5 feb 2011

La batalla de Ypres, octubre-noviembre de 1914 (I)


La historiografia de la Gran Guerra suele definir la 1ª Batalla de Ypres como el último y definitivo intento alemán de evitar lo inevitable: el punto muerto y el final de la guerra de movimientos. Fracasaron. Ypres fue sólo el inicio de la pesadilla. A millones de soldados les esperaban cuatro largos años de trincheras, lodo, piojos, miseria y, sobretodo, carnicerías inútiles.
Del lado alemán, la angustiosa perspectiva de un doble frente (occidental y oriental), impelió al Alto mando alemán (Oberstee Heeresleitung, OHL) comandado -de facto- por Erich von Falkenhayn a proyectar una serie de agresivos y resueltos ataques contra la línea de frente defendida –mayormente- por las Fuerzas Expedicionarias Británicas (BEF) en Flandes. Es justo reconocer, sin embargo, que sin la ayuda francesa la resistencia británica hubiese sido inútil.
Desde mediados de octubre hasta la última semana de noviembre de 1914, las tropas alemanas intentaron por todos los medios posibles romper el frente francobritánico en la zona de Ypres. Langemarck, Poelcapelle, Polygon wood o Gheluvelt se hicieron tristemente famosos en los partes de guerra y en el imaginario colectivo británico. The Ypres salient, el saliente de Ypres se convertiría en un mito, en un símbolo de la resistencia y el pundonor británicos. El saliente de Ypres y los hechos de armas durante ese otoño de 1914 en Flandes forman parte de las páginas más heroicas – y trágicas- de la participación británica durante la Gran Guerra.
Para Alemania, Ypres fue igualmente traumático.
Gran parte de los estudiosos de la Primera Guerra Mundial ven en el desenlace de los combates de Ypres durante ese otoño de 1914 el principio del fin de la Alemania guillermina. Los peores temores se habían cumplido: los dos frentes eran una realidad, el principio del fin.
La complejidad de la 1ª batalla de Ypres fue tal que se establecieron tres fases o episodios para comprender mejor su desarrollo y evolución. La primera fase denominada batalla de Langemarck tuvo lugar del 21 al 24 de octubre; la segunda, batalla de Gheluvelt transcurrió del 29 al 31 de octubre y el tercer ‘momentum’ fue la batalla de Nonne Bosschen, el 11 de noviembre de 1914. Entre estos tres capitales episodios se producieron escaramuzas, pequeños enfrentamientos, y sobretodo prolongadas pausas exigidas mayormente por la dureza de los combates y el cansancio de las tropas.
La batalla de Ypres de otoño de 1914 está estrechamente ligada a los combates que se produjeron un poco más al norte, entre la zona de Diksmuide (Dixmude) y Nieuwpoort (Nieuport) durante octubre y noviembre. Los resultados de la batalla del Yser no progresaban como esperaban los alemanes, así que decidieron prolongar los ataques más hacia el sur. Era la zona ‘británica’ del frente occidental y esperaban mejorar los resultados del ‘Yser’.
Yser e Ypres coincidieron en el tiempo, provocando un enorme desgaste en ambos contendientes que temieron, por momentos, agotar sus reservas de tropas y munición. Finalmente, fueron las pésimas condiciones meteorológicas y el invierno en ciernes los que bajaron el telón en el frente flamenco de noviembre de 1914.
Los alemanes pasaron turno y 1915 sería el ‘año’ aliado en el frente occidental.

Primeros compases
Sir John French, comandante en jefe de las fuerzas británicas, ‘desconocía’ la cercanía del recién creado IVº ejército alemán, al mando del Duque Albrecht de Württemberg, y en particular, la proximidad de tropas de reserva alemanas dirigiéndose hacia la parte más débil de su frente: el punto donde la BEF se unía a los belgas.
Su desinformación era tal que seguía inmerso en los quiméricos planes de ofensiva contra el frente alemán Courtrai-Menin.
La BEF prosiguió el avance a lo largo del frente los días posteriores. El IIº Cuerpo de Smith-Dorrien continuó hacia el este, el IIIº - en contacto con el IIº- debía cruzar el Lys por el sector de Sailly y Armentières, y la caballería debía proseguir hacia Menin, mientras Rawlinson con su IVº ejército en el extremo izquierdo de la BEF iría hacia el norte de Courtrai.
La suerte estuvo del lado británico. Rawlinson fue informado de que su flanco izquierdo peligraba: se aproximaban unidades enemigas desde la línia Brugge-Roulers. Ante las angustiosas noticias, el avance del 15-16 de octubre se frenó. La tenaz resistencia alemana que se encontró Rawlinson en el sector Houthem-Gheluvelt-Sint Juliaan-Westrozebeke acabó por ‘convencer’ a French. Cualquier ofensiva hacia el este requería ‘limpiar’ la zona al norte del flanco izquierdo de la BEF. French notificó a Haig (Ir Ejército) que se aproximase desde St. Omer a Poperinghe. El objetivo era consolidar el frente que unía la BEF con los aliados y de paso reforzar al IVº de Rawlinson.
El 16 de octubre, French ya había abandonado cualquier idea de una ofensiva aliada conjunta ante la alud de informaciones que le confirmaban la fuerza del enemigo en ese sector y que le hacían temer por su flanco izquierdo. Aunque el IIº y IIIr cuerpos británicos estaban luchando contra fuerzas superiores, los franceses creían que la peor parte se la podía llevar el IVº de Rawlinson, sobretodo porque éste cubría un frente mucho más extenso, lo que en caso de rotura podía provocar un desastre, dividiendo el frente aliado en dos.
Con estas perspectivas, Haig fue enviado al norte con órdenes de avanzar hasta Thourout, con la ‘ilusa’ perspectiva de capturar Brugge (Brujas), antes de que los refuerzos alemanes llegasen a la línea. En este punto de la historia la leyenda entra en juego.
La versión más acceptada cuenta que French, ante la delicada situación de Rawlinson, pero sobretodo ante las ínfimas posibilidades de llegar a Brugge, ordenó a Haig que cubriese le cubriese el flanco. Más al sur, el IIº, IIIº y la caballería estaban ya a la defensiva ante la abrumadora superioridad del enemigo.
Haig consiguió situarse al sur del flanco izquierdo de Rawlinson el 21 de octubre. Los franceses (divisiones de caballería IIª y IIIª) a las afueras de Thourout tuvieron que recular hacia el sur. La IIIª división británica de caballería hizo lo propio reculando hasta la línea Wijtschate-Mesen (Messines). En el sector sur, la caballería francesa de Conneau) se situó en línea con el IIº y IIIr británicos. El 21 de octubre French se percató definitivamente de la superioridad del enemigo en todos los flancos, y de la seria amenaza que esto suponía para el conjunto de la fuerza expedicionaria británica, amén de desistir de cualquier ofensiva parcial o local en territorio belga.
La situación de las fuerzas británicas era delicada. No llegarían más tropas antes de una semana y los refuerzos previstos eran la Indian corps, una división bisoña que acababa de llegar a Hazebrouck, juntamente con dos batallones de territoriales, otro de caballería y dos regimientos de la Yeomanry.

Continua en: La batalla de Ypres, octubre-noviembre de 1914 (II)

22 ene 2011

La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (III)

Viene de: La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (II)



Fase final de la batalla del Yser, 26 octubre – 4 noviembre
Las tareas de refuerzo y reposicionamiento de las líneas francobelgas llevó prácticamente una semana, hasta el 31 de octubre. Los alemanes, ante la crecida del Yser y posterior inundación tuvieron que trasladar el grueso de la artillería hacia posiciones más elevadas, junto con el caótico traslado de sus unidades de infantería (IIIr y XXII cuerpos de reserva) hacia posiciones más alejadas de la nueva línea de frente marcada por la línea férrea, Nieuwpoort-Diksmuide. Los alemanes, sin embargo, estaban resueltos a reiniciar los ataques el 29 de octubre. El objetivo fijado para este nuevo ataque era, sin duda, la posición aliada más endeble, el centro del frente donde se encontraban las unidades belgas. El Alto mando alemán buscaba una rotura total. Para ello destinó la práctica totalidad de sus tropas al ataque, incluyendo la 4. Ersatz division –excepto la Marine division, que se mantuvo como retén enfrente de Nieuwpoort. El resto de tropas se destinó al ataque del 30 de octubre. A las seis y media de la mañana del 30 de octubre, y bajo el ‘manto’ de un espectacular bombardeo, se inició el ataque. La primera embestida alemana contra la línea belga consiguió su objetivo. La rompió y creó un amplio hueco entre las poblaciones de Ramscapelle y Pervyse, cayendo al poco del lado alemán. La 2ª división belga estaba deshecha. Su situación crítica. Sólo el contraataque de cuatro batallones belgas y franceses al mando del general Grosetti, comandante de la 42ª división francesa, logró taponar a duras penas la brecha abierta por la infantería alemana. A media tarde del 30, otro contraataque francobelga llegó a la puertas de Ramscapelle, donde hasta últimas horas de la noche hubo intensos combates.
Esa fue la situación en el centro de la línea. Los flancos aliados habían logrado contener los ataques alemanes de la Ersazt division y del XXIIº cuerpo de reserva. Lo peor había pasado. La intención alemana era continuar los ataques a la mañana siguiente, 31 de octubre, pero los informes que llegaron al cuartel general del IIIr cuerpo de reserva desaconsejaban proseguir los combates debido a la paulatina y amenazadora crecida del Yser. La situación también era crítica para los alemanes: la crecida contínua del Yser amenzaba con aislar las tropas de vanguardia con las posiciones más alejadas, allende el este del Yser. El mando alemán decidió ordenar la retirada de todas las tropas a las zonas altas situadas en la orilla este del Yser. A la mañana del 31, las fuerzas francobelgas volvían a estar en posesión de Ramscapelle, Pervyse y la zona del ferrocarril. Lo mismo sucedió con las tropas del XXIIº situadas en la orilla oeste del Yser, al norte de Diksmuide. La noche del 1º de noviembre se vieron obligadas a retirarse a posiciones más elevadas. El 2 de noviembre, los alemanes solo conservaban al oeste del Yser, Schoorbake y dos granjas al norte de Diksmuide. Los flancos aliados, donde aún se conservaban los puentes sobre el Yser, los primeros días de noviembre, especialmente el 3 y el 4, vivieron pequeñas escaramuzas en el sector de Nieuwpoort, cuando Lombardsijde fue ocupada pero recuperada al poco. Los franceses atacaron el 3 y 4 de noviembre la posición de Schoorbakke que los alemanes consiguieron retener.

Batalla final y la estabilización del frente de Flandes, 8-20 noviembre de 1914
El ‘definitivo’ ataque alemán contra Diksmuide comenzó el 10 de noviembre. Lo llevarían a cabo la 4ª división Ersatz y el XXIIº cuerpo. La guarnición que defendía Diksmuide (unidades de infantería belga y los ‘fusiliers marins’ franceses) fue reforzada con tropas coloniales francesas. El bombardeo de Diksmuide, previo al ataque, comenzó al alba. A las siete y media de la mañana comenzó el ataque de la infantería alemana. El primer embite fracasó. El mando alemán tomó medidas extremas: a las nueve y media se reanudó el ataque artillero. El brutal bombardeo obligó a la guarnición francobelga a ‘desalojar’ el suburbio este de Diksmuide. Eran la una del mediodía. Después de un breve intervalo, los alemanes atacaron de norte a sur por la zona este. Durante la tarde se registraron durísimos enfrentamientos por toda la localidad, casa por casa. Cuando cayó la noche lo que restaba de Diksmuide, sus ruinas, estaban en manos alemanas. Las tropas francobelgas se retiraron al oeste de la localidad y cruzaron el Yser, volando los puentes después de cruzarlo. Los alemanes apenas persiguieron la retirada francobelga hacia el Yser. El botín era cuantioso: los alemanes habían 1.400 prisioneros aliados y mucho material. Más hacia el sur, en la línea Bixschoote-Langemarck, los ataques fueron esporádicos y de pocas ganancias. Fueron los últimos coletazos de la campaña del Yser. Los planes del Alto mando alemán para alcanzar los puertos del Canal y rodear el flanco izquierdo francobelga habían fracasado gracias a la meritoria y épica defensa de la fuerza combinada aliada. No les fue mejor en el sector de Ypres. Los combates en el Yser fueron sangrientos. Los belgas tuvieron 18.000 bajas, los franceses 5.000, contando con la acción en Diksmuide del 10 de noviembre, y los alemanes perdieron unos 28.000 hombres, entre heridos, muertos y desaparecidos.

Fuentes:
- Essen, Léon van der. L'invasion allemande en Belgique : de Liège á l'Yser. Paris : Payot, 1917.
- Le Goffic, Charles. Dixmude: un chapitre de l'histoire des Fusiliers Marins (7 Octobre - 10 Novembre 1914). Paris : Plon-Nourrit, 1915.
- Pirenne, Jacques. Les Vainqueurs de l'Yser. Paris : Payot, 1917.
- Yser and the belgian coast. Clermont Ferrand : Michelin, 1920

12 ene 2011

La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (II)


Los primeros estadios de la guerra del Yser
El traslado del IVº ejército alemán por vía férrea finalizó el 13 de octubre. El 17, y tras largas marchas, alcanzaron el sector de Bruges-Thielt, al este de Courtrai. El IIIº de reserva alemán se movía en dirección este desde el eje del avance alemán, mientras su flanco mantenía el avance a lo largo de la costa, y flanco izquierdo estava a tocar de Roulers, lo que ocultó el avance del grueso del recién creado IVº ejército. Con objeto de equilibrar el avance, se ordenó una corrección este-oeste en dirección al mar del Norte. El 15 los alemanes ya habían tomado Ostende. Al día siguiente, 16 de octubre, la vanguardia alemana ‘contactó’ con la caballería belga y con los puestos avanzados que tenían los belgas al este del Yser. Después de dos días de combates y refriegas, los alemanes obligaron a los belgas a retirarse hasta la orilla este del Yser. 
El 18 de octubre, los combates ya revistieron una mayor dureza. Los belgas, divisiones 1ª, 2ª y 4ª, que defendían la línea de frente desde la línea costa hasta Diksmuide (Dixmude) intentaron contener los embistes de las vanguardias del IIIr cuerpo de alemán, que tenía órdenes de tomar como fuese la población de Veurne (Furnes), unas millas al interior de la línea defensiva belga. Los alemanes consiguieron llegar a las posiciones de la orilla izquierda del Yser, aproximadamente hasta la línea de frente Lombardsijde-Mannekensvere-Schore-Keiem. La línea aguantó hasta la caída de la noche, pero horas después los alemanes capturaban la zona interior de la línea, Schore y Keiem. Keiem fue recuperada esa misma madrugada. Los ataques se retomaron a la mañana siguiente: tropas del XXIIº de reserva alemán se desplazaron al sur de la línea, en ayuda del IIIº de reserva, y se enfrentaron a contingentes franceses y belgas en el sector de Diksmuide. Keiem y Beerts cayeron a primera hora en manos alemanas, pero esta última fue recuperada al mediodía por la 5ª división belga y tropas de los ‘fusiliers marins’ franceses que se vieron, sin embargo, obligadas a recular a posiciones más arreseradas ante la fuerza del ataque enemigo, el XXIIIº cuerpo alemán. En este flanco de la línea, todas las tropas aliadas, excepto los ‘defensores’ de Diksmuide, se retiraron a la orilla oeste del Yser. 
El 20 continuaron los enfrentamientos en toda la línea, aunque con especial dureza en el sector de Diksmuide, donde tropas de los cuerpos XXIIº y XXIIIº fueron rechazados con grandes pérdidas por la guarnición de ‘fusiliers marins’ franceses que se habían hecho cargo de la defensa de Diksmuide. Al norte del sector, en Lombardsijde, unidades del IIIº cuerpo reforzadas con tropas de la 4º división Ersatz atacaron con dureza, pero sin resultados concretos. El IVº ejército alemán estaba completamente desplegado a lo largo del Yser. La 4ª Ersatz division frente a Nieuwpoort, el IIIr cuerpo de reserva en Keiem, el XXIIº de reserva en el sector de Beerst y el XXIIIª al este y sudeste de la posición de Diksmuide. En total siete divisiones con una potencia de fuego de 700 piezas de artillería frente a cinco divisiones belgas con prácticamente la mitad de artillería, 300 cañones. 
El 21 de octubre, y después de un potente bombardeo nocturno, tropas alemanes avanzaron a lo largo de toda la línea. Belgas y franceses lograron, sin embargo, contener el ataque a fuerza de graves pérdidas. No obstante, esa misma noche unidades del IIIr cuerpo alemán lograron cruzar el Yser al norte de Tervaete, gracias en parte al fuego de cobertura de su artillería que se había aproximado – hábilmente - a la zona de combate, junto con compañías de ametralladoras que sostuvieron el franqueo del río. La 1a división belga lanzó un infructuoso contraataque que permitió a los alemanes no sólo defender las posiciones recién adquiridas sino capturar el 23 de octubre la población de Tervaete, más al sur. Para contener el avance alemán se dispuso de la 3a división belga, en reserva, pero apenas logró ningún éxito defensivo. La 42ª división francesa, que había logrado un exitoso contraataque al este de Nieuwpoort ese mismo día, fue trasladada al sector de Tervaete por el Alto mando belga con el fin de atacar sin cuartel el flanco izquierdo de las unidades alemanas que habían cruzado el Yser para lograr un posible repliegue. La contraofensiva francesa, respaldada por fuerzas belgas de la 4ª división, aunque no logró la retirada alemana a la orilla este del Yser, consiguió pequeños avances. Los combates eran de una gran violencia, y el 24 de octubre al atardecer ambos bandos rebajaron el nivel de intensidad. El cansancio era generalizado. La 4. Ersazt division en Nieuwpoort y las unidades del XXIIº de reserva alemán no habían conseguido ningún avance significativo. Especialmente cruenta fue la lucha por Diksmuide, que los franceses defendieron de una forma cuasi épica, rechazando 15 ataques alemanes solo el 24 de octubre. 
Durante los duros combates por Diksmuide, la artillería alemana había reducido la población a cascotes. El ejército belga también había sufrido sobremanera. En varios días de combate había perdido una cuarta parte de sus tropas y la artillería había quedado reducida a la mitad, con apenas reservas para 160-170 proyectiles por pieza. La situación era francamente desperada, lo que llevó al Alto mando belga a tomar medidas extraordinarias, sobretodo ante la dudosa perspectiva de poder sostener el nivel de combates mantenidos hasta el momento. 
El 25 de octubre se tomó la decisión, atribuida –según la leyenda- al general Foch, de abrir las esclusas del Yser con el objeto de anegar e inundar el sector al este del ferrocarril de la línea Nieuwpoort-Diksmuide y provocar la retirada de los puestos avanzados alemanes. El territorio adyancente al rio Yser, así como la zona que mediaba entre la población de Diksmuide y la costa belga formaba un espesa ‘tela de araña’ de canales, esclusas y terraplenes que hacían del terreno una verdadera pesadilla para cualquier ejército que quisiese avanzar de forma ordenada rápida. Los terrenos de esta zona eran ‘polders’, es decir tierras bajas ganadas a expensas del mar. El nivel de los canales estaba regulado a través de esclusas y bombas que garantizaban el correcto funcionamiento del sistema, que se controlaba esencialmente desde Niuewpoort, donde se encontraban el Yser con el mar. El sector, pues, suponía un verdadero obstáculo para el ejército alemán que ansiaba ocupar definitivamente todo el territorio belga y poner en jaque a las fuerzas aliadas con la conquista y captura del territorio costero francobelga que hubiese amenazado la participación británica en el conflicto. En este sentido, la última y más determinante medida para contener cualquier avance era anegar la zona para convertirla en una inmensa marisma. 
La tarde del 25 de octubre de 1914 se abrieron las esclusas y comenzó a inundarse el terreno entre Diksmuide y el mar. La línea de frente aliada, francobelga, se retiró a las posiciones elevadas de la línea férrea que corría por detrás, con explícitas e imperantes órdenes de sostener la línea como fuese hasta que todo el territorio estuviese inundado.

Continua en: La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (III)

4 ene 2011

La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (I)


La serie de combates que tuvieron lugar en la zona más septentrional del frente occidental, la zona sudoeste de Bélgica (Flandes), durante el otoño de 1914 recibieron el nombre de batalla del Yser. Los combates de octubre y noviembre en la zona del Yser supusieron el último episodio de las maniobras que recibieron el nombre de ‘Carrera hacia el mar’. Estas operaciones perseguían el adelantarse al enemigo, para así poder rodearlo y derrotarlo, mientras se iba asentando el frente en toda su longitud: desde las fronteras francosuizas hasta el Mar del Norte.
Los fracasos aliados com del ejército alemán durante los tres o cuatro primeros meses del conflicto provocarían una larga, penosa e infernal guerra de trincheras en el frente occidental. La batalla del Yser fue sino el último, de los últimos intentos –inútiles- por evitarla.
El Yser se convirtió en el protagonista pasivo de la penúltima ofensiva alemana por evitar lo que se preveía ya inevitable: el estancamiento operativo y táctico del conflicto con las funestas consecuencias que ello supondría para los contendientes.
En el caso alemán se quería evitar a todo costa el enquistamiento en una dura guerra de trincheras, pero sobretodo una guerra en dos frentes, que ya era una realidad a finales de septiembre de 1914. El objetivo principal del Alto mando alemán (OHL) consistía en arrollar a los restos del maltrecho ejército belga, expulsarlo de su territorio y sobretodo conquistar los puertos del Canal de la Mancha que le darían una ventaja táctica vital sobre británicos, aislando a su contingente en tierras continentales y con apenas posibilidades de avituallamiento desde las islas británicas. La captura de la costa francobelga significaría también la amenaza latente de un posible enbolsamiento de las tropas francobritánicas en el norte de Francia.
Del lado aliado, y después de la ‘balsámica’ batalla del Marne se buscó minimizar y frenar la apisonadora alemana. No existía una estrategia conjunta en cuanto a las operaciones a desarrollar. Tan solo había una clara intención de evitar que el desastre fuese mayor y que los alemanes pudiesen retomar con fuerza su avance hacia lo que quedaba de Bélgica y el resto del norte de Francia.

Después del Marne y el Aisne, los franceses pudieron rehacerse gracias a su red ferroviaria con movimientos de tropas de Alsacia y Lorena hacia el nordeste, los británicos -apenas rehechos de los lances del Marne- carecían de una plan estratégico de acción, y los belgas a duras penas podían mantener en pie un ejército de 50.000 hombres. Con tal situación Joffre y French esperaban tener un respiro para poder establecer puntos en común hasta que amainase la tormenta alemán, que amenazaba con estallar en breve.
Las predicciones fueron correctas, los alemanes estaban otra vez ‘en ruta’.

Génesis
Después de la fallida defensa de Antwerp (Amberes), el ejército belga se vió impelido -dadas las circunstancias- a retirarse, vía Brugge (Brujas) y Ghent (Gante) hacia posiciones allende el río Yser, donde llegó el 12 de octubre. Muy maltrechas, apenas 50.000 hombres y 300 cañones, las divisiones 2a, 1a y 4a cubrían la línea de frente desde el Mar del Norte hasta Diksmuide (Dixmude), con dos brigadas de la 3a división y la 2a división de la caballería como reserva.
Una brigada francesa de los ‘fusiliers marins’ cubría, juntamente, con la 5a división belga, la línea de frente que mediaba entre Diksmuide y Boesinghe, mientras la 1a división de caballería estaba desplegada en toda la línea de frente al noroeste de Ypres. Más al sur (al este de Ypres) se encontraban los territoriales franceses de la 87ª y 89ª división que se habían incorporado a la izquierda del IVº Cuerpo inglés (7ª división y 3ª división de caballería) que venía en retirada desde Ghent, cubriendo el movimiento de ‘repliegue’ belga.
A la derecha del IVº inglés de Rawlinson se encontraba el IIº Cuerpo de Smith-Dorrien. El mismo día 12 de octubre, sus unidades estaban intentando avanzar en la línea Givenchy-Merville, a lo cual tuvieron que desistir debido a la fuerte resistencia que opuso el XIIIº Cuerpo alemán (VIº ejército) al mando de Von Fabeck. A la izquierda del IIº Cuerpo británico, los cuerpos de caballería Iº y IIº llegaron hasta el área de Vermelles y Estaires, al sur de Lys y Merville presionando al IVº de caballería alemán. En la retaguardia quedaba el IIIr cuerpo de caballería británico, que partiendo de St. Omer había alcanzado la zona de Hazebrouck. De hecho, el Ir cuerpo británico todavía no habia alcanzado el punto del rio Aisne. Su transporte se había demorado y no llegó a Flandes hasta el 19 de octubre.
Las tropas anglofrancesas y el resto de ejército belga hacían frente al VIº ejército alemán, al mando del príncipe Rupprecht de Baviera. Compuesto por los cuerpos XIIIº y XIXº, contaba con los cuerpos de caballería Iº, IIº y IVº como tropas de soporte a lo largo del frente. Al norte de este contingente alemán se estaba desplegando el IVº ejército, al mando del duque Albrecht de Württemberg, compuesto por los recién formados XXII, XXIII, XXVI y XVIIº cuerpos de reserva juntamente con el IIIº de reserva procedente de Amberes y la 4º división Ersatz.

El plan aliado
Cuando quedó claro que cualquier operación contra el ejército alemán en el sector de l’Artois y de Flandes requería de la coordinación y apoyo conjunto de las fuerzas francesas, británicas y belgas, Joffre nombró al general Foch como ‘coordinador’ de las fuerzas aliadas y enlace con sus propias tropas y las británicas. El Xº ejército francés al mando de Maud’Huy, situado en las cercanías de Arras, pasó a manos de Foch formando el flanco derecho del ataque, mientras las fuerzas británicas formaban el núcleo central y el pequeño contingente belga en el sector más septentrional, el izquierdo.

El 15 de octubre los franceses crearon el Détachament d’Armée en Bélgique, al mando del general d’Urbal, para aglutinar todas las unidades francesas que luchaban en territorio belga y pronto sería conocido como el VIIIº ejército francés. D’Urbal abriría el camino. Recibió órdenes de iniciar la ofensiva en el eje Roulers-Thorout-Ghistelles tan pronto le fuese posible, mientras los británicos la iniciarían en la línea Courtrai-Menin. Los belgas intentarían, según lo planeado, abrir hueco siguiendo la línea de la costa.

El plan aliado suponía, y contaba, que una gran parte de las fuerzas alemanas perseguirían a los restos del ejército belga después de su retirada desde Antwerp, lo que permitiría a las fuerzas británicas y francesas avanzar hacia el norte para luego, aproximadamente desde Lille, rodear las fuerzas del VIº ejército alemán por su retaguardia como por su flanco izquierdo.

Los hechos posteriores demostraron que semejante plan implicaba una falta total de realismo por parte de los mandos aliados. Ni el ejército belga estaba lo suficientemente preparado, y descansado, como para presentar batalla, ni las fuerzas francesas del recién creado VIIIº ejército estuvieron disponibles en el sector hasta el 23 de octubre. Para ese día, la situación había dado un giro radical. Era evidente que las fuerzas alemanas superaban en número y en capacidad de fuego a las aliadas, lo que decidió al mando francobritánico a ‘demorar’ la planificada ofensiva y a fijar posiciones defensivas en toda la línea de frente con las nuevas unidades que iba llegando.

Continúa en: La batalla del Yser, 12 octubre-10 de noviembre de 1914 (II)

23 nov 2010

Las tropas indígenas canadienses en la Gran Guerra


La primera guerra mundial fue un episodio traumático y demoledor para todas las naciones participantes. La 'edad de oro' europea, la civilización de las luces y de los descubrimientos científicos y técnicos se convirtió en un lejano recuerdo. Nada volvió a ser igual. La fragua del Dios de la guerra fue la tumba de tres imperios y el crisol de varias naciones. Para algunos de estos países fue algo más que un cesura histórica, resultó ser su 'puesta de largo' como protagonistas de un nuevo mundo global.
Australia, Nueva Zelanda o Canadá, antiguos dominions -colonias- pertenecientes al Imperio británico surgieron de las cenizas de la guerra con una identidad nacional reafirmada, propia de aquellos países madurados y bregados en los nuevos tiempos. Su 'costosa' participación les granjeó el respeto del mundo más allá del ancho paraguas de la Commonwealth. Incluso desde Londres, la visión paternalista hacia los dominios ultramarinos mutó hacia un reverencial respeto, cargado -obviamente- de orgullo

Canadá y la Canadian Expeditionary Force (CEF)
El caso canadiense fue paradigmático. Cuando estalló la guerra, Canadá decidió entrar en el conflicto sin dudarlo, igual que Australia y Nueva Zelanda. La 'raza británica' estaba en peligro y los indisolubles lazos de hermandad entre la metrópolis y las antiguas colonias eran más fuertes que nunca.
En 1914, los canadienses no estaban preparados para una guerra como la que se avecinaba. La milicia canadiense movilizada apenas llegaban a 60.000 hombres, y la mayoría de armamentos y pertrechos militares procedentes del Reino Unido no habían llegado todavía. Los mandos optaron por equipar a los nuevos soldados del preciso, aunque no siempre fiable, fusil Ross fabricado en Canadá. De entre los primeros 30.000 voluntarios establecidos en el campamento de Valcartier, a las afueras de Ottawa, algunos eran miembros de las tribus indígenas canadienses. Su admisión, sin embargo, en el recién creado Cuerpo Expedicionario Canadiense (Canadian Expeditionary Force, CEF) no fue nada sencilla.
Los recelos, un disfrazado 'paternalismo' y un arraigado sentimiento racista y de desprecio hacia las poblaciones autóctonas de algunos de los mandos del ejército canadiense, así como de la mayoría de políticos entorpecieron su entrada en la CEF. El pretexto oficial era que temían que los alemanes tratasen a los indígenes canadienses como a salvajes, como a hombres no civilizados.
La realidad de la nueva guerra industrial cambió el panorama. Para finales de setiembre ya había partido hacia Inglaterra la primera división canadiense, otra se estaba movilizando. Al poco se habían movilizado dos más, siendo cuatro las que se desplazaron a Francia. Juntamente con ellas cientos de artilleros, ingenieros o zapadores, y otras tropas auxiliares fueron al frente europeo.
La guerra seguía engullendo tropas y el ministro canadiense de defensa, el coronel Sam Hughes se comprometió con los aliados a formar a 16 divisiones en total. Para ello, Hughes decidió emplazar a un centenar de personajes ilustres e influyentes de la sociedad canadiense para que se encargasen de formar batallones en sus comunidades, regiones o grupos ètnicos. La CEF abría las puertas a la tropas indígenas canadienses. Al poco ya se habían constituido dos batallones compuestos exclusivamente de soldados indígenas. Los iroqueses y la tribu de las Seis naciones fueron dos de las comunidades indígenas más activas en la mobilización de sus miembros. En el caso de la nación iroquesa, una fuerte filiación histórica la ligaba a la corona británica, hasta el punto que apenas reconocía la realidad nacional canadiense, y aún menos su gobierno. Los iroqueses habían luchado junto a los ingleses contra los franceses hasta la Paz de Montreal en 1701 y se habían introducido en territorio canadiense para librar zonas de influencia francesa. Los iroqueses también lucharon contra las nuevas tropas estadounidenses durante la invasión en 1812. Otro caso fue el de los Inuits de la zona ártica, los mal denominados esquimales, con una nula adhesión a la causa británica o francesa. La corona británica vendió sus tierras en 1881 al gobierno del Canadá. El resto de comunidades padecieron también las políticas aislacionistas del Canadá, heredadas del imperio británico: enclaustramientos de las poblaciones indígenas en reservas, instaladas en tierras baldías o sin interés para la comunidades blancas. Junto a la institucionalización de sociedades nómadas con sus propios modelos de explotación natural (pesca, caza,...), las políticas canadienses hacia los indígenas consistieron en una asimilación total y una proactiva alienación cultural. Misioneros, maestros y otros elementos procedentes de la cultura europea fueron los instrumentos de la nueva política. A banda de las cuestiones de aniquilación cultural y social, las epidemias y enfermedades importadas por las poblaciones europeas diezmaron enormemente las sociedades indígenas. Por todo ello, la respuesta indígena hacia una guerra 'blanca' no fue masiva.

Batallones indígenas canadienses
Sólo los miembros de las tribus más asimiladas, principalmente iroqueses, respondieron a la llamada de las armas. También participaron los miembros de la tribu de las Seis naciones, que pidieron a las autoridades militares organizar el famoso batallón 114º, que llevaría el nombre de los Brock Ranger's. Finalmente, dos de las cuatro compañías del 114º estarían formadas exclusivamente por miembros de las Seis naciones, procedentes en su mayoría de las comunidades de Mohawk y Kanewahke en el Quebec. El emblema del 114º eran dos tomahawks cruzados.
La guerra, sin embargo, marcaba sus reglas y como la mayoría de batallones canadienses al llegar a Francia, las tropas indígenas del 114º fueron repartidas y esparcidas por los diferentes batallones de la CEF que requerían refuerzos. Otro emblemático batallón fue el 107º, al mando del teniente coronel Campbell. De sangre índigena, Campbell tenía la intención de reclutar 'cowboys e indios'. Cosa que realizó con éxito ya que fueron 962 voluntarios indígenas los que fueron a Inglaterra, superando incluso a los del 114º. El 107º consiguió, por otra parte, mantenerse más cohesionado ya que debido a la ausencia de zapadores o ingenieros, fue designado como el batallón de zapadores e ingenieros para la 3ª división canadiense en 1917, viviendo las cruentas experiencias de Vimy ridge y Passchendaele. De los territorios del norte de Ontario y de la Columbia surgieron otros dos renombrados batallones, el 52º llamado 'Bull moose batallion' o batallón del Arce y el 54º, el Kootenay
Los mandos canadienses mostraban un especial respeto por los soldados indígenas en el campo de batalla. Los solían describir como tropas fieras y valientes, aunque a la par desordenadas y poco atentas a la disciplina cuartelaria y militar.
Las cualidades de las tropas indígenas canadienses estaban determinadas por su 'modus vivendi' y su relación con el medio hostil. Destacaban sobretodo por ser excelentes exploradores y reputados tiradores de élite. Por ello, la mayoría se encontraban o bien en las compañías de reconocimiento o eran tiradores de élite. Ambas funciones permitían a los soldados una disciplina militar más relajada acorde con la costumbre de independencia de dichas tropas. Su perfecto cometido en este tipo de acciones levantaba la admiración de sus compañeros de unidad.

Héroes indígenas
Francis Pegahmagabow, quizás el soldado indígena canadiense más célebre, no sólo por sus hazañas bélicas sinó también por su propio talante como Ojibwa de la Primera nación, se alistó voluntario al inicio de la guerra. En el campo de entrenamiento de Valcartier se instaló con una tienda la cual decoró con todo tipo de simbología tribal y la piel de ciervo a modo de estandarte de su clan. Junto a la parafernalia clánica, cuenta que llevó un pequeño saco de hierbas medicinales preparado por una vieja anciana, que según él, le salvó la vida en más de una ocasión. Al finalizar la guerra, Pegahmamow 'Peg', había sido condecorado tres veces por haber matado más de 370 enemigos. Otro caso fue el de Henry Nor'west. Nor'west era un indígena de la tribu de los Cree. Sus compañeros, sin embargo, le pusieron el curioso mote de 'Ducky' al sumergir a una prostituta en una fuente de Londres. Nor'west mató a 115 enemigos confirmados. El 18 de agosto de 1918 una bala alemana lo mató
Las hazañas de los soldados indígenas tuvieron cierto reconocimiento, aunque muy pocos fueron ascendidos a grado de oficial, los pocos eran Mohawks

La dura posguerra
Las suspicacias entre los elementos europeos canadienses siguieron durante y después de la guerra. Los responsables del departamento canadiense para los asuntos 'indios' vieron en la guerra un medio para enrolar al mayor número de voluntarios indígenas con la ulterior esperanza de que éstos y sus tribus se asimilasen a los roles 'blancos' y dejasen un modo de vida que chocaba totalmente con los designios del gobierno canadiense que deseaba una total asimilación del elemento indígena. Los informes del departamento para asuntos indígenas concluyeron que de una población de más de 100.000 indígenas, apenas se enrolaron unos 3500.
La Gran guerra, sin embargo, no reportó beneficio alguno a las comunidades indígenas canadienses. Bien al contrario. Uno de los actos más execrables que cometió el departamento para asuntos indígenas fue la confiscación y compra ilegal de tierras propiedad de las comunidades indígenas con la excusa de repartirlas a los veteranos de guerra.
La ignominia fue doble. Según la Indian act de 1906, el gobierno canadiense prohibía a los indígenas ser poseedores de tierras allende de sus reservas, con lo que el soldado desmobilizado indígena no tenía derecho a ningún tipo de compensación en especie en forma de tierras.
El balance de la guerra fue absolutamente negativo para todos los soldados que participaron en la Primera Guerra Mundial. Para los indígenas candienses fue otra constatación más de la traición del hombre blanco.

Fuentes

- Gaffen, Fred. Forgotten soldiers. Ottawa : Thyetus books, 1985.
- Morton, Desmond. 'Les canadiens indigènes engagés dans la Prèmiere Guerre mondiale'. En Guerres mondiales et conflits contemporains, 2002, n. 230, pp. 37-49.

15 nov 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (IV)

Tyne Cot cemetery

El día se había abierto y nos ofrecía un precioso cielo raso, que combinado con el verdor de los campos y los bosques daba una estampa preciosa de Flandes. Salimos a la carretera de Ypres a Menin, y volvimos unos cientos de metros hacia Ypres girando a la derecha, en el desvío que lleva a Tyne Cot cemetery. No lo contrasté, pero si no recuerdo mal es uno de los cementerios británicos más grande de los que hay en Flandes. Después de un camino sinuoso, llegamos a un pequeño aparcamiento que se encuentra situado en uno de los laterales del cementerio. Cuando llegamos, el nuestro era el único vehiculo. Media hora después ya habían 3 o 4 autocares. Es un lugar de peregrinación.

Laura decidió cuidar de Frasier y se quedó fuera del recinto. Planeé una visita relámpago al lugar. Adyacente al cementerio hay un pequeño memorial que recuerda lo que supuso Flandes para el ejército británico. Muy suave, muy nostálgico. Fragmentos de cartas, fotos gigantes de algunos soldados, así como algún que otro recuerdo material. Acabada la rápida visita al memorial, seguí la pasarela que lleva al recinto. Decidí no entrar, creí que no debía. Eso sí, tomé decenas de fotografías y 'admiré' la elegante disposición del espacio, que le otorga un doble sensación de respeto y recuerdo.
Me paré a reflexionar un momento y lancé una mirada al paisaje: había algo que sorprendía. Los campos cultivados, el ganado paciendo tranquilamente, pequeños grupos de árboles diseminados aquí y allá. Así debía ser el paisaje de Flandes cuando llegaron las primeras tropas británicas. Parecía como si el tiempo se hubiese parado y los monumentos a los caídos fuesen islas en el correr de los tiempos. Era una sensación extraña.

Volví al aparcamiento, allí estaba Laura con Frasier. Quería dar la vuelta por el otro lado. Fuimos los tres. Me adentré unos metros en el recinto con el objeto de tener otra perspectica del lugar. Tyne Cot es muy parecido al cementerio de Sanctuary wood en cuanto a su forma de abanico. Ingleses, canadienses y 'anzacs' comparten espacio sin distinciones y con un precioso roble al sur del complejo como guardían. En la parte norte, una especie de 'proscaenium' semicircular 'coronado' con una enorme cruz cierra el espacio. Conmovedor.

Subimos al coche y nos dirigimos a St Julien (St. Juliaan) donde se encuentra el memorial canadiense. Por el camino y a unos cientos de metros 'damos de bruces' con el memorial neozelandés de Broodseinde, escenario de la cruenta batalla que lleva el mismo nombre y que formó parte de la 3a batalla de Ypres, en el otoño de 1917 y que tendría como colofón la lucha por Passchendaele.

Broodseinde memorial

Al final llegamos a St. Julien (St. Juliaan), mejor dicho al cruce de caminos entre la carretera que viene de Tyne Cot, y la que lleva de Ypres a Passchendaele. A la derecha del cruce se encuentra el memorial canadiense con la escultura de un soldado pensante en el centro del recinto. La escultura es impresionante. En forma de monolito pétreo, se encuentra coronada con la figura de un soldado a medio cuerpo en una postura consternada o reflexiva. En la base del monolito se encuentran los 4 puntos cardinales y las posiciones que señalaban, entre ellas la famosa de Passchendaele. Recinto no muy grande pero de una enorme expresividad y recogimiento. Igualmente impresionante, aunque el tiempo soleado le mengue aspereza al lugar.

St. Julien/St. Juliaan memorial

Después de esta dura catarsis decidí volver a Ypres a visitar el museo 'In Flanders fields' en Ypres. Deseaba tener una aproximación más suave al universo de Flandes, y a su significación en el conjunto de la guerra. Desandamos el camino, llegamos a la Gross Markt y entramos en el Salón de telas. Allí nos esperaba el museo 'In Flanders fields' dedicado a la Gran Guerra en Flandes, tomando el título del célebre poema de John McCrae.
La visita mereció. Se trata de un museo bastante interactivo y eminentemente visual, a lo 'americano', digamos. El recorrido, todo en una extensa planta, se realiza de forma cronológica con especial atención a los momentos más trascendentales, como por ejemplo la famosa 'tregua de Navidad' de 1914, el ataque con gas de abril de 1915, la cosmovisión del saliente de Ypres, Passchendaele, etc.
Otorga un carácter preeminente a la intervención británica con todas sus acepciones, es decir con las naciones de los Dominions (canadienses, australianos, neozelandeses e indios), y aporta numerosa documentación, así como la 'puesta en escena' de numerosas reliquias, armas y algún que otro diorama. Destacaría sobretodo la fluidez en la exposición de los materiales y los contenidos, así como una lograda didáctica del conflicto, no sólo para especialistas.

En el plano inferior, es decir en la planta baja del 'edificio de las telas' se encuentra la tienda del museo con numerosos recuerdos y libros dedicados al conflicto en Flandes. Como siempre los precios son prohibitivos, sobretodo para los que procedemos de latitudes meridionales. Para las compras mejor pasarse por las tiendecillas de la Meensestraat, es decir la calle que une la Gross Markt con la Menin gate y que saliendo de la ciudad lleva, evidentemente, a Menin.

Recuerdo que visité tres o cuatro tiendas, todas ellas en el lado izquierdo de la calle. Los precios según, para qué, prohibitivos también. Los libros nuevos, de robo; los de segunda mano, precios muy dignos, incluso más económicos que en la Red. Insignias, badges u otros, precios normales tirando a caros (Es difícil luchar con según que sites de subastas virtuales).
Si no recuerdo mal, el mejor lugar para comprar libros está prácticamente delante del 'salón de telas', a mano derecha. Lo regenta un chico joven, unos treinta máximo. Es inconfundible ya que 'viste' una enorme barba decimonónica a lo 'Rasputín'. Muy amable. Lástima que su librería no tenga todavía un enlace en la web, porque es la librería dedicada a Gran Guerra más bestia que han visto, a día de hoy, mis ojos. Impresionante. A ojo de bibliotecario de buen cubero, diría que en el establecimiento si no había más de 5000 volúmenes no había ninguno. Tenía duplicados, pero bueno, menos de 4000 libros sobre la guerra no había. Un paraíso para un loco como yo. Precios subiditos, lo que pasa es que había que buscar y rebuscar. Salí con tres o cuatro libros, no más. Ya me resarciría en Bruselas.

Ypres desde la Menin Gate, atardecer

Hasta aquí lo que dió de si Flandes, en cuanto a Gran Guerra se refiere. Faltaba todavía mucho viaje y no era cuestión de agobiar a nadie con mis particulares historias.

Lo mejor: el ambiente y atmósfera de respeto y agradecimiento hacia todos los que dieron su vida por un pedazo de tierra como fue el 'famoso' saliente; la Menin gate y su simbolismo; los verdes y llanos prados de Flandes; el amanecer en el cementerio de Langemarck; la mejor comprensión de un escenario primordial en cuanto al Frente occidental se refiere y, sobretodo la profunda comunión con los que allí estuvieron aunque mediase casi un siglo.

Lo peor: demasiado en tan poco tiempo. La mente humana, al menos la mía, era incapaz de absorber y digerir todo lo que el lugar le estaba proporcionando. Pero no hay mal que por bien no venga. Volveré.

Gracias a todos por seguirme en 'nuestro' periplo por Flandes.

PS.: Os recomiendo que le deis un vistazo a esta selección de fotografías

5 nov 2010

In Flanders fields: apuntes de un periplo inconcluso (III)

Langemarck Friedhof


Después del acto, digamos, de constricción volví al coche donde me esperaba mi pequeño y fiel amigo. A él no le interesan ni los muertos, ni la guerra, ni cualquier estupidez humana. Qué suerte.
Arranqué y deshice el camino hacia Ypres con un pesar, mejor llamarlo pena, por aquellos que salieron de sus hogares como si fuesen a la cacería de los domingos y que no sólo no volvieron con sus 'presas' y sus batallitas que contar, sino que no volvieron. Me acuerdo de esos miles de cartas enviadas a sus familias y que jamás serían respondidas, ni leídas. Siento pena, por esos cientos de miles de jóvenes que jamás volvieron.
Laura me preguntaba cómo podía sentir pena por personas que ni conocí y que quedaban en un universo muy alejado de mi existencia. La respuesta ni fue, ni es, sencilla. Simplemente me transfiguro en esos miles de personas que, inocentemente, fueron a matarse unos a otros por nada. Siento lástima por miles de muertes estúpidas en aras de un conflicto nacido de la estultícia, del haber quién la tenía más 'grande', de unos gobiernos ignorantes y egoistas que jugaron con fuego y enviaron a sus hijos a resolver sus estúpidas y estériles trifulcas. Por eso siento lástima, porque en definitiva, la inmensa mayoría de los que acudieron a la 'llamada de la patria' en agosto-septiembre de 1914 deseaban pocos meses después volver cuanto antes a sus hogares y dejar atrás el infierno en el que se estaba convirtiendo una 'guerra de fin de semana' y que se alargaría más de cuatro años, prologando el sufrimiento, agonía y muerte de millones de soldados, con sus respectivas famílias. Por eso, y por más siento una enorme tristeza.

Quizá resulte difícil entender porque la siento, pero eso es lo que tiene escarbar e indagar en un conflicto tan terrible como fue la Gran guerra. Fue el final de la inocencia de una civilización que auguraba un progreso moral y técnico sin parangón en la Historia y que acabó empañando esa idea casi divina y totémica de progreso. Un progreso unívoco, el industrial, que acabó aplicándose para matar y exterminar a cuantos enemigos se pudiese, de la peor y más salvaje manera. El mundo se brutalizó de tal forma que se perdieron las más elementales formas de humanidad. Se traspasó el umbral. Un umbral que tendría su siguiente etapa un cuarto de siglo más tarde. Por eso siento pena, pero sobretodo porque eran personas con ilusiones, con una vida por delante, con hijos, mujeres, familias... Por eso, que no es poco.
Después del soliloquio deshice el camino hacia Ypres. Frasier estaba más contento. Quizá intuía que íbamos en busca de Laura, que aún debía dormir.
Una vez de vuelta al camino y con el mapa como GPS rudimentario - cómo lo eché a faltar - salíamos hacia Menin por la Menin gate en busca de la zona de la colina 62 (Hill 62), zona de duros combates. Ruta impoluta, vacía. Nos desviamos hacia un rompiente en la derecha, de la carretera que une Ypres con Courtrai. A banda y banda, sin embargo, se encuentran numerosos vestigios de la guerra. Seguimos las indicaciones y a unos kilómetros, a la derecha damos de bruces con el Sanctuary wood cementery. Seguimos hasta que alcanzamos una especie de cabaña de bosque del tipo que uno se encontraría en Montana o Wisconsin.

El chiringo - llamarlo de otra forma hubiese sido mentir - daba miedo. Laura dudaba, yo tiré pa'lante. En el fondo se trataba de un bar-restaurante cuyo jardín-cobertizo era nada más y nada menos que lo durante la guerra se dio en llamar la Hill 62, una pequeña cresta defendida por tropas británicas y que testigo de episodios de especial virulencia, como lo atestiguan los cementerios cercanos así como los testimonios de uno y otro lado. Pasamos al interior del restaurante siguiendo la preceptiva señal 'To the trenches'. Evidentemente para ir más allá de la rudimentaria barrera que separaba un 'saloon a lo Far West' y el mundo de la Gran Guerra era necesario colaborar con la 'causa' de los regentes y guardianes del 'tesoro' donde demasiados soldados perdieron la vida defendiendo un lugar que 'curiosamente' se convertiría en una naïve atracción turística. Ironías del destino.
3 o 4 euros, no recuerdo bien el precio. Eso sí, nos dieron un billete, de aquellos tipo 'boleto' parecido a los que me daban los viernes cuando iba al cine de Tossa de Mar para asistir a lo que se llamaba 'Gran gala infantil'. Todavía conservo el boleto, el de la Hill 62, claro.

Cruzada la barrera, accedimos a una sala de unos cincuenta metros cuadrados repleta de gadgets, gorras, cascos, proyectiles, cuadros, fotos, ... Vitrinas a lo largo de las paredes de la sala cubiertas de medallas, cascotes, anteojos, etc. No había orden ni concierto en la disposición de las piezas, y no es de extrañar, inventariar aquello hubiese supuesto tarea titánica y visto como tenían el bar, cualquiera se imaginaba como podía acabar aquello. En esa sala aún reinaba cierto caos dentro del orden. En la siguiente, algo más parecido a una chatarrería, el espectáculo era digno de ser inmortalizado. Alambradas, piezas sueltas de cañones, vainas de proyectiles, morteros, algún 'minenwerfer' - en muy buen estado, por cierto -, fusiles por doquier, restos de máscaras de gas... Bueno, que deciros, aquello era impresionante. Impresionante por la cantidades de restos y, sobretodo, por su dispar disposición. Sobrecogía. Laura alucinaba. Yo más.

Hill 62 museum

Después de entreternos un rato en el magnífico ejemplar de mortero de trinchera alemán en perfecto estado, salimos al aire libre ya que el olor a rancio y a herrumbre eran casi insoportables. La salida daba directamente a un tupido bosque de robles que apenas dejaba pasar algún rayo de sol. Para acceder al, digamos, centro o parte central de la colina 62, se pasaba por un dugout (abrigo) cubierto de una uralita o plancha ondulada metálica. No recuerdo el nombre en inglés a pesar de haberlo leído en infinidad de ocasiones. Pasado el tunelete, nos introducimos en lo que debía ser en su tiempo una trinchera de comunicaciones, hasta subir por una ligera pendiente que nos dejó casi en el medio del lugar. La visión era ideal.

Hill 62

Por una parte, se insinuaba perfectamente la línea zigzagueante de trincheras, así como las trincheras que unían la primera línea con la de soporte o la de comunicaciones que llevaba a retaguardia. Cabe decir que las trincheras estaban perfectamente conservadas, pero sin caer en la burda y artificiosa reconstrucción tipo 'Leroy Merlin'. Evidentemente las zanjas o trincheras estaban ausentes de parapetos, pero conservaban perfectamente una morfología primigenia: Tablones horizontales en las paredes de la zanja para contener el peso de la tierra y asegurar, por su parte, las tablas que formaban el suelo de las trincheras. En algunos lugares se conservaban las protecciones superiores. Aunque en tiempo de guerra, ese tipo de protecciones apenas salvaguardaban de una lluvia de shrapnels y a una distancia prudencial. Una lluvia de shrapnels prácticamente perpendicular a la trinchera hubiese dejado la chapa como un colador de rejilla fina, y no digamos al que ahí se refugiase.
Evidentemente, y como no podía de otra forma, subí, bajé, me escondí, observé por encima del parados como si fuese un niño pequeño. Pasado el momento 'saltimbanqui' y con las fotografías ya en el 'zurrón', me dediqué a echarle una ojeada más técnica al lugar, a fijarme en los detalles.
Así, uno de los puntos curiosos fue que desde la Hill 62 se tenía una impresionante vista del paisaje. En este sentido, hay que recordar que esta parte de Flandes, como casi todo el resto, lo configuran espacios y áreas muy planas, con apenas mínimas elevaciones. Por ello, durante los más de cuatro años de conflicto, la guerra en Flandes estuvo prácticamente orientada a hacerse con las pocas elevaciones que el terreno ofrecía ya que ofrecían un punto de observación vital de las posiciones enemigas. Cabe decir que de los pocos lugares en los que los alemanes no contaron con el factor altitud fue, precisamente, en esta zona del frente occidental. De ahí, que los alemanes insistieran e insistieran en hacerse con las elevaciones que cercaban a la ciudad de Flandes. La Hill 62 era una de las más importantes. Por ello, resultaba curioso observar a través de los claros que ofrecía el bosque algunos de los puntos donde estaban apostadas las líneas alemanas.


Cráter de obús en la Hill 62

Girando la vista a retaguardia, comencé a inspeccionar el terreno en busca de detalles, y di con algunos curiosos. En algunos puntos destacan unos enormes cráteres cubiertos con las lluvias de días pasados y que habían formado una preciosa capa de verdete. No cabe duda de que para que semejante resto continue visible, el obús tenía que ser como mínimo de un 150 o 210 mm alemán. De otra forma, el tiempo y los sedimentos naturales lo hubiesen cubierto ya. Así como los cráteres, Laura me hizo percartar de algo asombroso: en algunos puntos de la pequeña colina 'sobrevivían' algunos tocones o troncos desmochados de cuando aquello debió convertirse en paisaje lunar. De hecho, en los tres o cuatro tocones que descubrí, los visitantes se habían dedicado a colgar cruces o rosarios y, en algunos casos, cruces con la 'poppy' británica a modo de recordatorio. Sin duda, la Hill 62 era otro de los lugares de peregrinación británica.
De vuelta del cerro, deshicimos la ruta y nos introducimos otra vez en el 'museo de los horrores' no sin una pequeña sonrisa al encontrarlo un 'poquillo' cutre. Nos despedimos de los 'posaderos', entramos en el coche y dimos media vuelta por la carretera hasta encontrarnos otra vez con el cementerio de Sanctuary wood dedicado a los caidos ingleses y de los Dominions (Anzacs y canadienses).


Sanctuary wood cementery

El recinto, no muy grande, es de una exquisita sobriedad. Las lápidas, dispuestas en forma de abanico, llevan grabado el nombre del soldado, el regimiento y la fecha de su muerte si son conocidos. En caso contrario, llevan grabada una cruz y la inscripción 'Soldier of the Great War'. Los cementerios estan cuidados hasta un extremo insospechado. Cabe decir que tanto Bélgica como Francia cedieron, gratuitamente, los terrenos donde se ubicaron los cementerios para los caidos de los ejércitos británico, australiano, neozelandés y canadiense. Para su gestión, el gobierno británico, en representanción del resto de naciones de la Commonwealth, creó la Commonwealth Graves War Commission que tiene como cometido el cuidado y gestión de los cementerios donde reposan soldados de sus respectivas naciones. Como decía, el cuidado es exquisito, y no sólo el mantenimiento. En el caso del de Sanctuary wood, en cada una de las lápidas hay flores - mayormente rosas - que proporcionan un preciosa imagen de dignidad y calma. En esto, los ingleses son especialmente detallistas.

Sanctuary wood cemetery

Dejé Sanctuary wood, entré en el coche y nos dirigimos hacia la carretera que lleva de Passchendaele para visitar el cementerio de Tyne Cot y sus aledaños.

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