23 feb 2008

Héroes anónimos (III): Brancardiers, stretcher-bearers o camilleros




Lo más duro, lo peor de todo era ser camillero. Se trataba de militares encargados de la recuperación y transporte de los heridos, que permanecían en el campo de batalla, a las trincheras y a los puestos de socorro. Al principio de la contienda, los encargados de estas tareas eran los músicos del regimiento. Más tarde, debido a la bajas, se usó a las tropas de reserva, y de entre éstas los más viejos o desahuciados, al menos en l’Armée.
A las tropas en avance no se les permitía parar y auxiliar a los heridos. Todos los heridos eran transportados a un puesto de socorro, en la trinchera, o en algun punto situado dentro del sector si se producía un ataque o avance. Algunos de los heridos podían dirigirse por su propio pie, pero la mayoría tenían que esperar a que les llevasen los camilleros, y si se tiene en cuenta que en cada compañía solían haber cuatro camilleros las esperas podían eternas y terribles para el herido lo que le empujaba a deslizarse a los cráteres producidos por los obuses, pero a menudo estos estaban inundados de lodo y agua lo que provocó que muchos heridos muriesen ahogados. La desesperación en la espera era tan terrible que se cuentan historias de heridos que llegaron a sus líneas después de haber estado reptando por el fango y el lodo durante días. Otros no tenían tanta suerte y tenían que esperar hasta más de diez días para ser localizados y transportados a un puesto de socorro. Al reducido número de camilleros había que añadir el estado del terreno, y sobretodo el medio de transporte del herido. En el caso francés, las carretas de dos ruedas que eran el principal medio de transporte para los heridos en otros sectores franceses resultaron totalmente inútiles en el sector de Verdún y también en Passchendaele. Las montañas de escombros, los miles de cráteres y el barro entre otras razones así lo mostraron. A la difícil orografía del terreno y la continua mortandad entre los mismos, los camilleros se vieron privados de la ayuda de los perros que olisqueaban a los heridos, y es que estos valientes animales se asustaban terriblemente de las detonaciones de los obuses y huían despavoridos. En condiciones óptimas dos hombres podían transportar a un herido en una camilla, pero en condiciones metereólogicas adversas (lluvia, nieve y otros elementos) se necesitaban cuatro hombres para levantar una camilla y el herido. Los camilleros, aparte de caminar por un terreno fangoso y resbaladizo, tenían que evitar cualquier golpe o obstáculo que agravase el estado del herido. El dolor producido por algunas heridas era tan terrible que, a menudo, los heridos morían de shock. Una de las razones por la que los camilleros, o musiciens-brancadiers como se les llamaba en l’Armée, causaban tantas bajas era porque no podían tirarse al suelo cada vez que oían una detonación o intuían el sonido de un obús caer cerca, como sí hacían los enlaces o los cuistots-hommes-soupe. Su tarea era enormemente peligrosa sobretodo por la progresiva desaparición de las treguas destinadas a permitir recuperar los heridos. Sus jornadas eran durísimas, el gran número de bajas los llevaba a los límites de la resistencia humana. Y a pesar de sus sobrehumanos esfuerzos, eran muchos los heridos que perecían en el campo de batalla, al haber sido imposible evacuarles. Por esta razón, los poilus franceses sabían que una mala herida los condenaría a una muerte segura. Ello no es excusa para honrar y rendir un solemne tributo a aquellos que dieron todo su valor y esfuerzo, muchos su vida, en un acto de autosacrificio por sus compañeros.

Testimonios:
a) Sargento Robert McKay, camillero de la 109a unidad de ambulancias.
"6 de agosto. Hoy ha sido horrible, me obligaron a llevar algunos heridos al cementerio y a permanecer allí viendo como morían sin recibir ningún tipo de auxilio médico. Lo peor es que muy a menudo no les podemos ofrecer ni agua.
7 de agosto. Transporte de heridos arriba y abajo durante todo el día. Condiciones deplorables, todo es un cenagal. Son necesarios seis hombres para una camilla. El barro en algunos puntos nos lleva a la cintura.
14 de agosto. Mientras una partida de camilleros transportaba a un herido, un avión se lanza en picado y los bombardea deliberadamente. El enemigo bombardea a los camilleros constantemente.
16 de agosto. En un ataque, la infantería capturó dos casamatas de hormigón y un par de trincheras pero a un coste terrible. Es un crimen ordenar el ataque contra ese tipo de fortificaciones en este terreno fangoso. Muchos de los heridos caídos, o bien quedaban cubiertos de barro hasta el ahogo o acababan deslizándose en los cráteres repletos de agua a punto de ahogarse antes de que los rescatasen. No hemos parado de trabajo desde el día 13. Los camilleros están completamente deshechos.
19 de agosto. No he podido dormir desde que llegué el día 13. Sólo la 109º de ambulancias ha recogido unas treinta bajas entre muertos, heridos y gaseados de un total de cien que fueron al ataque... 3a batalla de Ypres (Passchendaele), 1917




b) Harold Chaplin, camillero, escribió una carta a su madre el mayo de 1915. 
"[...] Fuimos necesarios seis para llevar a un hombre. No puedes hacerte la idea del cansancio físico que supone transportar un peso muerto durante unos cientos de metros a través de los campos cenagosos [...] "

c) Anthony Eden, de patrulla por la noche, descubrió un herido en la Tierra de nadie

"Estábamos a unos cuarenta metros de nuestras trincheras, cuando oímos lo que parecía un lamento a mi mano izquierda. Señalé a los demás el lugar y fuimos a investigar. Allí encontré a Harrop en el borde de un cráter poco profundo. Estaba desangrándose de una mala herida de bala en el muslo. Dos fusileros trataron de ayudarlo. Harrop, aún muy débil al haber perdido mucha sangre, estaba tranquilo y con ánimo. Al ponerle un torniquete insistía, "Más prieto, más prieto, que sino me desangraré". Si quería tener algun posibilidad de salvarse, teníamos que volver prestos a nuestras líneas. Pero la cuestión era cómo. Los disparos eran más bien esporádicos, pero al agacharme al lado de Harrop comprendí que debíamos contar con una camilla si queríamos sacarlo de ahí antes del amanecer. Lo comenté, y uno de los jóvenes fusileros que estaban con Harrop se ofreció voluntario para traerla. Pocos minutos después estaba de vuelta con una camilla y un compañero. Se nos unieron sin ser vistos por el enemigo. Luego vino lo difícil. Sólo teníamos unas decenas de metros, pero aún así y agachados era imposible llevar a Harrop. Teníamos que levantarlo, nos arriesgamos y así lo hicimos. No sé sí esa noche el enemigo nos vió y nos perdonó o si fue la ténue y parpadeante luz la que nos salvó".

d) Oliver Lyttelton, carta al hogar (21 de junio de 1915) "Todo era un mar de barro y fango, pero una imagen permanece incoherente en la memoria: nosotros, los camilleros, caminábamos hundidos en el barro, cayendo en los cráteres, perdiendo la ruta, empapados y cansados nos sentíamos absolutamente impotentes. Pero hicimos el trabajo. Todos los heridos, incluidos algunos de los Scots Guards caídos hacía dos días, fueron transportados y la mayoría de muertos, enterrados. Algunos - creo que tres - murieron antes de que pudiésemos llevarlos a algún puesto de socorro. Son necesarios cuatro hombres y cuatro horas para llevar a un herido al puesto de socorro. Parece increíble, pero es imposible hacerse una idea de la dificultad que conlleva el transporte, incluso libre de estorbos y de peso propio. Una milla por hora es una buena media ..."




e) Cuando en septiembre de 1914 Lord Kitchener, ministro de la guerra inglés, expulsó a los periodistas del frente occidental,  Hamilton Fyfe, que trabajaba para el Daily Mail,  se incorporó a la Cruz roja como camillero. 


"Debido a la expulsión de los corresponsales, decidí incorporarme a la Cruz roja francesa en calidad de camillero, y aunque era un trabajo duro tuve la suerte de poder pasar muy buenas historias a mi libreta de notas. No tenía ningún tipo de experiencia en ambulancias o en tareas sanitarias, pero aún así me acostumbré rápidamente a la sangre y los muñones. Sólo una vez me quedé estupefacto. Estábamos en el aula de un colegio que se había convertido en una sala de operaciones. Era una tarde muy calurosa y habíamos llevado muchos heridos que habían permanecido al aire libre, con sus heridas cubiertas de piojos. Teníamos que ayudar a nuestros dos cirujanos. De repente, sentí el aire asfixiante, y me vi obligado a salir para poder respirar. Salí y caminé por el pasillo. Luego me encontré en el suelo del pasillo con un gran golpe en la cabeza. Me había desmayado, a pesar de ello, fui al lavabo a vomitar y en poco minutos estaba de vuelta a la sala de operaciones improvisada. No me volvió a pasar nada parecido. Lo que realmente más me impresionó, a nivel mental, fueron las imágenes de la bestialidad, la futilidad y lo insano de la guerra y sobretodo del sistema que lo producía, ... todo ello era lo que alimentaba mi cuaderno. La primera carreta rebosante de muertos que vi transportaba piernas prácticamente separadas de sus cuerpos, cabezas medio colgando de los hombros, ... todos serían enterrados en una fosa y cubiertos con el barro y el fango que ahora impregnaba sus uniformes y cuerpos. Con esta visión, me pregunté que hacían todos estos hombres antes de ser llamados a filas y ser aleccionados sobre la muerte, sobre como matar, mutilar y destruir a aquellos con los que no tenían ninguna discrepancia previa. Todos ellos habían dejado alguien atrás, alguien que permanecería afligido y mendigo de sus presencias. Y todo ello, para qué, para nada".

18 feb 2008

Héroes anónimos (II): Cuistots, hommes-soupe, ravitailleurs


El cuistot o homme-soupe
Con semejante o incluso más valor y coraje que el enlace está la figura del cuistot, ravitailleur o homme-soupe. En francés recibía diversos nombres dependiendo del contexto y de la familiaridad existente. Los cuistots o hommes-soupe eran aquellos soldados encargados de distribuir y transportar la comida y la bebida a sus compañeros en el frente.
Muchos testimonios coinciden en señalar que en la Gran Guerra "comer era la gran obsesión del soldado". Esta constatación, en el frente de Verdun, tiene una dimensión particularmente dramática y excepcional teniendo en cuenta la dificultad para el abastecimiento a través de la caótica y dantesca situación del campo de batalla. Para las unidades de reserva, las comidas eran regulares.
La nutrición, abundante, aunque poco variada, estaba compuesta por un aporte calórico suficiente para las tareas físicas propias del soldado (excavación y mantenimiento de trincheras y abrigos, largas marchas en el frió, en la lluvia, ...). La ración normal la componían 700 gramos de pan, 300-500 gramos de carne o vianda hervida, acompañada de arroz o de macarrones. Este régimen copioso, aunque monótono, no satisfacía para nada a los soldados que reclamaban legumbres frescas y patatas. El régimen alimenticio de los soldados se complementaba con los envíos de comida de los familiares. En el frente, la realidad era muy distinta. Cada soldado llevaba en la mochila los víveres reglamentarios para tres días. No se podía disponer de ellos sin previa orden. Cada una de les unidades de combate era abastecida por una cocina ambulante que la seguía allá donde fuese. La cuisine roulante, así se la llamaba en l'Armée, se situaba en algún barranco o cañada a cubierto de la artillería enemiga, no muy lejos de la línea de fuego. Dependiendo de las unidades y frentes, a menudo la cuisine roulante se acercaba al frente para que así los que transportaban la comida no tuviesen que hacer largas caminatas, en otras zonas más delicadas como fue el caso de Verdún el transporte de los víveres era una hazaña épica. Las misiones nocturnas en noches cerradas o de plena oscuridad eran actos admirables e increíbles. En el sector de Verdun, en plena noche, el transporte a motor no se acercaba al cruce de caminos llamado “Le Tourniquet”, ya que estaba muy próximo al final de la Voie sacrée y existía el fundado temor de ser localizado y bombardeado. Así como el transporte mecánico, el uso de tracción animal tampoco fue posible ya que las matanzas de caballos eran la tónica habitual ya que éstos eran incapaces de ponerse a cubierto de los obuses. De esta forma, la única manera más o menos segura de hacer llegar los víveres y provisiones a los compañeros del frente desde la retaguardia era mediante el uso de otros soldados.
Los cuistots eran tres o cuatro hombres seleccionados de una compañía. La selección se hacía entre los soldados más viejos (pépères) y los pobres diablos que en una compañía siempre abundaban. Sin apenas formación ni oficio, los cuistots o cocineros elaboraban la comida con rapidez ya que los hommes-soupe venían a buscar la que sería la única comida caliente del día para llevarla hasta las primeras líneas. Cargados con bidones de agua, de pinard o de gnôle – un fuerte aguardiente elaborado a partir de la uva – y de ristras de hogazas de pan, estos soldados, a menudo voluntarios, llevaban estos pesados recipientes rellenos de sopa o ternera varios kilómetros de distancia.
Una de las imágenes más conmovedoras aparecidas en la publicación L’Illustration durante la IGM fue la que mostraba a uno de esos desgraciados cuistots, moribundo, avanzando a rastras por el fango en el sector de Verdun avituallado de botellas de vino - pinnard - atadas a su cintura para llevarlas a sus compañeros. La imagen es la personificación del continuo sacrificio al que eran expuestos estos hombres de existencia más que miserable en el contexto de la guerra, y más concretamente en el frente de Verdun en 1916.Cada uno de los cuistots llevaba o iba pertrechado de una docena de pesadas botellas y una ristra de rebanadas de pan atadas como si fuesen una bandolera. Aquellos que aceptaban este tipo de misiones por espíritu de camaradería o por obligación, no ignoraban ni el riesgo ni el peligro que suponía transportar la comida y la bebida bajo las balas y los obuses enemigos. Cuando llegaban a su destino - las trincheras del frente- donde estaba su sección, sus compañeros los maldecían por el hambre y la sed provocadas por el retraso. Este enfado de los poilus sedientos y hambrientos se acentuaba cuando encontraban que alguna de las botellas se había roto, derramando el precioso pinnard o algunas de las rebanadas de pan estaba sucia por el barro.Por otra parte, la comida siempre estaba fría y en estas condiciones, un poco de café tibio era todo un lujo. Algunas veces, tal y como los muestran las fotografías y las ilustraciones de los artistas, las hogazas de pan iban ensardas en un palo o bastón, con el fin de que si el transporte caía al suelo, el pan podía mantener en alto y no mancharse de barro o mojarse. Estos héroes anónimos solían hacer cada noche una exhausta y fatigante ronda de unos diez kilómetros o más a través del lodo y el fango, subiendo y bajando cráteres, esquivando centinelas, escondiéndose de las bengalas delatoras, etc. Muchos, muchísimos cuistots o hommes-soupe no llegaron jamás. El enemigo, conocedor de los itinerarios y rutas de estos desgraciados disparaba cada o tres minutos un obus por las rutas más utilizadas por estos hombres, llevándose muy a menudo la vida de alguno de ellos por delante. Algunas veces, las cuisines roulantes fueron destruidas por la artillería enemiga al ser detectadas por el humo que delataba su posición.


Cuando esto pasaba, las tropas de línea debían buscar y registrar en sus mochilas para encontrar alguna lata o algunas galletas. Cruzar las zonas más peligrosas era como realizar el último cruce. Para animarse, se decían que cuarenta cuistots habían cruzado sin problema ese paso, esperaban unos minutos al próximo obus y rezaban que el número 41, que era uno de ellos, continuase la racha. En las líneas de vanguardia, cuando los soldados estaban hambrientos y aislados después de varios días en algún cráter o abrigo esperaban a la noche para salir y registrar los cadáveres en busca de algún resto de comida o alguna cantimplora medio llena. A pesar del terrible sacrificio y enorme coraje de los hommes-soupe, el hambre y la sed era muy habituales en el sector de Verdun, convirtiéndose en una penalidad más. Uno de los testimonios, en el sector de Verdun, cuenta que el subteniente Campana envió una noche un grupo de ocho hombres a buscar provisiones. Volvieron sólo cinco, y sin alimentos. La noche siguiente envió a ocho soldados más, no volvió ninguno. La noche siguiente, el hambre empujó a un centenar de hombres a buscar provisiones. Fueron prácticamente masacrados por el fuego enemigo. Después de tres días sin comida ni bebida, los hombres de Campana se dedicaron a buscar restos de comida en los bolsillos o pertenencias de los cadáveres de compañeros o enemigos que se estaban pudriendo alrededor suyo. Este tipo de historias y testimonios son más la norma que la excepción.El duro y helado invierno 1915-1916 dio paso a un tórrido verano, y la sed hizo estragos. Un testimonio cuenta esta escalofriante historia: “Una mañana vi a un hombre beber desesperadamente el agua negruzca y grumosa de un cráter donde yacía el cadáver de un hombre en avanzado estado de descomposición. El sediento hizo caso omiso de la escena, hubiese estado bebiendo agua de allí durante una semana”.

Historias, relatos y testimonios sobre el cuistot o homme-soupe:

"Los hommes-soupes pierden toda una noche para ir a buscar vianda, pan, pinnard, chocolate, conservas,… Vuelven exhaustos, haciendo la mayoría de veces, los últimos cien metros bajo el fuego asesino de las ametralladoras alemanas. Juran y perjuran que prefieren morir de hambre antes que volver a buscar víveres a retaguardia, y a la noche vuelven a hacer su viaje a través de los campos…"
Historique du 18ème bataillon de chasseurs à pied, par Jacques Péricard, Verdun, 1933

"Un hecho que me impresiona sobremanera es el coraje de los cocineros, los cuistots como les llamamos. Es de justicia dar a conocer debidamente el coraje de estos hombres, la grandeza de su trabajo y de su esfuerzo. Los he visto soplar durante horas para avivar un fuego en lugares húmedos y mojados, intentar quemar ramas verdes quemándose prácticamente los ojos. Se acostaban más tarde que nosotros y se levantaban más pronto, pasaban muchas noches en vela mientras nosotros dormíamos."
Georges Leroux, lettre du front, décembre 1915.




"El cañon ruge con rabia, y nosotros aquí... Se apremia a los cuistots, ellos odian las lineas. Los sargentos mayores, que acompañan a las cocinas no son muy valientes. Los obuses estallan por todas partes... Nos apresamos, empujamos, vociferamos en medio de este estrépito de metralla. Luego, de repente, un silbido aún más próximo, cada uno se tira al suelo como puede, las bombas siguen cayendo. Ya ha pasado, el espectáculo ha sido impresionante. Los gritos, los heridos ... Hay dos hombres tirados en el suelo, uno agoniza entre estertores y el otro yace con una pierna arrancada de cuajo y desangrándose. De repente, un estallido terrible, un impacto directo en la cuisine roulante. Los caballos han muerto reventados, los hombres esparcidos por el suelo gritan, otros gimen, otros se salvan... Los cañones cada día azuzan más, nosotros estamos ahí, es nuestro deber. Estos aprovisionamientos son las faenas más duras ... Los hombres mueren, perecen en la noche para llevar la sopa a los camaradas ... Y cuando llegamos nos preguntan: - Qué cabroncete, nos toca ternera? Y yo le respondo: - No hables tanto de filetes que toca sopa ..."
Henri Desagneaux, Journal de guerre, 1971


Noche del 24 al 25 de febrero de 1916, en una pista hacia la Cresta de la Pimienta (Côte du poivre)

"De repente, surge delante de nosotros una cuisine roulante conducida por un tirador que se dirige hacia Louvemont, el pueblo que acabamos de dejar atrás. Lleva la sopa a los fusileros que están el pueblo. Al ver la cocina toda humeante y repleta de víveres, nuestros poilus, hambrientos después de no haber probado bocado durante cuatro o cinco días, se quedan paralizados. De repente, en un santiamén se despojan de sus mochilas y armas, y toman por asalto la cocina, reducen al cuistot y su ayudante y abren la marmita aún humeante. Las fiambreras y escudillas pasan y se van llenando sin cesar. Con el café sucede lo mismo. Los sacos que contienen el pan y las conservas son lanzados debajo del automóvil y al momento se vacían. Los oficiales prueban de intervenir, pero su autoridad es nula".

Joseph Colson, teniente, extraido de Années Cruelles 1914.1918, R. Cazals, Claude Marquié, René Piniès. Atelier du Gué, collection Terre d’Aude.

"El aprovisionamiento sólo se podía por la noche, a medianoche. Por esta razón, teníamos dos comidas y el café a la vez. Havia una distancia aproximada de dos kilómetros a las cocinas ... Intentábamos ir por rutas que no tuviesen cráteres y hoyos, y a menudo eramos bombardeados por la artillería durante la ruta, eso hacía que de vuelta nos encontrasemos el camino absolutamente deshecho. Algunas veces, la lluvia hacía acto de presencia durante las marchas. Temíamos sobretodo las lluvias torrenciales ya que dejaban el terreno resbaladizo ... Nos repartíamos las cargas: los unos cargaban los bidones de vino, agua y café, los otros de las hogazas de pan atadas a un alambre que llevaban en forma de bandolera, y algunos más transportaban las marmitas con la vianda y las legumbres. Si eramos bombardeos durante el trayecto, nuestra principal preocupación era no perder ninguna provisión por el camino. A pesar de eso, si nos veiamos obligados a lanzarnos al suelo, algunas de las botellas que transportábamos se rompían, pero en el caso de algunos pedazos de vianda, los recogíamos y los limpiábamos..."

Testimonio de André le Guillec, 152º RI. Extraído de la obra, Combattre à Verdun de Gérard Canini, avec l’aimable autorisation des Presses Universitaires de Nancy.


Henri Tourbier, soldado del 71º RI, recuerda la confusión que reinaba, a menudo, con la llegada de las provisiones.
Finales de febrero de 1916

"El aprovisionamiento se hacía con grandes dificultades. Las carros, que arrastraban las cuisines roulantes, descargaban con rapidez la comida en el suelo, en el cruce del bosque de Hesse, cerca de Avocourt - llamado Pata de oca -. Este cruce estaba señalado por la artillería enemiga como objetivo prioritario. Los hombres encargados de descargar cazaban a otros tantos para que los ayudasen. Algunos días sólo había pan, y algunas veces venían sin nada. Teníamos que buscar en el fondo de nuestras mochilas y zurrones para buscar algún trozo o alguna miga de pan".

Testimonio de Jean Casterian, soldado del 95º RI.
Finales de febrero de 1916

"Los víveres nos llegan con dificultad. He visto descuartizar un caballo herido por el estallido de un obus. Los cuartos del animal pendían de un árbol y los soldados cortaban trozos de carne con sus cuchillos. Luego cocían la carne como podían con lámparas de alcohol u otros artefactos y la comían medio cruda".
Extraído de Verdun, 1916 de Jacques Péricard, Librairie de France, 1933.

Fuentes:
- Meyer, Jacques. La Vie quotidienne des soldats pendant la Grande Guerre. Paris : Hachette, cop. 1966
-http://www.crid1418.org/index.html
-http://www.bataille-de-verdun.fr/

16 feb 2008

Fernand Marche: el corredor de Verdun

Fernand Marche nacido en 1888 en Aix à Bully hizo el servicio militar en el 33º regimiento de infantería en Arras. Movilizado el 4 de agosto de 1914, fue destacado al 103º regimiento acantonado en Mayenne. El 103º pertenecía a la 8ª división. La 8ª división participó en la batalla de las Ardenas, Virtot, la batalla d'Ourcq, la 1ª batalla del Aisne, la 1ª de la Picardie y la 1ª y 2º de la Champagne
En 1916, la 8ª división estaba en el sector de Verdun, frente al Bois d'Haudromont y en la cota de Froideterre. El regimiento participa del 13 al 31 de julio en la contraofensiva destinada a capturar la cresta de Souville y reconquistar Fleury. El 1 de agosto, los alemanes retoman otra vez Souville. Ese día murió Marche, lo que sigue es la narración del coronel Lebaud, jefe al mando del 130º regimiento de infantería.

“Fernand Marche pertenecía al 130º regimiento de infantería (regimiento de Mayenne) que tuve el honor de dirigir en la batalla de Verdun. El regimiento estava en línea, enfrente, a unos doscientos metros estaban las fortificaciones de Thiaumont tomadas por los alemanes. Mi puesto de comandancia estaba situado unos 30-40 metros detrás de la línea. Estaba demasiado avanzado, pero era necesario para poder asegurar mi mando en buenas condiciones, el emplazamiento se me había impuesto sobre el mapa.
La compañía de Marche era la encargada de seleccionar los enlaces encargados de llevar las órdenes y los mensajes telefónicos de las canteras de Bras -donde se encontraba el aparato telefónico (éste no podía situarse más cerca de la línea debido a los bombardeos que cortaban la línea) – hasta mi puesto de mando, a unos 1.800 metros de allí, a través de un terreno siniestro y peligroso. La pista estaba jalonada de cadáveres de enlaces caídos en el cumplimiento de sus misiones. Cualquier descanso en alguno de los cráteres podía significar la muerte o quedar sepultado por algún obús.
El 1r de agosto llegó un sobre sellado a las canteras de Bras para mí. El teniente Belair, encargado de las canteras de Bras, de asegurar las comunicaciones pidió un voluntario entre los enlaces disponibles para ir hasta allí, sin parar o descansar en ningún momento. Por que ? Porque Belair creía que el pliegue contenía informaciones muy importantes y era necesario saberlas cuanto antes. Sería interesante conocer el testimonio de Belair, pero murió de gripe en 1918.
Sin dudarlo, Marche se presenta voluntario. Parte y muere en el camino.
Más tarde, otro enlace me cae en los brazos, resoplando, empapado en sudor – como llegan todos – trayendo otra comunicación. Seguidamente me alarga un sobre que contenía la orden que debía haber traido Marche. Estaba arrugada, manchada de sangre. El enlace me dijo: Mi coronel, he encontrado este pliegue en el camino. Mi amigo Marche, muerto en el camino, la tenía en su puño cerrado con el brazo en el aire.
Me impactó tanto el suceso, que lo anoté en mi diario personal. Pero, sin embargo, no fui capaz de conservar el sobre manchado de sangre como muestra de sacrificio. Hoy día me arrepiento de ello, como también de no haber preguntado el nombre del enlace que me lo dio. Es muy probable que el pobre haya acabado como muchos de los soldados de primera línea.
Es necesario decirlo, así lo he pensado muchas veces, que los actos de heroísmo como los que señalamos era muy comunes.”

La lectura del diario de Marche y el de las operaciones del regimiento 130º sobre las fechas cercanas al 1r de agosto muestran perfectamente la vital importancia de los enlaces, que en ausencia de lineas telefónicas se convertían en el único punto de contacto entre la retaguardia, la linea y las unidades cercanas:
“7.50 h. – Coronel del 130º al coronel de la 16ª brigada: Un hombre del 117º enviado por su jefe de sección llega a mi puesto y me informa de que los alemanes habrían hundido la línea del 117º en el barranco de los tres cuernos…”
“8.30 h. – Coronel del 130º a comandante del 37º batallón: Lamento no tener ninguna información sobre su situación, a pesar de haberosla pedido. Sin novedad en el frente del 2º batallón …”
Coronel del 130º a coronel de la 16º brigada. Transmisión del 2º informe del comandante del 3r batallón : « Recibo en este momento una nota de las compañías 9a y 11a en la línea del frente, han sido atacadas al alba. La información data de las 12.15 h. Los alemanes han sido rechazados por dos secciones de ametralladores y tiradores, han vuelto a sus posiciones. La moral es excelente en ambas compañías. Las comunicaciones son extremadamente difíciles, un gran número de enlaces han caido o han sido heridos durante esta mañana. Me temo que los informes que le he enviado no se hayan perdido por el camino…
3r informe del comandante del 3r batallón: Mis compañías de primera línea han quedado reducidas a 40-50 fusiles.
16.30 h. Nuestra pista x-y-z ha quedado cerrada después de que una ametralladora boche se situase en un emplazamiento tomado esta mañana que la bate, a la 117ª en toda su longitud. Vamos a probar de hacer pasar a nuestros correos por la primera linea.
19.00 h. Las comunicaciones con la retaguardia son prácticamente inexistenes por la situación de una ametralladora alemana que barre nuestra línea de la 117ª y la pista que parte de ella. Un gran número de enlaces han caido muertos o gravemente heridos. Nos está cayendo una violenta barrera de fuego.
Pérdidas: 28 muertos, 48 heridos, 8 disparados.

El heroísmo de Fernand Marche se dio a conocer a las tropas por una orden de la división el 28 de agosto de 1916: “Marche, Fernand-Joseph-Edouard, número 1434, soldado de segunda clase, enlace, voluntario para llevar un pliegue a su coronel ha muerto el 1r de agosto de 1916 en ruta, su último pensamiento lo dedicó a su misión: el siguiente corredor encontró su cuerpo, con el brazo extendido hacia arriba y con el puño sosteniendo el pliegue que llevaba."

El 2 de octubre de 1920 le fue concedida la medalla militar a título póstumo. En 1925, en su memoria se erigió un monumento que fue inaugurado en medio de gran expectación en su pueblo natal Bully-les-Mines.



La obra de Armand Roblot, es la copia de una maqueta que se haya depositada actualmente en la biblioteca pública "Edouard Pignon".
El cuerpo de Fernand Marche fue recuperado y reposa en la Nécropole Nationale de Douaumont, tumba n. 6649.




13 feb 2008

Héroes anónimos (I): Enlaces, correos o agents de liaison



De todos los participantes en la Gran Guerra y sobretodo en la Batalla de Verdún, los que sin ningún género de dudas tiene el título de héroes fueron aquellos soldados que formaron parte de las tres categorías más humildes dentro del ejército: los enlaces o agents de liaison, los que transportaban la comida y la bebida (cuistots, hommes-soupe, ravitailleurs) y los camilleros o brancardiers.



El enlace o el agent de liaison, según el término francés, era aquel militar encargado de transmitir órdenes e informaciones en el seno del ejército, sobretodo, y mayormente, en aquellos casos en que se hacía imposible el uso del teléfono o cualquier otro medio de comunicación. Los enlaces o agents de liaison podían actuar de nexo entre diferentes cuerpos de ejércitos o divisiones o dentro de una misma unidad, entendiéndose brigada o regimiento; o incluso entre la artillería y la infantería. En la mayoría de los casos, el nombramiento como enlace no era una cuestión permanente, sino que la designación para este tipo de tareas solía ser un hecho puntual e instantáneo según las exigencias del momento. En otros momentos del conflicto, y de forma más organizada, los oficiales solían establecer unas rotaciones periódicas, bien semanales o quincenales, entre una serie de soldados previamente escogidos, teniendo en cuenta sus experiencias o aptitudes personales. Los enlaces conocían de antemano la misión y el recorrido a realizar, de esta forma estaban prestos para partir en el momento que se les necesitase. En el sector de Verdun, como en cualquier otro lugar donde la artillería tuviese un efecto devastador, las líneas telefónicas quedaban interrumpidas y el enlace se convertía en el único sistema o medio de comunicación.
Respecto a los enlaces, un teniente a cargo de una compañía de enlaces en Souville dijo una vez: "El verdadero coraje es el de aquel hombre que se encuentra absolutamente aislado en medio del peligro y sigue adelante si preguntarse porqué".

Desde las trincheras, o desde los cráteres, la infantería observaba con inmensa admiración los cascos azules de los enlaces que subían, bajaban y corrían por entre medio de las columnas de humo, cascotes y metralla que iban plagando el horizonte. Se trataba de una tarea suicida. En la mayoría de pistas, vías y senderos había el recuerdo funesto de alguno de ellos, y de sus arriesgadas misiones. Como ejemplo, en el sector de Mort-Homme: un solo regimiento perdió más de 21 enlaces en sólo tres horas.

Testimonios y experiencias de enlaces:
1."Al cabo de tres cuartos de hora, un sargento cubierto de barro hasta la visera, bajó rodando por el parapeto y dió al coronel un papel arrugado: el comandante del batallón de la izquierda le hacía saber que el ataque progresaba lentamente ... otros tres enlaces llegaron del frente, en dos oleadas. Sus informaciones resultaron inútiles ...".
Extracto de Zeller, André. Dialogues avec un lieutenant. Paris : Plon, 1971.

2. "Hénos aquí atrapados, otra vez, por la lluvia. Que palabra tan sencilla, lluvia. En si no significa nada para el ciudadano, tampoco para la civilización que ha construido una casa y un tejado con el fin de estar al abrigo de la intemperie, pero la lluvia significa el horror para el soldado. A pesar de todo, en la guerra nunca he sido infeliz por la lluvia. Recuerdo con cariño la nieve en los campos de Argonne cuando recorría el sector como mayor de trincheras; un obus silvaba de tanto en tanto, recuerdo las marchas a pie, silvando y caminando por las cañadas abajo. Mientras cae la lluvia, la eterna lluvia del primer invierno en Artois, el barro viscoso y líquido, y los caminos hundidos de l'Argonne donde el fanco nos llega a la rodilla... No pensamos en otra cosa, pero en que más se puede pensar, cuando llueve?"
L'horizon, journal des tranchées, juillet 1918

3. "El enlace con las compañías ... no queda más que un solo enlace y no se envía jamás un solo corredor bajo las bombas. El asistente duda ... En ese momento vemos a un hombre atravesar la cañada corriendo, escalar la pendiente y al final aparece, cubierto de sudor y resoplando.
Es Aillod, de la 2ª compañía. Suspira de alivio, está salvado!
Pero el asistente lo llama: - Vas a ir a la 9ª con Julien.
- Somos siempre los mismos, responde Alliod.
Capto una inmensa tristreza en su gesto, el terror sucede a la alegría, y veo en su cara, la mirada de ese perro que espera ser golpeado, ese hombre que ha sido señalado por la muerte. Esa mirada me entristeció profundamente, y grité sin pensarlo: Voy yo.
Me pareció lo más justo".
Chevallier, Gabriel. La Peur, 1930
4. "Querida hermana,
Ya hace tiempo que no recibo noticias tuyas. Espero que tú y los niños estéis bien, y que esta pequeña carta os anime en vuestras penalidades.
Yo he cambiado de sector. Aunque ninguno es mejor que otro, ha sido necesario enviarnos allí porque se temía un ataque. Afortunadamente, hasta hoy no hemos tenido ningún ataque de infantería, aunque soportamos los bombardeos contínuamente. Afortunadamente, los boches de nuestro sector no tienen mucha puntería y no estamos en peligro. Aunque yo sí que tengo un poco más que los demás, ya que me nombraron enlace y tengo que salir muy a menudo de la trinchera para llevar y traer mensajes. Pero como bien podéis imaginar, en esta profesión uno no se acostumbra jamás a no tirarse al suelo y refugiarse cuando oye el silbido de un obús, etc. A pesar de ello no pienso nunca en la muerte.
Bueno, espero que todo esto no tarde en acabar, para si vernos lo más pronto posible. Con esta esperanza termino la carta".
Anónimo. 1915



5. "A citar la brava conducta del soldado Blet de la compañía 23ª. Durante el combate, partió valientemente a llevar una orden de su capitán por un sendero peligroso donde cuatro de sus camaradas ya habían caído. Recibió una primera bala que le atraviesó el brazo, y a pesar de ello continuó corriendo hasta que recibió una segunda que le entró por el flanco y le tiró al suelo, aún así volvió a levantarse y recibió una tercera, ésta le destrozó el muslo y le dejó tendido finalmente en el suelo. El soldado Blet murió en el hospital de nancy el 23 de febrero de 1915".
Extracto del diario del 232º regimiento de infantería con fecha 14/02/1915

6. "En general, el silencio reina. Uno pasa las horas contemplando las llanuras de Alsacia que se alargan en el horizonte. Algunas veces, de tanto en tanto, el silencio se rompe: dos o tres detonaciones de alguno fusilero que quiere pillar desprevenido, o alguien trabajando en una trinchera, o en la letrina o un enlace en ruta."
Extracto del diario del 19º regimiento de infanteria en Alsacia, junio-agosto de 1918 .
7. "Estoy de enlace en la compañía [...] el batallón avanza lentamente, muy lentamente, a golpes. Acabo de franquear la antigua barricada que delimitaba nuestras posiciones de las alemanas, un obús acaba de caer en medio de la compañía y ha cundido el pánico. Los restos de cadáveres han caído esparcidos por el barro, por los parapetos, por doquier. Unos retorcidos con la cara hundida en el barro, otros con gesto grotesco o trágico descubriendo los dientes y con los ojos abiertos viendo pasar a los extraños. A esto se le llama "morir en el campo del honor"!!
Al correr piso fusiles destrozados, mochilas rotas, basura, camisas, paquetes de vendas, cajas, granadas sin explotar, cascos, capotes, ... Los sacos terreros rotos, destrozados, deshilachados están esparcidos al sol, hay miles, de todos los colores, en tela, en lana, sucios por el barro o sangre, con restos de miembros de cadáveres mutilados. Mientras camino, a lo lejos diviso el cadáver de un soldado alemán recostado en un talud, sin heridas aparentes. Al fin llego, entrego la misiva al capitán, que accede después de largas dudas a desplazar su batallón al sector que debía ocupar."
Témoignages d'agents de liaison du 74e R.I.




12 feb 2008

Fort Vaux (I)


Perspectiva de uno de los pasillos de Fort Vaux


7 feb 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace 1916-1918 (4)

Viene de: R.W. Iley: memorias de un enlace 1916-1918 (3)

Mientras esperábamos el ataque, el sargento mayor me envió a por agua. La encontré juntamente con un poco de whisky, volví con los restos. Justo a la vuelta ví que el enemigo se aproximaba por una colina que estaba a unos quinientos metros más allá. Avanzaban en formación abierta y se estaban agrupando en el espacio vacio donde antes había estado nuestro campamento.Nos mantuvimos en firmes en nuestros puestos a pesar de que los proyectiles pasaban a ras de nuestras cabezas, hasta que de forma súbita, un regimiento de caballería cargó contra nuestras posiciones. Fue una experiencia nueva, mi corazón saltaba dentro del pecho. Disparamos rápidamente y los barrimos, disparamos también a los jinetes caídos que intentaban retirarse arrastrándose. Después de un instante de calma, nos atacó más caballería pero por la derecha. A todo esto, un tanque de los nuestros apareció de la nada y juntamente con nuestras ametralladoras los frenamos.
Al llegar el ocaso enviamos una patrulla de reconocimiento. Nunca volvieron. Se envió una segunda patrulla compuesta por un mayor borracho y yo. Vagabundeamos sin rumbo cuando de repente, a lejos, apareció una luz en la ventana de una cabaña. El mayor me ordenó apagarla. En la oscuridad, apunté mi rifle hacia el punto de luz y disparé. La luz desapareció, sospecho que abatí un alemán fumando un cigarrillo. A la vuelta, el mayor fanfarroneaba entre los compañeros de que yo era el mejor tirador del ejército británico. Más tarde se nos ordenó retirarnos a una nueva linea, unos 12 kilómetros atrás donde se había de frenar al enemigo. Nos situamos justo detrás de Ypres. Allí tuve el privilegio de poder instruir los primeros enlaces americanos que llegaron al frente. De camino al frente, nos pusimos a dormir en un cabaña, cuando de repente me sentí un terrible miedo y se lo comuniqué a los otros. Se rieron de mi. Me levanté y me vestí y justo cuando salí, cayó un obús en la cabaña. Encendimos unas velas como pudimos y encontramos – en la otra parte del habitáculo – dos enfermeros. Uno de ellos estaba hecho literalmente pedazos y su compañero estaba herido. En la habitación del otro lado, el asistente del coronel estaba muerto y en la cabaña contigua había numerosos muertos y heridos. El enfermero herido agonizó con una dignidad admirable. Fumando un cigarrillo, les comentó a sus colegas que ayudasen a aquellos que pudiesen vivir. Murió en la ambulancia, de camino al hospital. Después de todo el trasiego, comprobé que mi casco tenía una pequeña hendidura, que tenía una pieza de shrapnel en mi toalla y que nuestra cabaña estaba destrozada pero yo misteriosamente estaba ileso. Poco después, los aliados iniciamos el contraataque que acabaría con la guerra. Mantuvimos a raya al ejército alemán hasta su retirada, mientras escuchábamos los primeros rumores de armisticio. La mañana del 11 de noviembre de 1918 estaba con una sección en el frente y teníamos órdenes de hostigar a los alemanes hasta que las hostilidades cesasen. A las once paramos, tomé una estamina y nuestra casera asombrada gritó La guerre est finis y nos ofreció cerveza. Al día siguiente, para comprobar la retirada los seguimos y en el camino, encontramos soldados aliados que liberados de su captiverio volvían a sus líneas, muchos murieron por el camino de regreso.

Caporal Robert William Iley, alistado en el 21º Batallón de los King's Royal Rifle Corps (Yeoman Rifles) el 20 de noviembre de 1915. Transferido al 41º Batallón del Cuerpo de Ametralladoras el 19 de marzo de 1918. Herido el 20 de septiembre de 1917. Condecorado con la Military medal en junio de 1917. Mencionado en los despachos de Sir Douglas Haig en abril de 1917. Desmobilizado en enero de 1919.

5 feb 2008

Wilfred Owen (1893-1918)


Wilfred Owen (1893-1918)


Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of five-nines that dropped behind.

GAS! Gas! Quick, boys!-- An ecstasy of fumbling,
Fitting the clumsy helmets just in time;
But someone still was yelling out and stumbling
And floundering like a man in fire or lime.--
Dim, through the misty panes and thick green light
As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams, before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil's sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,--
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

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