28 nov 2009

La máquina de la mentira: el War Propaganda Bureau

Dedico este artículo a los miles de espíritus inocentes que devoró la guerra. Me inclino ante ellos.

No por mucho repetir una mentira, ésta se convierte en verdad. Socorrida máxima que en épocas críticas alcanza especial relevancia. La Primera Guerra Mundial fue una de estas. La verdad como tal no existió ni en su génesis y aún menos en su ocaso o final. Miles y miles de libros se han escrito sobre el conflicto, prueba máxima que la verdad ha conocido demasiado amantes y pocos amores. Algunos estudiosos y teóricos señalan la Gran Guerra como el punto de partida para la comunicación de masas. Prensa, libros, libelos, folletos, opúsculos, pasquines, carteles, postales, etc. compitieron por la atención de las sociedades de los respectivos paises en guerra, y como no de los ardorosos neutrales.
No contentos con este despliegue de medios informativos, las autoridades y los medios utilizaron los tabloides callejeros para informar o desinformar al ciudadano a su antojo de las nuevas procedentes de los frentes. Junto a la maquinaria bélica se desplegó otra de dimensiones colosales: la maquinaria informativa.La guerra debía ganarse en el frente bélico, pero también en el doméstico, y las autoridades de los respectivos paises -sabedores del poder de la información- quisieron dosificar y manipularla a su antojo. El objetivo fue doble, en algunos casos triple. La manipulación y la ocultación amansó a la ciudadanía, la animó a proseguir en un estado permanente de guerra y consiguió una adhesión casi inquebrantable a las acciones suicidas de sus propios gobiernos. En el caso británico - el más visible-, fueron los alistamientos masivos de voluntarios.
Otra de las funciones de la tergiversación informativa aliada fue atraer a la opinión pública mundial hacia el conflicto. La atracción se realizó a través de dos mecanismos. El primero, resaltando las barbarides y atrocidades, en este caso, del ejército alemán en los territorios invadidos, especialmente en Bélgica. Cierto que hubo acciones reprobables contra la población civil, pero no cabe duda que los medios aliados se encargaron de magnificarlo hasta extremos casi cómicos, como el de los niños ensartados en bayonetas y devorados por la hordas germanas. El leif-motiv de la campaña antigermánica fue denostar el mayor logro de lo alemán, la famosa Kultur. Así, los aliados esgrimieron el lema Civilisation vs Kultur.
El otro ingenio propagandístico, quizás el más decano en la historia de la falsificación bélica, fue el de maximizar las pérdidas ajenas y ensalzar los propios triunfos. En este punto también se llegó a cotas ridículas que, sin embargo, no se conocerían hasta décadas despúes de la guerra. Con este efectivo truco, los paises en contienda buscaban desmoralizar a los posibles paises neutrales que deseasen unirse a una o a otra causa. Para este fin, los paises en lucha instalaron las llamadas corresponsalías en los paises susceptibles o no de unirse a su causa. Mención especial merece el esfuerzo alemán para integrar a la causa de los Imperios centrales a una España claramente segmentada entre aliadófilos y germanófilos. Lo hizo sobretodo a través de su contactos en Catalunya editando la Correspondencia alemana de la guerra durante los años que duró la guerra. Se trataba de un boletín de notícias que cubría los diferentes escenarios bélicos, desde las trincheras del norte de Francia hasta las más ignotas latitudes del mar océano. Las noticias tenían un tratamiento edulcorado, tomando un especial atención aquellas destinadas a desmontar las presuntas farsas aliadas. De todos los contendientes de la guerra, el que se esmeró con mayor eficiencia y voluntad en el cometido propagandístico fue la Gran Bretaña, a través -principalmente- del War Propaganda Bureau, llamada también Wellington House por su emplazamiento.
El War Propaganda Bureau nació a inicios de septiembre de 1914 a iniciativa de Lloyd George, bajo la supervisión del periodista y político liberal Charles Masterman. Masterman, conocido por su extensa y densa red de amistades y contactos, reunió el 2 de septiembre de 1914 a prestigioso grupo de escritores británicos con el propósito de que sus plumas se convirtiesen en espadas para la causa aliada. Entre los literatos reunidos se hallaban nombres como Conan Doyle, Madox Ford, Chesterton, Kipling y H.G. Wells, la flor y nata de la literatura británica del momento. A parte de esta pléyade de estrellas, Masterman fichó principalmente a elementos que habían estado previamente en la National Insurance Commission.
La génesis del Propaganda Bureau se debió a que el gobierno británico descubrió que Alemania ya disponía de una agencia de propaganda. Inmediatamente se pasó el encargó a Lloyd George, Chancellor of the Exchequer, para que crease un organismo secreto con el principal objeto de apoyar las actividades del gobierno respecto al conflicto. Tras este curioso velo de apoyo incondicional al gobierno se escondía el verdadero propósito de la nueva agencia: acusar a los Imperios centrales, y en especial a Alemania, de ser los verdaderos instigadores de la guerra y presentarlos a la opinión pública, especialmente a los Estados Unidos, de naciones con afanes sanguinarios e imperialistas. Esta actividad de zapa del Propaganda Bureau tuvo un inesperado aliado cuando las propias tropas alemanas realizaron diversos actos de violencia, pillaje y destrucción durante la invasión de Bélgica principalmente. Fue en este momento que los Imperios centrales perdieron la guerra mediática.
Los aliados, y en especial, los británicos supieron aprovechar perfectamente la ventaja adquirida después de las llamadas atrocidades en Bélgica. La destrucción de la impresionante biblioteca de Lovaina, la supuesta ejecución de civiles belgas, etc., etc. permitieron al Propaganda Bureau enarbolar la bandera de civilización contra la barbarie de la Kultur alemana. En ese momento, las eminencias grises del WPB trabajaron a brazo torcido para socavar desde los cimientos el prestigio acumulado por la cultura germánica en campos como la literatura, la música y la filosofía. No cabe duda de que el boicot a lo alemán tuvo un imprevisible éxito.
La capas nobles de la sociedad británica comenzaron a mudar, curiosamente, de apellidos y la población civil comenzó a perseguir a todo aquello que tuviese una posible relación con Alemania. La Gran Bretaña entera sucumbió bajo una psicosis antialemana. Comenzaron a aparecer pseudocientíficos que recurrieron a las teorías genéticas para hablar en términos de raza y de grupos étnicos, destacando precisamente de la supuesta raza germánica unos rasgos sanguinarios y bárbaros. A partir de esto momento, los británicos tildaron peyorativamente a los alemanes de hunos, en referencia al pueblo euroasiático que azotó los territorios del Imperio romano durante los siglos IV y V.
Por su parte, los intelectuales a sueldo del WPB cumplieron perfectamente con su cometido. Durante los años en que estuvo activo el Propaganda Bureau y sus vástagos, las editoriales a sueldo - entre ellas las famosas y prestigiosas Oxford University Press, Macmillan, etc. - publicaron alrededor de 1200 documentos relacionados con el papel de los aliados en la guerra, y sobretodo ensuciando gratuitamente la famosa Kultur alemana. Al poco de comenzar las actividades, Masterman pensó en editar una revista mensual que pusiese al día los ávidos lectores de notícias frescas procedentes del frente. Para ello contrató a John Buchan, un avispado editor y periodista, que utilizando medios propios - la editoria Nelson era suya - comenzó a publicar la Nelson's History of the War a principios de 1915. Buchan, estrechamente relacionado con la inteligencia militar, fue visto por el Alto mando británico como la pantalla mediática a su conducción de la guerra. El propio Buchan desbancó a Masterman cuando el War Propanganda Bureau fue reestructurado con la elección de Lloyd George como Primer ministro británico.El papel más importante - aunque menos visible - del WPB no fue tanto su proyección internacional, como sí el adoctrinamiento nacional de la sociedad británica. El gobierno necesitaba una patina de legitimidad honrosa para involucrar a cientos de miles o incluso millones de futuros voluntarios para unirse en su lucha contra el mal que personificaba Alemania. No cabe duda de que lo consiguieron. La respuesta ciudadana al llamamiento de Kitchener para crear un ejército de voluntarios para luchar contra Alemania superó, incluso, la mejores expectativas. La Fuerza Expedicionaria Británica había sido prácticamente aniquilada para principios de 1915 y el nuevo Minotauro reclamaba carne fresca. Pero no sacrificó a unos elegidos, sacrificó a muchos, a tantos que el gobierno británico tuvo que dictar una ley para el alistamiento obligatorio (compulsory enrollment) para cubrir las bajas de aquellos que habían partido entre vítores animados, en parte, por la falsa y tendenciosa propaganda, al igual que lo hicieron miles de jóvenes alemanes en agosto de 1914. La hoguera los consumió a casi todos. Discursos panfletarios, pasquines, folletines, la propia sociedad alentó a cientos de miles de jóvenes alemanes a buscar desesperadamente la muerte en los cenagales de Flandes o en las calizas del Artois.
Curiosamente, el secretismo de las actividades del War Propaganda Bureau se mantuvieron hasta mediados de la década de los años treinta. A pesar de los éxitos conseguidos hubo sonoras defecciones. Éstas se produjeron cuando algunos de los hijos de figuras ilustres del WPB fallecieron en combate. Como por ejemplo, el hijo de Conan Doyle, Kingsley Conan Doyle o John Kilpling, el hijo de Rudyard Kipling. Arthur Conan Doyle se retiró del mundanal ruido, abandonó el ejercicio literario en busca de sosiego espiritual por la pérdida de su hijo. Jamás se perdonó el haberle alentado a él y a otros jóvenes británicos el ir a la guerra. De hecho, el resto de su vida lo dedicó a frecuentar sesiones espiritistas para buscar el perdón de su hijo. Otro afectado Rudyard Kipling perdió a su hijo John en la batalla de Loos. Se dice que Kipling gastó fortunas para encontrar los restos de su hijo desconociendo que murió volatilizado por un obús y que poco se pudo inhumar. Las más agrias críticas contra el Propaganda Bureau las expresó en forma de poemas. Quizás el más conmovedor es Common form, escrito en 1918:
If any question why we died. Tell them, because our fathers lied.
(Si alguien pregunta por qué murimos, decirles, por qué nuestras padres mintieron)

A pesar de sonadas retiradas, el éxito del WPB era imparable. Habían cosechados grandes triunfos mediáticos. A parte de lo de Bélgica, estaban el hundimiento del Aboukir, el Cressy y el Hogue por el U9 alemán, el hundimiento del Lusitania, etc. En definitiva, al WPB se le acumulaba la faena. De esta forma, cuando Lloyd George tomó el mando del gobierno británico, decidió reestructurarlo. Creó el Department of Information que aglutinaba el antiguo WPB, el Neutral Press Committee y el News Department of the Foreign Office. Toda esta estructura encargada de supervisar, controlar y sobretodo difundir una información adulterada y manipulada pasó a depender exclusivamente del War Cabinet. De esta decisión se pueden extraer varias conclusiones, entre ellas que el gobierno quería centralizar y uniformizar el discurso informativo británico, y de otra parte controlar férreamente los medios. Otra conclusión nada baladí es que el gobierno británico tenía que poner la carne en el asador para garantizar la entrada de los Estados Unidos en la guerra. Igualmente Lloyd George, hábil en estas lides, controlaba la voz de los militares, y con ellos a Haig.No toda la información producida por el WPB fue impresa. Masterman decidió crear un archivo fotográfico del frente occidental. Para ello reclutó a dos fotógrafos que además eran militares. La pena para aquellos que tomasen fotografías del frente sin permiso era la ejecución sumaria. Junto a los fotógrafos, el Propaganda Bureau contrató a dibujantes para que retratasen su propia visión de la guerra. Una visión que intentaría dulcificar las horribles condiciones de los soldados destinados al frente.
Ya en 1918, Lloyd George decidió crear el Ministerio de información. Al frente puso a un hombre experimentado en el mundo de los medios de comunicación, Lord Beaverbrook, propietario del Daily express. Éste decidió nombrar a Lord Northcliffe, propietario del The Times y del Daily Mail para intoxicar aún más la información destinada a los paises enemigos. Robert MacDonald, editor del Daily Chronicle, dirigió la sección informativa dirigida a los paises neutrales.Acuciado por la excesiva manipulación y por la críticas internas en la Cámara de los comunes, Lloyd George ordenó a Lord Beaverbrook suavizar la política informativa. Beaverbrook creó el British War Memorial Committee, más como un medio para preservar el recuerdo de la guerra y el sufrimiento de las personas que como medio informativo. Para mantener el recuerdo y la memoria se optó por la vertiente artística y se contrataron a artistas de la talla de John Sargent, Charles Jagger y Paul Nash entre otros. Como ejemplo de esta colaboración entre el arte y la política, mención especial merece el cuadro de John Sargent, Gassed. En él se observan soldados británicos y estadounidenses unidos por el dolor de las heridas causadas por un ataque con gas.Pero no todo fue colaboración ciega, artistas como William Orpen o Charles Nevinson declinaron los cantos de sirena de los políticos.
El War Propaganda Bureau y sus descendientes fueron la máxima expresión de un proyecto de tergiversación informativa y manipulación de masas dirigido desde un gobierno llamado demócrata durante la Primera Guerra Mundial. La organización contó con una pléyade de intelectuales, periodistas y escritores que cimentaron el papel del gobierno británico durante los más de cuatros años que duró la guerra. Es por ello, que algunos críticos con la dirección de la guerra señalan al Propaganda Bureau como cómplice de los errores de los políticos y los militares en determinados momentos del conflicto y que costaron decenas de miles de muertes.Aunque que pueda parecer duro, miles de soldados británicos se vieron animados a partir al frente por políticas informativas diseñadas, producidas y difundidas por los emboscados del War Propaganda Bureau. Muchos de ellos no volvieron, muchos de los que regresaron hubiesen preferido no ser embaucados, ni engañados.

Bibliografia:
Messinger, Gary S. British propaganda and the state in the First World War. Manchester University Press, 1992.

13 nov 2009

MG 08/15



Null-acht-fünfzehn, cero-ocho-quinze. Esta fue la denominación que recibió el nuevo modelo de la MaschinenGewehr 08, la ametralladora más utilizada -hasta ese momento- por el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Los diseñadores alemanes copiaron casi de forma idéntica la ametralladora Maxim de 1884 de la cual el fabricante Ludwig Loewe había obtenido la licencia de fabricación por un periodo de 7 años. Después de diferentes procesos, cambios y mejoras, la Deutshe Waffen und Munitionsfabrik terminó el prototipo en 1908, de ahí la denominación MG08. La MG08 se fabricó en dos factorías. Una de ellas, la Munitionsfabrik en Spandau, de ahí que la ametralladora fuera comunmente conocida como Spandau 08. La MG 08 tenía una potencia de fuego de 400 disparos/minuto, hecho que la convirtió en una formidable arma defensiva. La refrigeración de la ametralladora se producía a través de una camisa que contenía unos 4 litros de agua que enfriaban el tubo. La fiabilidad en el disparo en la MG08 era de unos 3,5 km. El mecanismo de disparo era similar a la Maxim, una vez activado el gatillo el fuego no cesaba hasta que volvía a accionarse, con la comodidad que eso suponía para los ametralladores.
Uno de los inconvenientes más notorios de la MG08 era que su peso y posterior transporte la desestimaban como arma ofensiva al 100%. Eran necesarias, al menos cuatros personas, para transportarla como una camilla. Esto, junto con lo impracticable del terreno complicaban aún más el movimiento de estas armas en el campo de batalla.
Es por ello, que las nuevas condiciones de combate y de estrategia táctica obligaron al Mando alemán a un replanteamiento en cuanto al armamento ya que las MG08 eran ametralladoras demasiado pesadas y difíciles de transportar para adaptarse al nuevo estilo de las fuerzas de asalto alemanes, que en esos momentos eran la vanguardia en cuanto a táctica militar.
Los primeros prototipos de la MG08/15 fueron probados bajo el mando del coronel Von Merkatz en 1915. El nuevo modelo pesaba unos 19 kg., se le colocó un bípode en detrimento del trípode original y se le incorporó una culata o pistolete para proporcionarle más ergonomía. A parte de estas sustanciales modificaciones, la nueva ametralladora contó con pequeños cambios: se redujo la masa de líquido refrigerante de 4 a 3 litros, el tubo eyector fue suprimido, se le incorporó un seguro y se la modificó de manera que pudiesen usarse tanto los cargadores de 250 de la MG08 como los propios de la 08/15 que eran de 100. La nueva arma fue diseñada para ser manejada por equipos de cuatro personas. A pesar de los cambios, la nueva 08/15 siguiendo siendo demasiado pesada para convertirse en una arma ofensiva.
La null-acht-fünfzehn fue introducida de forma masiva en la primavera de 1917. Fue precisamente la 08/15 la que causó el mayor número de bajas francesas durante la ofensiva de Chemin des Dames. A partir de este momento, la MG08/15 fue suministrada de forma masiva hasta la primavera de 1918.
A finales de la guerra, cada regimiento alemán contaba aproximadamente con 72 ametralladoras, seis por compañía. Los cálculos fijan en unas 130.000 las unidades fabricadas por los arsenales de Spandau y Erfurt. La MG 08/15 se siguió utilizando hasta finales de la Segunda Guerra Mundial.

6 nov 2009

El espíritu alemán de 1914



 Durante agosto de 1914, el último verano europeo, los alemanes fueron testigos de su propia redención. Alemania era la nación europea más poderosa del momento, la más temida y la más incómoda para sus vecinos. Su economía, la más pujante del continente y su potencial industrial eran la envídia de sus competidores. La segunda revolución tecnológica protagonizada por las industrias química y eléctrica durante el último tercio del siglo XIX fue el puntal de una nación mutilada por las guerras napoleónicas y que surgió poderosamente después de su clamorosa victoria sobre Francia después de la guerra francoprusiana. Alemania, no obstante, no era tan sólo una pujante industria. Se trataba de una nación forjada por la lucha. El ejército prusiano, base y columna vertebral del ejército imperial reunía en una sóla institución la base de la idiosincrasia alemana. Disciplina, eficiencia, rigor y eficacia definían perfectamente el ejército alemán. Y éste fue el espejo en el que bebieron otras instituciones alemanas, como su burocracia, el sistema educativo, y un largo etcétera. Así, los grandes logros de la germanidad para el siglo XX eran su eficaz sistema burocrático, sus éxitos académicos tras los cuales estaba un exigente e impecable sistema educativo, una impresionante industria química, eléctrica y metalúrgica; y por encima de todo su ejército, envidia y temor de todas las naciones europeas. Tras esta fachada, sin embargo, existían graves contradicciones internas. La sociedad alemana era un corpus muy heterogéneo y poco cohesionado. Una profunda polarización social, producto de una rápida e impresionante industrialización, provocó que miles de obreros reinvidicasen -de forma periódica- mejores sociales a la par que contractuales. Los respectivos gobiernos alemanes desde mediados de siglo XIX hicieron lo posible para prohibir y socavar las bases del poder político y sindical de las clases más depauperadas. A pesar de estas dificultades, en 1914, el partido socialista logró obtener un éxito sin precedentes al obtener un gran número de escaños en el Reichstag. Esta victoria supuso, como no, un peligroso aviso para los representantes del arcaico regimen semiautoritario en el que la máxima figura era la del Kaiser Wilhelm II. Junto al auge socialista en la política alemana, otro de los factores disgregadores era la posición que mantenía la casta dirigente respecto al problema religioso. Las élites gobernantes alemanas llevaban desde principios o mediados del siglo XIX una especia de cruzada para erradicar de los lugares más relevantes de la sociedad a elementos que se significasen por su militancia católica. Conservadurismo político y un calvinismo militante eran las señas de la casta gobernante, una élite prusiana que se autoencumbraba, sobretodo, como bastión de lo más sagrado. Consideraban que la esencia alemana radicada en la tierra. Éstos mismos representantes del terruño oriental, conquistado a fuego y espada, fue el mismo que estaba amasando enormes fortunas en las incipientas y prósperas industrias. Era una clase paradójica que actuaba asíncronamente con los tiempos. No siguieron el compás del progreso ideológico, sólo compartieron y se lucraron con sus ganancias comerciales. Esta gran paradoja entre las enquilosadas glorias wagnerianas y los vientos de la modernidad alemana era el fiel testigo de las dos o las múltiples alemanias que llegaron a la encrucijada de 1914. La brecha social sólo era una muestra de la profunda división alemana. La pugna también era territorial. 1871 significó la rúbrica prusiana a un proyecto común. Pero no todos los antiguos reinos lo vieron de la misma forma. El rey prusiano era el emperador alemán, y las influyentes personalidades prusianas cubrieron los principales puestos decisorios alrededor de la corte y en los despachos ministeriales. La Baviera católica, celosa de su historia y prerrogativas nacionales, era un claro contrapunto al dominio prusiano. Junto a Baviera, otro reino católico Baden-Wurttemberg mostró los dientes. Los días previos al estallido de la guerra una ola patriótica fue insuflando el espíritu alemán. La comunión de intereses hacia una destino común extendió por toda la geografía alemana un manto de profunda hermandad. Las manifestaciones de júbilo se reproducieron en numerosas plazas, de distintos lugares de Alemania. El sentir general era que el país de hallaba ante una oportunidad única, Alemania estaba preparada. Sólo las élites más conspícuas dudaban de la respuesta que iba a dar el partido socialista en caso de una conflagración bélica. El gobierno dudaba, temía una negativa socialista a una eventual petición de créditos para la guerra. Sin embargo, fue el Kaiser el que se encargó de despejar la terrible duda: "no veo partidos - dijo - sólo veo alemanes". Y se obró el milagro, la Gesellschaft, esa sociedad basada en superestructuras capitalistas y artificiales dio lugar a la Gemeinschaft o comunidad de intereses nacionales hacia destino común. Algunos tampoco lo entendieron en noviembre de 1918, esa fue realmente la tragedia alemana: la incomprensión de su destino, forjado en la incomprensión de los otros pueblos europeos respecto a ella.
Fuentes:

- Chickering, Roger. Imperial Germany and the Great war, 1914-1918. Cambridge [etc.] : Cambridge University Press, 1998

3 nov 2009

El infierno mudo (VII y final)



Penúltima parada antes de dejar la zona de Verdun: el Osario de Douaumont. Nos acercábamos a mediodía pero el día no iba a levantarse. Se alzaba una espesa bruma que cubría la copa de los árboles, desde Souville hasta le Bois de Caures y Ornes. Es decir, todo el margen derecho de la Mosa.
Llegamos al aparcamiento del Osario, apenas dos coches y una caravana. Laura decidió quedarse en el coche con Frasier que se estaba rehaciendo aún de los terrores sentidos en Fort Douaumont. Ana, Jordi y yo nos encaminos por detrás del osuario. A través de esta entrada se accede a la parte superior de la torre central del osario. El precio módico. Pasamos por una pequeña muestra de enseres y armas en la planta baja y encaramos las escaleras que suben hacia arriba. Arquitectura tétrica como pocas. Subo perseguido por el diablo. Ana y Jordi lo hacen de forma más pausada. Llego arriba. Parece la cabina de un faro, ya que en medio de la estancia hay varios focos.
Me sorprendo, ya que con anterioridad había visto postales antiguas en las cuales aparecían haces de luz que partían de la torre del osario, pero pensé que se trataba de un añadido ficticio. Deben encender los focos en fechas señaladas, 21 de febrero, 24 de octubre,... La verdad, no lo sé. Paso de los focos. La torre de forma cuadrada ofrece 4 vistas distintas según los puntos cardinales.
Al norte, el inicio de la batalla (Bois de Caures, Bois de l'Herbebois, etc.); al este Fleury, Froideterre, la Côte du Poivre,etc., al sur la Necrópolis de Douaumont, más a lo lejos Souville, etc. Y al oeste, el sector de Fort Vaux. Impresionante. La vista desde esta atalaya privilegiada y permite entender mucho mejor la dureza de la batalla. En la parte inferior de los ventanales hay la reproducción del relieve del terreno que se puede observar desde cada uno de los puestos de observación. Este detalle permite observar con mejor detenimiento y mayor conocimiento las zonas o sectores que se estan viendo. Me deleito con las vistas. El paisaje es realmente conmovedor. La bruma no ayuda poco. Igualmente, la visión de la necrópolis desde las alturas es aún más impresionante.
Bajamos. Llegamos directamente a la nave central donde reposan los restos de más de 130.000 soldados. Es impresionante. Bajo una ténue luz color fuego deambulo por las minicapillas que albergan los sarcófagos de granito con los restos. Esta especie de capillas marcan los diferentes sectores de la batalla de Verdun donde fueron localizados los restos de los soldados. Sobrecogedor. Siento mucha pena. Aún ahora me emociono. Me llegó al corazón.
Está prohibido tomar fotografías, pero no puedo evitarlo. Saco la cámara y hago un par de fotos de soslayo.
Mis amigos están igual de compungidos que yo.
Siento que Laura se pierda esto. Salgo del osario y voy hacia el coche. Arrecia la lluvia. Laura me dice que no, que no puede más. Demasiado para ella. La comprendo, yo también estoy hecho polvo. Vuelvo.
Justo cuando estoy entrando soy testigo de un momento muy conmovedor. Un grupo de seis o siete militares con uniforme del ejército alemán acaban de salir de la capilla. Dos de ellos no han podido reprimir las emociones y están llorando. No es para menos, yo haría lo mismo.
Doy un penúltimo vistazo y salgo. Yo tampoco puedo más, suerte que está lloviendo...
Nos metemos todos en el coche. El silencio es sepulcral.
Tomó la ruta de Verdun. Paro en los restos donde algún día estuvo la Fermé de Thiaumont. Los demás me esperan en el coche. Me despido en silencio del lugar. Vuelvo al coche y arranco. Frasier suspira, también le entiendo. Ýo también llevaba dos días con ese nudo en la garganta. A veces es bueno tenerlo, sobretodo para saber de qué material está hecho uno.
Reflexionando ahora sobre la experiencia de Verdun me sobrecogen aún determinadas sensaciones.
Verdun es punto y aparte en mi obsesión sobre la Gran Guerra. Como dije en el primer relato, la ha acrecentado más. De hecho, estoy intentando encontrar tres o cuatro días para volverlo a visitar con más calma y detenimiento. Visitar un lugar como Verdun proporciona cierta empatía transtemporal con los hechos y los protagonistas. Quién lo supo mejor fue mi perro, Frasier. El Verdun de 2009 nos sume en una catarsis con el propio ser humano, con su estupidez infinita como diría aquel físico alemán. Verdun no una hecatombe, ojalá hubieran sido sólo cien. Tampoco fue un holocausto, huyo del término y el concepto.
Verdun fue un acto de soberbia, de vanidad, de estultícia, de ceguera. Fue un vano sacrificio a los dioses de la nada, para nada.
Valéry tenía razón, Verdun fue una guerra dentro de la Gran Guerra. Lo rectifico: Verdun fue el universo del horror durante más de diez meses y una pesadilla hasta 1918. Hoy es un recuerdo del horror.
Silencio.

Me gustaría acabar este periplo con las palabras de un testigo de excepción. Como diría Pericard, "aquel que no ha estado en Verdun, no puede hablar de Verdun". Lo respetaré y le daré la palabra a Ernst Jünger:

"Las alucinaciones visuales son aquí especialmente intensas. La visión de este mundo de ruinas agobia el ánimo; éste intenta completar lo que falta, reconstruirlo, y llena el espacio con apariciones singulares. Y así se alzan palacios resplandecientes, edificios claros, simétricos, o bien casas sombrías, bajas, que acechan en la oscuridad como tabernas de mala fama o molinos derruidos; las formas fluyen, ondulan, se hunden, se transforman en otras diferentes. La pálida luz de la luna es la que, al parecer, hace surgir esa transparente música arquitectónica que envuelve los pensamientos y los atormenta. De las abandonadas moradas brota un hálito triste y fantasmal; un gran lamento parece haberse quedado rezagado entre las ruinas."

El bosquecillo 125, p. 316.

1 nov 2009

El infierno mudo (VI)




Salimos a las 10.00 h. Ardo en deseos en visitar Fort Douaumont. Ana y Jordi, mis sufridos amigos también. Laura no esconde su inquietud. No le gusta visitar estos lugares. Sabe muy bien lo que hay en ellos. Yo tampoco le miento.
Cogemos la ruta de Souville. Primera parada: el Memorial-Museo de Fleury. Módica entrada para lo que nos espera. Recorrido interactivo por Verdun. La explicación de la batalla en paneles es muy buena, nada tendenciosa. En medio del memorial hay un gran diorama que intenta mostrar el paisaje destrozado de unos de los múltiples sectores de Verdun: cascos, armamento destrozado, cráteres, alambre de espino,... Muy bueno. Del techo del museo cuelgan dos aviones, uno diría que es un Fokker eindecker, y el otro es un francés, quizás un Voisin, no me acuerdo.
La planta baja relata las vicisitudes de la Voie sacrée, los héroes anónimos (camilleros, territoriales, etc.), muestra la cotidianidad de la guerra (cocinas, suministro de agua, etc.). Incluso hay exhibido un camión de transporte de soldados y víveres. De los casi veinte mil que recorrían la ruta sagrada que unían el infierno de Verdun con el resto del país. En el mismo espacio se exhibe armamento de los dos contendientes, enseres personales, notas, dibujos, etc. Todo ello muy emotivo.
En la planta superior se encuentran diferentes uniformes y armamentos. Junto a la exposición permanente se exhibía una interesantísima muestra dedicada a las comunicaciones durante la Batalla de Verdun, especialmente al papel del teléfono y la telegrafía sin hilos. Muy interesante.
La visita duró unos tres cuartos de hora. Al finalizar pasé por la librería de la planta de entrada al Memorial. Me volví loco. Me lo quería llevar todo. La tarjeta me frenó.
A la salida, Jordi y yo decidimos fotografiarnos al lado de un proyectil de 420. Impresionante.
Seguimos. Pasamos por delante del desierto Fleury y llegamos a Fort Douaumont. La esplanada estaba casi vacía. Recuerdo uno o dos coches, no más. Entramos. Pagamos las entradas. Veinte euros por bigote: Douaumont + Vaux.
Preguntamos si Frasier podía pasar, pas problème dijeron. Yo encantado, Frasier no tanto. Al dirigir la vista a mi mejor amigo, vi que algo le pasaba. Se lo comenté a Laura que lo aupó en brazos. Frasier estaba temblando. Cuando lo pusimos en el suelo, se echó en el suelo. Sus ojillos eran la viva imagen del terror. Cualquier que entienda de perros sabrá que cuando uno se echa en el suelo y mete su colilla entre las piernas sabe que el animal está aterrorizado. Frasier lo estaba. Su suplicio sólo duró treinta minutos. Los que duró la visita. Laura, que es una santa, lo cogió en brazos y estuvo acariciándolo todo el rato.
Al pasar la taquilla dimos con el pasillo principal de la zona sur. Estábamos solos. Fuimos hacia la izquierda. Dimos con unos parapetos construidos para evitar el fuego en enfilada. Seguimos los puntos que comentaba el folletín que nos dieron a la entrada. Vimos habitaciones que sirvieron de dormitorios, de letrinas y de lavaderos. Al final dimos con la tumba alemana. En mayo de 1916 una explosión interna dentro de Fort Douaumont mató a más de 600 soldados alemanes. Fue un accidente. Los testimonios hablan de un hornillo para el café que cayó al lado de una caja de explosivos dentro del polvorín. Lo único seguro es que los mandos alemanes decidieron no enterrar las víctimas en el exterior ante el acoso francés. La decisión fue taxativa: tapiaron la entrada del polvorín sellando una enorme tumba donde yacen los restos de los más de 600 muertos alemanes. Enfrente del muro se haya una cruz que recuerda a los Toten Kameraden, A los camaradas muertos. Impresiona y mucho. A Frasier más, que aún sigue aterrorizado. Está claro que siente algo.


Seguimos adelante hasta llegar a la torreta del 155 donde aún se conserva la maquinaria. Giramos sobre nuestros pasos y encontramos estrechas galerías que conectan pasillos que no pueden visitarse. Tengo tentaciones, pero no voy solo. La próxima vez lo haré. Me lo prometo.
Laura está destemplada, no se lo está pasando bien.
A través de una serie de pasillos llegamos otra vez a la salida. Antes de abandonar el lugar, reflexiono sobre Douaumont. Me sobrecoge pensar en lo que tuvieron que sufrir las personas que lo habitaron.
Salimos, milagrosamente Frasier recupera el andar. Próximo destino: Fort Vaux.
Fort Vaux está poco concurrido. Ardo en ganas de pisar el lugar donde aguantaron los héroes de Raynal y sus tropas. Siete días de asedio, con las tropas alemanas acosándolas desde la superestructura, taponando los respiraderos, sin víveres, sin agua, sin posibilidades de auxilio, sin nada y lo peor: sin esperanza. Otra vez impresionante.
Frasier se queda en el coche. Lo agradece. Está derrotado.
La visita dura poco, no quiero agotar a mis amigos con mis historias.
Entramos en el coche. Destino: el interior del Osario de Douaumont. Última parada.
Prefiero dejar aquí el sexto capítulo. La visita al Osario y el epílogo merecen otro aparte. Fue demasiado conmovedor.

Continúa en: El infierno mudo (VII y epílogo)

26 oct 2009

El infierno mudo (V)



Los dioses están con nosotros. No sé como lo hicieron, pero Frasier apareció después que lo llamara angustiosamente. No fue fácil. Me tuve que meter por una de las dos entradas de las 4 Cheminées, caminé unos cinco o seis metros en absoluta oscuridad hasta que al fin sentí el hocico de Frasier husmeando mi pierna. Qué alivio. Salimos perseguidos por diablo de ese lugar.
Ya en la superfície deshicimos el camino y llegamos hasta el coche.
Arranco, próxima parada l'Ouvrage de Froideterre. Como la gran mayoría de los abrigos y estructuras fortificadas de Verdun fue escenario de cruentos hechos de armas. Llegamos a Froideterre después de una larga recta. El camino acaba aquí. Como Thiaumont y otros, Froideterre fue prácticamente destruida. Froideterre acumula también un curioso récord: cambió muchas veces de manos en un cuestión de días. Al este del desaparecido pueblo de Fleury, Froideterre se convirtió en un punto clave en los posteriores avances hacia Fort Souville, la última defensa ante Verdun. No cabe duda que las capturas y reconquistas de esta plaza dejaron huella.
Aparco a la entrada del recinto. Frasier a su aire. La fortificación en si tiene forma de L. Dos puertas señalan la entrada. Nada de especial. Frasier se cuela por una de ellas. Nada grave. Entra y sale como quiere. Lo dejo a su aire y me voy hacia la zona este donde están situadas algunas de las famosas torretas de Froideterre. Poco queda excepto las cúpulas.
Son las 9.00 h. Decido volver a por Laura y mis amigos.
Mi intención es visitar el Memorial-museo de Fleury, Fort Douaumont, Fort Vaux y el interior del Osuaire de Douaumont.
On verra...

Continúa en: El infierno mudo (VI)

23 oct 2009

El infierno mudo (IV)



6.30 am.
Toque de diana. Paro el despertador. Me lavo la cara, cojo las llaves del coche y abro la puerta de la habitación. Frasier ya me espera. Salimos a hurtadillas. El día se ha levantado fresco. El coche está empañado. Frasier entra en el transportin sin rechistar. Lo pongo a mi lado. Me mira y arquea las cejas. Ya sabe donde vamos.
Salimos de Verdun. El mismo itinerario de ayer. Decididamente el día no acompaña. Frío, humedad y una fina lluvia que cala. Paso de largo por el campo atrincherado de Souville, sigo la carretera y a unos 300 metros detengo el coche. Una señal indica que los restos de Fort Souville se hayan a unos 400 metros en el interior del bosque. Suelto a Frasier que se lanza a correr por la pista que lleva a Souville. Se trata de una pista bien cuidada. A banda y banda se eleva un tupido bosque. La oscuridad del amanecer y lo feo del día nos impiden hacernos una idea exacta del paisaje donde estamos. No se trata de un bosque ordenado. Más bien es una maraña vegetal de árboles, arbustos y otro tipo de flora. Tampoco se intuyen ni trincheras ni abrigos, aún menos restos de cráteres.
Caminamos al trote. Vuelvo a tener esa extraña sensación de ayer. No me gusta. Frasier lo nota. No para de girarse para ver qué hago, no las tiene consigo. Sus ojillos delatan inquietud, parece que me pregunten si vale la pena seguir. Yo también me lo pregunto.
Finalmente me paro, Frasier también. Se vuelve y se apoya acurrucado en mi pierna. Al fin caigo.
Llevamos unos minutos caminando por el bosque y no hemos oido un solo sonido, ni un ruido. Nada. Ese vacío nos inquieta. Estamos en el reino del silencio, y de algo más. Ese algo lo dejo en el aire. Pero no sólo nos inquieta la ausencia de vida, nos asusta la oscuridad. Comienzo a dudar. Frasier no duda, hará lo que yo haga.
Sigo.
A unos cincuenta metros se abre a la izquierda un claro. Suspiro profundamente. En esas me percato que he perdido a Frasier. Rectifico, lo he perdido entre el mar de cráteres que se extiende a mi izquierda. Al final, a lo lejos, diviso su colita como sube y baja por los restos cubiertos de césped. Me lanzo en su busca. El suelo resbala. En una de las pendientes patino y caigo de bruces. Nada roto. Sigo, maldiciendo - eso sí - al bueno de Frasier. Ahora que recuerdo esos instantes sonrío, pero en esos momentos no me hacía ni pizca de gracia. Lo único positivo de las correrías de Frasier fue que me olvidé del mal rato anterior.
A Frasier lo encontré husmeando en lo que restaba de la superestructura de Fort Souville. La imagen de la entrada era la misma que permanecía en mi retina de las postales de finales de la guerra: una entrada semienterrada y totalmente destruida en la sólo se podía entrever algunos orificios. Pensar que alguien había podido sobrevivir a los terribles ataques de finales de junio y principios de julio 1916 me parece increíble. Yo diría milagroso.
La zona de Souville estuvo sometida a un castigo sin igual. De hecho, es uno de los episodios más olvidados de Verdun. Las fuentes y los testigos, junto con los partes de guerra coinciden en afirmar que los bombardeos que soportó la zona de Souville en los estertores de la ofensiva alemana fueron increiblemente superiores a los del día 21 de febrero, el día D. Por ello, tengo un especial fijación en Souville.
Frasier corre, salta, huele. Me es difícil pararlo. Peor será en las Quatre cheminées ...
A todo esto y con el claro del bosque, gano en luminosidad y me pongo a fotografiar el entorno. No paro. Me empapo del lugar y también de lluvia. Decido dar por concluido nuestro periplo por Fort Souville. Volveremos. Desando el camino más tranquilamente, entro en el coche y coloco a Frasier a mi lado. Próxima parada: la Tranchée des baionettes.
La carretera sigue desierta. Sigo sólo, ni un alma. A unos kilómetros y a la vuelta de una curva pronunciada topamos con el monumentos a los supuestos caidos del 137º RI. Aparco en la cuenta de enfrente. Decido dejar a Frasier en el coche, por si acaso. La entrada al monumento está abierta. El contraste entre verdes y grises relaja el entorno. Lo cierto es que después de haber leído y leído sobre el tema el lugar pierde su encanto. La leyenda cuenta que una pequeña sección del 137º RI quedó sepultada por la lluvia de obuses y explosiones a la que fue sometida su posición. La historia real es más prosaica.
Es posible que la trinchera acogiese a algunos caidos, eso es innegable. Pero las llamadas bayonetas quedaron así por los soldados que las abandonaron antes de retirarse ante un embite alemán. La retirada estratégica no es un acto de cobardía, sin embargo le resta épica a la muerte heroica de los presuntos caidos. La leyenda se cimentó después de que tropas francesas recuperasen la posición y se percatasen de la imagen: una trinchera totalmente cubierta de cascotes y tierra producto de un intenso bombardeo. Algunas bayonetas en posición vertical y apoyadas en el parapetos de la trinchera hicieron el resto. La donación de un magnate americano le pusieron la guinda. Aún así, la Tranchée des baionettes forma parte del imaginario nacional que reina sobre el mito Verdun.
El paseo por el monumento dura pocos minutos. Vuelvo al coche.
Antes de llegar a la Tranchée recuerdo haber visto una indicación del Abri des Quatre Cheminées y de l'Ouvrage de Froideterre. Arranco y me dirijo hacia allí.
El día se levanta, el sol no aparece. 4 grados de temperatura.
Me encuentro con las 4 Cheminées al lado izquierdo de la carretera que dirige a Froideterre. Aparco en la misma cuneta. Frasier viene, ahora sí, conmigo. Descendemos unos metros y al poco estamos encima de un pequeño prado lleno de cráteres repletos de agua de las últimas lluvias. El lugar seria incluso bucólico sino fuese por lo que tuvieron que soportar los miles de soldados que se refugiaron bajo las vueltas de este abrigo. El Abri des 4 cheminées era un refugio para las tropas que relevaban a otras o eran relevadas. Se trataba de un punto intermedio entre las zonas de primera línea y la retaguardia. Sin embargo, el contínuo avance alemán durante los meses que duró la batalla acabaron convirtiendo el abrigo en zona de primera línea lo que la convirtió en objetivo de los bombardeos alemanes. Entre la superestructura del abrigo y la entrada hay unos cinco o seis metros de desnivel. Una vez en la entrada, el nivel vuelve a descender a otros cinco o seis metros, con lo que el grosor de las superestructura y el desnivel convierten al abrigo en un espacio casi inexpugnable. El único inconveniente para un habitáculo de este tipo es el de la aireación o renovación del aire. De ahí las chimeneas y el orígen de su nombre, 4 Chimenées. Las chimeneas todavía hoy visibles, aunque creo que restauradas, son unos enormes surtidores de aire hecho de plancha fina coronados por enormes capuchones.
Frasier está sediento. Se acerca a los charcos de los cráteres para beber el rocio. En ese momento me acuerdo del magnifíco cuadro que pinto Georges Leroux, titulado l'Enfer de Verdun, donde se observan a dos o tres soldados franceses intentando salir de un enorme cráter que contiene los lodos de antiguos lluvias y en el que flota algun cadáver. Todo ello aderezado con una buena dosis de gases tóxicos y de explosiones alrededor. Parece como uno de los cuadros de Hyeronimus Bosch, pero en versión real. Quien sabe si en uno de estos cráteres rellenos de agua donde bebe Frasier, alguno de los miles de soldados sedientos saciaron su sed... Este sentimiento de reflexión es permanente, y asfixiante.
Frasier, como buen Terrier, lo investiga y lo husmea todo. Sin embargo, y para mi desgracia, Frasier es un maestro en colarse en estrechas galerías y en espacio cerrados e, incluso claustrofóbicos. Es bajar al nivel de las dos entradas al abrigo y ver desaparecer a Frasier en una de ellas. Se lanza a escaleras abajo. El estado de éstas es pésimo, semirotas, llenas de cascotes y muy peligrosas, al menos para bien. Frasier la bajó de maravilla. A todo esto me encuentro en que mi perro se ha metido en un agujero oscuro, en el que está prohibido entrar y en el que no es, para nada, seguro permanecer. Lo peor es que Frasier no acude a mi llamada.

Continúa en: El infierno mudo (V)

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