1 feb 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (2)

Viene de: R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (1)

La situación me paralizó recorriéndome un escalofrío por todo el cuerpo, pero los alemanes se quedaron aún más sorprendidos, de forma que todos echaron a correr. Todos menos uno que levantó los brazos y gritó: "Mercy, kamerad". Lo cogí como prisionero hasta el lugar en que encontré al general. Fue allí donde oí que Lord Feversham había caído. El cuerpo de nuestro coronel fue recuperado un mes después por una partida de hombres entre los que me encontraba. El 7 de octubre de 1916 reanudamos nuestro ataque en el Somme, en el que continué realizando misiones como mensajero-enlace. Nuestra línea del frente estaban muy mal excavadas, y las trincheras apenas tenían suficiente profundidad para hacerlas útiles. Debido a esto, el comandante en jefe me dio la siguiente orden: "No hay espacio para pasar por las trincheras, deberá ir por arriba. Lo más probable es que lo maten, pero debe hacerlo". Cuando volví de la misión, fui recibido con vivas y vítores, del tipo: "Hurra Iley, estás vivo". No hubo tiempo para la alegría, tuve que llevar una misiva a la izquierda de nuestra posición. Otra vez tuve suerte, la verdad es que volé.

Ese día sufrimos duras perdidas, una nueva remesa de treinta hombres venidos directamente desde Inglaterra fueron aniquilados uno o dos días después de haberse incorporado.
Cuando se nos ordenó trasladarnos de sector, acompañé al nuevo oficial al mando hasta nuestro batallón. Me preguntó sobre nuestra posición y le respondí que era un sector tranquilo pero que ya habíamos llenado un cementerio e íbamos camino del segundo. El asistente del coronel me contó lo mucho que se había divertido mi narración. El coronel había recibido la DSO en Gallipoli y ya estaba acostumbrado a bregar en situaciones difíciles. Una noche de cerrada oscuridad, dos de nosotros tuvimos que abandonar nuestra ruta habitual debido al fuego artillero. De repente, un centinela nos advirtió que nos tirásemos al suelo, y al hacerlo varios cañones dispararon justo por encima de nuestras cabezas. Curiosamente, meses más tarde, en el hospital Seaham oí a un artillero relatar una historia sobre una noche en que dos soldados de infantería estuvieron a punto de perder la cabeza por el fuego bajo de unas baterías. Interesado por el relato le pedí que me dijese cuando y donde tuvo lugar el hecho. Por los datos que me proporcionó descubrí que había sido aquella noche en que casi perdemos nuestras cabezas, al explicárselo, éste, se quedó estupefacto. El 7 de junio de 1917, durante el ataque a Messines, en el fragor de las explosiones de las minas, sugerí al oficial que me acompañaba que estábamos avanzando demasiado aprisa y que perderíamos el contacto con el coronel, así pues decidimos sentarnos en un cráter a esperar que el Cuartel general nos alcanzase.
En la espera, un sargento, viéndonos sentados en el cráter y sin reparar en el oficial, nos gritó: "Moveros, malditos cobardes". De repente, se percató en la pistola del oficial y prosiguió su camino sin decir nada más.
Cuando nos movilizaron para la 3a batalla de Ypres, tuve que guiar una partida de soldados. Ese jornada fue muy dura. El enemigo conocía las intenciones del ejército británico de atacar, por eso no cesó en bombardear duramente con gas y shrapnels todas las rutas que llevaban al frente. La partida de hombres que yo guiaba fue la última en moverse, los llevé por una ruta que no había tomado nadie hasta el momento. Con las máscaras abtigás puestas durante la mayor parte del trayecto, fuimos tirándonos en las cunetas y refugios para protegernos del violento bombardeo enemigo. Justo cuando cruzábamos el canal de Yser, cayó un obús, pero afortunadamente salimos ilesos y llegamos a nuestro destino sin un rasguño. Me sentí enormemente feliz cuando esos hombres me felicitaron y estrecharon la mano en agradecimiento. Otras partidas registraron bajas y perdieron muchos hombres.A las cinco de madrugada del 5 de septiembre de 1917 nuestra división atacó Tower Hamlets bridge en Passchendaele. Estuve con el coronel hasta la hora cero, éste realizó la cuenta atrás con los dedos. Saltamos de la trinchera y nos encontramos con una resistencia durísima procedente de unas estructuras de hormigón que nuestra artillería no había logrado destruir. Las ametralladoras alemanas barrían nuestras líneas, pero a pesar de ello el coronel ordenó avanzar a nuestra sección con el objetivo de eliminar la amenaza que suponía ese nido de ametralladora. Fuimos directos hacia allí, entonces los alemanes lanzaron una bomba incendiaria y nos barrieron con fuego de ametralladora. De una sección de diez hombres, cinco murieron y cuatro cayeron heridos.

30 ene 2008

R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (1)

En noviembre de 1915, fui uno de los seleccionados por el coronel Lord F. para formar parte de los Yeoman Riflesen Hemsley Park. En enero de 1916 el batallón fue enviado a Aldershot para llevar a cabo nuestro entrenamiento. Allí se pidieron corredores de enlace o enlaces y acepté de forma voluntaria.
Después de una marcha terrible, en las que algunos compañeros morirían, y de la visita de su Majestad el Rey nos fueron distribuidos y entregados nuestros discos de identidad y aprovisionamientos. Nos embarcamos hacia Francia el 4 de mayo de 1916. En el continente, en la zona de Meteren recibimos un último entrenamiento antes de partir hacia el frente en Ploegsteert. Allí tuvimos nuestro bautismo de fuego el primer día que llegamos a las trincheras; un pelotón de la compañía A fue prácticamente aniquilado durante la inspección del armamento. Yo mismo ayudé a llevar a algunos de nuestros primeros muertos al hospital de campaña.
Nos adaptamos pronto a la cotidianeidad de la vida en las trincheras, como si fuese la mejor de las existencias e intentábamos pasarlo lo mejor posible. Una noche, una de nuestras baterías de 18 libras rompió la calma tensa con un martilleo regular. Cansados y con enormes ganas de dormir maldecimos a nuestros propios artilleros. El enemigo respondió sobre el cuartel general de nuestro batallón. Debido a la certera puntería de la artillería alemana se ordenó retirada, pero cuatro de nosotros quedamos bloqueados, ya que un obús había taponado nuestro abrigo. El resto de abrigos también habían sido destruidos. Estuvimos durante un largo tiempo cubiertos de escombros y humo. Hasta la mañana siguiente no fuimos rescatados, estábamos ilesos ya que el proyectil estaba defectuoso y fue a incrustarse en medio de una de las bigas que soportaban nuestro abrigo. Esa noche tres jugamos a cartas, mientras el cuarto rezaba.
Un día yendo en bicicletas a través de unas pasarelas, dos de nosotros oimos el silbido de un obus acercarse. Mi compañero, de un salto, se lanzó dentro de una trinchera. Por mi parte, pedaleé estúpidamente mucho más rápido para alejarme, pero la onda expansiva me lanzó contra un árbol; milagrosamente me levanté sin un rasguño. Mi compañero no tuvo tanta suerte, la trinchera se inundó totalmente.
En agosto de 1916 fuimos destinados a la zona del Somme. Los enlaces a los que íbamos a relevar nos preguntaron si ya habíamos estado en el Somme, a lo que nosotros respondimos que hasta ahora habíamos estado en Ploegsteert. Sorprendidos nos dijeron: "Y eso es ser soldados? Mueren más aquí en un solo día que allí en todo un año". A pesar de que tuvimos algunas bajas en Ploegsteert, nos dimos cuenta que el tiempo que pasamos allí fue un periodo de aprendizaje para acontecimientos futuros. En Ploegsteert, a pesar de los contínuos obuses y del traqueteo de las ametralladoras, a la hora del atardecer oíamos el sonido de los pájaros; en el Somme todo era oscuro y por doquier había ese nausebunda podredumbre.
En la mañana del 5 de septiembre de 1916, nuestra división, acompañada de los tanques - que serían usados por primera vez-, atacamos en el Somme. Yo permanecí en la retaguardia, en el Cuartel general. Poco después que comenzase el ataque acompañé al general de brigada hasta nuestro batallón, a través del Bois de Delville. El batallón sostenía firmemente el empuje alemán, a pesar de las cuantiosas bajas, sin posibilidad además de relevo.
El general de brigada, después de reunirse con el coronel, me dio un despacho para el Cuartel general, con la orden de ir lo más rápido posible, sin parar por nada ni por nadie y de volver lo más pronto posible, aunque oyese o me ordenasen lo contrario.
Estas órdenes me excitaron de gran manera. Volví a entrar en el Bois Delville y de repente oí un terrible lamento de un tommy herido: "Por el amor de Dios, ayúdame". Me desvié y lo levanté, en ese momento di con un soldado alemán herido que había, presuntamente, disparado al tommy y a otros compañeros. El tommy herido me pidió que cazase al Fritz, pero recordando las órdenes, eché otra vez a correr. De vuelta del Cuartel general, encontré muerto al Fritz.
Cerca de la trinchera donde dejé al general me dijeron que era imposible avanzar más, los alemanes habían recapturado las trincheras. Atento a las últimas advertencias del general sobre hacer caso omiso a cualquier contraorden, seguí corriendo y salté a la trinchera en medio de un grupo de soldados alemanes


Continua en: R.W. Iley: memorias de un enlace, 1916-1918 (2)

29 ene 2008

La Vida de los mártires de Georges Duhamel (2)


Fotograma de la película La Chambre des officiers


Otro fragmento frapante de La Vida de los mártires de Georges Duhamel.

Auger se prepara a poner al día su "cuaderno". Es un grueso libro que le han regalado, sobre el que anota las cosa importantes de su vida...
Auger tiene una letra redonda de colegial. Bueno, sabe escribir lo estrictamente necesario para sus necesidades, estaba por decir para su diversión.
- ¿Quiere usted ver mi cuaderno?-dice
Me lo tiende con el ademán de un hombre que no tiene secretos.
Auger recibe muchas cartas, y las copia cuidadosamente, sobre todo cuando son bonitas e inspiradas por generosos sentimientos. Su teniente, por ejemplo, le ha escrito una carta muy notable.
También copia en su cuaderno las cartas que escribe él a su mujer y a su nena. Luego figuran en el libro los hechos del día: "Cura, a las diez de la mañana. Tengo menos pus... Después de la sopa, visita de la señora Princesa Moreau, que reparte gorros a todos; a mí me ha tocado uno verde magnífico. Aquel hombre bajito, que tenía tan mal el vientre, ha muerto a las dos..."
Auger vuelve a cerrar su cuaderno y lo mete bajo la almohada. Tiene una cara que no se puede mirar sin satisfacción. Su tez es viva y cálida; el cabello abundante y un poco rizado; un bigote de adolescente, una barbilla bien afeitada y dividida por un hoyito rebosante de alegría; unos ojos que parecen contemplar un paisaje riente, con arroyos y sol.
-Sigo bien-me dice con tranquila satisfacción-. ¿Quiere ver a usted a Marieta?
Levanta la sábana y me enseña el aparato en que hemos colocado el muñón de su pierna. Parece una gorda "muñeca" blanca, que él coge, riendo, con las dos manos, y a la que ha dado el nombre familiar de Marieta.
Auger era ingeniero zapador. Un obús le partió un muslo y le arrancó el pie. El pie le colgaba aún por una tira de carne; Auger sacó una navaja y acabó de desprender el pie. Luego dijo a sus compañeros, que se habían puesto verdes de horror:
-¡Bueno, amigos! ¡Esto ya está listo! No se ha perdido gran cosa. A ver si podéis llevarme un poco hacia atrás.
-¿Sufrías mucho?-le pregunté.
-Pues mire usted, señor, menos de lo que creer. Sinceramente, no me dolía muchísimo, muchísimo. Después, ¡qué demonio!, claro que vino el dolor...
Y yo comprendo por qué gusta Auger: es que tranquiliza. Viéndole, escuchándole, parece que el sufrimiento no es cosa tan terrible...
Los que viven lejos del campo de batalla y visitan los hospitales para tomar un poco el aire de la guerra, contemplan a Auger y regresan contentos de todo: de los acontecimientos, de él, de sí mismos; deducen que el país está bien defendido; que los soldados son bravos, y que las heridas, las mutilaciones, son, desde luego, cosas serias, pero soportables.

26 ene 2008

Dulcem et decorum est, Wilfred Owen (1)


Manuscrito original de Dulcem et decorum est de Wilfred Owen

Depositado en la British Library. MS 43720, f.21

Kut y alrededores (Mesopotamia, 1915)


Kut y alrededores (Mesopotamia, 1915)

25 ene 2008

La Vida de los mártires de Georges Duhamel (1)



Fragmentos de la obra de Georges Duhamel, La Vida de los mártires, basada en las experiencias de un sanitario en un hospital de campaña. La crueldad de los relatos más frapantes se entremezclan con historias de tierna humanidad y sacrificio. El estilo narrativo y la omnisciente ternura en el relato se asemeja mucho a la película El Pabellón de oficiales.

Fragmentos:

Cuando acerco la mano a su ojo vacío, Croin hace un pequeño movimiento hacia atrás.
- No tengas miedo-le digo.
- ¡Oh! ¡Si no tengo miedo!
Y añade con tranquila altivez:
- Cuando se ha estado en la cota 108 no se puede ya tener miedo de nada.
- Entonces ¿por qué haces ademán de retirar la cabeza?
- Es la cabeza que lo hace ella sola. Yo no me doy cuenta.

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A fuerza de lanzar granadas, Mathouillet ha acabado por recibir una, y buena de veras. En tan desgraciado trance ha perdido un riñón, ha tenido varias heridas, y se ha quedado sordo, o poco menos. Ese es el lote que ha correspondido al artillero granadero Mathouillet.
El artillero granadero tiene un dulce rostro imberbe que, durante varias semanas, ha tenido que expresar grandes sufrimientos, y que ahora aprende a expresar un poco de bienestar. Pero Mathouiller oye tan mal cuando se le habla, que, por respuesta se limita a sonreír.

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Gautreau parecía una bestia de carga. Era pesado, macizo, de miembros poderosos y majestuosa facha. Lo que el podía llevar a la espalda hubiera aplastado a un hombre ordinario; tenía espesos huesos, tan recios, que el casco de granada que tropezó con su cráneo sólo abrió una hendidura, y allí quedó, sin ir más. Gautreau llegó solo a la ambulancia, a pie, sentase en una silla, en un rincón, y dijo:

- No hay prisa, apenas es más que un arañazo. Se le dio una taza de te con ron. Y se puso a tararear:

En courant par les épeignes
J’métios fair un écourchon,

Et en courant par les épeignes

Et en courant après not’ couchon

Eres un hombre, todo un hombre- le dijo el doctor Boussin-Ven acá, que veamos eso.
Gautreau entro en la sala de operaciones, diciendo:
-¡Saliendo del barro, choca andar en seco!
Mírelo usted, si apenas es más que un arañazo. Por más que, a lo mejor, si se encona…
Boussin sondó la herida y notó el hueso hendido. Era un viejo cirujano que tenía sus ideas sobre el dolor y el valor, y dijo:
- Yo tengo prisa y tú eres un hombre. Tengo que hacerte una cosilla. Ponte ahí de rodillas y estate muy quieto.
Pocos minutos después, Gautreau estaba arrodillado y agarrado a la pata de la mesa. Tenía la cabeza llena de trapos ensangrentados, Boussin, con un escoplo en la mano, le daba en el cráneo pequeños golpes con un martillo, como un escultor.
- Señor Bassin, señor Bassin, que me hace daño.
- No es Bassin; es Boussin-contestaba muy calmoso el viejo médico.
- Sí que será Boussin…
Había un silencio, y Gautreau añadió de pronto:
- Señor Bassin, es que mata esa historia que anda usted haciendo.
- ¡No hay cuidado! ¡No hay cuidado!
- ¡Señor Bassin, le digo que mata eso!
- ¡Un momento aún! ¡Un segundo!
- Señor Bassin que me está clavando clavos en la cabeza, y eso no esta bien…
- Ya se acaba, ya casi está.
- Señor Bassin, no aguanto más!
- Ni hace falta; ya está-dijo el cirujano dejando los instrumentos.
Cuando Gautreau tuvo la cabeza empaquetada con algodón, salió de la sala.
- No es que sea malo el viejo-dijo riendo-; pero darle a uno así con el martillo … No es que haga daño…, porque, como hacer, hace poco daño. Pero eso mata; si lo sabré yo…; eso mata, y a mi que no me vengan con historias de ésas.

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Extraídas de: DUHAMEL, Georges. La Vida de los mártires. Madrid : Calleja, 1921.

20 ene 2008

General officers of the Great War. John S. Sargent

General officers of the Great War. John S. Sargent
Óleo sobre tela. 299 x 528 cm
(National Portrail Gallery)

De izquierda a derecha: 1. William Riddell Birdwood, 2. Jan Christian Smuts, 3. Louis Botha, 4. Julian Byng, 5. Henry Seymour Rawlinson, 6. Henry Timson Lukin, 7. John Monash, 8. Henry Sinclair Horne, 9. George Francis Milne, 10. Henry Hughes Wilson, 11. Andrew Hamilton Russell, 12. Herbert Plumer, 13. John Steven Cowans, 14. Douglas Haig, 15. John French, 16. William Robert Robertson, 17. Frederick Stanley Maude, 18. Edmund Henry Hynman Allenby, 19. William Marshall, 20. Arthur William Currie, 21. Frederick Lambart, 22. Charles Macpherson Dobell


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