16 dic 2013
Notre-Dame de Lorette (Nuestra Señora de Loreto), mayo-junio 1915
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20 abr 2012
Los pantalones de Lucien Bersot
Le Pantalon, telefilm del realizador francés Yves Boisset y adaptación de la novela homónima de Alain Scoff, narra el espeluznante caso del soldado Lucien Bersot.
La historia, aunque increible, fue desgraciadamente cierta. Lucien Bersot, 33 años y padre de una hija de 5, fue llamado a filas como millones de franceses durante el convulso agosto de 1914. El suyo sería el 60º regimiento de infantería. A resultas de la falta de uniformes reglamentarios, Bersot fue pertrechado con la guerrera de paño azul, pero recibió unos pantalones blancos en vez de los de lana roja reglamentarios. Los meses pasaron y en enero de 1915 el blanco pulcro se había tornado color barro.
Era el 11 de febrero de 1915, en el gélido frente del Aisne, cuando Bersot, hastiado de su penosa vestimenta y muerto de frio, informó a su furriel. Al poco, le trajo unos pantalones de lana rojos. La prenda, aunque entera, estaba visiblemente manchada de sangre, lo que provocó la negativa de Bersot a vestirla.
Lo que en un primer instante parecía una broma, fue tornándose en estúpida tragedia.
Ante la total indignación de Bersot por vestir unos pantalones manchados de sangre, probablemente de un muerto, el caso trascendió al teniente André.
André, que acababa de hacerse cargo de la compañía de Bersot, era de ese tipo de oficiales que buscaban medrar dentro del escalafón militar a cualquier precio. El jefe del regimiento, el teniente-coronel Auroux, veterano africanista y sabedor del zelo de André por el cumplimiento de la disciplina militar, le ordenó llegar hasta el 'fondo' del asunto. Viendo en la indisciplina de Bersot una oportunidad de ascenso, André le volvió a ordenar que se vistiese con los pantalones de la discordia. En caso contrario, se atendría a las posibles consecuencias. Bersot, ingenuamente, se negó en rotundo. Ante la reiterada negativa de Bersot, el teniente André decidió arrestar a Bersot y someter el caso al dictamen del teniente-coronel.
Auroux, en un acto de absoluta arbitrariedad, aunque respaldado por un código militar arcaico, decidió someter al soldado Bersot a un consejo militar 'especial'. Alea jacta est. Lucien Bersot estaba condenado de antemano.
No fueron pocas las voces que se alzaron para señalar al teniente-coronel Auroux la absurdidad de un consejo de guerra. La guerra estaba consumiendo la flor y nata de la juventud francesa, y actos como este eran innecesarios. Uno de los oficiales del regimiento, el teniente Guérin, se inclinó por imponer una falta leve a Bersot y a dejar correr el asunto. Auroux se tomó la sugerencia de Guérin como una afrenta y le designó abogado defensor de Bersot a modo de represalia, aún sabiendo de las nulas opciones de salir airoso.
Los compañeros de Bersot tampoco se abstuvieron de mostrarse en contra de la decisión del oficial al mando. Consideraban abusivo el trato que recibía Bersot, arrestado en un calabozo. Este gesto inflamó aún más al teniente André y al teniente-coronel Auroux. Los citaron como testigos en el consejo de guerra.
Como paréntesis, hay que decir que todo este proceso duró solo un par de días.
Ante la proximidad del consejo de guerra, y viendo la actitud claramente parcial de Auroux, el teniente Guérin -defensor de Bersot- le recordó la ilegalidad de que fuese el juez de la causa ya que no se encontraban juzgando un acto de cobardía durante la batalla. Auroux, apoyándose en las prerrogativas del mando, describió las circunstancias del caso de 'muy graves y amenazantes en caso de ataque' y le recordó que la situación actual del ejército francés no permitía según que titubeos en la aplicación del código militar. Fue en ese instante cuando Guérin vio la suerte que iba a correr su defendido.
El consejo de guerra se inició la tarde del 12 de febrero. El testimonio del acusado fue sobrecogedor. No entendía cómo una petición tan obvia, vestir un pantalón limpio, podía haber degenerado de esa manera. Ante la desesperación de Guérin, la versión de Bersot fue anulada en todo momento. Sus testigos tampoco corrieron mejor suerte. Fueron acusados de encubrimiento e indisciplina. El consejo de guerra fue una farsa y, la sentencia, firme: Bersot sería fusilado al día siguiente, 13 de febrero. La puntilla: el pelotón de ejecución lo formarían sus propios compañeros.
No hubo indulto. Lucien Bersot fue 'fusilado como ejemplo'. La causa: un pantalón.
Después de la guerra, y ante la alud de denuncias, algunos medios de comunicación y asociaciones de veteranos reclamaron la revisión de algunos casos.
La revista Germinal y el abogado Réné Rucklin lograron que el gobierno francés rehabilitase a Lucien Bersot. Era el 12 de juliol de 1922.
** Desconozco si a su mujer y a su hija les detallaron el motivo por el que su marido fue vilmente asesinado.
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28 mar 2010
Morts "pour la France"
Fuentes:
Winter, Jay. Sites of memory, sites of mourning.
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Etiquetas: Consecuencias de la guerra, Curiosidades, L'Armée
18 ago 2009
Galliéni, el hombre del Ourcq (y del Marne)
Fuentes:
- Blanchon, G. Le genéral Galliéni. Paris : Bloud, 1915.
- Cladel, Judith. Le général Galliéni. Paris : Berger-Levrault, 1916.
- Galliéni, Joseph. Mémoires du Maréchal [...]. Paris : Payot, 1928.
- Gheusi, P.B. Galliéni. Paris : Société anonyme des imprimeries réunies, 1922.
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Etiquetas: L'Armée, Militares y personajes civiles
2 jul 2009
Casco Adrian (modèle 1915)
El estallido de la Gran Guerra no sorprendió a los Estados mayores de los diferentes ejércitos, ni tampoco a las cancillerías o diplomacias de las potencias en lucha, pero a buen seguro sí lo hizo con los responsables de los ejércitos contendientes. Los más desprevenidos quizás fueron los de l'Armée française. En agosto de 1914, los soldados franceses marcharon a la guerra entre vítores y marchas pero sus uniformes eran prácticamente los mismos que usaron sus abuelos durante las guerras napoléonicas casi un siglo antes. Los uniformes de color azul marino y rojo escarlata resultaban del todo obsoletos para el nuevo tipo de guerra que se avecinaba.
La guerra corta se alargó, y la Navidad se pasó en los gélidos frentes del este y oeste europeo. Las trincheras se convirtieron en incómodas moradas, pero esto era sólo el principio de una pesadilla de cuatro interminables años. Había nacido la guerra industrial. La cesura de la modernidad fue implacable. La Humanidad se dió de bruces con su propio Leviathan. En términos militares, las antiguallas fueron superadas por los signos de los tiempos: y el viejo képis azul con ribetes rojos sucumbió por su propio peso. Su presencia en el campo de batalla era hilarante, casi ridícula en un conflicto donde la artillería y su mortífera eficiencia marcaban los tempos de una sinfonía de violencia. Los uniformes de l'Armée y sus guapos soldaditos eran lindos de ver en un desfile, pero para nada más. El estancamiento fue un aviso y la guerra de posiciones dió paso al infierno de la zanja y la trinchera. La miseria de la guerra subía un peldaño más. Las cargas de caballería dejaron paso a la destrucción masiva a cargo de la artillería pesada, y los efectos no se hicieron esperar: las bajas en las ejércitos augmentaron de forma exponencial. Los inhumanos destrozos que producían la artillería y sus diabólicos inventos eran estremecedores. Según cálculos expertos, cerca de tres cuartas partes de las bajas eran producidas por lesiones o heridas en la cabeza. Nueve de cada diez heridos en la cabeza morían. Se imponía un reflexión: cualquier esquirla o trozo de metralla, o incluso, cualquier pedazo de tierra o piedra podía tener efectos funestos si alcanzaba alguna parte de la cabeza desprotegida o cubierta con un simple képis de ropa. A muy poca distancia se podía decir lo mismo del débil pickelhause alemán.
El tema se puso sobre la mesa y una de las primeras conclusiones a las que llegó el Alto Estado mayor francés, a parte de las escasez de proyectiles, fue la de cubrir la cabeza de sus soldados de una forma más segura y eficaz. Uno de las encargados de llevar a cabo el estudio, Louis Auguste Adrian, director de l'Intendance au Ministère de la guerre francés propuso una solución al problema. La primera de sus iniciativas consistió en idear y fabricar una pequeña coraza metálica de forma ovalada. El prototipo de casco tenía unos 0,5 mm de espesor e iba situado por debajo del képis. Esta protección cubría la parte superior del cráneo hasta la altura de las sienes. Su inventor la bautizó con el ocurrente nombre de cervelière, aunque fue conocido también como la Bourguinotte Adrian. De este artefacto se acabaron fabricando unas 700.000 unidades. Los resultados, sin embargo, no fueron los esperados. En febrero de 1915, el Alto Mando se propuso encontrar la solución definitiva. Aprovechando las ideas y avances de Adrian, se decidió estudiar la fabricación e implantación de un casco metálico.
Adrian mejoró sus diseños en forma de una protección más completa y envolvente. Tambien hubo otras opciones o trabajos como el proyecto Detaille o la Batterie de Vincennes, pero su diseño fue el elegido para equipar a las tropas francesas. A parte de cuestiones ergonómicas, Adrian pensó en los procesos de producción con el fin de facilitar al máximo la fabricación en tiempos de guerra, para ello contó con la ayuda de Louis Kuhn, jefe de producción de la fábrica de Japy. Se calcula que su coste en moneda de la época era de unos cinco o seis francos de 1915. Las primeras unidades del casco Adrian salieron de la fábrica de Japy en abril de 1915. No fue hasta junio que Adrian lo presentó en sociedad. El casco Adrian recibió la bendición y se ordenó la fabricación de más de millón y medio de unidades para ese mismo junio, pero no fue hasta inicios de otoño que se distribuyeron masivamente. El primer año se fabricaron más de siete millones. Aunque se trataba de un casco ciertamente endeble, un grosor de plancha de acero de 0,7 milimetros y peso medio de 700 gramos, el Adrian modèle 1915 tuvo tal éxito que diversas naciones pidieron a Francia unidades para sus respectivos ejércitos.
El casco Adrian, modèle 1915, estaba compuesto de cuatro piezas. En la parte superior del casco (bóveda) iba fijada una cresta (cimera) metálica a través de cuatro remaches. Debajo de la cimera iban situadas unas ranuras de aireación. La visera, parte delantera, y el cubrenucas, parte posterior, se unían por soldadura de puntos o por remaches, dependiendo de la fecha de fabricación. La unión de ambas piezas evolucionó durante la guerra. Durante el año 1915 se unían mediante soldadura, pero después se unían mediante dos remaches superpuestos en los flancos del casco. En la parte delantera de la bóveda, encima de la visera, se colocaba la insigna del cuerpo a la que pertenecía el soldado. En los primeros tiempos iba pintada pero luego se sustituyó por una insignia metálica. Cada cuerpo de l'Armée tenía su propio distintivo en el casco. Los primeros cascos fueron destinados a los cuerpos de infantería e ingenieros. No fue hasta 1916 que se crearon las insignias para la artillería, las tropas coloniales, las africanas, las de los chasseurs o cazadores y el servicio sanitario. Cada uno de estos cuerpos llevaba una insignia distintiva. Incluso la gendarmería acabó teniendo una propia. La guarnición (forro o interior) del casco tuvo dos variantes. La más primitiva, consistía en un forro de cuero segmentado en siete lenguetas unidas por una correa igualmente de piel. El forro iba fijado al casco mediante ocho enganches o grapas metálicas y aislado del casco por un aluminio ondulado. El segundo tipo de guarnición varió del primero en su composición ya que eran siete pedazos de piel unidos mediante un hilo, pero que no formaban un todo uniforme sino que iban enganchados a la parte metálica del casco mediante grapas. El ahorro en piel estaba detrás de este nuevo diseño. El color de la guarnición también varió de un modelo a otro. El barboquejo sufrió modificaciones, aunque menores. Se trataba de una simple tira de piel de caballo (evitaba la deformación por la humedad) que iba asida a dos presillas en los dos extremos del casco y con un hebilla de bucle. La longitud del barboquejo variaba según la talla del casco. Aunque se podía reglar según el tamaño. Lo que varió fue el tipo de fijación al casco. En el caso de los oficiales, a menudo el barboquejo no era una simple cinta, a veces estaba trenzada. El Adrian 1915 disponía de tres tallas, de la A a la C, y luego 9 subtallas. Sobre el color del casco también hubo pequeñas modificaciones. Al principio, el color del casco era de un azul tirando a marino abrillantado, lo cual lo convertía en un blanco demasiado visible. Al poco se optó por rebajar el color azul a un tono más suave y convertirlo en un mate menos llamativo. El color definitivo se llamó bleu horizon o bleu artillerie, más acorde con el nuevo uniforme de campaña. A su vez, las tropas coloniales llevaban pintado el casco de un color khaki, los franceses lo llamaron moutarde (mostaza), como sus uniformes.
Fuentes: Tavard, Christian Henry. Casques et coiffures militaires français. Paris : J. Grancher, 1981.
http://www.cascoscoleccion.com/
http://www.world-war-helmets.com/fiches/Casque-Adrian-Mle-15.php
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Etiquetas: L'Armée, Uniformes y pertrechos militares
10 abr 2009
Fragmento de El Miedo (La Peur) de G. Chevallier
Transcribo un brevísimo fragmento de la obra de Gabriel Chevallier, El Miedo (La Peur) sobre sus experiencias como soldado francés durante la Gran Guerra. Gran obra que destaca sobretodo por la crudeza en la descripción de la guerra y por la dura crítica a la que somete a la cúpula militar y a una parte a la sociedad francesa por su papel durante el conflicto.
Fragmento, correspondiente a la página 80 de la edición en catalán, La Por. Traducción del catalán al castellano por un servidor:
"De repente, el soldado que me precedía se agachó, y yo me arrastré a cuatro patas para pasar por debajo de montón de materiales. Me agaché detrás suyo. Cuando se levantó, dejó a la vista un hombre de cera, estirado panza arriba, que abría la boca sin aliento, unos ojos inexpresivos, un hombre frío, rígido, que debía haberse escondido bajo aquel ilusorio refugio de tablones para morir. Me encontraba bruscamente de cara con el primer cadáver reciente que había visto en mi vida. Mi rostro pasó a pocos centímetros del suyo, mi mirada encontró la suya vidriosa, mi mano tocó la suya que estaba helada, oscurecida por la sangre que se le había helado en las venas. Me pareció que el muerto, en aquel breve cara a cara que me imponía, me reprochaba su muerte y me amenazaba con su venganza. Esta impresión es una de las más horribles que tuve en el frente. Pero aquel muerto era como el vigilante de un reino de muertos. Aquel primer cadáver francés precedía centenares de cadáveres franceses. La trinchera estaba llena. Cadáveres en todas las posturas, que habían sufrido todo tipo de mutilaciones, esguinces y todos los suplicios. Cadáveres enteros, serenos y correctos como santos de relicario; cadáveres intactos, sin señales de heridas; cadáveres embadurnados de barros, sucios, como tirados de pasto a bestias inmundas. Cadáveres calmados, resignados, sin importancia; cadáveres terroríficos de seres que se negaron a morir, furiosos, inflados, resentidos, que exigían justicia y amenazaban. Todos con la boca torcida, las pupilas mates y su color de ahogados. Y fragmentos de cadáveres, jirones de carne y de uniformes, órganos, miembros desparejados, carne humana roja y violácea, como piezas de carnicería ya pasadas, grasas amarillentas y fofas, huesos que dejaban salir el tuétano, vísceras revueltas, como gusanos que temblaban al pisarlos. El cuerpo de un hombre muerto es un objeto de una repugnancia insuperable por aquello que es vivo [...]
Para huir de tanto horror, miré hacia el llano. Horror de nuevo, peor: el llano era azul.
El llano estaba cubierto de cadáveres de los nuestros, ametrallados, caídos con la cara hundida en el suelo, con las nalgas hacia arriba, indecentes, grotescos como marionetas, míseros como hombres, ay Dios!
Campos de héroes, cargamentos para los carros nocturnos…
Una voz, en la fila, formuló el pensamiento que todos callábamos: “Qué les ha pasado!”, que tuvo inmediatamente en nosotros este eco aún más profundo: “Qué nos pasará!”.
En breve publicaré una reseña más extensa sobre esta obra que algunos críticos y literatos franceses han descrito como la gran olvidada.
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Etiquetas: L'Armée, Revisiones y reseñas bibliográficas
1 abr 2009
El curioso caso del caporal Moulia
Vincent Moulia nació en la región de Landes en 1888. Al estallar la Gran Guerra fue mobilizado con el 18º regimiento de infantería. Su hoja de servicios fue impecable hasta mayo de 1917. Herido en dos ocasiones, en mayo de 1916 fue condecorado con la Croix de guerre y ascendido a caporal después de saberse que salvó de una muerte segura a su capitán y que capturó él solo a siete oficiales alemanes. Era un héroe..., hasta ese momento.
A principios de mayo de 1917 y en el marco de las ofensivas del Aisne participó con su unidad, el 18º RI, en la toma de Craonne. Fue una carnicería, más de dos tercios de su regimiento murieron o causaron baja. Su unidad fue relevada y enviada a Villers-sur-Fère. Pero el 27 de mayo recibieron la orden de subir al frente en breve, y estalló la tormenta. El espíritu del vino junto con el hecho de sentirse carne de matadero hicieron el resto y las airadas protestas tomaron cuerpo. A pesar del escándalo y la indignación de lo que consideraron una injusticia subieron al frente y lucharon. Pero los actos del 27 de mayo no iban a quedar impunes, sobretodo a la oleada de motines y rebeliones en l'Armée después de Chemin des dames. El 7 de junio, doce soldados y dos caporales fueron detenidos y llevados ante un Consejo de Guerra. El Consejo de Guerra condenó a cinco de ellos a ser fusilados, Moulia entre ellos. La suerte parecía no estar de su parte ya que fue incluído en el último momento en la funesta lista. Los jueces militares pidieron su perdón, pero no llegó. Según los políticos, Moulia cometió un acto imperdonable en medio de los etílicos efluvios del pinard: "amenazó con tomar el tren hasta Paris e ir a explicarles [a los políticos] la guerra". Moulia debía morir, Cordonnier fue el amnistiado.
A partir de este punto, las fuentes y los testimonios no se ponen de acuerdo en cómo sucedieron algunos de los hechos.
La versión más espectacular y más increíble cuenta que al alba del 12 de junio, en Maizy, se ejecutó a tres de los tres condenados. Moulia era el siguiente. Pero cuando llegó su turno, la explosión de un obús mató a varios miembros del pelotón de ejecución. Aún sin tiempo de reaccionar, cayó otro obús a pocos pasos del primero hiriendo a más militares. A la tercera explosión, Moulia -solo y milagrosamente ileso- se escapó al trote. La Diosa Fortuna estaba con él. Hasta mediados de los setentas las historias sobre las peripecias de Moulia se quedaron ahí: en su huida. La tierra se lo había tragado.
Fuentes más fiables y documentadas confirmaron que Moulia no se escapó al alba del 12 de junio, sino que en la víspera, la artillería alemana bombardeó la prisión y que gracias a la confusión reinante Moulia logró escaparse después de librarse del gendarme Darrivère. Los mismos testimonios detallan que Moulia llegó incluso a París. Y que allí un agente del orden lo detuvo después de comprobar que no llevaba ningún tipo de permiso. Pero el suertudo Moulia volvió a escaparse. Fuera de París, Moulia volvió a su pueblo natal, Naisset, donde se escondió en los bosques de los alrededores hasta mayo de 1918. Pero denunciado a la brigade d'Amou y ante el peligro de ser capturado por las autoridades pasó la frontera española donde permaneció hasta 1936 al poco de comenzar la guerra civil. Volvió a Francia, una vez allí fue rehabilitado después de acogerse a ley de amnistía de 1925. Cuenta la leyenda, que una vez en Francia Moulia se encontró con el ex-gendarme Darrivère y que éste le contó que lo habían sancionado por no haber evitado su fuga en junio de 1917.
A pesar de ser amnistiado, Moulia no vió reconocidos sus derechos como antiguo combatiente. Después de una ardua lucha burocrática obtuvo la consideración de veterano de guerra en 1952, gracias sobretodo a la intervención de las autoridades municipales de Pau.
Pasados cincuenta años de la guerra, Pierre Durand, periodista e historiador lo encontró en su pueblo natal y decidió contar su impresionante historia en forma de libro. El libro vió la luz dos años más tarde. Vincent Moulia murió en 1984.
Gracias también a la labor de Alain Decaux, la historia del caporal Moulia pasó de las catacumbas al tabloide mediático.
Quién fue Moulia? Un héroe, un amotinado? Tan solo un hombre.
Fuentes:
Pierre Durant. Vincent Moulia. Les pelotons du général Pétain. Paris : Ramsay, 1979.
URL=http://www.servicehistorique.sga.defense.gouv.fr/04histoire/articles/gendarmerie/histoire/panel/pa1.htm
https://correu.bnc.cat/exchweb/bin/redir.asp?URL=http://www.cheminsdememoire.gouv.fr/page/affichebiblio.php?idPage=14727%26idBiblio=3131%26idLang=fr
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23 mar 2009
151 RIL
http://151ril.com/ Interesantísima página web confeccionada por una asociación de recreación militar histórica norteamericana. La web tiene una clara vocación didáctica y expositiva al mostrar y dar a conocer de forma completa la estructura del ejército francés (Armée) durante la Primera Guerra Mundial. Está dedicada específicamente al regimiento de infantería ligera n. 151 de l'Armée.
La estructuración de la página, así como la calidad de sus contenidos es soberbia. El detalle y la revisión contínua la encumbran como uno de los mejores recursos en la Red sobre l'Armée durante la Gran Guerra. Trata desde la estructura y división orgánica del ejército, las diferentes unidades, sus cometidos, sus uniformes, pertrechos y armamento. Igualmente y haciendo honor a su leifmotif, dedica un importante sección a la historia del 151º de l'Armée. Una de las curiosidades de esta página es el equipo que forma esta asociación, al tratarse de un grupo de personas de diferentes países pero que tienen en común esta pasión. Pasión contagiada en el desarrollo del site.
La calidad de los textos así como la selección de las imágenes es sobresaliente. Los numerosos y especializados artículos que componen sus secciones son documentos cuidadosamente elaborados, con imágenes de especial relevancia, con un cuidado estilo y recurriendo en todo momento a fuentes contrastadas. La organización conceptual es exquisita, no abusando en exceso del vericuetismo de otras páginas similares. 151st Line Infantry Regiment es un site muy completo, senzillo tanto en la navegación como en la exposición del conocimiento.
151st RIL es sobretodo un homenaje a esos héroes que lucharon en uno de los conflictos más sangrientos y quizás el más cruel de la historia. Es un canto a la heroicidad anónima, al poilu ignoto y a menudo olvidado en los lodos de la Gran Historia.
Es un recurso recomendable e imprescindible para todos aquellos interesados en el funcionamiento y organización de una estructura tan compleja como un ejército durante un conflicto, pero está especialmente encarada para aquellas personas dedicadas al estudio de la Primera Guerra Mundial y el ejército francés.
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11 mar 2009
El Regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (III)
Viene de: El Regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (II)
1916-1917
1917-18
Diciembre de 1916 marcó el fin de la primera batalla de Verdun, una hecatombe en vidas humanas. Las levas no conseguían cubrir los enormes huecos en las unidades y se entraba en el cuarto año de guerra, con el desgaste que eso suponía. A ello, se le añadió el estrepitoso fracaso de la ofensiva francesa de Chemin de Dames con el consiguiente y devastador número de bajas. Pétain y su artillería conquista y la infantería ocupa, abogaba por un cambio en la estrategia seguida hasta ahora. Defendía claramente el uso de la artillería como medio para asegurar objetivos a corto plazo con un mínimo empleo de la infantería. Doctrina que llevaría a la práctica, a partir de mayo de 1917, con ofensivas muy focalizadas, bien preparadas y con el mínimo de bajas. Para ello, se establecieron más cambios en la estructura del regimiento. Con la brigada totalmente desaparecida del mapa orgánico, durante verano-otoño de 1917, se disolvieron más de veinte regimientos y sus efectivos recolocados en el resto de activos. Las compañías fueron aprovisionadas con más material (lanzagranadas, fusiles semiautomáticos, etc.) y a finales de año se creó una sección de morteros Stokes en cada regimiento activo. Hasta el final de la guerra, en noviembre de 1918, el número de fusiles por regimiento se mantuvo en 1.800, pero el número de ametralladoras era de 36, los fusiles semiautomáticos pasaban del centenar, y los lanzagranadas superaban los quinientos.
Fuentes:
Clayton, A. Paths of glory: The French army 1914-1918. London : Cassell, 2004.
Vauvillier, François. Nos Poilus de 1914-1918: L'Infanterie. Histoire & Collections. Paris, 2006.
http://151ril.com/
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16 feb 2009
El regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (II)
1915
La guerra se alargó más de lo esperado y el invierno de 1914 dió paso a 1915. Con el nuevo año se tomó consciencia de las graves pérdidas que había sufrido l'Armée en los primeros envites de la guerra (Charleroi, Mulhouse, etc.) y además el conflicto se globalizó. Era necesaria una nueva reorganización del ejército. Nuevos teatros bélicos requerían nuevos actores. Se crearon tres regimientos que fueron enviados al Mediterráneo oriental, a los Dardanelos y a Tesalónica. Los nuevos regimientos orientales fueron el 174º, el 175º y el 176º. En la primavera de 1915, se crearon otros 21 regimientos que fueron asignados a sus respectivos cuerpos de ejército. Estas unidades recibieron la nomenclatura 400 más el número correspondiente a la región militar, 410 o 403, todos excepto el 419º. Estas unidades se crearon con las nuevas levas o clases (1915 y 1916) junto con el retorno de los soldados heridos. Pero la sangría continuaba y en junio se crearon treinta y tres nuevas divisiones, de la 120ª a la 134ª, de la 151ª a la 158ª y de la 161ª a la 170ª. A pesar de las nuevas creaciones, el infausto ritmo bélico siguió marcando los tempos y los mandos se vieron obligados a reducir el número de efectivos de la unidades pre-existentes. La compañía pasó de 250 fusiles a 200, el batallón de 1000 a 750 (800 en raras ocasiones) y el regimiento a 2500.
Las restructuraciones organizativas afectaron también al orden de batalla. El regimiento de infantería de línea (RIL) perdió de vista a su hermano de reserva. A éste se le otorgó una autonomía mayor, aunque en realidad esto ya venía ocurriendo desde 1914. Pero no todo fueron correcciones numéricas o nuevas unidades, hubo evolución y novedad en la disposición táctica y estratégica. A nivel de compañía, se crearon destacamentos de granaderos formados por 16 soldados y un suboficial al frente. A ocho de los 16 soldados y al caporal se les intruyó en técnicas de bombardeo convirtiéndose en especialistas de artillería de trinchera con todo tipo de artilugios (morteros, catapultas explosivas, ballestas, crapouillots, etc.)
Los avances tecnológicos y las nuevas técnicas bélicas marcaron el perfil y composición de los regimientos. En 1915 el número de secciones de ametralladoras se dobló, pasando de 2 a 4, con un total de ocho ametralladoras por regimiento. Las secciones de ametralladoras se organizaron, a menudo, de forma autónoma lo que permitió una gran flexibilidad en el orden de batalla que en muchos casos resultaría vital. Después de todos estos cambios y reformas, el número de efectivos que formaban un regimiento a mediados de 1915 era de aproximadamente 2500.
Continua en: El regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (III)
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11 feb 2009
El regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (I)
En agosto de 1914, la infantería de l'Armée contaba con 173 regimientos metropolitanos de infantería, más los regimientos del XIXº cuerpo correspondiente a l'Armée d'Afrique entre los que se incluían cuatro regimientos de élite de los zouaves y nueve regimientos de tiralleurs argelinos y tunecinos apodados les Turcos.
A nivel teórico, los efectivos que con los que contaba un regimiento eran de 110 a 120 oficiales y de 3230 a 3240 hombres de tropa.
El regimiento estaba formado por 3 batallones aunque algunos tuvieron hasta cuatro (157º, 158º, 159º, 164º, 165º, 166º, 170º y el 173º), un estado mayor, un pequeño estado mayor, una sección fuera de rango, dos secciones de ametralladoras y 12 exploradores. Al mando del estado mayor del regimiento estaba un coronel o teniente coronel. El resto de oficiales del estado mayor eran dos médicos, un médico adjunto o auxiliar, un oficial adjunto al jefe de estado mayor (normalmente un capitán), un tesorero (también capitán) y un ayuda de éste (teniente), un oficial de suministros y su ayudante (capitán y teniente o subteniente) y el jefe de la banda de música.
El pequeño estado mayor lo formaban un caporal de zapadores, un tambor mayor, una docena de zapadores, el ayudante del jefe de la banda de música y treinta o cuarenta músicos. La sección fuera de rango del regimiento la formaban un cartero, el jefe de artificieros, el de camilleros, un furriel, un jefe de armeros, 4 armeros, un jefe de secretarios, 4 secretarios, un conductor de enseres, dos herreros, tres carniceros, un mozo de caballerizas, 18 conductores o tiradores, 4 ciclistas, ocho ordenanzas y 4 exploradores.
El batallón era la unidad sobre la que se basaba el regimiento. Los batallones solían numerarse del 1º al 3º y estaban compuestos de unos 1000 soldados de tropa distribuidos en 4 compañías de 250. El comandante era el oficial al mando del batallón y lo acompañaban en sus atribuciones un mayor y un médico. A parte de las 4 compañías, el batallón también estaba compuesto por una sección de ametralladoras.
La sección se dividía en dos medias secciones o 4 escuadras (aproximadamente 60 fusiles) y estaba bajo las órdenes de un teniente o a veces un subteniente.
La escuadra estaba formada por 15 soldados bajo las órdenes de un caporal.
La sección fuera de rango la componían artificieros, armeros, secretarios, ordenanzas, suboficiales de provisiones, herreros, carniceros y unos veinte conductores.
Los regimientos de línea solían tener un hermano o regimiento de reserva compuesto de dos batallones y una sección de ametralladoras cada uno. Los 173 regimientos de reserva llevaban la numeración del 201º al 373º, y los dos batallones de cada uno -regimiento- la numeración de 5º y 6º. Las compañías de la 17ª a la 24ª. Los regimientos de reserva no estaban destinados con su unidad hermana, sino que estaban agrupada en su división de reserva. A parte de los regimientos regulares había 145 regimientos de territoriales, de 3 o más batallones.
Sin embargo, después del inicio de la guerra, la potencia de la infantería se basaba en el número de rifles o armas que aportaba al combate. Así, el número total de rifles de una compañía era de 250, el de un batallón de 1000, y el de un regimiento unos 3000 reales, a los que había que sumar 6 ametralladoras (dos por cada sección).
A lo largo de la contienda el número de efectivos de un regimiento fue variando y minvando debido sobretodo al gran número de bajas y a la reorganización obligada de l'Armée.
Fuentes:
Clayton, Anthony. Paths of glory : the french army 1914-1918. London : Cassell, 2005.
Ortholan, Henry. L'Armée française de l'été 1914. Paris : le Grand livre du mois, 2004.
Serman, William. Nouvelle histoire militaire de la France. Paris : le Grand livre du mois, 1998.
Journaux des unités françaises 1914-1918
http://iabem.free.fr/teacher.html
http://www.151ril.com/content/history/french-army/8
Continua en: El regimiento de infantería francesa durante la Gran Guerra (II)
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17 ago 2008
Chasseur alpin de Georges Scott
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6 abr 2008
Le Brancardier
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24 mar 2008
Charles Mangin (1866-1925)
Militar francés.
Los orígenes y lugar de nacimiento de Charles Mangin marcarían muy profundamente sus convicciones respecto a todo aquello que fuese alemán, ya que su localidad natal después de la guerra francoprusiana pasaría a ser territorio alemán en 1871, hecho que obligaría a su familia a emigrar a territorio francés.
Mangin se graduó en la prestigiosa escuela de St. Cyr en 1888, pasando al servicio activo en territorio colonial a las órdenes de Jean-Baptiste Marchand, en el Sudan francés durante el periodo 1890-1894. Su arrojo y coraje, al igual que las numerosas heridas –hasta cuatro- que recibió en las campañas de África le valieron la condecoración de oficial de la Legión de Honor en 1899. Durante los años 1896 a 1899 fue comandante de la escolta, al mando de los tirailleurs senegales, de la misión Congo-Nil que partió de Gabón y lo llevó a atravesar África de oeste a este. Su periplo lo llevó a participar en la llamada crisis de Fashoda de 1898. Tras Fashoda, el último de los grandes enfrentamientos entre los imperios coloniales francés e inglés, Mangin sirvió en tierras indochinas de 1901 a 1904 al mando del 8º regimiento de los tirailleurs tonkineses y después con el 6º regimiento de la infantería colonial. De 1907 a 1911 volvió al África oriental. Mangin recibió el grado de coronel en 1910 y se puso bajo las órdenes del general Lyautey que tenía las funciones de Commissaire résident général de France en Marruecos. De febrero de 1912 a junio de 1913 contribuiría a la conquista del territorio marroquí derrotando a Ahmed Al-Hiba, pretendiente al sultanato marroquí. En agosto de 1913 fue elevado al grado de general de brigada y adscrito al estado mayor de l’Armée.
Al inicio de la Primera Guerra Mundial, Mangin fue elegido para comandar una brigada en el Vº Cuerpo de l’Armée a las órdenes de Lanzerac tomando parte en la retirada del Marne. A finales de agosto de 1914 fue promovido a general de división, y la 5ª división de infantería de Rouen que comandaba tendría un papel preponderante en la batalla de las fronteras en 1914, concretamente en Charleroi y también en las batallas del Artois, las de mayo-junio y septiembre-octubre de 1915. En 1916, al inicio de la batalla de Verdun, Mangin era el comandante de la 5ª división que formaba parte del cuerpo de ejército al mando de Robert Nivelle. En mayo de 1916, Mangin comandó un fallido y sonado asalto para reconquistar Fort Douaumont con cuantiosas bajas que le relegarían a un segundo plano. El general Lebrun que reemplazó a un Robert Nivelle promocionado, ordenó a Mangin otro ataque “político” en el sector de Verdun, pero su negativa a llevarlo a cabo lo apartaría aún más de las altas esferas militares. Se cree que la negativa de Mangin de realizar determinados ataques se debió más a la imposibilidad de ganarlos que por su sensibilidad en la pérdida de vidas humanas, ya que el general Mangin era conocido por sus tropas con el apodo de “el carnicero”. A Mangin se le recuerda por su notorio desprecio por la vida de sus soldados, aunque también era absolutamente cierta la leyenda que lo describía como un soldado temerario y valiente, de un coraje fuera de toda duda. Su experiencia militar en las colonias lo había llevado a tener una fe inquebrantable en las tropas coloniales negras, incluso escribió un libro sobre el poder y la fuerza de este tipo de tropas en combate, titulado La Force noire en 1910. De hecho durante casi veinte años, de 1906 a 1922 tuvo un ayuda de cámara negro, de la etnia Bambara, de gran físico llamado Baba Koulibaly y de una fidelidad incontestable. El factor o fuerza negra -como él la llamaba- junto con su concepción de la guerre à outrance lo convirtieron en un militar con fama de intrépido y valiente. No obstante, esta fama se tornó en desprecio y odio por una gran parte de las tropas de l’Armée.
La ofensiva Aisne-Marne de 1918 señaló el inicio de los llamados Cien días, una serie de victoriosas ofensivas aliadas, que marcarían el final de la guerra. El armisticio de noviembre no le permitió llevar a cabo la ofensiva que tenían planeada en la Lorena. El 19 de noviembre de 1918 entró en Metz, y el 11 de diciembre cruzó el Rhin por Maguncia, ocupando la Renania. Juntamente con el general Fayolle, ocupa Maguncia y la orilla izquierda del Rhin el 14 de diciembre de 1918. Mangin propusó la creación de una República Renana, formando parte de un movimiento político de separación.
Después de la victoria aliada, el Xº ejército de Mangin fue el encargado de ocupar territorio alemán, la llamada Rhineland. Allí, Mangin fue objeto de contínua polémica y controversia debido al extremismo con el que defendía sus posiciones nacionalistas. En 1919, Clemenceau decidió retirarlo de su misión en tierras del Rhin al comprobar sus aspiraciones políticas. Después de su papel en Alemania, fue miembro del Consejo Supremo de la Guerra francés e Inspector general de las tropas coloniales francesas.
En 1925 cayó gravemente enfermó, muriendo en extrañas circunstancias el marzo del mismo año. Sus restos reposan en Les Invalides, donde en 1928 se le erigió una estatua. En 1940, durante la ocupación alemana su estatua fue destruida por orden expresa de Hitler, que le destestaba por su papel en la Renania a finales de la Primera Guerra Mundial.
En 1957 se le volvió a erigir una estatua.
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1 mar 2008
Mort d'un ravitailleur
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27 feb 2008
L'officier de liaison de Lucien Jonas
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24 feb 2008
Le Ravitailleur de Georges Leroux
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23 feb 2008
Héroes anónimos (III): Brancardiers, stretcher-bearers o camilleros
Lo más duro, lo peor de todo era ser camillero. Se trataba de militares encargados de la recuperación y transporte de los heridos, que permanecían en el campo de batalla, a las trincheras y a los puestos de socorro. Al principio de la contienda, los encargados de estas tareas eran los músicos del regimiento. Más tarde, debido a la bajas, se usó a las tropas de reserva, y de entre éstas los más viejos o desahuciados, al menos en l’Armée.
A las tropas en avance no se les permitía parar y auxiliar a los heridos. Todos los heridos eran transportados a un puesto de socorro, en la trinchera, o en algun punto situado dentro del sector si se producía un ataque o avance. Algunos de los heridos podían dirigirse por su propio pie, pero la mayoría tenían que esperar a que les llevasen los camilleros, y si se tiene en cuenta que en cada compañía solían haber cuatro camilleros las esperas podían eternas y terribles para el herido lo que le empujaba a deslizarse a los cráteres producidos por los obuses, pero a menudo estos estaban inundados de lodo y agua lo que provocó que muchos heridos muriesen ahogados. La desesperación en la espera era tan terrible que se cuentan historias de heridos que llegaron a sus líneas después de haber estado reptando por el fango y el lodo durante días. Otros no tenían tanta suerte y tenían que esperar hasta más de diez días para ser localizados y transportados a un puesto de socorro. Al reducido número de camilleros había que añadir el estado del terreno, y sobretodo el medio de transporte del herido. En el caso francés, las carretas de dos ruedas que eran el principal medio de transporte para los heridos en otros sectores franceses resultaron totalmente inútiles en el sector de Verdún y también en Passchendaele. Las montañas de escombros, los miles de cráteres y el barro entre otras razones así lo mostraron. A la difícil orografía del terreno y la continua mortandad entre los mismos, los camilleros se vieron privados de la ayuda de los perros que olisqueaban a los heridos, y es que estos valientes animales se asustaban terriblemente de las detonaciones de los obuses y huían despavoridos.
En condiciones óptimas dos hombres podían transportar a un herido en una camilla, pero en condiciones metereólogicas adversas (lluvia, nieve y otros elementos) se necesitaban cuatro hombres para levantar una camilla y el herido. Los camilleros, aparte de caminar por un terreno fangoso y resbaladizo, tenían que evitar cualquier golpe o obstáculo que agravase el estado del herido. El dolor producido por algunas heridas era tan terrible que, a menudo, los heridos morían de shock.
Una de las razones por la que los camilleros, o musiciens-brancadiers como se les llamaba en l’Armée, causaban tantas bajas era porque no podían tirarse al suelo cada vez que oían una detonación o intuían el sonido de un obús caer cerca, como sí hacían los enlaces o los cuistots-hommes-soupe. Su tarea era enormemente peligrosa sobretodo por la progresiva desaparición de las treguas destinadas a permitir recuperar los heridos.
Sus jornadas eran durísimas, el gran número de bajas los llevaba a los límites de la resistencia humana. Y a pesar de sus sobrehumanos esfuerzos, eran muchos los heridos que perecían en el campo de batalla, al haber sido imposible evacuarles. Por esta razón, los poilus franceses sabían que una mala herida los condenaría a una muerte segura. Ello no es excusa para honrar y rendir un solemne tributo a aquellos que dieron todo su valor y esfuerzo, muchos su vida, en un acto de autosacrificio por sus compañeros.
Testimonios:
a) Sargento Robert McKay, camillero de la 109a unidad de ambulancias.
"6 de agosto. Hoy ha sido horrible, me obligaron a llevar algunos heridos al cementerio y a permanecer allí viendo como morían sin recibir ningún tipo de auxilio médico. Lo peor es que muy a menudo no les podemos ofrecer ni agua.
7 de agosto. Transporte de heridos arriba y abajo durante todo el día. Condiciones deplorables, todo es un cenagal. Son necesarios seis hombres para una camilla. El barro en algunos puntos nos lleva a la cintura.
14 de agosto. Mientras una partida de camilleros transportaba a un herido, un avión se lanza en picado y los bombardea deliberadamente. El enemigo bombardea a los camilleros constantemente.
16 de agosto. En un ataque, la infantería capturó dos casamatas de hormigón y un par de trincheras pero a un coste terrible. Es un crimen ordenar el ataque contra ese tipo de fortificaciones en este terreno fangoso. Muchos de los heridos caídos, o bien quedaban cubiertos de barro hasta el ahogo o acababan deslizándose en los cráteres repletos de agua a punto de ahogarse antes de que los rescatasen. No hemos parado de trabajo desde el día 13. Los camilleros están completamente deshechos.
19 de agosto. No he podido dormir desde que llegué el día 13. Sólo la 109º de ambulancias ha recogido unas treinta bajas entre muertos, heridos y gaseados de un total de cien que fueron al ataque...
3a batalla de Ypres (Passchendaele), 1917
b) Harold Chaplin, camillero, escribió una carta a su madre el mayo de 1915.
"[...] Fuimos necesarios seis para llevar a un hombre. No puedes hacerte la idea del cansancio físico que supone transportar un peso muerto durante unos cientos de metros a través de los campos cenagosos [...] "
c) Anthony Eden, de patrulla por la noche, descubrió un herido en la Tierra de nadie
"Estábamos a unos cuarenta metros de nuestras trincheras, cuando oímos lo que parecía un lamento a mi mano izquierda. Señalé a los demás el lugar y fuimos a investigar. Allí encontré a Harrop en el borde de un cráter poco profundo. Estaba desangrándose de una mala herida de bala en el muslo. Dos fusileros trataron de ayudarlo. Harrop, aún muy débil al haber perdido mucha sangre, estaba tranquilo y con ánimo. Al ponerle un torniquete insistía, "Más prieto, más prieto, que sino me desangraré". Si quería tener algun posibilidad de salvarse, teníamos que volver prestos a nuestras líneas. Pero la cuestión era cómo. Los disparos eran más bien esporádicos, pero al agacharme al lado de Harrop comprendí que debíamos contar con una camilla si queríamos sacarlo de ahí antes del amanecer. Lo comenté, y uno de los jóvenes fusileros que estaban con Harrop se ofreció voluntario para traerla. Pocos minutos después estaba de vuelta con una camilla y un compañero. Se nos unieron sin ser vistos por el enemigo. Luego vino lo difícil. Sólo teníamos unas decenas de metros, pero aún así y agachados era imposible llevar a Harrop. Teníamos que levantarlo, nos arriesgamos y así lo hicimos. No sé sí esa noche el enemigo nos vió y nos perdonó o si fue la ténue y parpadeante luz la que nos salvó".
d) Oliver Lyttelton, carta al hogar (21 de junio de 1915)
"Todo era un mar de barro y fango, pero una imagen permanece incoherente en la memoria: nosotros, los camilleros, caminábamos hundidos en el barro, cayendo en los cráteres, perdiendo la ruta, empapados y cansados nos sentíamos absolutamente impotentes. Pero hicimos el trabajo. Todos los heridos, incluidos algunos de los Scots Guards caídos hacía dos días, fueron transportados y la mayoría de muertos, enterrados. Algunos - creo que tres - murieron antes de que pudiésemos llevarlos a algún puesto de socorro. Son necesarios cuatro hombres y cuatro horas para llevar a un herido al puesto de socorro. Parece increíble, pero es imposible hacerse una idea de la dificultad que conlleva el transporte, incluso libre de estorbos y de peso propio. Una milla por hora es una buena media ..."
e) Cuando en septiembre de 1914 Lord Kitchener, ministro de la guerra inglés, expulsó a los periodistas del frente occidental, Hamilton Fyfe, que trabajaba para el Daily Mail, se incorporó a la Cruz roja como camillero.
"Debido a la expulsión de los corresponsales, decidí incorporarme a la Cruz roja francesa en calidad de camillero, y aunque era un trabajo duro tuve la suerte de poder pasar muy buenas historias a mi libreta de notas. No tenía ningún tipo de experiencia en ambulancias o en tareas sanitarias, pero aún así me acostumbré rápidamente a la sangre y los muñones. Sólo una vez me quedé estupefacto. Estábamos en el aula de un colegio que se había convertido en una sala de operaciones. Era una tarde muy calurosa y habíamos llevado muchos heridos que habían permanecido al aire libre, con sus heridas cubiertas de piojos. Teníamos que ayudar a nuestros dos cirujanos. De repente, sentí el aire asfixiante, y me vi obligado a salir para poder respirar. Salí y caminé por el pasillo. Luego me encontré en el suelo del pasillo con un gran golpe en la cabeza. Me había desmayado, a pesar de ello, fui al lavabo a vomitar y en poco minutos estaba de vuelta a la sala de operaciones improvisada. No me volvió a pasar nada parecido. Lo que realmente más me impresionó, a nivel mental, fueron las imágenes de la bestialidad, la futilidad y lo insano de la guerra y sobretodo del sistema que lo producía, ... todo ello era lo que alimentaba mi cuaderno. La primera carreta rebosante de muertos que vi transportaba piernas prácticamente separadas de sus cuerpos, cabezas medio colgando de los hombros, ... todos serían enterrados en una fosa y cubiertos con el barro y el fango que ahora impregnaba sus uniformes y cuerpos. Con esta visión, me pregunté que hacían todos estos hombres antes de ser llamados a filas y ser aleccionados sobre la muerte, sobre como matar, mutilar y destruir a aquellos con los que no tenían ninguna discrepancia previa. Todos ellos habían dejado alguien atrás, alguien que permanecería afligido y mendigo de sus presencias. Y todo ello, para qué, para nada".
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18 feb 2008
Héroes anónimos (II): Cuistots, hommes-soupe, ravitailleurs
Con semejante o incluso más valor y coraje que el enlace está la figura del cuistot, ravitailleur o homme-soupe. En francés recibía diversos nombres dependiendo del contexto y de la familiaridad existente. Los cuistots o hommes-soupe eran aquellos soldados encargados de distribuir y transportar la comida y la bebida a sus compañeros en el frente.
Muchos testimonios coinciden en señalar que en la Gran Guerra "comer era la gran obsesión del soldado". Esta constatación, en el frente de Verdun, tiene una dimensión particularmente dramática y excepcional teniendo en cuenta la dificultad para el abastecimiento a través de la caótica y dantesca situación del campo de batalla. Para las unidades de reserva, las comidas eran regulares.
La nutrición, abundante, aunque poco variada, estaba compuesta por un aporte calórico suficiente para las tareas físicas propias del soldado (excavación y mantenimiento de trincheras y abrigos, largas marchas en el frió, en la lluvia, ...). La ración normal la componían 700 gramos de pan, 300-500 gramos de carne o vianda hervida, acompañada de arroz o de macarrones. Este régimen copioso, aunque monótono, no satisfacía para nada a los soldados que reclamaban legumbres frescas y patatas. El régimen alimenticio de los soldados se complementaba con los envíos de comida de los familiares. En el frente, la realidad era muy distinta. Cada soldado llevaba en la mochila los víveres reglamentarios para tres días. No se podía disponer de ellos sin previa orden. Cada una de les unidades de combate era abastecida por una cocina ambulante que la seguía allá donde fuese. La cuisine roulante, así se la llamaba en l'Armée, se situaba en algún barranco o cañada a cubierto de la artillería enemiga, no muy lejos de la línea de fuego. Dependiendo de las unidades y frentes, a menudo la cuisine roulante se acercaba al frente para que así los que transportaban la comida no tuviesen que hacer largas caminatas, en otras zonas más delicadas como fue el caso de Verdún el transporte de los víveres era una hazaña épica. Las misiones nocturnas en noches cerradas o de plena oscuridad eran actos admirables e increíbles. En el sector de Verdun, en plena noche, el transporte a motor no se acercaba al cruce de caminos llamado “Le Tourniquet”, ya que estaba muy próximo al final de la Voie sacrée y existía el fundado temor de ser localizado y bombardeado. Así como el transporte mecánico, el uso de tracción animal tampoco fue posible ya que las matanzas de caballos eran la tónica habitual ya que éstos eran incapaces de ponerse a cubierto de los obuses. De esta forma, la única manera más o menos segura de hacer llegar los víveres y provisiones a los compañeros del frente desde la retaguardia era mediante el uso de otros soldados.
Los cuistots eran tres o cuatro hombres seleccionados de una compañía. La selección se hacía entre los soldados más viejos (pépères) y los pobres diablos que en una compañía siempre abundaban. Sin apenas formación ni oficio, los cuistots o cocineros elaboraban la comida con rapidez ya que los hommes-soupe venían a buscar la que sería la única comida caliente del día para llevarla hasta las primeras líneas. Cargados con bidones de agua, de pinard o de gnôle – un fuerte aguardiente elaborado a partir de la uva – y de ristras de hogazas de pan, estos soldados, a menudo voluntarios, llevaban estos pesados recipientes rellenos de sopa o ternera varios kilómetros de distancia.
Una de las imágenes más conmovedoras aparecidas en la publicación L’Illustration durante la IGM fue la que mostraba a uno de esos desgraciados cuistots, moribundo, avanzando a rastras por el fango en el sector de Verdun avituallado de botellas de vino - pinnard - atadas a su cintura para llevarlas a sus compañeros. La imagen es la personificación del continuo sacrificio al que eran expuestos estos hombres de existencia más que miserable en el contexto de la guerra, y más concretamente en el frente de Verdun en 1916.Cada uno de los cuistots llevaba o iba pertrechado de una docena de pesadas botellas y una ristra de rebanadas de pan atadas como si fuesen una bandolera. Aquellos que aceptaban este tipo de misiones por espíritu de camaradería o por obligación, no ignoraban ni el riesgo ni el peligro que suponía transportar la comida y la bebida bajo las balas y los obuses enemigos. Cuando llegaban a su destino - las trincheras del frente- donde estaba su sección, sus compañeros los maldecían por el hambre y la sed provocadas por el retraso. Este enfado de los poilus sedientos y hambrientos se acentuaba cuando encontraban que alguna de las botellas se había roto, derramando el precioso pinnard o algunas de las rebanadas de pan estaba sucia por el barro.Por otra parte, la comida siempre estaba fría y en estas condiciones, un poco de café tibio era todo un lujo. Algunas veces, tal y como los muestran las fotografías y las ilustraciones de los artistas, las hogazas de pan iban ensardas en un palo o bastón, con el fin de que si el transporte caía al suelo, el pan podía mantener en alto y no mancharse de barro o mojarse. Estos héroes anónimos solían hacer cada noche una exhausta y fatigante ronda de unos diez kilómetros o más a través del lodo y el fango, subiendo y bajando cráteres, esquivando centinelas, escondiéndose de las bengalas delatoras, etc. Muchos, muchísimos cuistots o hommes-soupe no llegaron jamás. El enemigo, conocedor de los itinerarios y rutas de estos desgraciados disparaba cada o tres minutos un obus por las rutas más utilizadas por estos hombres, llevándose muy a menudo la vida de alguno de ellos por delante. Algunas veces, las cuisines roulantes fueron destruidas por la artillería enemiga al ser detectadas por el humo que delataba su posición.
Cuando esto pasaba, las tropas de línea debían buscar y registrar en sus mochilas para encontrar alguna lata o algunas galletas. Cruzar las zonas más peligrosas era como realizar el último cruce. Para animarse, se decían que cuarenta cuistots habían cruzado sin problema ese paso, esperaban unos minutos al próximo obus y rezaban que el número 41, que era uno de ellos, continuase la racha. En las líneas de vanguardia, cuando los soldados estaban hambrientos y aislados después de varios días en algún cráter o abrigo esperaban a la noche para salir y registrar los cadáveres en busca de algún resto de comida o alguna cantimplora medio llena. A pesar del terrible sacrificio y enorme coraje de los hommes-soupe, el hambre y la sed era muy habituales en el sector de Verdun, convirtiéndose en una penalidad más. Uno de los testimonios, en el sector de Verdun, cuenta que el subteniente Campana envió una noche un grupo de ocho hombres a buscar provisiones. Volvieron sólo cinco, y sin alimentos. La noche siguiente envió a ocho soldados más, no volvió ninguno. La noche siguiente, el hambre empujó a un centenar de hombres a buscar provisiones. Fueron prácticamente masacrados por el fuego enemigo. Después de tres días sin comida ni bebida, los hombres de Campana se dedicaron a buscar restos de comida en los bolsillos o pertenencias de los cadáveres de compañeros o enemigos que se estaban pudriendo alrededor suyo. Este tipo de historias y testimonios son más la norma que la excepción.El duro y helado invierno 1915-1916 dio paso a un tórrido verano, y la sed hizo estragos. Un testimonio cuenta esta escalofriante historia: “Una mañana vi a un hombre beber desesperadamente el agua negruzca y grumosa de un cráter donde yacía el cadáver de un hombre en avanzado estado de descomposición. El sediento hizo caso omiso de la escena, hubiese estado bebiendo agua de allí durante una semana”.
Historias, relatos y testimonios sobre el cuistot o homme-soupe:
"Los hommes-soupes pierden toda una noche para ir a buscar vianda, pan, pinnard, chocolate, conservas,… Vuelven exhaustos, haciendo la mayoría de veces, los últimos cien metros bajo el fuego asesino de las ametralladoras alemanas. Juran y perjuran que prefieren morir de hambre antes que volver a buscar víveres a retaguardia, y a la noche vuelven a hacer su viaje a través de los campos…"
Historique du 18ème bataillon de chasseurs à pied, par Jacques Péricard, Verdun, 1933
"Un hecho que me impresiona sobremanera es el coraje de los cocineros, los cuistots como les llamamos. Es de justicia dar a conocer debidamente el coraje de estos hombres, la grandeza de su trabajo y de su esfuerzo. Los he visto soplar durante horas para avivar un fuego en lugares húmedos y mojados, intentar quemar ramas verdes quemándose prácticamente los ojos. Se acostaban más tarde que nosotros y se levantaban más pronto, pasaban muchas noches en vela mientras nosotros dormíamos."
Georges Leroux, lettre du front, décembre 1915.
"El cañon ruge con rabia, y nosotros aquí... Se apremia a los cuistots, ellos odian las lineas. Los sargentos mayores, que acompañan a las cocinas no son muy valientes. Los obuses estallan por todas partes... Nos apresamos, empujamos, vociferamos en medio de este estrépito de metralla. Luego, de repente, un silbido aún más próximo, cada uno se tira al suelo como puede, las bombas siguen cayendo. Ya ha pasado, el espectáculo ha sido impresionante. Los gritos, los heridos ... Hay dos hombres tirados en el suelo, uno agoniza entre estertores y el otro yace con una pierna arrancada de cuajo y desangrándose. De repente, un estallido terrible, un impacto directo en la cuisine roulante. Los caballos han muerto reventados, los hombres esparcidos por el suelo gritan, otros gimen, otros se salvan... Los cañones cada día azuzan más, nosotros estamos ahí, es nuestro deber. Estos aprovisionamientos son las faenas más duras ... Los hombres mueren, perecen en la noche para llevar la sopa a los camaradas ... Y cuando llegamos nos preguntan: - Qué cabroncete, nos toca ternera? Y yo le respondo: - No hables tanto de filetes que toca sopa ..."
Henri Desagneaux, Journal de guerre, 1971
Noche del 24 al 25 de febrero de 1916, en una pista hacia la Cresta de la Pimienta (Côte du poivre)
"De repente, surge delante de nosotros una cuisine roulante conducida por un tirador que se dirige hacia Louvemont, el pueblo que acabamos de dejar atrás. Lleva la sopa a los fusileros que están el pueblo. Al ver la cocina toda humeante y repleta de víveres, nuestros poilus, hambrientos después de no haber probado bocado durante cuatro o cinco días, se quedan paralizados. De repente, en un santiamén se despojan de sus mochilas y armas, y toman por asalto la cocina, reducen al cuistot y su ayudante y abren la marmita aún humeante. Las fiambreras y escudillas pasan y se van llenando sin cesar. Con el café sucede lo mismo. Los sacos que contienen el pan y las conservas son lanzados debajo del automóvil y al momento se vacían. Los oficiales prueban de intervenir, pero su autoridad es nula".
Joseph Colson, teniente, extraido de Années Cruelles 1914.1918, R. Cazals, Claude Marquié, René Piniès. Atelier du Gué, collection Terre d’Aude.
"El aprovisionamiento sólo se podía por la noche, a medianoche. Por esta razón, teníamos dos comidas y el café a la vez. Havia una distancia aproximada de dos kilómetros a las cocinas ... Intentábamos ir por rutas que no tuviesen cráteres y hoyos, y a menudo eramos bombardeados por la artillería durante la ruta, eso hacía que de vuelta nos encontrasemos el camino absolutamente deshecho. Algunas veces, la lluvia hacía acto de presencia durante las marchas. Temíamos sobretodo las lluvias torrenciales ya que dejaban el terreno resbaladizo ... Nos repartíamos las cargas: los unos cargaban los bidones de vino, agua y café, los otros de las hogazas de pan atadas a un alambre que llevaban en forma de bandolera, y algunos más transportaban las marmitas con la vianda y las legumbres. Si eramos bombardeos durante el trayecto, nuestra principal preocupación era no perder ninguna provisión por el camino. A pesar de eso, si nos veiamos obligados a lanzarnos al suelo, algunas de las botellas que transportábamos se rompían, pero en el caso de algunos pedazos de vianda, los recogíamos y los limpiábamos..."
Testimonio de André le Guillec, 152º RI. Extraído de la obra, Combattre à Verdun de Gérard Canini, avec l’aimable autorisation des Presses Universitaires de Nancy.
Henri Tourbier, soldado del 71º RI, recuerda la confusión que reinaba, a menudo, con la llegada de las provisiones.
Finales de febrero de 1916
"El aprovisionamiento se hacía con grandes dificultades. Las carros, que arrastraban las cuisines roulantes, descargaban con rapidez la comida en el suelo, en el cruce del bosque de Hesse, cerca de Avocourt - llamado Pata de oca -. Este cruce estaba señalado por la artillería enemiga como objetivo prioritario. Los hombres encargados de descargar cazaban a otros tantos para que los ayudasen. Algunos días sólo había pan, y algunas veces venían sin nada. Teníamos que buscar en el fondo de nuestras mochilas y zurrones para buscar algún trozo o alguna miga de pan".
Testimonio de Jean Casterian, soldado del 95º RI.
Finales de febrero de 1916
"Los víveres nos llegan con dificultad. He visto descuartizar un caballo herido por el estallido de un obus. Los cuartos del animal pendían de un árbol y los soldados cortaban trozos de carne con sus cuchillos. Luego cocían la carne como podían con lámparas de alcohol u otros artefactos y la comían medio cruda".
Extraído de Verdun, 1916 de Jacques Péricard, Librairie de France, 1933.
Fuentes:
- Meyer, Jacques. La Vie quotidienne des soldats pendant la Grande Guerre. Paris : Hachette, cop. 1966
-http://www.crid1418.org/index.html
-http://www.bataille-de-verdun.fr/
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16 feb 2008
Fernand Marche: el corredor de Verdun
“Fernand Marche pertenecía al 130º regimiento de infantería (regimiento de Mayenne) que tuve el honor de dirigir en la batalla de Verdun. El regimiento estava en línea, enfrente, a unos doscientos metros estaban las fortificaciones de Thiaumont tomadas por los alemanes. Mi puesto de comandancia estaba situado unos 30-40 metros detrás de la línea. Estaba demasiado avanzado, pero era necesario para poder asegurar mi mando en buenas condiciones, el emplazamiento se me había impuesto sobre el mapa.
La compañía de Marche era la encargada de seleccionar los enlaces encargados de llevar las órdenes y los mensajes telefónicos de las canteras de Bras -donde se encontraba el aparato telefónico (éste no podía situarse más cerca de la línea debido a los bombardeos que cortaban la línea) – hasta mi puesto de mando, a unos 1.800 metros de allí, a través de un terreno siniestro y peligroso. La pista estaba jalonada de cadáveres de enlaces caídos en el cumplimiento de sus misiones. Cualquier descanso en alguno de los cráteres podía significar la muerte o quedar sepultado por algún obús.
El 1r de agosto llegó un sobre sellado a las canteras de Bras para mí. El teniente Belair, encargado de las canteras de Bras, de asegurar las comunicaciones pidió un voluntario entre los enlaces disponibles para ir hasta allí, sin parar o descansar en ningún momento. Por que ? Porque Belair creía que el pliegue contenía informaciones muy importantes y era necesario saberlas cuanto antes. Sería interesante conocer el testimonio de Belair, pero murió de gripe en 1918.
Sin dudarlo, Marche se presenta voluntario. Parte y muere en el camino.
Más tarde, otro enlace me cae en los brazos, resoplando, empapado en sudor – como llegan todos – trayendo otra comunicación. Seguidamente me alarga un sobre que contenía la orden que debía haber traido Marche. Estaba arrugada, manchada de sangre. El enlace me dijo: Mi coronel, he encontrado este pliegue en el camino. Mi amigo Marche, muerto en el camino, la tenía en su puño cerrado con el brazo en el aire.
Me impactó tanto el suceso, que lo anoté en mi diario personal. Pero, sin embargo, no fui capaz de conservar el sobre manchado de sangre como muestra de sacrificio. Hoy día me arrepiento de ello, como también de no haber preguntado el nombre del enlace que me lo dio. Es muy probable que el pobre haya acabado como muchos de los soldados de primera línea.
Es necesario decirlo, así lo he pensado muchas veces, que los actos de heroísmo como los que señalamos era muy comunes.”
La lectura del diario de Marche y el de las operaciones del regimiento 130º sobre las fechas cercanas al 1r de agosto muestran perfectamente la vital importancia de los enlaces, que en ausencia de lineas telefónicas se convertían en el único punto de contacto entre la retaguardia, la linea y las unidades cercanas:
“7.50 h. – Coronel del 130º al coronel de la 16ª brigada: Un hombre del 117º enviado por su jefe de sección llega a mi puesto y me informa de que los alemanes habrían hundido la línea del 117º en el barranco de los tres cuernos…”
“8.30 h. – Coronel del 130º a comandante del 37º batallón: Lamento no tener ninguna información sobre su situación, a pesar de haberosla pedido. Sin novedad en el frente del 2º batallón …”
Coronel del 130º a coronel de la 16º brigada. Transmisión del 2º informe del comandante del 3r batallón : « Recibo en este momento una nota de las compañías 9a y 11a en la línea del frente, han sido atacadas al alba. La información data de las 12.15 h. Los alemanes han sido rechazados por dos secciones de ametralladores y tiradores, han vuelto a sus posiciones. La moral es excelente en ambas compañías. Las comunicaciones son extremadamente difíciles, un gran número de enlaces han caido o han sido heridos durante esta mañana. Me temo que los informes que le he enviado no se hayan perdido por el camino…
3r informe del comandante del 3r batallón: Mis compañías de primera línea han quedado reducidas a 40-50 fusiles.
16.30 h. Nuestra pista x-y-z ha quedado cerrada después de que una ametralladora boche se situase en un emplazamiento tomado esta mañana que la bate, a la 117ª en toda su longitud. Vamos a probar de hacer pasar a nuestros correos por la primera linea.
19.00 h. Las comunicaciones con la retaguardia son prácticamente inexistenes por la situación de una ametralladora alemana que barre nuestra línea de la 117ª y la pista que parte de ella. Un gran número de enlaces han caido muertos o gravemente heridos. Nos está cayendo una violenta barrera de fuego.
Pérdidas: 28 muertos, 48 heridos, 8 disparados.
El heroísmo de Fernand Marche se dio a conocer a las tropas por una orden de la división el 28 de agosto de 1916: “Marche, Fernand-Joseph-Edouard, número 1434, soldado de segunda clase, enlace, voluntario para llevar un pliegue a su coronel ha muerto el 1r de agosto de 1916 en ruta, su último pensamiento lo dedicó a su misión: el siguiente corredor encontró su cuerpo, con el brazo extendido hacia arriba y con el puño sosteniendo el pliegue que llevaba."
Publicado por
F. Xavier González Cuadra
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Etiquetas: L'Armée, Militares y personajes civiles, Verdun
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