20 ene 2010

Henry Tonks: el pintor del sufrimiento


Una de las peores lecciones -por cierto, no aprendidas- que nos proporcionó la Gran Guerra fue el brutal y cruel sufrimiento que una guerra industrial podía provocar en el ser humano, no sólo a nivel espiritual, sino también físico. Las heridas que provocaron los nuevos artilugios de guerra hirieron, mutilaron y aniquilaron de forma horripilante a decenas de miles de soldados.
La artillería pesada y sus consecuencias fueron los verdaderas protagonistas de esta inédita guerra tecnológica.
Shrapnels, metralla, gases tóxicos, lanzallamas, etc. fueron los causantes de horribles y nuevas heridas en muchos de los supervivientes. Heridas que jamás serían superadas y que sumirían a decenas de miles de veteranos en una agonía existencial el resto de sus vidas. No cabe duda que el nivel de daños inflingidos al enemigo superaba toda expectativa.
Los propios profesionales de la medicina se vieron superados por el horror de las heridas, los mismos mandos militares se percataron que mandaron a la guerra a ejércitos con uniformes o pertrechos propios de otro siglo y otra tecnología. La guerra industrial lo barrió todo a su paso: esperanzas de una guerra fugaz que a golpe de acero impusieron el horror y el dolor.
Las horribles secuelas de la guerra prosiguieron por los años y los supervivientes cruelmente mutilados fueron pronto olvidados en ese pozo en que se cae y no se vuelve jamás.
La propia propaganda y ese indecoroso sentido de esconder la realidad ocultaron el verdadero rostro de la guerra. Pocos fueron los valientes que lo sacaron a la luz. Henry Tonks fue uno de ellos.
La figura de Tonks sugiere, a menudo, un escenario de claroscuros. Era médico, era artista? Era ambos?
Su vida tampoco aclara mucho la duda.

Tonks
Henry Tonks nació en el condado inglés de Warwickshire en 1862.
Pronto descubrió su vocación por la medicina y en 1879 ya se encontraba como estudiante-interno en el Royal Sussex County Hospital de Brighton. En 1892 ya formaba parte de la Fellowship of Royal College of Surgeons dando clases de anatomía en el London Hospital Medical School.
Su otra pasión apareció un poco antes, en 1888. Tonks, un joven entusiasta, decidió matricularse a clases nocturnas de arte en la Westminster School of Art, con Fred Brown como maestro. Sus dotes como dibujante y sus conocimientos de anatomía pronto le proporcionaron un calurosa bienvenida en los círculos artísticos como en el New English Art Club. Sin embargo, a medida que su pasión por el arte aumentaba su renuncia al mundo de la cirugía se hacía más patente.
En este punto, Brown -su maestro en la Westminster School of Art- le proporcionó la posibilidad de dar algunas clases de dibujo como auxiliar en la Slade School, a lo que Tonks accedió gustoso.
El gusto por el dibujo y predilección por la creación a pastel eran las bases de su técnica y por consiguiente de su obra. Hasta finales del siglo XIX continuó predominando en su obra la acuarela, así como las obras al carboncillo o al pastel. Su exquisito detallismo y su afán por mostrar una realidad inalterable en las formas hicieron que estas características permaneciesen en sus pocas obras al óleo, de 1915 en adelante.
El estilo de Tonks, sobretodo en su orígenes, es inclasificable. Algunos críticos, sin embargo, consideran que fue uno de los primeros artistas británicos que sintió la influencia de las impresionistas franceses. Aún así, sus formas no responden exclusivamente a ninguna de las tendencias o escuelas artísticas de la época.

La guerra
Fue precisamente la Gran Guerra la que volvería a poner sobre la mesa la dicotomía entre sus dos pasiones.
En los primeros compases del conflicto decidió aparcar momentáneamente el arte para dedicarse a la medicina y en 1914 trabajó como camillero en hospital para prisioneros de Dorchester. A finales de ese año se trasladó al hospital para oficiales británicos de Hill Hall en Essex. Fue en este lugar cuando el médico Tonks ocupó el lugar del Tonks artista y se percató del sufrimiento físico y espiritual de los heridos.

A saline infusion


Al poco se trasladó al frente y en el dispensario de campaña de Arc-en-Berrois (Francia), Tonks demostraría que no había perdido nada de su talento como dibujante. Como ayudante asistió a una de las innumerables escenas de sufrimiento y dolor a las que estaban sometidos los heridos. Con ese retrato mental consiguió realizar una serie de bocetos y croquis que fraguaron en la obra A saline infusion.
A saline infusion es un dibujo al carboncillo que muestra el momento de extremo dolor de un herido justo cuando se le está administrando una solución salina. La representación del dolor y del sufrimiento del paciente no pueden ser más vívidas.
A pesar de lo diluido de la escena, se observa al herido en un estertor de dolor y a dos médicos y una enfermera intentando aliviar su sufrimiento.
Los críticos ven en el herido un gesto asimilable a las líneas de las deposiciones de Cristo de los pintores barrocos. En este punto, relacionan la predilección que sentía Tonks por pintores como Velázquez y Rubens.
A saline infusion provoca en el espectador un natural sentimiento de compasión por el herido y su sufrimiento.
En este punto se distancia de otros artistas, como por ejemplo John Lavery que ofrece en sus primeras obras una ternura inocente hacia los heridos. First wounded, London Hospital de 1914 de Lavery muestra una sala de hospital con heridos convalescientes en una actitud absolutamente más descansada y donde el primero plano lo ocupa una enfermera que benda cuidadosamente a un herido en un claro estado de sosiego. La obra, producto de una clara significación propagandística, muestra el descanso del soldado después de su cumplimiento del deber, su premio.
En contraposición, el convulsionado y doliente herido de Tonks ofrece la cruda realidad de la guerra: el sufrimiento. La obra es pues un claro exponente del compromiso de Tonks consigo mismo y con lo real.

Inglaterra, Italia y de vuelta a Inglaterra

Durante esa temporada, inicios de 1915, Tonks sirvió como camillero para la Cruz Roja británica, aunque sus periplos eran cortos, ya que a mediados de ese mismo año estaba en un hospital de Cookham dando lecciones de bendaje.
Estando en Cookham aceptó una oferta para acompañar una ambulancia de la Cruz Roja británica con destino Italia. Al poco se encontró al mando de la empresa ya que el resto de personal carecía totalmente de conocimientos médicos. La empresa, evidentemente, duró poco.
A finales de 1915 estaba de vuelta en Inglaterra.

Continúa en: Henry Tonks: el pintor del sufrimiento (II)

15 ene 2010

Julius Arigi (1885-1981), el as imperial


Julius Arigi (1885-1981)
As de la aviación de la austrohúngara durante la Primera Guerra Mundial.

Originario de los Sudetes alemanes de Bohemia, pronto sintió la llamada de las armas aunque antes de incorporarse como voluntario al ejército realizó diversos oficios, entre los más notorios el de electricista o camarero. Arigi se alistó como voluntario en octubre de 1913, siendo adscrito al 1r regimiento de artilleria del ejército austrohúngaro.
Su pasión por los aviones fue temprana por lo que en marzo de 1914 fue transferido a las incipientes fuerzas aéreas, las Luftfahrtruppen. A finales de 1914 y después de un completo entrenamiento fue ascendido a sargento de aviación, Zügsfuhrer.
Al estallar la guerra, fue destinado a la 6ª Fliegerkompanie, en la Dalmacia meridional, donde tenía como principal misión hostigar a las fuerzas serbias y montenegrinas. Para este tipo de misiones le fueron asignados los LS 2 del tipo Lloyd y biplanos Lohner.
Precisamente con un biplano Lohner 140, Arigi y su observador realizaron un amerizaje de emergencia que quedó en un pequeño susto gracias al poco oleaje. Los sustos no acabarían ahí.En octubre de 1915 fue hecho prisionero mientras realizaba tareas de reconocimiento después de que una avería en el motor de su avión le obligase a aterrizar en territorio montenegrino.
Durante su cautiverio intentó escaparse cinco veces, hasta que en el sexto intento lo consiguió. Tenaz y rebelde - este último rasgo le acabaría trayendo problemas - logró escapar junto a otros cinco prisioneros austríacos robando un coche. Vehículo que pertenecía al séquito del príncipe Nicolás de Montenegro. Después de una serie de peripecias, Arigi y los otros prófugos lograron llegar hasta Albania donde se encontraba su unidad.
Su momento de gloria le llegó con el famoso episodio de los cinco Farmans italianos a finales de agosto de 1916. El 22 de agosto de 1916, seis biplanos Farman de la 34ª Squadriglia despegaron del aeródromo de Valona con el objetivo de bombardear la base austríaca de Durazzo. Ante la urgencia de la situación, Arigi pidio salir para repeler el ataque a lo que el comandante de la Flik 6, Emil Cioll, se negó por no poderle acompañar ningún oficial en el asiento trasero ya que Arigi sólo era Zügsfuhrer (sargento). Al ver sobrevolar los aparatos italianos por encima del aérodromo, Arigi no pudo más y desobedeció las órdenes saltando a los mandos de un Hansa-Brandenburg CI. Le acompañó en la gesta Johann Lasi, otro zügsfuhrer.
En su primera salida de caza logró derribar cinco de los seis aparatos sobre el estuario de Skumbi en poco más de media hora. Toda una epopeya que enseguida llegó al gran público. Arigi ya era un as.
Poco más tarde, sobrevolando el puerto de Valona logró hundir un vapor italiano a los mandos de un biplano Lohner BVII.Bien por la permeabilidad del frente del Isonzo, bien por su carácter díscolo, Arigi fue transferido a ese sector a finales de 1916 para realizar misiones de escolta a los mandos de un Hansa-Brandenburg D1. A mediados de 1917 sus victorias alcanzaban los 12 derribos.
Sus éxitos le llevaron el verano de 1917 a la escuadrilla 41J, pero su temperamento y su peculiar concepción de volar le comportaron no pocos roces con sus compañeros, entre ellos el también as de la aviación austrohúngara y jefe de la escuadrilla Godwin Brumowski. Éste consiguió sacárselo de encima. Sus diferencias se saldaron con el traslado de Arigi de la Fliegerkompanie 41J a la recién creada 55J en Haidenschaft, otra vez en el frente del Isonzo.
La 55J fue un destinado afortunado para Arigi. La nueva Flik fue trasladada al Tirol meridional, en la Val Sugana a unos 120 kilómetros al noroeste de Venecia. Con absoluta libertad, ideas propias y junto a los húngaros Josef von Maier y Josef Kiss, ambos de mayor graduación que él, contabilizó trece victorias más con su Albatros DIII, que sumadas a las 12 anteriores alcanzaban la significativa cifra de 25 derribos enemigos.
Por aquel entonces, la 55J Flik ya era conocida como la Kaiser's Staffel o escuadrilla del emperador dada la simpatía que éste sentía hacia Arigi. Cuenta la leyenda que el nuevo emperador austrohúngaro sentía una gran debilidad por Arigi. Tanto que decidió ascenderlo a oficial con la condición de que bajase de las nubes y tomase posesión de algún cargo burocrático. Arigi, con gran sorpresa para el emperador, declinó la oferta, eso sí, a cambio de que los nuevos prototipos del Aviatik D1 fuesen enviados en primer lugar a su escuadrilla. Y así fue.
De vuelta al frente albano -6ª Fliegerkompanie (Flik 6)-, durante la primavera de 1918 registró otros tres derribos con su nuevo Aviatik D1, regalo del emperador. Ese mismo verano fue destinado otra vez a la Flik 1J en Dalmacia. Allí, Arigi dispuso de dos Aviatik D1 para su uso estrictamente personal y fue precisamente al mando de uno de estos Aviatik que logró sus últimas cuatro victorias.
Arigi estuvo pilotando aviones durante los más de cuatro años que duró la guerra, siendo el piloto más condecorado de su país a pesar de su condición de suboficial.
Acabada la guerra y ya en Checoslovaquia fundó una de las primeras compañías aéreas del país y estuvo relacionado siempre con cuestiones aeronáuticas. En la década de los años treinta ingresó en el partido nacionalsocialista y en 1938 inició su andadura como instructor de los futuros ases de la nueva Luftwaffe alemana, entre ellos Walter Nowotny y Hans-Joachim Marseille.

Julius Arigi murió en 1981.

5 ene 2010

Dossier Meteor

Los conflictos humanos y en especial las guerras ofrecen a menudo episodios que resultan curiosos, o si queremos paradójicos.
En este sentido, la Gran Guerra es un filón para encontrar historietas que reflejen las situaciones más estrambóticas. Dentro del gran magma de este catálogo de despropósitos se sitúa la historia y posterior desenlace del buque de guerra alemán Meteor.
El Meteor alemán nació con el nombre de Vienna en 1903. Antes de la guerra, el Vienna era un buque mercante de la companía Leith, Hull & Hamburg Steam Packet que cubría la línea entre Leith y Hamburgo. El Vienna tenía una eslora de 85 metros y desplazaba casi 2000 Tn a una velocidad máxima de 14 nudos. Para su desgracia, el Vienna se encontraba en Hamburgo cuando estalló la guerra. Al poco fue requisado por las autoridades germanas que le añadieron dos cañones, uno de 88 mm y otro de 37 cm y dos tubos lanzatorpedos para su nueva tarea de portaminas-corsario. El Vienna salió nuevamente a la mar con el nombre de Meteor.
Al mando del capitán de corbeta Wolfram von Knorr partió el 29 de mayo de 1915 con la misión de minar una zona cercana al puerto de Archangelsk que era el destino de un fluido tráfico de mercancias y materiales de guerra que los aliados, y especialmente los británicos, estaban enviando a Rusia.
El Meteor, a pesar de algunos apuros -fue avistado aunque confundido con un buque de carga ruso-, cumplió con creces su misión. Se cree que sus minas enviaron a pique a unos tres o cuatro cargueros rusos.
Finalizada la misión de minado y de vuelta a Alemania, el Meteor interceptó y hundió a otros dos cargueros, esta vez uno sueco y el otro noruego.
El Meteor volvió a hacerse a la mar el 6 de agosto de 1915. Esta vez le acompañó el submarino U-17. Destino: fondear campos de minas en el área de Moray Firth, Escocia. El Meteor volvió a triunfar. Se cree que sus minas provocaron el hundimiento del destructor británico HMS Lynx, aunque las mismas fuentes no lo confirmen. En este punto, sí que se tiene la seguridad que los dragadores de minas de la armada británica sufrieron graves desperfectos y 21 bajas al intentar retirar los campos de minas fondeadas por el Meteor.
Otra vez con la misión cumplida, el Meteor puso rumbo a Alemania. El Almirantazgo británico encolerizado por los triunfos germanos en la ciencia minológica, envió una escuadra de cruceros al mando del comodoro Le Mesurier con el fin de dar caza al sortudo mercante.
Éste, durante su retorno, tuvo tiempo aún de echar a pique a otro buque inglés, el también mercante reconvertido en barco de guerra Ramsey.
El Ramsey, con órdenes expresas de inspeccionar todo buque sospechoso, dió el alto al Meteor, disfrazado de vapor ruso. Al instante, el Meteor desplegó la bandera alemana y abrió fuego con sus pobres cañones, lanzando incluso un torpedo. La suerte -esta vez- no estuvo del lado británico: el Ramsey se hundió en poco menos de cinco minutos. Los supervivientes del Ramsey junto con el capitán Raby fueron rescatados por el Meteor y subidos a bordo como prisioneros.
Para seguir con el relato de los hechos prefiero tomar la narracióin mucho más lograda y emocionante de Luis Mille en su Historia naval de la Gran Guerra cuando narra las últimas aventuras del Meteor.
La aventura del Meteor [Vienna] -según Mille- acabó así:

"Las escuadras [británicas] lanzadas en pos del fugitivo iban tejiendo una espesa red en derredor de éste; los alemanes estaban tan lejos de sospechar el peligro, que aún se detuvieron a registrar un velero danés, cargado de madera, que se dirigía a Leith.
En la mañana del 9, un hidroavión alemán pasó sobre los buques del comodoro Tyr whitt, que procedentes de Harwich iban hacia el norte, sin que los cañones antiaéreos fuesen capaces de hacer blanco en él, siguiendo hacia la isla de Borkum. Casi a la misma hora, un zeppelin pasó sobre el Meteor y le advirtió de la presencia de los cruceros enemigos que se interponían entre su situación y el golfo de la Jahde y le aconsejó arrumbase al Norte, en dirección que vino a coincidir con la de Tyrwhitt, a cuarenta millas por delante de sus buques.
Dos zeppelines y tres submarinos fueron enviados en ayuda del portaminas; pero cuando su comandante vió los primeros buques contrarios, decidió hundir el Meteor, y cuando los ingleses fueron estrechando el cerco en derredor de él, sus tripulantes en unión con los del Ramsey, navegaban en un velero sueco. Los ingleses, por su parte, se alejaron temerosos de que el alemán hubiese sembrado minas en aquellos parajes antes de hundir su buque.
También es curioso este encuentro por el problema de derecho internacional que se suscitó a bordo del velero sueco; dentro del alcance de los cañones británicos, ¿quiénes eran los prisioneros a bordo, los alemanes del Meteor o los ingleses del Ramsey? Éstos [británicos] alegaban que quedaban en libertad y no debían seguir a sus enemigos, conforme éstos [alemanes] pretendían. La fórmula consistió en que los supervivientes del Ramsey transbordasen a un pequeño pesquero noruego, llegando von Knorr a prestar unas libras esterlinas al teniente de navió Atkins, quién se las devolvió por el trámite de la Embajada norteamericana, acompañando las gracias."

Los hechos, aún narrados con el peculiar estilo de Mille, sucedieron tal y como los contó.
El final de la aventura del Meteor fue una curiosa paradoja que terminó de la mejor forma posible, sin embargo, los románticos episodios de los corsarios llegarían pronto a su fin dando paso a las estúpidas y horrendas acciones de guerra como el Baralong o como el SS Persian o peor, el hundimiento de buques-hospital con miles de victimas indefensas.

Fuentes:

- Mille, Mateo. Historia naval de la gran guerra 1914-1918. Barcelona : Iberia. Joaquín Gil Editor, [1939].
- "Germany's Meteor" http://www.strikenet-games.com/Meteor.html
- ["Ramsey and Meteor"] http://www.isle-of-man.com/manxnotebook/maritime/iomspco/sr_ch13.htm

5 dic 2009

Westfront 1914-1918 : das Buch vom Frontkameraden, de Georg Bucher

Como respuesta a la mentira y difamación vertidas por la obra de Remarque sobre los millones de soldados alemanes que lucharon y dieron su vida por Alemania" Con estas palabras justifica Georg Bucher su libro Westfront 1914 - 1918 : das Buch vom Frontkameraden, traducido al inglés como In the line: 1914-1918. No hay lugar para la duda, Bucher lo deja muy claro en su prólogo: la obra de Remarque supone un insulto para todos aquellos que dieron su vida por Alemania, en una guerra que buena o malamente tenía que lucharse. Bucher no tolera el derrotismo que -según dice- desprende el bestseller remarquiano. Abjura de él y lo tilda de basura. Westfront 1914-1918 es una obra poco conocida, minoritaria y me atrevería a decir que ignota en nuestras latitudes. Narrada en primera persona, relata la vida de un pequeño grupo de combatientes alemanes, concretamente cuatro, a lo largo de toda la guerra. Los compañeros de fatiga de Bucher son principalmente tres: Riedel, Sonderbeck y Gaaten. Todos ellos representan visiones diferentes del conflicto y formas diferentes de sobrellevarlo. Riedel aparece retratado como un gigante feroz y sanguinario que cumple con su deber de la mejor forma posible, rematando a sus enemigos con la misma pala que cava las zanjas y trincheras. Se jacta de cortar el cuello de sus enemigos con una fuerte palada. El ímpetu del gigante teutón lo llevará en más de una ocasión a pasar verdaderos apuros. La fijación de Riedel es encontrarse cara a cara con un tanque y destruirlo. La historia no lo decepcionará y ya a finales de la guerra tendrá la oportunidad de medirse a uno de ellos. Gaaten representa más al soldado de a pie, fiel a su deber con la patria y la conciencia. Fue el propio Bucher el que lo sacó de un aprieto y esa deuda de honor marcará su amistad a lo largo de la guerra. El propio Gaaten oirá los cantos de sirena que provienen de Alemania, estará a punto de sucumbir, pero aún así lo superará aunque vaya cultivando un especie de desprecio hacia lo que se cuece en el frente doméstico.
Sonderbeck, por su parte, representa al soldado despreocupado, al aprendiz de bon vivant. Sólo está preocupado por el rancho y por avituallarse de todo lo comestible, en todo momento. A pesar de ser un soldado menudo, Sonderbeck se paseará por los principales escenarios del frente occidental calzando unas enormes botas que le confieren -según parece- un aspecto divertido. El cariño que siente Sonderbeck por sus botas se debe a que las considera como su mejor talismán contra la metralla y las balas enemigas. Junto a los protagonistas principales, pululan dos presencias que aderezan la historia. Una es el aguerrido piloto Sanden, que el propio Bucher conoce durante su convalescencia en el hospital, y la otra es el soñador y bisoño Burnau que encarna la inocencia juvenil y la angustia por la muerte. Curiosamente, la figura de Bucher permanece muy desdibujada a lo largo de la historia. Salvo dos o tres episodios muy concretos no ofrece un retrato muy nítido de él mismo. Los pocos detalles que de él ofrece son el reflejo de las circunstancias del combate; de sus pocos pensamientos y de sus vivencias. De lo poco que se destila, no cabe duda de que la guerra lo marca y mucho. Bucher es ante todo un superviviente. En la guerra lo ha visto todo: Flandes, Notre Dame de Lorette, Verdun, Somme, Ypres, Passchendaele, las ofensivas de 1918, el repliegue, la resistencia... Bucher lo ha vivido todo con un estoicismo encomiable. Ese todo, esa visión global le proporciona esa ácida mirada hacia lo que vino después.
En un plano más subjetivo, el lector puede quedarse con varias reflexiones. La más plausible es que compadezca a Bucher por todo lo que ha pasado, y que lo entienda. Sin embargo, otras conclusiones pueden reñir con su visión del deber. Bucher lo tiene claro, no lo esconde: está ahí para defender a su patria. Así de simple, lo demás son excusas. Vivirá el desencanto de la guerra, las atrocidades, las pérdidas, etc. Bucher queda desarmado, alienado de su patria. Pero aún así, en la triste derrota, sigue teniendo bien claro a lo que fue. Bucher no perdona. Bucher vuelve al hogar y no olvida. Él se ha partido la cara aunque su país -en parte- le haya dado la espalda. Lo tiene claro: en un momento dado los dejaron colgados. Por eso no tolera el derrotismo. Bucher reflexiona también sobre la derrota, entiende que no han ganado y que han sido derrotados. Pero no soporta la cantinela de que se han perdido millones de vidas para nada. Se perdieron para defender a Alemania. Su reloj se ha parado en 1918 y los muertos claman por su honor. Él está ahí para rescatarlos del olvido. Por ello desprecia a Remarque, desprecia esa condescencia con la derrota inútil. A título de conclusión, me gustaría añadir que durante la lectura de Westfront, 1914-1918 me fueron surgiendo algunas dudas. El propio autor es un gran interrogante. No existe ningún retrato veraz de Georg Bucher y los pocos datos biográficos que de él existen lo situan con una avanzada edad durante la Gran Guerra. Consultando uno de los mejores catálogos de bibliotecas del mundo, el Library of Congress catalog, aparece un pequeño listado de libros cuyo autoría corresponde a Bucher. Todos ellos son libros de viajes a lugares exóticos en aquel momento, por la década de los años treinta.
Otra curiosidad formal es el lugar de edición de Westfront 1914-1918. La primera edición es vienesa, de 1930, mientras que los otros cuatro o cinco libros fueron editados en Berlin, de 1931 a 1935. Curioso si tenemos en cuenta la fecha de ascenso al poder del partido nacionalsocialista en Alemania. Ya en un plano más conceptual de la obra, el número y la composición de los miembros de la camarilla de Bucher puede recordarnos más que vagamente a los compañeros de Paul Bäumer, el protagonista de Im Westen nicht neues. Por ejemplo, el asunto de las botas. En Sin novedad en el frente, el soldado Kemmerich -compañero de Paul- viste unas botas que le otorgan un valor especial. Cuando Kemmerich muere en el hospital, estas botas comenzarán un curioso periplo. Igualmente, en ambas historias hay un episodio en que se vive un encuentro especial con mujeres del país. En el caso de la obra de Remarque es más erótico-festivo que en la de Bucher. Pero la idea latente es la confraternización. Siguiendo con esta comparativa, al final de ambos libros se narra la experiencia del protagonista que salva o intenta salvar a su compañero después de haber sido herido. En ambos casos, el resultado es casi similar pero el trasfondo es distinto. En el caso de Remarque, el soldado herido muere por una esquirla de metralla mientras esta siendo evacuado a un hospital de campaña, mientras que en la obra de Bucher, el herido decide sucumbir a pesar de todo. El final es claramente distinto en ambas obras, está claro. Pero a lo largo de ellas subyacen curiosas similitudes y grandes diferencias. La principal es que la historia de Bucher es presuntamente real. Por su parte, las escenas propiamente bélicas son de una enorme intensidad. Sumergen al lector en un estado de profunda inquietud por los protagonistas, como por ejemplo aquel momento en que son atacados en masa por un batallón francés -no recuerdo donde- y las dos ametralladoras que los han de proteger no repelen el ataque bien por inexperiencia de los ametralladores o bien porque se han atascado. En eso que Bucher y otro, me parece que Riedel saltan dentro del pequeño nido, desatascan la ametralladora y comienza a barrer a los atacantes mientras las municiones van agotándose hasta que los pocos desgraciados que llegan son abatidos a golpe de culata. Se trata de un episodio muy intenso, así como los impresionantes bombardeos de Lorette. En definitiva, y a pesar de mis personales suspicacias, se trata de una gran obra sobre la vida de los que lucharon, murieron y sobrevivieron a la Gran Guerra.

28 nov 2009

La máquina de la mentira: el War Propaganda Bureau

Dedico este artículo a los miles de espíritus inocentes que devoró la guerra. Me inclino ante ellos.

No por mucho repetir una mentira, ésta se convierte en verdad. Socorrida máxima que en épocas críticas alcanza especial relevancia. La Primera Guerra Mundial fue una de estas. La verdad como tal no existió ni en su génesis y aún menos en su ocaso o final. Miles y miles de libros se han escrito sobre el conflicto, prueba máxima que la verdad ha conocido demasiado amantes y pocos amores. Algunos estudiosos y teóricos señalan la Gran Guerra como el punto de partida para la comunicación de masas. Prensa, libros, libelos, folletos, opúsculos, pasquines, carteles, postales, etc. compitieron por la atención de las sociedades de los respectivos paises en guerra, y como no de los ardorosos neutrales.
No contentos con este despliegue de medios informativos, las autoridades y los medios utilizaron los tabloides callejeros para informar o desinformar al ciudadano a su antojo de las nuevas procedentes de los frentes. Junto a la maquinaria bélica se desplegó otra de dimensiones colosales: la maquinaria informativa.La guerra debía ganarse en el frente bélico, pero también en el doméstico, y las autoridades de los respectivos paises -sabedores del poder de la información- quisieron dosificar y manipularla a su antojo. El objetivo fue doble, en algunos casos triple. La manipulación y la ocultación amansó a la ciudadanía, la animó a proseguir en un estado permanente de guerra y consiguió una adhesión casi inquebrantable a las acciones suicidas de sus propios gobiernos. En el caso británico - el más visible-, fueron los alistamientos masivos de voluntarios.
Otra de las funciones de la tergiversación informativa aliada fue atraer a la opinión pública mundial hacia el conflicto. La atracción se realizó a través de dos mecanismos. El primero, resaltando las barbarides y atrocidades, en este caso, del ejército alemán en los territorios invadidos, especialmente en Bélgica. Cierto que hubo acciones reprobables contra la población civil, pero no cabe duda que los medios aliados se encargaron de magnificarlo hasta extremos casi cómicos, como el de los niños ensartados en bayonetas y devorados por la hordas germanas. El leif-motiv de la campaña antigermánica fue denostar el mayor logro de lo alemán, la famosa Kultur. Así, los aliados esgrimieron el lema Civilisation vs Kultur.
El otro ingenio propagandístico, quizás el más decano en la historia de la falsificación bélica, fue el de maximizar las pérdidas ajenas y ensalzar los propios triunfos. En este punto también se llegó a cotas ridículas que, sin embargo, no se conocerían hasta décadas despúes de la guerra. Con este efectivo truco, los paises en contienda buscaban desmoralizar a los posibles paises neutrales que deseasen unirse a una o a otra causa. Para este fin, los paises en lucha instalaron las llamadas corresponsalías en los paises susceptibles o no de unirse a su causa. Mención especial merece el esfuerzo alemán para integrar a la causa de los Imperios centrales a una España claramente segmentada entre aliadófilos y germanófilos. Lo hizo sobretodo a través de su contactos en Catalunya editando la Correspondencia alemana de la guerra durante los años que duró la guerra. Se trataba de un boletín de notícias que cubría los diferentes escenarios bélicos, desde las trincheras del norte de Francia hasta las más ignotas latitudes del mar océano. Las noticias tenían un tratamiento edulcorado, tomando un especial atención aquellas destinadas a desmontar las presuntas farsas aliadas. De todos los contendientes de la guerra, el que se esmeró con mayor eficiencia y voluntad en el cometido propagandístico fue la Gran Bretaña, a través -principalmente- del War Propaganda Bureau, llamada también Wellington House por su emplazamiento.
El War Propaganda Bureau nació a inicios de septiembre de 1914 a iniciativa de Lloyd George, bajo la supervisión del periodista y político liberal Charles Masterman. Masterman, conocido por su extensa y densa red de amistades y contactos, reunió el 2 de septiembre de 1914 a prestigioso grupo de escritores británicos con el propósito de que sus plumas se convirtiesen en espadas para la causa aliada. Entre los literatos reunidos se hallaban nombres como Conan Doyle, Madox Ford, Chesterton, Kipling y H.G. Wells, la flor y nata de la literatura británica del momento. A parte de esta pléyade de estrellas, Masterman fichó principalmente a elementos que habían estado previamente en la National Insurance Commission.
La génesis del Propaganda Bureau se debió a que el gobierno británico descubrió que Alemania ya disponía de una agencia de propaganda. Inmediatamente se pasó el encargó a Lloyd George, Chancellor of the Exchequer, para que crease un organismo secreto con el principal objeto de apoyar las actividades del gobierno respecto al conflicto. Tras este curioso velo de apoyo incondicional al gobierno se escondía el verdadero propósito de la nueva agencia: acusar a los Imperios centrales, y en especial a Alemania, de ser los verdaderos instigadores de la guerra y presentarlos a la opinión pública, especialmente a los Estados Unidos, de naciones con afanes sanguinarios e imperialistas. Esta actividad de zapa del Propaganda Bureau tuvo un inesperado aliado cuando las propias tropas alemanas realizaron diversos actos de violencia, pillaje y destrucción durante la invasión de Bélgica principalmente. Fue en este momento que los Imperios centrales perdieron la guerra mediática.
Los aliados, y en especial, los británicos supieron aprovechar perfectamente la ventaja adquirida después de las llamadas atrocidades en Bélgica. La destrucción de la impresionante biblioteca de Lovaina, la supuesta ejecución de civiles belgas, etc., etc. permitieron al Propaganda Bureau enarbolar la bandera de civilización contra la barbarie de la Kultur alemana. En ese momento, las eminencias grises del WPB trabajaron a brazo torcido para socavar desde los cimientos el prestigio acumulado por la cultura germánica en campos como la literatura, la música y la filosofía. No cabe duda de que el boicot a lo alemán tuvo un imprevisible éxito.
La capas nobles de la sociedad británica comenzaron a mudar, curiosamente, de apellidos y la población civil comenzó a perseguir a todo aquello que tuviese una posible relación con Alemania. La Gran Bretaña entera sucumbió bajo una psicosis antialemana. Comenzaron a aparecer pseudocientíficos que recurrieron a las teorías genéticas para hablar en términos de raza y de grupos étnicos, destacando precisamente de la supuesta raza germánica unos rasgos sanguinarios y bárbaros. A partir de esto momento, los británicos tildaron peyorativamente a los alemanes de hunos, en referencia al pueblo euroasiático que azotó los territorios del Imperio romano durante los siglos IV y V.
Por su parte, los intelectuales a sueldo del WPB cumplieron perfectamente con su cometido. Durante los años en que estuvo activo el Propaganda Bureau y sus vástagos, las editoriales a sueldo - entre ellas las famosas y prestigiosas Oxford University Press, Macmillan, etc. - publicaron alrededor de 1200 documentos relacionados con el papel de los aliados en la guerra, y sobretodo ensuciando gratuitamente la famosa Kultur alemana. Al poco de comenzar las actividades, Masterman pensó en editar una revista mensual que pusiese al día los ávidos lectores de notícias frescas procedentes del frente. Para ello contrató a John Buchan, un avispado editor y periodista, que utilizando medios propios - la editoria Nelson era suya - comenzó a publicar la Nelson's History of the War a principios de 1915. Buchan, estrechamente relacionado con la inteligencia militar, fue visto por el Alto mando británico como la pantalla mediática a su conducción de la guerra. El propio Buchan desbancó a Masterman cuando el War Propanganda Bureau fue reestructurado con la elección de Lloyd George como Primer ministro británico.El papel más importante - aunque menos visible - del WPB no fue tanto su proyección internacional, como sí el adoctrinamiento nacional de la sociedad británica. El gobierno necesitaba una patina de legitimidad honrosa para involucrar a cientos de miles o incluso millones de futuros voluntarios para unirse en su lucha contra el mal que personificaba Alemania. No cabe duda de que lo consiguieron. La respuesta ciudadana al llamamiento de Kitchener para crear un ejército de voluntarios para luchar contra Alemania superó, incluso, la mejores expectativas. La Fuerza Expedicionaria Británica había sido prácticamente aniquilada para principios de 1915 y el nuevo Minotauro reclamaba carne fresca. Pero no sacrificó a unos elegidos, sacrificó a muchos, a tantos que el gobierno británico tuvo que dictar una ley para el alistamiento obligatorio (compulsory enrollment) para cubrir las bajas de aquellos que habían partido entre vítores animados, en parte, por la falsa y tendenciosa propaganda, al igual que lo hicieron miles de jóvenes alemanes en agosto de 1914. La hoguera los consumió a casi todos. Discursos panfletarios, pasquines, folletines, la propia sociedad alentó a cientos de miles de jóvenes alemanes a buscar desesperadamente la muerte en los cenagales de Flandes o en las calizas del Artois.
Curiosamente, el secretismo de las actividades del War Propaganda Bureau se mantuvieron hasta mediados de la década de los años treinta. A pesar de los éxitos conseguidos hubo sonoras defecciones. Éstas se produjeron cuando algunos de los hijos de figuras ilustres del WPB fallecieron en combate. Como por ejemplo, el hijo de Conan Doyle, Kingsley Conan Doyle o John Kilpling, el hijo de Rudyard Kipling. Arthur Conan Doyle se retiró del mundanal ruido, abandonó el ejercicio literario en busca de sosiego espiritual por la pérdida de su hijo. Jamás se perdonó el haberle alentado a él y a otros jóvenes británicos el ir a la guerra. De hecho, el resto de su vida lo dedicó a frecuentar sesiones espiritistas para buscar el perdón de su hijo. Otro afectado Rudyard Kipling perdió a su hijo John en la batalla de Loos. Se dice que Kipling gastó fortunas para encontrar los restos de su hijo desconociendo que murió volatilizado por un obús y que poco se pudo inhumar. Las más agrias críticas contra el Propaganda Bureau las expresó en forma de poemas. Quizás el más conmovedor es Common form, escrito en 1918:
If any question why we died. Tell them, because our fathers lied.
(Si alguien pregunta por qué murimos, decirles, por qué nuestras padres mintieron)

A pesar de sonadas retiradas, el éxito del WPB era imparable. Habían cosechados grandes triunfos mediáticos. A parte de lo de Bélgica, estaban el hundimiento del Aboukir, el Cressy y el Hogue por el U9 alemán, el hundimiento del Lusitania, etc. En definitiva, al WPB se le acumulaba la faena. De esta forma, cuando Lloyd George tomó el mando del gobierno británico, decidió reestructurarlo. Creó el Department of Information que aglutinaba el antiguo WPB, el Neutral Press Committee y el News Department of the Foreign Office. Toda esta estructura encargada de supervisar, controlar y sobretodo difundir una información adulterada y manipulada pasó a depender exclusivamente del War Cabinet. De esta decisión se pueden extraer varias conclusiones, entre ellas que el gobierno quería centralizar y uniformizar el discurso informativo británico, y de otra parte controlar férreamente los medios. Otra conclusión nada baladí es que el gobierno británico tenía que poner la carne en el asador para garantizar la entrada de los Estados Unidos en la guerra. Igualmente Lloyd George, hábil en estas lides, controlaba la voz de los militares, y con ellos a Haig.No toda la información producida por el WPB fue impresa. Masterman decidió crear un archivo fotográfico del frente occidental. Para ello reclutó a dos fotógrafos que además eran militares. La pena para aquellos que tomasen fotografías del frente sin permiso era la ejecución sumaria. Junto a los fotógrafos, el Propaganda Bureau contrató a dibujantes para que retratasen su propia visión de la guerra. Una visión que intentaría dulcificar las horribles condiciones de los soldados destinados al frente.
Ya en 1918, Lloyd George decidió crear el Ministerio de información. Al frente puso a un hombre experimentado en el mundo de los medios de comunicación, Lord Beaverbrook, propietario del Daily express. Éste decidió nombrar a Lord Northcliffe, propietario del The Times y del Daily Mail para intoxicar aún más la información destinada a los paises enemigos. Robert MacDonald, editor del Daily Chronicle, dirigió la sección informativa dirigida a los paises neutrales.Acuciado por la excesiva manipulación y por la críticas internas en la Cámara de los comunes, Lloyd George ordenó a Lord Beaverbrook suavizar la política informativa. Beaverbrook creó el British War Memorial Committee, más como un medio para preservar el recuerdo de la guerra y el sufrimiento de las personas que como medio informativo. Para mantener el recuerdo y la memoria se optó por la vertiente artística y se contrataron a artistas de la talla de John Sargent, Charles Jagger y Paul Nash entre otros. Como ejemplo de esta colaboración entre el arte y la política, mención especial merece el cuadro de John Sargent, Gassed. En él se observan soldados británicos y estadounidenses unidos por el dolor de las heridas causadas por un ataque con gas.Pero no todo fue colaboración ciega, artistas como William Orpen o Charles Nevinson declinaron los cantos de sirena de los políticos.
El War Propaganda Bureau y sus descendientes fueron la máxima expresión de un proyecto de tergiversación informativa y manipulación de masas dirigido desde un gobierno llamado demócrata durante la Primera Guerra Mundial. La organización contó con una pléyade de intelectuales, periodistas y escritores que cimentaron el papel del gobierno británico durante los más de cuatros años que duró la guerra. Es por ello, que algunos críticos con la dirección de la guerra señalan al Propaganda Bureau como cómplice de los errores de los políticos y los militares en determinados momentos del conflicto y que costaron decenas de miles de muertes.Aunque que pueda parecer duro, miles de soldados británicos se vieron animados a partir al frente por políticas informativas diseñadas, producidas y difundidas por los emboscados del War Propaganda Bureau. Muchos de ellos no volvieron, muchos de los que regresaron hubiesen preferido no ser embaucados, ni engañados.

Bibliografia:
Messinger, Gary S. British propaganda and the state in the First World War. Manchester University Press, 1992.

13 nov 2009

MG 08/15



Null-acht-fünfzehn, cero-ocho-quinze. Esta fue la denominación que recibió el nuevo modelo de la MaschinenGewehr 08, la ametralladora más utilizada -hasta ese momento- por el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Los diseñadores alemanes copiaron casi de forma idéntica la ametralladora Maxim de 1884 de la cual el fabricante Ludwig Loewe había obtenido la licencia de fabricación por un periodo de 7 años. Después de diferentes procesos, cambios y mejoras, la Deutshe Waffen und Munitionsfabrik terminó el prototipo en 1908, de ahí la denominación MG08. La MG08 se fabricó en dos factorías. Una de ellas, la Munitionsfabrik en Spandau, de ahí que la ametralladora fuera comunmente conocida como Spandau 08. La MG 08 tenía una potencia de fuego de 400 disparos/minuto, hecho que la convirtió en una formidable arma defensiva. La refrigeración de la ametralladora se producía a través de una camisa que contenía unos 4 litros de agua que enfriaban el tubo. La fiabilidad en el disparo en la MG08 era de unos 3,5 km. El mecanismo de disparo era similar a la Maxim, una vez activado el gatillo el fuego no cesaba hasta que volvía a accionarse, con la comodidad que eso suponía para los ametralladores.
Uno de los inconvenientes más notorios de la MG08 era que su peso y posterior transporte la desestimaban como arma ofensiva al 100%. Eran necesarias, al menos cuatros personas, para transportarla como una camilla. Esto, junto con lo impracticable del terreno complicaban aún más el movimiento de estas armas en el campo de batalla.
Es por ello, que las nuevas condiciones de combate y de estrategia táctica obligaron al Mando alemán a un replanteamiento en cuanto al armamento ya que las MG08 eran ametralladoras demasiado pesadas y difíciles de transportar para adaptarse al nuevo estilo de las fuerzas de asalto alemanes, que en esos momentos eran la vanguardia en cuanto a táctica militar.
Los primeros prototipos de la MG08/15 fueron probados bajo el mando del coronel Von Merkatz en 1915. El nuevo modelo pesaba unos 19 kg., se le colocó un bípode en detrimento del trípode original y se le incorporó una culata o pistolete para proporcionarle más ergonomía. A parte de estas sustanciales modificaciones, la nueva ametralladora contó con pequeños cambios: se redujo la masa de líquido refrigerante de 4 a 3 litros, el tubo eyector fue suprimido, se le incorporó un seguro y se la modificó de manera que pudiesen usarse tanto los cargadores de 250 de la MG08 como los propios de la 08/15 que eran de 100. La nueva arma fue diseñada para ser manejada por equipos de cuatro personas. A pesar de los cambios, la nueva 08/15 siguiendo siendo demasiado pesada para convertirse en una arma ofensiva.
La null-acht-fünfzehn fue introducida de forma masiva en la primavera de 1917. Fue precisamente la 08/15 la que causó el mayor número de bajas francesas durante la ofensiva de Chemin des Dames. A partir de este momento, la MG08/15 fue suministrada de forma masiva hasta la primavera de 1918.
A finales de la guerra, cada regimiento alemán contaba aproximadamente con 72 ametralladoras, seis por compañía. Los cálculos fijan en unas 130.000 las unidades fabricadas por los arsenales de Spandau y Erfurt. La MG 08/15 se siguió utilizando hasta finales de la Segunda Guerra Mundial.

6 nov 2009

El espíritu alemán de 1914



 Durante agosto de 1914, el último verano europeo, los alemanes fueron testigos de su propia redención. Alemania era la nación europea más poderosa del momento, la más temida y la más incómoda para sus vecinos. Su economía, la más pujante del continente y su potencial industrial eran la envídia de sus competidores. La segunda revolución tecnológica protagonizada por las industrias química y eléctrica durante el último tercio del siglo XIX fue el puntal de una nación mutilada por las guerras napoleónicas y que surgió poderosamente después de su clamorosa victoria sobre Francia después de la guerra francoprusiana. Alemania, no obstante, no era tan sólo una pujante industria. Se trataba de una nación forjada por la lucha. El ejército prusiano, base y columna vertebral del ejército imperial reunía en una sóla institución la base de la idiosincrasia alemana. Disciplina, eficiencia, rigor y eficacia definían perfectamente el ejército alemán. Y éste fue el espejo en el que bebieron otras instituciones alemanas, como su burocracia, el sistema educativo, y un largo etcétera. Así, los grandes logros de la germanidad para el siglo XX eran su eficaz sistema burocrático, sus éxitos académicos tras los cuales estaba un exigente e impecable sistema educativo, una impresionante industria química, eléctrica y metalúrgica; y por encima de todo su ejército, envidia y temor de todas las naciones europeas. Tras esta fachada, sin embargo, existían graves contradicciones internas. La sociedad alemana era un corpus muy heterogéneo y poco cohesionado. Una profunda polarización social, producto de una rápida e impresionante industrialización, provocó que miles de obreros reinvidicasen -de forma periódica- mejores sociales a la par que contractuales. Los respectivos gobiernos alemanes desde mediados de siglo XIX hicieron lo posible para prohibir y socavar las bases del poder político y sindical de las clases más depauperadas. A pesar de estas dificultades, en 1914, el partido socialista logró obtener un éxito sin precedentes al obtener un gran número de escaños en el Reichstag. Esta victoria supuso, como no, un peligroso aviso para los representantes del arcaico regimen semiautoritario en el que la máxima figura era la del Kaiser Wilhelm II. Junto al auge socialista en la política alemana, otro de los factores disgregadores era la posición que mantenía la casta dirigente respecto al problema religioso. Las élites gobernantes alemanas llevaban desde principios o mediados del siglo XIX una especia de cruzada para erradicar de los lugares más relevantes de la sociedad a elementos que se significasen por su militancia católica. Conservadurismo político y un calvinismo militante eran las señas de la casta gobernante, una élite prusiana que se autoencumbraba, sobretodo, como bastión de lo más sagrado. Consideraban que la esencia alemana radicada en la tierra. Éstos mismos representantes del terruño oriental, conquistado a fuego y espada, fue el mismo que estaba amasando enormes fortunas en las incipientas y prósperas industrias. Era una clase paradójica que actuaba asíncronamente con los tiempos. No siguieron el compás del progreso ideológico, sólo compartieron y se lucraron con sus ganancias comerciales. Esta gran paradoja entre las enquilosadas glorias wagnerianas y los vientos de la modernidad alemana era el fiel testigo de las dos o las múltiples alemanias que llegaron a la encrucijada de 1914. La brecha social sólo era una muestra de la profunda división alemana. La pugna también era territorial. 1871 significó la rúbrica prusiana a un proyecto común. Pero no todos los antiguos reinos lo vieron de la misma forma. El rey prusiano era el emperador alemán, y las influyentes personalidades prusianas cubrieron los principales puestos decisorios alrededor de la corte y en los despachos ministeriales. La Baviera católica, celosa de su historia y prerrogativas nacionales, era un claro contrapunto al dominio prusiano. Junto a Baviera, otro reino católico Baden-Wurttemberg mostró los dientes. Los días previos al estallido de la guerra una ola patriótica fue insuflando el espíritu alemán. La comunión de intereses hacia una destino común extendió por toda la geografía alemana un manto de profunda hermandad. Las manifestaciones de júbilo se reproducieron en numerosas plazas, de distintos lugares de Alemania. El sentir general era que el país de hallaba ante una oportunidad única, Alemania estaba preparada. Sólo las élites más conspícuas dudaban de la respuesta que iba a dar el partido socialista en caso de una conflagración bélica. El gobierno dudaba, temía una negativa socialista a una eventual petición de créditos para la guerra. Sin embargo, fue el Kaiser el que se encargó de despejar la terrible duda: "no veo partidos - dijo - sólo veo alemanes". Y se obró el milagro, la Gesellschaft, esa sociedad basada en superestructuras capitalistas y artificiales dio lugar a la Gemeinschaft o comunidad de intereses nacionales hacia destino común. Algunos tampoco lo entendieron en noviembre de 1918, esa fue realmente la tragedia alemana: la incomprensión de su destino, forjado en la incomprensión de los otros pueblos europeos respecto a ella.
Fuentes:

- Chickering, Roger. Imperial Germany and the Great war, 1914-1918. Cambridge [etc.] : Cambridge University Press, 1998

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