarrollo de los acontecimientos. A pesar de los interminables 'litigios' territoriales con Austria, Italia no tenía motivo que le impeliese o urgiese a entrar en una guerra europea. Ni su integridad territorial estaba amenazada (aunque los sectores más irredentistas temiesen por ella en caso de una victoria de las Potencias Centrales), ni la obligaba ningún acuerdo o pacto internacional, a pesar de las reinterpretaciones y 'letras minúsculas' del articulado VII de la Triplice. Por su parte, la gran mayoría de la sociedad italiana recibió la declaración oficial de neutralidad con alivio. 
En contraposición a Francia, Alemania, Austria e incluso la Gran Bretaña, la guerra no despertaba júbilo alguno en el pueblo italiano. En el sur de Italia, a diferencia del norte con una tradición más risorgimentale, la guerra se veía como una calamidad que empujaba a los hombres a la muerte y a sus familias al hambre. La muerte, la desocupación del campo y la amenaza de una posterior invasión no eran fantasmas del pasado, sino que estaban todavía frescos en el imaginario. El mundo obrero y la ciudad presentaban otra realidad, aunque no muy distinta de la del Mezzogiorno. La concepción que se tenía de la guerra no era especialmente positiva ni halagueña. Sin embargo, y con el devenir de los meses, fuertes corrientes de influencia en gran parte de las clases medias y liberales, dibujaron la guerra como una salida lógica al engrandecimiento del estado-nación italiano como el último paso del Risorgimento mazziniano. 

Movilizar o no movilizar ... 
Durante los meses de tensa neutralidad, Cadorna jugó a los soldaditos en su pizarra. Impetuoso, pero celoso de sus prerrogativas, intentó dar una imagen de eficiencia que distaba mucho de ser real. Y él lo sabía. Su inquietud no procedía exclusivamente de la ignorancia de los planes del gobierno, sino a la pésima preparación y predisposición de su ejército ya comprovadas en la aventura libia. En agosto de 1914, el ejército italiano era claramente inferior a sus posibles enemigos, fuese Francia o Austria. Un claro déficit en armamento (sobretodo en artillería pesada), paupérrimas ratios de ametralladoras por regimiento y la falta de oficiales y suboficiales cualificados eran carencias muy graves y preocupantes. Si a esto se le sumaba un sistema logístico insuficiente y una preocupante ausencia de planificación estratégica, el panorama era inquietante. 
Por todo ello, el sentido común de di san Giuliano recomendaba calma y sosiego. Para asentar una neutralidad favorable, o para en caso de guerra, preparar correctamente a las fuerzas armadas. Preparativos a banda, la cuestión sobre la movilización era alarmante. Una movilización inmediata hubiese supuesto una grave amenaza para la neutralidad mientras que una desmovilización por tiempo indeterminado suponía un grave peligro en caso de ataque repentino. La propia composición del ejército italiano complicaba todavía más las cosas. Ideado para cohesionar la aún frágil unidad de los ciudadanos italianos, el mando del ejército dictó que cada regimiento se formase con personas de dos regiones distintas y distantes, que se localizase en una tercera región y que al cabo de 4 años, ésta cambiase de región. Con semejante distribución era comprensible que la mobilización italiana preocupase y mucho a los altos mandos del ejército. Si a los problemas de concentración de tropas se le añadían las pésimas condiciones de transporte en una geografía tan dispar, la inquietud se tornaba en temor. Grandi intentó tranquilizar a Cadorna recordándole las grandes obras de mejora y fortificación en las fronteras septentrionales del Véneto en 1908, pero el jefe supremo seguía ensimismado con un plan de movilización parcial que no existía. 
Grandi le propuso dos opciones. Reunir -al menos- las divisiones del ejército permanente y con el tiempo concentrar el resto, o reunir -de momento- los seis cuerpos de ejército que formaban el ejército italiano septentrional. Cadorna dijo que no, que todo o nada! Y fue nada. Obsesionado y dolido, elaboró diversos memorándums que acabarían en papeleras reales y ministeriales. Los tempos diplomáticos no coincidían con los militares. Y además las relaciones entre los políticos y Cadorna eran casi nulas. Tanto fue así, que cuando di san Giuliano le preguntó a finales de septiembre si era posible una intervención, el militar le dijo que no podría ser. Argumentó que el invierno estaba cerca y que apenas contaban con pertrechos y uniformes hivernales. 

Quién da más?
El 4 de agosto, el di San Giuliano aseguró por carta a Salandra que tendrían al menos un mes de tregua diplomática antes no comenzasen las presiones de ambos bandos. Se equivocó. El 5 de agosto, el embajador en San Petersburgo Carlotti llegaba con 'presentes'. Francia y Rusia (con el plácet del Reino Unido) habían acordado -bajo mano- ofrecer a Italia el dominio completo del Adriático, un protectorado sobre Valona y la soberanía completa de las islas del Dodecaneso. Condición: Italia debía intervenir inmediatamente en el Trentino y su flota debía cerra el canal de Otranto. Comenzaba la subasta italiana. La Entente seguía generosa. El 6 volvió a la carga con la Dalmacia y el 8 de agosto se sumaba Trieste junto con negociaciones directas en Londres. 
Por su parte, y a pesar del enfado inicial, la puja de la Triplice no se hizo esperar. El embajador Flotow ofreció negociar sobre el Trentino. Pero comparado con los regalos de la Entente era miseria. La diplomacia italiana estaba muy presionada, pero la espera estaba mereciendo la pena. El 9 de agosto di San Giuliano despertó del sueño neutral. La neutralidad italiana no podría mantenerse. Demasiados cantos de sirena con lisonjeras melodías: el Trentino, Valona, el Adriático, el Dodecaneso e incluso Trieste !!! 
Di San Giuliano comenzaba a posicionarse y la Entente era la apuesta más segura. Con extrema inteligencia listó las que serían condiciones irrenunciables para una intervención: 1º. Ninguna paz por separado; 2º Cooperación inmediata entre las flotas italiana, francesa y británica para destruir la flota austríaca en el Mediterráneo; 3º Reintegro del Trentino y otros territorios italianos en poder de Austria-Hungría al Reino de Italia; 4º Albania dividida entre Grecia y Serbia, pero con la costa neutralizada; 5º Regimen internacional para Valona; 6º Devolución de las islas del Dodecaneso en caso de supervivencia del Imperio turco; 7º Cuotas en las indemnizaciones de guerra y 8º Mantenimiento de las alianzas para el periodo de la posguerra. 
La guerra, no obstante, proseguía y Marte estaba de parte de la Triplice. El rodillo alemán seguía imparable y di San Giuliano pedía calma, mucha calma y ninguna salida de tono a los suyos. Advirtió a Londres que si no cambiaban un poco las tornas Italia no se iba a meter. Conscientes del momento, la puja de Berlin subió. En caso de derrota serbia, Austria la anexionaría y cedería el Trentino y algún otro territorio. Eran simples promesas, nada tangible. El 26 de agosto, ante la perspectiva victoriosa de la Duplice, di San Giuliano admitió la neutralidad como la mejor opción. Pero las tornas volvieron a cambiar. A mediados de septiembre se certificó el fracaso austríaco en Serbia y aún peor: la apisonadora alemana había sido frenada en el Marne. Italia volvía a la carga. El hábil siciliano, consciente de su cercana muerte, echó el resto. A banda de las ocho peticiones de agosto, Italia obtendría áreas del Asia menor y territorios africanos de la derrotada Alemania, se redefinirían las fronteras entre Libia y Túnez e incluso se pediría a Francia una cesión de Túnez. 
Las negociaciones descarrilaron el 25 de septiembre. Cadorna, dispuesto a intervenir una semana antes, hizo saltar las alarmas cuando se negó a una intervención inminente arguyendo deficiencias materiales y logísticas por la inminencia del invierno. El mundo al revés. Cuando di San Giuliano reclamaba pausa, Cadorna desenvainaba el sable y ahora que el siciliano marcaba el paso, Cadorna se volvía prudente. Octubre reclamaba calma y mientras los ejércitos se atrincheraban, las cancillerías hicieron cálculo de daños. 
El ministro siciliano murió el 16 de octubre. Con él se fueron el temple, la visión y el cerebro de la diplomacia italiana. Lo sustituyó Sonnino y 'il sacro egoismo'.

Continua en: La intervención italiana en la Gran Guerra, 1914-1915: preludio y tragedia en cinco actos. (IV)

30 oct 2012

Las misteriosas muertes de Sepp Innerkofler


Alpinista fuera de serie y experto escalador fueron algunos de los elogios que recibió Joseph (Sepp) Innerkofler cuando en julio de 1915 se conoció su muerte en los círculos alpinistas internacionales. Con un innegable pedigrí montañista y originario de Sexten (Sesto), dedicó todo su vida a la montaña. Su conocimiento de los rincones, grutas, vías de ascensión y senderos de alta montaña hicieron que su fama como experto guía saltase allende los Dolomitas del Tirol meridional, como ya lo había hecho la de su tío Michael, conocido como el 'rey de los Dolomitas'. Sepp siguió sus pasos. Abrió ferratas en los glaciares y paredes más escarpadas, y ayudó a construir algunos de los refugios más importantes en los Dolomitas orientales que todavía existen. 
En mayo de 1915, la entrada de Italia en la guerra y su pasión por la montaña lo llevaron a alistarse voluntario en las Standschützenkompanie, unidades especializadas en tareas de exploración y defensa del territorio dolomítico. Formadas por un reducido número de alpinistas de élite, su papel fue in crescendo a medida que el conflicto en la montaña se iba recrudeciendo y que el Alto mando austrohúngaro desplazaba a las Landesschutzen (tropas de territoriales) para cubrir las enormes bajas sufridas en Galitzia. 
En la mayoría de los Dolomitas las fronteras entre Austria y el Reino de Italia eran muy permeables, hasta el punto que la ocupación de una cima podía realizarse con un reducido grupo de montañistas sin apenas armas. De esta forma, en mayo de 1915, las tropas de ambos ejércitos se apresuraron a ocupar de forma más o menos permanente la mayoría de cimas y pasos que permitían un fácil acceso a los valles enemigos. Las Standschützen compartían sector con los Kaiserjäger (Cazadores imperiales) y las Alpenkorps alemanas - a pesar de no estar en guerra con Italia - pero realizaban las misiones más arriesgadas de patrulla por el conocimiento que tenían sus miembros. Fue por ello, pero sobretodo por su autoridad, que Innerkofler no tardó en ser ascendido a Zugführer o jefe de cordada. Su prestigio y arrojo eran de sobras conocidos. En las 17 patrullas que comandó desde el 21 de mayo hasta julio de 1915 la perícia demostrada como alpinista y el riesgo que tuvieron algunas de las acciones -muchas nocturnas- cimentarían su leyenda. Pasada la guerra, sus compañeros recordaban que Innerkofler, a pesar de sus cincuenta años de edad, subía las paredes con la agilidad de un joven de veinte años y que su liderazgo lo demostraba en cada cordada dirigiendo las acciones desde la misma vanguardia como la del fatídico 4 de julio de 1915. 

La noche de autos

Innerkofler sabía de la vital importancia del monte Paterno como puerta al altiplano delle Tre Cime de Lavaredo y como protección del valle del Landro. Por ello convenció a los mandos de que su control era imprescindible. El Paterno, de cima estrecha y de muy difícil acceso, era un excelente observatorio prácticamente inexpugnable. Rodeado de otras formaciones rocosas, la Torre Toblin o las famosísimas Tre Cime de Lavaredo (Drei Zinnen= Tres cimas), la posesión del Paterno era imprescindible para cerrar la entrada de los italianos en ese sector del Tirol austríaco. Como sucedió a lo largo de toda la guerra en el frente dolomítico, las acciones de conquista o de castigo las realizaban compañías muy reducidas y al abrigo de la noche, como fue el caso de los alpini italianos que ocuparon el Paterno el 29 de mayo. Mantener las posiciones elevadas no siempre era viable. Las inclemencias del tiempo, sobretodo en invierno, la naturaleza del terreno o la imposibilidad de proveer a las tropas así como el contínuo hostigamiento del enemigo eran factores en contra. Pero el Paterno era diferente. Recuperarlo sería cuestión de audacia y arrojo. 
La misión era arriesgadísima. La cima era un espacio estríchismo, de unos pocos metros de superfície llana y sin apenas protecciones naturales, donde la única vía para encaramarse a lo más alto y tomar la posición por sorpresa era una pared vertical de unos cientos de metros. Innerkofler conocía la perfectamente ya que la había abierto él mismo en 1896. Esa noche la patrulla de Innerkofler la formaban seis alpinistas de élite. Salieron de un pequeño refugió situado en la base del Drei Zinnen, junto con una compañía de los Standschützen al mando del hermano de Innerkofler, Christl. Esa noche, como siempre, Innerkofler tomó la responsabilidad de ser el primero y enfiló la ascensión. Después de tensos minutos, él y sus compañeros llegaron a la cima. En esta había una pequeña cresta que servía de refugio a los alpini que la ocupaban. Innerkofler se avanzó. Se oyeron unas detonaciones secas y al poco un grito se desvaneció en la noche. Advertidos del peligro y entreviendo lo sucedido, los compañeros de Innerkofler descendieron y volvieron a sus posiciones. Días después se supo la suerte de Innerkofler. Había caído desde la cima y sus restos mortales habían sido recuperados y enterrados por alpini italianos no muy lejos del lugar de la caida. 

La muerte versionada

 El asombro ante la noticia de Innerkofler comenzó a cundir por el valle y al momento surgieron versiones de su muerte. Pocos se podían explicar cómo un experimentado alpinista se había caido al vacío desde unas montañas que conocía perfectamente. Además, las fuentes italianas y austríacas difirieron enormemente desde un principio. La primera versión y la más acceptada -en su momento- fue la de Pietro di Luca, uno de los alpini que estaban esa noche en el Paterno y que presuntamente acabó con la vida de Innerkofler. En el libro del capitán Neri, Ineditti di guerra alpina, 1915-1918, Di Luca relató su versión. Contaba que durante su guardia oyó un ruido, y que al acercarse al lugar y ver una figura humana en un saliente, agarró una gran pedrusco, se lo lanzó a la cabeza y que lo hizo desequilibrar, cayendo el intruso al vacío. Él mismo explicó que al día siguiente se acercaron al lugar donde yacía el cuerpo (unos cincuenta metros abajo) y que lo enterraron 'in situ' con todos los honores. Unos años después, el propio Luca relató con todo lujo de detalles la historia, pero sin excesivos cambios, excepto por detalles sin importancia. 
Los austríacos no podían aceptar que uno de sus mejores alpinistas y un gran héroe de guerra hubiese muerto de una pedrada. Por ello, o quizá por nuevos datos, comenzaron a circular otras versiones, una de ellas surgida de Sepp Innerkofler Jr. El hijo del alpinista sostenía que durante la ascensión al Paterno, la artillería austríaca situada en el sector de Le Tre Cime (Drei Zinnen) di Lavaredo abrió fuego de cobertura y que uno de los proyectiles o alguna esquirla alcanzó a su padre en la cabeza, precipitándolo al vacio. Aún en esta línea del fuego amigo, otra versión del lado austríaco explicaba la muerte del alpinista tirolés por los disparos de un grupo de ametralladoras situadas en la Torre Toblin y que esa noche cubrieron la operación de castigo de Innerkofler. 

Epílogo

El frente dolomítico fue muy cruel. El frío, las enfermedades, las caídas fortuitas o las avalanchas se cobraron más vidas que los fusiles o obuses. No obstante, fue un escenario absolutamente inútil, y su importancia más simbólica que real. El intercambio de posiciones fue en algunos casos ridículo y el nivel de hazañas inversamente proporcional al valor militar de las mismas. La guerra en los Dolomitas sirvió para comprobar el valor individual y la resistencia humana a límites insospechados, así como la estupidez de los Altos mandos. Que Innerkofler muriese por una piedra o por una bala es lo de menos. Lo más irónico -desgraciadamente- es que el pelotón de alpini italianos abandonó al poco el Paterno, mientras que Innerkofler estuvo enterrado ahí hasta 1919.

Fuentes:

- Cenacchi, Giovanni (et al.). Teatri di guerra sulle Dolomiti, 1915-1917. Mondadori, 2006.
- Lichem, Heinz von. La guerra in montagna 1915-1918. Volume 2, il fronte trentino e dolomitico. Bolzano : Athesia, 1997.

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