30 may 2009

La Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (II)

Viene de: La Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (I)



Con las tornas cambiadas, los australianos se encontraron defiendo posiciones muy precarias. La 1ª y 3º australianas resistieron y repelieron los contraataques alemanes por cuatro días. La artillería alemana se concentró sobre Pozières. El bombardeo artillero alemán fue terrible, sobretodo el día 26. Esa noche, la del 26 al 27 de julio tuvo lugar la llamada batalla de las granadas. Un épico y maratoniano combate a granada, de unas doce horas, entre las tropas australianas, ayudadas por las británicas, y las alemanas por hacerse con el control definitivo de la cresta de Pozières, el último y gran objetivo del mando aliado del sector, aparte de Mouquet farm y Thiepval más a lo lejos. Después de todas las penurias, las exhaustas tropas australianas fueron relevadas por la 2a división australiana el 27 de julio. La única forma de acabar con la presión alemana era capturar sus posiciones al norte de Pozières y la cresta.

Gough, presionado por Haig y por su propia impetuosidad, apremió al mando australiano - Legge - para que en la noche del 28 al 29 de julio, tropas de la 2a división atacasen a los alemanes en las llamadas antiguas líneas alemanas, las OGL2 (Old German Lines), paso previo para la cresta de Pozières. Fue un terrible y costoso fracaso: 3500 bajas. Una escasa preparación -Legge no era Walker-, la impaciencia en atacar y una especie de inútiles rampas que dejaban al descubierto a la infantería fueron las causas del desastre. Incluso la 7º brigada australiana tuvo que ser retirada debido a las enormes bajas. Cuentan las habladurías que el mismo Haig reprendió a Birdwood, el comandante en jefe del 1r ejército de las ANZAC. Sin embargo, en el diario de Haig apenas hubo una mención negativa hacia el comportamiento de los australianos. El mando no cedía en su empeño. Durante cuatro días las tropas de la 2a división australiana estuvieron atacando de forma desigual en dirección a la cresta. El 4 de agosto se reanudaron los combates, esta vez mejor preparados. Se decidió atacar al crepúsculo para evitar la negra noche y la falta de referencias en el ataque. El molino -o lo que quedaba de él- fue la principal. La 2a división logró capturarlo al día siguiente, así como las 2as. antiguas líneas alemana (OGL2). La cresta también cayó del lado australiano. A pesar del éxito, las bajas fueron espectaculares.

Los hombres de la 2a división fueron relevados por los de la 4a. Volvía a ser el turno de los alemanes. Bombardearon y machacaron el sector sin descanso y desde todas sus posiciones, incluso desde Thiepval. Las primeras líneas australianas formaban un peligro saliente, y sus bajas fueron enormes. Los alemanes no cesaron en contraatacar. El último intento lo llevaron a cabo al alba del 7 de agosto. Los alemanes consiguieron sortear en algunos puntos sus antiguas líneas donde ahora se refugiaban las tropas británicas pero algunas acciones puntuales consiguieron desbaratar el contraataque alemán. Los australianos resistieron en Pozières y a lo largo de toda la línea elevada de la cresta. No hubo más contraataques de importancia. Pozières significó el bautizo de sangre australiano en tierras europeas durante la Primera Guerra Mundial. No sería el último. El precio de la hazaña: cerca de 15.000 bajas. Pero Pozières no significó el primer baño de sangre, fue el inicio de una desconfianza y de resentimiento desde las filas australianas hacia las británicas. Gough, y Haig, fueron el objeto de duras acusaciones por parte de los altos mandos australianos por proseguir costosas ofensivas a un precio irrisorio en cuanto a ganancias estratégicas.

27 may 2009

Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.

Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.


Convencido de la necesidad de ilustrar mi completa ignorancia sobre el universo de la guerra aérea durante la Gran Guerra, me puse a buscar un compendio que abarcase mínimamente y de forma somera el tema. Cierto que es harto difícil encontrar un volumen donde toda esa información esté condensada, pero no por más difícil es imposible. Y comenzó la búsqueda hasta que dí con el libro que hoy reseño: The First Air War: 1914-1918 de Lee Kennett.
Debo decir que estaba vacunado de una lectura anterior, Aces high de A. Clark. Este libro, reseñado en el blog me proporcionó un acceso jocoso al mundo de los aviadores y de sus gestas durante la Gran Guerra pero también me acercó al maravilloso mundo de los gazapos agazapados. Clark comete algunos errores de los llamados de bulto.
Así pues, pensé que una buena forma de corregir los posibles errores sería dar con un libro serio y contrastado. Y así fue. El libro de Kennett es una obra seria, constratada e infalible. El autor es o era - lo desconozco - un especialista consumado en la historia de la aviación. Se nota. Deja de lado la pseudomitología romántica de caballeros y caballeretes del aire para estudiar a fondo temas poco tocados en otras obras como por ejemplo el desconocido origen de los bombardeos aéreos durante la Primera Guerra Mundial, el apasionante mundo de los observadores en globos cautivos, o los frentes aéreos de escenarios como el frente oriental u Oriente medio, entre otros. Estos temas pueden resultar de poco interés para el público ávido de aventuritas e historietas aéreas, pero lo que Kennett resalta en todo momento en su libro es que las luchas o justas aéreas entre ases de la aviación eran una pequeña parte de todo el conflicto aéreo y que éste se llevaba a cabo de muchas formas y gracias a cientos de personas anónimas que poblaban los campos de aviación y sus hangares. En este sentido, la obra no sólo es inmaculada sino que raya la excelencia.
Pero no todo son pros y parabienes. Desde un punto de vista subjetivo, el autor peca, en momentos, de excesivo academicismo. No se pierde en datos y estadísticas pero su estilo es demasiado encorsetado, rígido. Digámoslo claro, es aburrido. Es posible que el sufrido lector de esta reseña piense que no se le pueden pedir peras al olmo. Si se quieren historietas de batallitas con barones rojos y flying circus no se pueden tener tratados o estudios serios, dirán. Y en cierta manera es así, pero la historia - aunque algunas escuelas historiográficas piensen al contrario - la hacen y la escriben los grandes hombres. Aquellos que la gente suele llamar héroes. Y la Gran Guerra fue una enorme fábrica, sobretodo en el aire. Era un medio poco conocido que levantaba la admiración de los que los veían desde sus mugrientas y lodosas trincheras o los que se los imaginaban en casa al leer sus historias en los diarios. Pero hay lector !!! No busques en esta obra ases como Boelcke, Richthofen, Ball, Guynemer, Rickenbacker, Mannock, etc. Aparecen sí, pero desde su vertiente más profesional, dejando fuera la mística.
Kennett no bucea en los cientos o miles de testimonios sobre la cotidianidad o vida de estos personajes. En The First Air War sólo predomina la técnica, el mundo de la aviación deshumanizado. A Kennett sólo le interesa eso, o al menos así parece. Falta el factor humano y no es posible hablar de máquinas, a menudo ingobernables y al principio toscas y pedestres , sin la pericia y el arrojo de los hombres que las pilotaban.
Debe existir, ha de haber un libro en el que se narren las vivencias y experiencias de los ases de la Gran Guerra sin caer en el folletinismo o la prensa amarilla. Por eso continúo la búsqueda y durante la ruta encuentro obras como la de Kennett, que recomiendo para lectores aventajados y no amateurs como un servidor.
Muy recomendable.

22 may 2009

Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (I)

Batalla de Pozières, 23 de julio – 7 de agosto de 1916


La batalla de Pozières forma parte de la gran ofensiva aliada que tuvo lugar en la zona del Somme durante los meses de julio a noviembre de 1916. La ofensiva del Somme fue proyectada por el mando aliado como una operación que debía romper el frente alemán en la zona comprendida entre Thiepval-Pozières-Ginchy. En el ataque debían tomar parte unas 40 divisiones francesas y 25 británicas, pero los efectos de la batalla de Verdun redujeron a 22 divisiones la participación francesa. A pesar de que el Somme se convirtió casi exclusivamente en una operación británica, las divisiones francesas lograron notables éxitos.
En los planes del general británico Henry Rawlinson, las previsiones iniciales eran romper el frente y avanzar unos 4 kilómetros, en algunos puntos hasta la 2a línea alemana. Para ello, se programó un impresionante ataque artillero que comenzó una semana antes. En él se emplearon más de 400 piezas de artillería pesada y unas 1000 de artillería de campaña. El bombardeo finalizó poco antes de comenzar la ofensiva, el 1 de julio de 1916 a las 07.30 h de la mañana. Pero a pesar del impresionante bombardeo, las defensas alemanas quedaron en muchos puntos del frente intactas, y el factor sorpresa quedó anulado ya que un bombardeo de tanta duración e intensidad anticipaba un operación de gran envergadura con lo que el ejército alemán estaba advertido y refugiado en las preparadas trincheras y refugios de primera y segunda línea. Entre los numerosos objetivos del primer día estaba capturar la cresta y el pueblo de Pozières.
El ataque se llevó a cabo a lo largo de una línea de frente de unos 28 kilómetros y para ello, Haig decidió contar con unos 120.000 soldados del 4º ejército y con maniobras de distracción de unidades del 3º. Las previsiones fueron en extremo optimistas. El resultado fue un completo desastre. El 1r día del Somme fue un carnicería, la peor jornada en la historia del ejército británico. 60.000 bajas, de las cuales un tercio murieron. Aunque el mando británico prosiguió con su estricto plan, el estancamiento y la dispersión de los ataques provocaron que en la misma ofensiva, tuvieran lugar diferentes batallas. Y Pozières fue una de ellas.
Pozières y su famoso molino de viento ocupaban los terrenos más elevados de la cresta que iba de Thiepval a Ginchy. Al tratarse de posiciones elevadas eran la llave de la línea defensiva alemana en toda el área. La mínima, pero suficiente altitud (160 metros) les confería un excelente punto de observación sobre los movimientos británicos en todo el sector del Somme y por ello, se convirtió en una preciada presa para los mandos británicos. Formaba parte de la segunda línea defensiva alemana, aunque por su posición estaba en un punto más avanzado. La segunda línea alemana discurría desde el punto de Mouquet Farm al norte, luego pasaba justo por detrás del pueblo para girar luego al sur hacia Bazentin ridge y acabar en los pueblos de Bazentin le Petit y Longueval. Pozières se encontraba justo en el centro del sector del ataque británico, en la carretera que iba de Albert a Bapaume.
El desastroso inicio de la ofensiva 1º de julio provocó que los reiterados ataques del 4º ejército contra el sur de Pozières durante catorce días no tuvieron mucho éxito. Sin embargo, el 14 de julio, durante la batalla de Bazentin ridge - sur de Pozières - se produjeron una serie de avances. Estos éxitos aislados animaron a los mandos a proseguir con los ataques. Y le llegó el turno a Pozières.
Haig insistió y el 4º ejército lanzó cuatro infructuosos ataques, del 13 al 17. Pozières aguantó en manos alemanas, pero las bajas en ambos lados fueron terribles. La artillería británica había convertido Pozières en ruinas y cascotes, pero los alemanes resistían. Los británicos bombardearon incluso con gas fosgeno y lacrimógeno. Pero el mando británico insistía: la posición era clave. Por lo que la infantería británica intentó rodear el pueblo a través de la llamada "trinchera de Pozières", pero fue rechazada en varias ocasiones. Las tornas cambiaron el día 17.
Haig decidió que al Reserve Army, también llamado Gough's Army, se le uniese el 1º ejército australiano de las ANZAC, que aún se encontraba en el sector de Armentières. Pozières, a banda de las escaramuzas en el sector de Ovillers y Fromelles, iba a ser su bautismo de fuego en el frente occidental después de lo de Gallipoli. La 1ª división australiana atacaría al día siguiente, pero la total ausencia de preparativos obligó al comandante en jefe de la división, Harold Walker, a demorar el ataque hasta la noche del 22 al 23 de julio.
El ataque lo iniciaron la 1ª y 3ª brigadas australianas pasada la medianoche del 23.
Durante los primeros combates las aguerridas tropas australianas capturaron una parte de la trinchera de Pozières en la parte sureste del pueblo, logrando tomar también las vertientes opuestas a las afueras, al sur de Pozières. Mientras esto sucedía, tropas de las divisiones británicas 25, 34 y 48, acompañadas por un pequeña representación francesa, atacaron por el oeste del pueblo como maniobra de diversión. Ambas acciones permitieron a las fuerzas británicas desalojar a los alemanes del sector sudeste de Pozières, al norte de la antigua via romana.
Al suroeste del pueblo, los australianos conquistaron el temible búnker Gibraltar, el único punto fuerte que los terribles bombardeos no habían logrado destruir. Sobre las seis de la mañana buena parte de Pozières estaba en manos australianas. Los mandos británicos habían recibido informes de que la mayoría de tropas alemanas se habían retirado y que tan solo habían dejado francotiradores.
La historiografía militar australiana insiste en afirmar que se tomó el pueblo en una hora, pero no hay que olvidar que las tropas alemanas se retiraron a posiciones más seguras. Aún así, el mérito australiano es incuestionable. La 2ª brigada australiana, hasta ese momento en reserva, barrió las bolsas de resistencia. Las restantes tropas alemanas se retiraron al este del sector, tras las antiguas líneas alemanas. El objetivo final, la cresta estava a unos 180 metros del pueblo en dirección nordeste. Para ello se habían de sortear dos líneas atrincheradas. A pesar de estos avances, el desigual ritmo de algunas unidades australianas provocó que los contraataques alemanes las cogiesen de flanco y que las bajas fueran numerosas. La batalla por la cresta de Pozières ridge acababa de comenzar y ahora era el turno de los alemanes.

Continua en: Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (II)

11 may 2009

Caudron R.11



Diseñado por René Caudron, Paul Delville acabó desarrollando el R.11 a partir de su primo, el bombardero R.4. L’Aviation militaire necesitaba un avión más ligero y pequeño para sustituir al vetusto R.4. Concebido originariamente como un avión de reconocimiento, el Caudron R.11 se convirtió en uno de los mejores biplanos de escolta de bombarderos de la Primera Guerra Mundial a pesar de su tardía aparición, febrero de 1918. Los diseños del R. 11 quedaron listos en marzo de 1917, pero problemas con los motores Hispano-suiza retardaron los primeros modelos hasta 1918. En algunas obras o estudios se le considera, incluso, como un caza de gran autonomía. Las diferencias con el R.4 eran un morro más pronunciado y unas dimensiones más importantes, así como un diseño más futurista. De entre las novedosas incorporaciones, el nuevo R.11 contaba con un doble control de vuelo lo que significaba que si el piloto moría o era incapaz de pilotar, el observador podía llevar el avión. Las primeras unidades del R.11 contaban con dos potentes motores Hispano-Suiza, con refrigeración hidráulica, 8 cilindros y 220 caballos de potencia cada uno. Las últimas versiones fueron equipadas con motores más potentes de 235 Hp. Éstos le daban al R.11 puntas de velocidad de hasta 185 km/h y estaban situados de forma totalmente aerodinámica en una barquilla en el ala inferior. Diseño innovador que luego se haría común en la fabricación de aviones durante la época de entreguerras. El fuselaje presentaba un novedoso diseño basado en la estructura estriada de los zepelines. Construido inicialmente para cinco tripulantes, su evolución y posterior transformación en escolta de bombardero lo habilitaron sólo para tres ocupantes. Los tres estaban situados en fila a lo largo del fuselaje, el observador y ametrallador iba situado en el morro, el piloto inmediatamente después y en último lugar otro bombardero/observador.

 

Con el fin de albergar más tripulantes, el fuselaje se alargó unos 11 metros de largo con el propósito de añadir una estabilidad extra a la aeronave. El tren de aterrizaje consistía en grandes juegos de ruedas fijas. El avión iba armado con cinco ametralladoras Lewis emplazadas en estructuras móviles, dos en el morro, dos en la mitad del fuselaje para disparar hacia abajo, y una más atrasada para disparar hacia atrás. Precisamente esta movilidad de tiro hizo del R.11 el terror de los cazas alemanes. El R.11 tenía una autonomía de vuelo de unas 3 horas y podía llegar a una altitud máxima de unos 6.000 metros. Aunque su aparición fue tardía, al final de la Gran Guerra, seis escuadrillas (R.46, 239, 240, 241, 242 y 246) de la Aviation militaire francesa contaban con R. 11. De 1000 unidades aprovadas, sólo se acabaron construyendo 370. Su éxito hizo que las autoridades militares británicas y norteamericanas pidieran unidades a l’Aviation militaire para su evaluación de cara a una compra masiva. Entre las gestas más heroicas del R.11 se cuentan las escoltas a los Breguet 14 durante sus salidas para bombardear zonas industriales del Ruhr. El R.11 fue declarado obsoleto en 1922.

Fuentes:
. International warbirds: an illustrated guide to world military aircraft.
. Lamberton, W. Reconnaissance & bomber aircraft of the 1914-1918 war.

2 may 2009

Tres ó (cuatro) formas de pinchar un globo


La misión de los globos cautivos durante la Primera Guerra Mundial fue básica y exclusivamente la de observación. Éstos se encontraban situados a unas dos o tres millas de la línea de frente lo que les permitía tener una visión global del frente amén de protegerse de los ataques terrestres de los ejércitos enemigos. Sin embargo, ya desde los inicios del conflicto los responsables de los principales servicios de observación se percataron de que estos artefactos y sus sufridas tripulaciones no estaban a salvo de los aviones, en primer lugar de los dedicados a la observación y un poco más adelante de los aviones de caza y combate. De esta forma y aunque una de las principales misiones de las flotillas o escuadrillas aéreas era la de observar el enemigo (movimientos, columnas, depósitos de municiones, etc...) desde su privilegiada posición, enseguida los responsables de los respectivos cuerpos o unidades aéreas entrevieron la posibilidad de cegar a los ejércitos enemigos derribando sus ojos o globos cautivos. La vida del observador ya era de por si complicada en las alturas (bajas temperaturas, accidentes naturales, etc.) a partir de un momento se le añadió la de ser cazados en pleno vuelo. En su defensa apenas contaban con alguna arma de fuego y bengalas. Contra un avión no tenían nada que hacer. Pero aún así, la caza de los globos o balones cautivos en determinados momentos revistió tintos más cómicos que dramáticos, más para el aviador que para el observador, claro. Max Erhardt, observador alemán en ambos frentes, el occidental y el oriental, informó que de 315 globos cautivos derribados durante todo el año 1918 sólo 35 lo fueron por fuego de artillería. El resto fuero pasto de los aviones.
De las metodologías utilizadas para derribar globos, la predominante era mediante el fuego de las ametralladoras de los propios aviones. Pero de forma esporádica y más a causa de accidentes o imprevistos, surgieron otras modalidades menos canónicas aunque igualmente efectivas. Entre estas historias surge con fuerza la del as belga Willi Coppens, renombrado especialista en derribar globos cautivos. En una de sus cacerías, Coppens listo para rematar un globo se vió privado del fuego de las ametralladoras al quedársele encasquilladas. Ni corto ni perezo, Coppens se acercó del tal modo al globo que una de las alas de su avión lo rajó de extremo a extremo, incendiándose al momento, y anotándose claro otra nuevo victoria. Coppens sumó en total 37 derribos antes de que una bala incendiaria lo licenciará en octubre de 1918. Otro piloto, el italiano Gianinno Ancilotto, sin tanta precisión quirúrgica y con menos contemplaciones, el 3 de diciembre de 1917 derribó un globo atravesándolo con su avión !!! Cuentan quiénes fueron testigos que Ancillotto aterrizó luego en su base y todavía llevaba restos del globo en su fuselaje. Aparte de estas iniciativas pioneras, las autoridades militares francesas planificaron la destrucción de globos cautivos alemanes mediante el uso de pequeños cohetes lanzados desde los aviones. Así se revela que durante el 22 de mayo de 1916 en el sector de Verdun se derribaron 5 drachens (globos) alemanes mediante esta revolucionaria estrategia. Anécdotas aparte resulta claro que la vida de los observadores en globos cautivos era más bien efímera si a los números nos remitimos y que su fin podía en determinados momentos depender de tácticas muy poco ortodoxas pero sí efectivas.

Fuentes:
Kennett, Lee. The First air war.

27 abr 2009

Jacques Tardi y la Gran Guerra

Gracias a las preciosas informaciones proporcionadas por un lector de este blog, conseguí dar con dos còmics que tienen a la Gran Guerra como tema. Su autor, Jacques Tardi, es un reputado dibujante francés. La primera de las obras es La Guerra de las trincheras, 1914-1918 y la otra El Soldado Varlot. En este post me centraré en el primero, no por su mejor calidad sino por razones de contenido. Ya en el prólogo, Jacques Tardi centra la obra no tanto en la guerra sino en el hombre. Ser, ente trágicamente envuelto en una vorágine de acontecimientos que lo superan y lo empujan al abismo creado por otros, los que ven la guerra desde los palais o los bureaus. La advertencia de Tardi es premonitoria. La obra se divide en pequeñas historias que conducen al lector a diferentes mundos dentro del mismo universo, el de la trinchera y lo que ello supone. Tardi, de forma humanista, hace un recorrido por situaciones narradas en novelas y películas. Dice beber, a parte de las vivencias de su abuelo - representadas en algunas escenas-, de Chevallier y su Miedo y el Viaje al fin de la noche de Céline. En determinados momentos se ven guiños a ambas obras, e incluso al film Senderos de gloria. Precisamente sobre ésa, en un capítulo se muestra el castigo al que somete un general de brigada a una compañía que se ha retirado a sus líneas después de haber perdido la mitad de sus efectivos. A aquellos que recuerden la película, les vendrán a la mente las secuencias en que George MacReady (General Mireaux) decide bombardear sus propias trincheras ante lo que él llama cobardía flagrante. Disuadido por los propios artilleros, Mireaux decidirá escarmentar a la tropa con la elección al azar de tres soldados, que padecerán un mascarada llamada consejo de guerra y que acabarán ejecutados de forma patética. Pues bien, no en su totalidad, pero la historia de Cobb y Kubrick hace acto de presencia e impregna el cómic de cretinismo militar. En otras de las historias, se recorren los primeros instantes de la movilización en un París efervescente de patriotismo y estupidez... La escena de El Miedo de Chevallier que transcurre en una terraza parisina está narrada de forma casi calcada, alcanzando a través de las viñetas una dimensión especial y aún más creíble. Quizás para los ortodoxos estudiosos de la Gran Guerra, este pequeña gran obra es divertimento sin importancia. Puede ser. No seré yo quién lo niegue o lo afirme. Pero sí desearía destacar el enorme peso que supone -aún- en el imaginario galo la influencia de la Gran Guerra. Personalmente, agradezco todo tipo de aproximación a este pequeño universo que supone la Primera Guerra Mundial. El dibujo de Tardi no me entusiasma en demasía, seré sincero. Lo afirmo desde aquella dulce ignorancia en la que vivimos los que apenas salimos de los renglones de las cajas impresas. Desde aquí, pido perdón a los que son más sabios que yo sobre esos mundos. El dibujo de Tardi, sí tiene algo que me frapa. Sus visages, los rostros de los muertos o agónicos, la representación del hastío en las caras de todos los soldados. Así como en Matania las expresiones faciales y corporales de sus personajes los elevaban por encima del dolor llegando a cotas casi místicas y divinas, los rostros de Tardi son de completo abatimiento, como el de los carneros que son llevados al matadero. A pesar de nímios errores de contemporaneización histórica, la labor de recreación histórica es impresionante. Algunas viñetas recuerdan casi al milimetro dibujos o escenas coetáneas de la guerra dibujadas por Scott o Flameng para la Illustration. No me gustaría acabar este breve apunte sobre la obra de Tardi, sin volver a agradecer la aportación que hizo un lector de este blog sobre el mundo del cómic y la Gran Guerra. Para él, muchas gracias.
Una reseña sobre el La guerra de las trincheras http://www.paperback.es/2008edicion/05paper/extra/tardi/tardi.htm

16 abr 2009

El Miedo (La Peur), G. Chevallier


Lo confieso: la etiqueta de obra maestra ninguneada sobre la Gran Guerra me empujó a comprarla. En la faja del libro rezaba su excepcionalidad como gran testimonio sepultado. Al lado de los Barbusses, Dorgelés y cia., la obra de Chevallier había sido olvidada. Después intuí porqué. Lo comencé a leer con ansia. Las páginas volaban y las máximas surgían. La fragilidad de la vida se mezclaba con la estéril lucha por escapar al ignoto destino. La historia comenzó un caluroso día de agosto. El protagonista se vió envuelto en la vorágine de la movilización. - La guerra, la guerra !!! gritabann las masas acaloradas. Chevallier afina con la ambientación de un París que me recuerda demasiado al de los primeros pasajes de Le Voyage au bout de la nuit de Celine. El personaje es arrastrado por la estúpida e insconsciente alegría de las masas sedientas de sangre. Primera de las muchas andanadas contra una sociedad francesa ciega de ignorancia ante el conflicto. Esta extrema beligerancia contra la sociedad del momento, le costaron al autor muchas críticas. Tanto que en 1939 autor y editor, de mútuo acuerdo, decidieron dejar la obra en las prensas. Los vientos de guerra soplaban y de qué manera. Se editó por primera vez en 1930, y a pesar de las críticas, la obra se vendía bien.
Vuelta al agosto de 1914. Tallado, pesado y uniformado, el protagonista es enviado al infierno de la instrucción. La instrucción lo sumerge en la triste y estúpida realidad del mundo militar, como él lo describió. Segundo blanco de sus críticas, éstas las más feroces. En pocas páginas, el autor realiza un variopinto collage de personajes y situaciones que sitúan al lector ante un espectáculo cuanto menos dantesco y ridículo. La descripción es excelente tanto en la forma como en el fondo. La realidad de l'Armée es ensombrecedora y taciturna. El autor sitúa esta sacra institución francesa en una posición difícilmente defendible. Largas e inútiles marchas, mala alimentación y un largo etcétera de vicisitudes jalonan los primeros pasos del protagonista en la guerra. Después de un fallido intento por optar a un ascenso a caporal, Jean - así se llama el altergo de Chevallier - se sumerge irremediablemente en el universo poilu. Su corta, aunque prometedora formación - tiene diecinueve años - le permiten optar a otros puestos dentro del magma militar. El primero de los que desempeñará es el de granadero, a pesar de confesar a su mando de que no sabe como funciona semejante chisme es puesto en primera línea de combate. Ahí vivirá su primero miedo. Un miedo aterrador, sobretodo al cómo morir, cómo quedará su cuerpo: será troceado por la metralla? qué miembro perderá primero? quedará en una postura ridícula?? Estos y otras cuestiones macábras atormentan al soldado. Con una fina ironía, nos relata su primer salto de trinchera. Kafkiano. El primer ataque marcará su porvenir en la guerra. Y hasta puedo leer...

Chevallier describe con una grave y fina ironía su experiencia: momentos especialmente crudos se alternan con pasajes literalmente hilarantes, en los que el lector ríe a carcajada limpia. Predominan, sin embargo, los episodios especialmente crueles. La pluma del autor es un bisturí que hurga en las entrañas de la guerra buscando NADA. Sólo encuentra la personificación del miedo en los miles y millones de combatientes que murieron y padecieron en ese horror que fue la Primera Guerra Mundial. Chevallier no cae en la misantropía extrema de Barbusse. Dedica breves y duras puyas al stablishment y a la estupidez generalizada, pero rescata al hombre sencillo. A ese hombre que los de arriba han situado como una marioneta en un teatro de muerte.

Merece y mucho.

Archivo del blog