La guerra aérea durante la primera contienda mundial desprende un irrestible halo de romanticismo. Un aire de leyenda repleto de historias de duelos al alba, códigos caballerescos y maniobras imposibles. Ball, Richthofen o Nungesser ocupan un altar especial en la historia de la aviación como coparon en su época los medios que los encumbraron como los nuevos ícaros. La épica, sin embargo, fue más prosaica. Muchos despegaron en pos de la gloria aunque solo unos pocos entraron en el Olimpo. La mayoría se precipitó al abismo de una temprana muerte.
16 feb 2013
Sopwith Camel f. 1 deconstruido: luces y sombras de un mito
La guerra aérea durante la primera contienda mundial desprende un irrestible halo de romanticismo. Un aire de leyenda repleto de historias de duelos al alba, códigos caballerescos y maniobras imposibles. Ball, Richthofen o Nungesser ocupan un altar especial en la historia de la aviación como coparon en su época los medios que los encumbraron como los nuevos ícaros. La épica, sin embargo, fue más prosaica. Muchos despegaron en pos de la gloria aunque solo unos pocos entraron en el Olimpo. La mayoría se precipitó al abismo de una temprana muerte.
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11 may 2010
La muerte de Oswald Boelcke
El 28 de octubre de 1916, a Boelcke en su última salida - la sexta del día - le acompañaron como de costumbre dos de sus mejores pilotos y pupilos, Manfred von Richthofen - futuro Barón rojo - y Erwin Böhme. Juntamente con ellos iban otros tres pilotos.
Durante la patrulla se encontraron un De Havilland. 2 (DH.2) de la escuadrón n. 24 de la Royal Flying Corps pilotado por el capitán Arthur Knight. Dió comienzo la caza, pero ajenos el uno del otro, Boelcke y Böhme se precipitaron sobre la misma presa. Por su parte, von Richthofen se lanzó en picado a la persecución de otro avión enemigo. Se trataba de otro DH.2 pilotado por el teniente A.E. McKay. Durante la maniobra, el británico se interpuso en la trayectoria de Boelcke, lo que obligó a este a virar bruscamente. En ese momento sobrevino la tragedia. El giro repentino de Boelcke y la extrema cercanía entre los dos aviones provocaron que una de las ruedas del avión de Böhme rozara la ala superior del Albatros D.II de Boelcke.
El golpe hizo que la tela del ala de Boelcke se rasgase y se fuese desprendiendo. Finalmente, Boelcke perdió el control absoluto del avión.
Los testigos del suceso narran que lo siguiente que vieron fue el avión de Boelcke entre nubes y que al salir de una de ellas le faltaba el ala. A pesar del estado del avión, Boelcke logró controlar mínimamente el avión evitando que el impacto contra el suelo fuese excesivamente violento. Pero el golpe fue mortal, ja que era proverbial la costumbre de Boelcke de no ponerse jamás ni casco ni asirse con la correa de seguridad mientras pilotaba.
Boelcke murió a los 25 años con 40 derribos. en su haber.
Alemania perdió un héroe, la aviación a un caballero del aire.
Este es el relato de la muerte de Boelcke, según las memorias de M. von Richthofen:
"Aquel día, como siempre, volábamos guiados por Boelcke. Nos daba una gran seguridad volar con él. Después de todo él era el único, el más grande. Hacía un día ventoso y nublado. Sólo estábamos nosotros. De repente, en la lejanía avistamos a dos ingleses impertinentes que parecían disfrutar del mal tiempo. Nosotros éramos seis, ellos dos. Si hubiesen sido veinte y Boelcke nos hubiese dado la orden de atacar no nos hubiese sorprendido. La lucha comenzó como siempre. Boelcke le entró a uno y yo a otro. Lo dejé ir porque uno de los nuestros se interpuso en mi camino. Luego miré a mi alrededor y ví a Boelcke tras su víctima a unos ciento cincuentra metros de mi. Boelcke iba a derribarlo y no quería perdérmelo. Cerca de Boelcke volaba un buen amigo suyo. Fue una lucha interesante. Ambos pilotos disparaban. El inglés iba a caer en cualquier momento. Pero de repente me percaté de un movimiento inesperado entre ambos. Pensé en una colisión. Pero no había visto ninguna colisión en el aire!! Debía haber sido algo distinto. En realidad, no hubo colisión. Sólo se rozaron. Si dos aviones se rozan en el aire, el efecto es tremendo!! Boelcke dejó a su víctima, y picó haciendo grandes giros. No parecía que estuviese cayendo libremente. Sin embargo, cuando lo ví descendiendo, me percaté de que una parte de su avión había desaparecido. No pude ver bien lo que le ocurría, pero justo después de salir de entre las nubes había perdido un ala. Su avión era ingobernable. Cuando llegamos a la base leímos en el informe que Boelcke había muerto. Apenas podíamos creerlo. El más afectado de todos era el compañero envuelto en el accidente [Böhme]"
Aún más interesante es el relato que hizo Böhme a su prometida de la muerte de Boelcke:
"Boelcke ya no está entre nosotros. Nada nos podía golpear con tanta dureza. El sábado por la tarde estábamos juntos en la base del aeródromo. Acababa de comenzar una partida de ajedrez con Boelcke cuando poco después de las cuatro de la tarde nos avisaron de que había un ataque y que debíamos salir. Como siempre, Boelcke lideró el grupo. Al poco ya sobrevolábamos Flers. Unos instantes después inicíamos un ataque sobre varios aviones ingleses, monoplazas rápidos. Al inicio de la lucha disparamos algunas ráfagas cortas. Intentamos con éxito hacerlos descender cortándoles la trayectoria. Boelcke y yo compartíamos la misma presa cuando un monoplaza inglés perseguido por von Richthofen nos cortó el paso. De repente, Boelcke y yo hicimos una maniobra evasiva al unísono. Nuestras alas me obstruyeron la visión por un instante, fue en ese momento cuando ocurrió.
Me es imposible describir el cúmulo de sentimientos, al ver por un instante que Boelcke emergía a mi derecha, pero que su avión volvía a cabecear. Me aferré a los mandos, pero aún estábamos enganchados y caíamos libremente!! Fue un leve contacto, pero a estas velocidades significaba un impacto enorme. El destino es tan aleatorio!! Por mi parte sólo tenía enganchado una de mis ruedas, pero él, la parte más extrema de su ala superior. Después de unos cientos de metros, logré controlar mi avión. No seguí a Boelcke, al cual puede ver como descendía con un movimiento suave hacia nuestras líneas. Pero al salir de una nube, parece que una ráfaga le desestabilizó y su aparato descendió bruscamente. Después ví que Boelcke no pudo enderezar lo suficiente y comprobé que había impactado cerca de una batería. Al poco la gente corrió a auxiliarle. Quise aterrizar cerca de Boelcke, pero el estado del terreno me lo impidió. Los cráteres de obuses y las trincheras estaban por doquier. Conseguí volver a la base. Tenía esperanzas. Pero llegó un coche, y trajeron su cuerpo. Había muerto en el acto. Boelcke nunca llevaba casco, ni tampoco se ataba con la correa de seguridad. Si lo hubiese hecho, estaría vivo a pesar del impacto [...]"
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25 abr 2010
Albatros D.V, ó la oveja negra de la familia
Curiosamente, el Albatros D. V y su variante Va fueron una lastimosa excepción.
La primera serie de modelos Albatros, los famosos D. I, se batieron por primera vez en septiembre de 1916, demostrando muy pronto su valía. Los FE.2b británicos eran una presa fácil para los nuevos halcones alemanes, y los nuevos Albatros se convirtieron en la espina dorsal de la fuerza aérea alemana, Luftstreitkräfte.
Los Albatros D. I, D. II e incluso el D. III eran veloces, duros y muy peligrosos comparados con sus oponentes aliados. Fueron un verdadero azote. Sin embargo, el nuevo biplano de caza Albatros D. V fue la oveja negra de la saga. No sólo por el inevitable avance aliado en el dominio de los cielos, sino por graves problemas estructurales en su concepción: el diseño de la ala inferior dificultaba la maniobrabilidad.
El último modelo de la Ostdeutsche Albatros Werke había perdido mucho terreno respecto a los más potentes SPAD y S.E.5a y a los maniobrables Sopwith Pup y Sopwith Camel, éste último especialmente. Incluso el Barón que estaba en los cielos, Manfred von Richthofen se atrevía a afirmar sin tapujos que "el D. V es tan obsoleto, que no merece la pena arriesgarse para intentar nada".
El Albatros D. V contaba con un potente motor en línea Mercedes de 180-200 hp que le permitía alcanzar una velocidad máxima horizontal de unos 190 km/h y una progresión ascensional de 1000 metros en 4 minutos con una altitud máxima de 18.000 pies, unos 6.000 metros. Su nuevo fuselaje de sección transversal mejoraba -en cierta manera- su aerodinámica debido -sobretodo- a una forma más elíptica. Mantenía la cola del D. III, pero tanto su timón como la aleta vetral eran más grandes.
El modelo D. V de la Ostdeutsche Albatros Werke pesaba ligeramente más que su antecesor el D. III, unos 690 kg en vacío. Las dimensiones eran prácticamente las mismas entre ambdos modelos, 9 m. de envergadura, una longitud de 7,5 metros y una superfície alar de 21 metros. Y la capacidad ofensiva del Albatros D.V eran dos ametralladoras LMG (Spandau) 08/15.
La aparición de una versión mejorada del D.III se debía, principalmente, al creciente dominio aliado del aire. La presencia de los Spad, Sopwith Pup y los S.E.5 ya amenazaba el trono de la aeronáutica alemana.
Las modificaciones respecto al D. III fueron la revisión de los mandos de los alerones, una leve reforma del timón de dirección y la adopción de una mayor ojiva para carenar el buje de la hélice.
Pero al poco de entrar en combate el nuevo modelo D. V en mayo de 1917, en octubre surgió otro modelo: el D. Va.
Los motivos que llevaron a la pronta aparición de un modelo modificado fueron su gran inestabilidad en determinadas maniobras y también algunos desagradables accidentes mortales por causas técnicas.
La inestabilidad aerodinámica, denunciada por la mayoría de pilotos, se debía al nuevo control de los alerones desde la ala inferior deficientemente reforzada para soportar la fuerza del cableado, como también al hecho de que el ala inferior no hubiese sido adjuntada al fuselaje sin soportes aerodinámicos adicionales.
Por ello, la variante V.a volvió a incorporar el antiguo sistema de control alar del D. III. que le permitía una mejor maniobrabilidad. A banda de la sustitución del control de los alerones, en la ala inferior se instalaron nuevos puntales reforzados para evitar las zozobras excesivas en maniobras delicadas.
A pesar de las rectificaciones del D. Va, la mayoría de unidades del D. V que seguían en las Jastas no fueron modificadas, tan sólo se advirtió a los pilotos que no maniobrasen en picados excesivamente pronunciados. A las pocas unidades modificadas del D. V se le incorporó un cableado que permitía controlar los alerones des de la ala superior.
La incorporación a la arena aérea de los modelos D. V y D. Va no decantaron la balanza del lado de las Potencias centrales, pero su papel en los escenarios italiano y del Oriente Próximo (Palestina) durante 1918 fue decisiva en los escenarios bélicos secundarios.
Aún siendo un modelo de caza no muy estimado por la mayoría de pilotos, los que lograron domarlo admiraban de él la gran visibilidad que ofrecía, la velocidad punta y de ascenso, así como un cómodo manejo, excepto en determinadas maniobras.
A pesar de las críticas, la Ostdeutsche Albatros Werke acabó fabricando unas 1.500 unidades del Albatros D. Va y unas 600 del D. V.
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15 ene 2010
Julius Arigi (1885-1981), el as imperial
Originario de los Sudetes alemanes de Bohemia, pronto sintió la llamada de las armas aunque antes de incorporarse como voluntario al ejército realizó diversos oficios, entre los más notorios el de electricista o camarero. Arigi se alistó como voluntario en octubre de 1913, siendo adscrito al 1r regimiento de artilleria del ejército austrohúngaro.
Su pasión por los aviones fue temprana por lo que en marzo de 1914 fue transferido a las incipientes fuerzas aéreas, las Luftfahrtruppen. A finales de 1914 y después de un completo entrenamiento fue ascendido a sargento de aviación, Zügsfuhrer.
Al estallar la guerra, fue destinado a la 6ª Fliegerkompanie, en la Dalmacia meridional, donde tenía como principal misión hostigar a las fuerzas serbias y montenegrinas. Para este tipo de misiones le fueron asignados los LS 2 del tipo Lloyd y biplanos Lohner.
Precisamente con un biplano Lohner 140, Arigi y su observador realizaron un amerizaje de emergencia que quedó en un pequeño susto gracias al poco oleaje. Los sustos no acabarían ahí.En octubre de 1915 fue hecho prisionero mientras realizaba tareas de reconocimiento después de que una avería en el motor de su avión le obligase a aterrizar en territorio montenegrino.
Durante su cautiverio intentó escaparse cinco veces, hasta que en el sexto intento lo consiguió. Tenaz y rebelde - este último rasgo le acabaría trayendo problemas - logró escapar junto a otros cinco prisioneros austríacos robando un coche. Vehículo que pertenecía al séquito del príncipe Nicolás de Montenegro. Después de una serie de peripecias, Arigi y los otros prófugos lograron llegar hasta Albania donde se encontraba su unidad.
Su momento de gloria le llegó con el famoso episodio de los cinco Farmans italianos a finales de agosto de 1916. El 22 de agosto de 1916, seis biplanos Farman de la 34ª Squadriglia despegaron del aeródromo de Valona con el objetivo de bombardear la base austríaca de Durazzo. Ante la urgencia de la situación, Arigi pidio salir para repeler el ataque a lo que el comandante de la Flik 6, Emil Cioll, se negó por no poderle acompañar ningún oficial en el asiento trasero ya que Arigi sólo era Zügsfuhrer (sargento). Al ver sobrevolar los aparatos italianos por encima del aérodromo, Arigi no pudo más y desobedeció las órdenes saltando a los mandos de un Hansa-Brandenburg CI. Le acompañó en la gesta Johann Lasi, otro zügsfuhrer.
En su primera salida de caza logró derribar cinco de los seis aparatos sobre el estuario de Skumbi en poco más de media hora. Toda una epopeya que enseguida llegó al gran público. Arigi ya era un as.
Poco más tarde, sobrevolando el puerto de Valona logró hundir un vapor italiano a los mandos de un biplano Lohner BVII.Bien por la permeabilidad del frente del Isonzo, bien por su carácter díscolo, Arigi fue transferido a ese sector a finales de 1916 para realizar misiones de escolta a los mandos de un Hansa-Brandenburg D1. A mediados de 1917 sus victorias alcanzaban los 12 derribos.
Sus éxitos le llevaron el verano de 1917 a la escuadrilla 41J, pero su temperamento y su peculiar concepción de volar le comportaron no pocos roces con sus compañeros, entre ellos el también as de la aviación austrohúngara y jefe de la escuadrilla Godwin Brumowski. Éste consiguió sacárselo de encima. Sus diferencias se saldaron con el traslado de Arigi de la Fliegerkompanie 41J a la recién creada 55J en Haidenschaft, otra vez en el frente del Isonzo.
La 55J fue un destinado afortunado para Arigi. La nueva Flik fue trasladada al Tirol meridional, en la Val Sugana a unos 120 kilómetros al noroeste de Venecia. Con absoluta libertad, ideas propias y junto a los húngaros Josef von Maier y Josef Kiss, ambos de mayor graduación que él, contabilizó trece victorias más con su Albatros DIII, que sumadas a las 12 anteriores alcanzaban la significativa cifra de 25 derribos enemigos.
Por aquel entonces, la 55J Flik ya era conocida como la Kaiser's Staffel o escuadrilla del emperador dada la simpatía que éste sentía hacia Arigi. Cuenta la leyenda que el nuevo emperador austrohúngaro sentía una gran debilidad por Arigi. Tanto que decidió ascenderlo a oficial con la condición de que bajase de las nubes y tomase posesión de algún cargo burocrático. Arigi, con gran sorpresa para el emperador, declinó la oferta, eso sí, a cambio de que los nuevos prototipos del Aviatik D1 fuesen enviados en primer lugar a su escuadrilla. Y así fue.
De vuelta al frente albano -6ª Fliegerkompanie (Flik 6)-, durante la primavera de 1918 registró otros tres derribos con su nuevo Aviatik D1, regalo del emperador. Ese mismo verano fue destinado otra vez a la Flik 1J en Dalmacia. Allí, Arigi dispuso de dos Aviatik D1 para su uso estrictamente personal y fue precisamente al mando de uno de estos Aviatik que logró sus últimas cuatro victorias.
Arigi estuvo pilotando aviones durante los más de cuatro años que duró la guerra, siendo el piloto más condecorado de su país a pesar de su condición de suboficial.
Acabada la guerra y ya en Checoslovaquia fundó una de las primeras compañías aéreas del país y estuvo relacionado siempre con cuestiones aeronáuticas. En la década de los años treinta ingresó en el partido nacionalsocialista y en 1938 inició su andadura como instructor de los futuros ases de la nueva Luftwaffe alemana, entre ellos Walter Nowotny y Hans-Joachim Marseille.
Julius Arigi murió en 1981.
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27 may 2009
Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.
Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.
Debo decir que estaba vacunado de una lectura anterior, Aces high de A. Clark. Este libro, reseñado en el blog me proporcionó un acceso jocoso al mundo de los aviadores y de sus gestas durante la Gran Guerra pero también me acercó al maravilloso mundo de los gazapos agazapados. Clark comete algunos errores de los llamados de bulto.
Así pues, pensé que una buena forma de corregir los posibles errores sería dar con un libro serio y contrastado. Y así fue. El libro de Kennett es una obra seria, constratada e infalible. El autor es o era - lo desconozco - un especialista consumado en la historia de la aviación. Se nota. Deja de lado la pseudomitología romántica de caballeros y caballeretes del aire para estudiar a fondo temas poco tocados en otras obras como por ejemplo el desconocido origen de los bombardeos aéreos durante la Primera Guerra Mundial, el apasionante mundo de los observadores en globos cautivos, o los frentes aéreos de escenarios como el frente oriental u Oriente medio, entre otros. Estos temas pueden resultar de poco interés para el público ávido de aventuritas e historietas aéreas, pero lo que Kennett resalta en todo momento en su libro es que las luchas o justas aéreas entre ases de la aviación eran una pequeña parte de todo el conflicto aéreo y que éste se llevaba a cabo de muchas formas y gracias a cientos de personas anónimas que poblaban los campos de aviación y sus hangares. En este sentido, la obra no sólo es inmaculada sino que raya la excelencia.
Pero no todo son pros y parabienes. Desde un punto de vista subjetivo, el autor peca, en momentos, de excesivo academicismo. No se pierde en datos y estadísticas pero su estilo es demasiado encorsetado, rígido. Digámoslo claro, es aburrido. Es posible que el sufrido lector de esta reseña piense que no se le pueden pedir peras al olmo. Si se quieren historietas de batallitas con barones rojos y flying circus no se pueden tener tratados o estudios serios, dirán. Y en cierta manera es así, pero la historia - aunque algunas escuelas historiográficas piensen al contrario - la hacen y la escriben los grandes hombres. Aquellos que la gente suele llamar héroes. Y la Gran Guerra fue una enorme fábrica, sobretodo en el aire. Era un medio poco conocido que levantaba la admiración de los que los veían desde sus mugrientas y lodosas trincheras o los que se los imaginaban en casa al leer sus historias en los diarios. Pero hay lector !!! No busques en esta obra ases como Boelcke, Richthofen, Ball, Guynemer, Rickenbacker, Mannock, etc. Aparecen sí, pero desde su vertiente más profesional, dejando fuera la mística.
Kennett no bucea en los cientos o miles de testimonios sobre la cotidianidad o vida de estos personajes. En The First Air War sólo predomina la técnica, el mundo de la aviación deshumanizado. A Kennett sólo le interesa eso, o al menos así parece. Falta el factor humano y no es posible hablar de máquinas, a menudo ingobernables y al principio toscas y pedestres , sin la pericia y el arrojo de los hombres que las pilotaban.
Debe existir, ha de haber un libro en el que se narren las vivencias y experiencias de los ases de la Gran Guerra sin caer en el folletinismo o la prensa amarilla. Por eso continúo la búsqueda y durante la ruta encuentro obras como la de Kennett, que recomiendo para lectores aventajados y no amateurs como un servidor.
Muy recomendable.
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11 may 2009
Caudron R.11
Diseñado por René Caudron, Paul Delville acabó desarrollando el R.11 a partir de su primo, el bombardero R.4. L’Aviation militaire necesitaba un avión más ligero y pequeño para sustituir al vetusto R.4. Concebido originariamente como un avión de reconocimiento, el Caudron R.11 se convirtió en uno de los mejores biplanos de escolta de bombarderos de la Primera Guerra Mundial a pesar de su tardía aparición, febrero de 1918. Los diseños del R. 11 quedaron listos en marzo de 1917, pero problemas con los motores Hispano-suiza retardaron los primeros modelos hasta 1918. En algunas obras o estudios se le considera, incluso, como un caza de gran autonomía. Las diferencias con el R.4 eran un morro más pronunciado y unas dimensiones más importantes, así como un diseño más futurista. De entre las novedosas incorporaciones, el nuevo R.11 contaba con un doble control de vuelo lo que significaba que si el piloto moría o era incapaz de pilotar, el observador podía llevar el avión. Las primeras unidades del R.11 contaban con dos potentes motores Hispano-Suiza, con refrigeración hidráulica, 8 cilindros y 220 caballos de potencia cada uno. Las últimas versiones fueron equipadas con motores más potentes de 235 Hp. Éstos le daban al R.11 puntas de velocidad de hasta 185 km/h y estaban situados de forma totalmente aerodinámica en una barquilla en el ala inferior. Diseño innovador que luego se haría común en la fabricación de aviones durante la época de entreguerras. El fuselaje presentaba un novedoso diseño basado en la estructura estriada de los zepelines. Construido inicialmente para cinco tripulantes, su evolución y posterior transformación en escolta de bombardero lo habilitaron sólo para tres ocupantes. Los tres estaban situados en fila a lo largo del fuselaje, el observador y ametrallador iba situado en el morro, el piloto inmediatamente después y en último lugar otro bombardero/observador.
Con el fin de albergar más tripulantes, el fuselaje se alargó unos 11 metros de largo con el propósito de añadir una estabilidad extra a la aeronave. El tren de aterrizaje consistía en grandes juegos de ruedas fijas. El avión iba armado con cinco ametralladoras Lewis emplazadas en estructuras móviles, dos en el morro, dos en la mitad del fuselaje para disparar hacia abajo, y una más atrasada para disparar hacia atrás. Precisamente esta movilidad de tiro hizo del R.11 el terror de los cazas alemanes. El R.11 tenía una autonomía de vuelo de unas 3 horas y podía llegar a una altitud máxima de unos 6.000 metros. Aunque su aparición fue tardía, al final de la Gran Guerra, seis escuadrillas (R.46, 239, 240, 241, 242 y 246) de la Aviation militaire francesa contaban con R. 11. De 1000 unidades aprovadas, sólo se acabaron construyendo 370. Su éxito hizo que las autoridades militares británicas y norteamericanas pidieran unidades a l’Aviation militaire para su evaluación de cara a una compra masiva. Entre las gestas más heroicas del R.11 se cuentan las escoltas a los Breguet 14 durante sus salidas para bombardear zonas industriales del Ruhr.
El R.11 fue declarado obsoleto en 1922.
Fuentes:
. International warbirds: an illustrated guide to world military aircraft.
. Lamberton, W. Reconnaissance & bomber aircraft of the 1914-1918 war.
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2 may 2009
Tres ó (cuatro) formas de pinchar un globo
La misión de los globos cautivos durante la Primera Guerra Mundial fue básica y exclusivamente la de observación. Éstos se encontraban situados a unas dos o tres millas de la línea de frente lo que les permitía tener una visión global del frente amén de protegerse de los ataques terrestres de los ejércitos enemigos. Sin embargo, ya desde los inicios del conflicto los responsables de los principales servicios de observación se percataron de que estos artefactos y sus sufridas tripulaciones no estaban a salvo de los aviones, en primer lugar de los dedicados a la observación y un poco más adelante de los aviones de caza y combate. De esta forma y aunque una de las principales misiones de las flotillas o escuadrillas aéreas era la de observar el enemigo (movimientos, columnas, depósitos de municiones, etc...) desde su privilegiada posición, enseguida los responsables de los respectivos cuerpos o unidades aéreas entrevieron la posibilidad de cegar a los ejércitos enemigos derribando sus ojos o globos cautivos. La vida del observador ya era de por si complicada en las alturas (bajas temperaturas, accidentes naturales, etc.) a partir de un momento se le añadió la de ser cazados en pleno vuelo. En su defensa apenas contaban con alguna arma de fuego y bengalas. Contra un avión no tenían nada que hacer. Pero aún así, la caza de los globos o balones cautivos en determinados momentos revistió tintos más cómicos que dramáticos, más para el aviador que para el observador, claro. Max Erhardt, observador alemán en ambos frentes, el occidental y el oriental, informó que de 315 globos cautivos derribados durante todo el año 1918 sólo 35 lo fueron por fuego de artillería. El resto fuero pasto de los aviones.
De las metodologías utilizadas para derribar globos, la predominante era mediante el fuego de las ametralladoras de los propios aviones. Pero de forma esporádica y más a causa de accidentes o imprevistos, surgieron otras modalidades menos canónicas aunque igualmente efectivas. Entre estas historias surge con fuerza la del as belga Willi Coppens, renombrado especialista en derribar globos cautivos. En una de sus cacerías, Coppens listo para rematar un globo se vió privado del fuego de las ametralladoras al quedársele encasquilladas. Ni corto ni perezo, Coppens se acercó del tal modo al globo que una de las alas de su avión lo rajó de extremo a extremo, incendiándose al momento, y anotándose claro otra nuevo victoria. Coppens sumó en total 37 derribos antes de que una bala incendiaria lo licenciará en octubre de 1918. Otro piloto, el italiano Gianinno Ancilotto, sin tanta precisión quirúrgica y con menos contemplaciones, el 3 de diciembre de 1917 derribó un globo atravesándolo con su avión !!! Cuentan quiénes fueron testigos que Ancillotto aterrizó luego en su base y todavía llevaba restos del globo en su fuselaje. Aparte de estas iniciativas pioneras, las autoridades militares francesas planificaron la destrucción de globos cautivos alemanes mediante el uso de pequeños cohetes lanzados desde los aviones. Así se revela que durante el 22 de mayo de 1916 en el sector de Verdun se derribaron 5 drachens (globos) alemanes mediante esta revolucionaria estrategia. Anécdotas aparte resulta claro que la vida de los observadores en globos cautivos era más bien efímera si a los números nos remitimos y que su fin podía en determinados momentos depender de tácticas muy poco ortodoxas pero sí efectivas.
Fuentes:
Kennett, Lee. The First air war.
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29 dic 2008
Oswald Boelcke (1891-1916)
As y pionero de la aviación alemana durante la Primera Guerra Mundial.
A pesar de no pertenecer a una familia con un glorioso pasado militar, la influencia de su padre - maestro y director de escuela luterana - con unos profundos ideales patrióticos y militares le llevó a solicitar el ingreso en la escuela de cadetes con apenas contando trece años, y eso a pesar de haber padecido una aguda tos ferina infantil que le acarrearía un asma crónico a lo largo de toda su vida. Finalizados sus estudios se destinado al 3º batallón de telegrafistas en Koblenz (Coblenza) como oficial de cadetes (Fahnenjunker). Poco antes de estallar la guerra, mediados de 1914, fue transferido a las Fliegertruppe. De mayo a agosto de 1914 realizó sus cursos de vuelo en la Halberstädter Fliegerschule. Al finalizarlos entró directamente al servicio activo como piloto.
1915
En abril de 1915, después de una pequeña recaida en su asma crónico, Boelcke logró - via diplomacia de pasillo - un destino en la Fliegerabteilung 62 con base en Douai. La FFA 62 era una unidad de aviones biplaza que realizaba misiones de reconocimiento aéreo para la artillería. En junio, Boelcke, Witgens y Immelmann fueron los primeros pilotos alemanes en pilotar el nuevo modelo de monoplano Fokker E.I. equipado con ametralladoras Spandau/Parabellum.
El 4 de julio de 1915, al mando de un Albatros C.I, el ya teniente Boelcke y su observador el teniente Heinz-Hellmuth von Wühlisch avistaron a un Morane biplaza. Después de un largo combate, von Wühlisch derribó al avión enemigo. La confirmación la realizó el mismo Boelcke. Aterrizó cerca del avión estrellado y comprobó que los ocupantes habían muerto. Este derribo proporcionó a von Würlisch la Cruz de Hierro de 1a clase y a Boelcke la promesa de que pilotaría el próximo modelo de Fokker.
La primera victoria en solitario de Boelcke fue el 19 de agosto de 1915. Antes de acabar el año derribaría cuatro aviones más, lo que acrecentó la macabra competición que mantenían él y Immelmann, el otro as del momento, por ver quién era el mejor piloto alemán.
Immelmann había conseguido ser el primer piloto alemán en derribar un avión enemigo con el nuevo modelo Eindecker de Fokker, el 1 de agosto, en una jornada desafortunada para Boelcke, que tuvo que volver a la base después de comprobar que su ametralladora estaba encallada.
A mediados de septiembre de 1915, Boelcke fue trasladado con su FFA 62 de Douai al sud de metz, al Brieftauben-Abteilung-Metz. El FFA 62 formaba parte del contingente que reforzaría al III Cuerpo de ejército alemán que se enfrentaba a una ofensiva francesa a lo largo del frente de la Champagne. El día 25 de septiembre tuvo que volar con un aparato prestado, ya que su avión aún no había llegado. Sin embargo, no fue obstáculo para consiguiese su cuarta victoria. Su fama comenzaba a traspasar fronteras, y las notícias de sus hazañas llenaban los periódicos alemanes. A Boelcke, de naturaleza poco vanidosa, le desagradaba sobremanera la literatura laudatoria de los medios alemanes, y en más de una ocasión sugirió a sus familiares que se aislasen de la prensa y sus consecuencias.
Al mes siguiente, el 27 de octubre, Boelcke aumentó su casillero con otro derribo, se trataba de un Voisin francés. Su cuenta sumaba un total de 5 derribos. Immelmann tampoco se quedaba atrás, cuatro días antes había derribado a un Vickers FB 5, Gunbus, sobre Cambrai. El duelo continuaba.
En noviembre de 1915, Erich von Falkenhayn, jefe supremo del Alto Estado mayor alemán le notificaba la concesión de la Gran Cruz con espadas de la Casa Hohenzollern. Boelcke se convertía en el primer piloto alemán en recibir tal honor. Immelmann la recibió seis días después.
A mediados de noviembre de 1915, Boelcke fue invitado a visitar la fábrica de Fokker en Schwerin. El nuevo Fokker E IV, con 160 caballos de potencia y dos ametralladoras, estaba listo para entrar en combate y quién mejor que el as de ases para ser testigo de su nacimiento. No obstante y a pesar de las grandes expectativas, el Fokker E IV no entraría plenamente en funcionamiento hasta abril-mayo de 1916. A mediados de diciembre de 1915, Boelcke volvió a Douai con su FFA 62, la ofensiva francesa se había rechazado con éxito.
A finales de 1915, el casillero de los dos ases estaba casi parejo. Immelmann contaba con siete victorias por seis de Boelcke.
1916
El nuevo año comenzó como acabó el anterior, con una dura competición entre los dos ases alemanes. El 5 de enero, Boelcke salió temprano y la Diosa Fortuna le sonrió: se encontró con una formación británica de observación. Después de un breve combate con un BE, consiguió herir a ambos ocupantes. A pesar de la lucha, el biplaza consiguió aterrizar. Boelcke hizo lo mismo, no muy lejos. Después de una larga charla con el piloto, el subteniente Somervill, Boelcke descubrió que su fama como piloto había cruzado el Canal de la Mancha.
Una semana después, el 12 de enero, Boelcke e Immelmann conseguían su octava victoria. Estaban empatados. Esa misma noche recibieron la noticia de que habían sido condecorados con la máxima condecoración militar alemana, la Pour le Mérite o comunmente conocida como Blue Max. Immelmann y Boelcke fueron los primeros pilotos alemanes en recibirla.
Continúa en: Oswald Boelcke (1891-1916) (II)
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Etiquetas: Guerra aérea, Militares y personajes civiles
17 sept 2008
Aces high de Alan Clark
Floja síntesis sobre la historia de la aviación en el frente occidental durante la Primera Guerra Mundial. El autor, Alan Clark, hace un somero recorrido sobre el nacimiento y evolución de la aviación durante este conflicto, desde sus tímidos inicios como elemento auxiliar en tareas de reconocimiento y observación del enemigo pasando por el progresivo perfeccionamiento tecnológico de los aviones hasta llegar a convertir esta nueva arma en un elemento, si no primordial en este conflicto, sí en el que tuvo lugar veinte años después. El autor logra acercar al lector a un mundo que estuvo dominado por hombres valientes y con coraje que se aventuraron a surcar los aires con artefactos muchas veces rudimentarios y sin apenas consistencia. Es precisamente esta idea de pioneros del aire la que consigue transmitir perfectamente Clark en su obra. Sin embargo, su mayor logro es el de encumbrar a la categoría de héroes a esos hombres que sin apego al mundo terrenal hicieron del aire su campo de sueños hasta que la cruda realidad de la guerra los bajó otra vez a la terrenalidad de la muerte. No obstante, y como ya introducía en la descripción de la obra, el autor se deja alguno de los aspectos más notorios de la guerra aérea en el tintero. Cierto que es una obra de síntesis, pero...
Antes del análisis crítico, no querría dejar de destacar que esta breve reseña se basa en la edición de 1974, y es posible que las posteriores reediciones hayan subsanado alguno de los vacíos que me parecen sorprendentes, como por ejemplo algo más que una alusión a uno de los ases más importantes de la Gran Guerra, Manfred von Richtofen. Curiosamente he llegado hasta el final del libro sin que se detallen ni su misteriosa muerte, ni su técnica, ni su perícia. Pero no sólo ocurre con el Barón Rojo, tampoco hay alusión alguna a otro de los pilotos que hizo historia durante la guerra, Eddie Rickenbacker. Clark analiza, por contra, a otros aviadores que por alguna razón destacaron durante la Gran Guerra como por ejemplo Boelcke, Nungesser, Fonck, Hawker, etc. Guynemer y Ball tienen dos apartados específicos, es por ello que extraña que no haga lo mismo con otros pilotos igualmente notorios. Lo mismo ocurre con las formaciones, centra una parte de un capítulo a la historia de l'Escadrille Lafayette, pero apenas entra a explicar la curiosa formación aérea alemana que fue llamada "the Flying Circus". En el mismo sentido Clark cita en numerosas ocasiones el llamado "abril sangriento" de 1917 pero tampoco detalla con una somera explicación en que consistió. Esta podría una de las críticas a la obra de Clark, anticipa pero no resuelve. Pero no todo son apuntes negativos.
Dos cuestiones más. Una de carácter formal y otra conceptual. La cuestión formal tiene que ver con las ilustraciones, aunque considero que habrá sido subsanada con las posteriores ediciones. Más que el blanco y negro de las fotografías -natural, tratándose de la época en que se tomaron- lo que es cuestionable es la calidad de algunas. La mayoría de ellas son tomadas en tierra, no hay ninguna imagen que muestre algun combate aéreo. Eso sí aparecen algunos diagramas que ilustran algunas de las maniobras clásicas utilizadas por los pilotos. Ya a un nivel más personal todavía, me sorprendió y me incomodó más el formato del libro. Éste tiene unas dimensiones que lo alejan del formato de libro de lectura, es decir, formato en 8º o en 4º. El libro tiene unas dimensiones que no lo hacen especialmente cómodo para su lectura. Repito es una cuestión muy personal, pero a fin de cuentas reseñable. Observando la edición más actual constato que este problema ya ha sido solucionado.
En el aspecto conceptual, se encuentra a faltar un elemento primordial en cualquier obra que se preste a ser punto de partida sobre una disciplina, y es la bibliografía. No hay un capítulo de bibliografía, ni tan sólo una nota a pie de página que proporcione al lector una referencia que le permite profundizar en alguno de los temas o cuestiones planteadas. Cierto que la obra es de divulgación, pero quizás sea éste el detalle que separa una obra de divulgación de calidad de otra que simplemente es de divulgación. En este punto puede que el fallo sea más mío que del autor ya que las expectativas acumuladas por otras críticas no han sido superadas por la realidad. Aún así y en descargo de esta implacable reseña cabe destacar un mérito en Aces high: ha logrado despertar mi interés sobre el mundo de la aviación durante la Primera Guerra Mundial y lo mejor: ha alentado muy búsqueda por una obra más especializada y completa.
Aces high es más un contacto que una obra definitiva, no es pues imprescindible.
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Etiquetas: Guerra aérea, Revisiones y reseñas bibliográficas
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