19 sept 2009

El infierno mudo (I)



Verdun.
Cualquier persona con un mínimo de recorrido histórico habrá oido hablar de ese lugar. Si la persona se interesa por la Gran Guerra, Verdun es cita obligada. Si esa misma persona lleva interesada en Verdun más de veinte años, se trata de una peligrosa obsesión.
Vencer las obsesiones es enfrentarse a ellas. En el peor, o mejor de los casos siempre se sucumbe a ellas. Y esa fue mi historia. Me enfrenté a Verdun y perdí. Pensaba que una vez allí el mito iría decayendo hasta formar parte de esos miles de recuerdos que invaden nuestros baúles. Pero sucedió al contrario. La obsesión cobró vida y renació, y ya de vuelta del infierno planeaba el retorno al abismo. Para mi suerte, o desgracia, no pasa un día en que no me acuerde de lo que allí vi y sentí.
Esta es la crónica de un viaje al infierno mudo.

A finales de agosto y pensando en unos días de descansando, Laura y yo convenimos en salir del mundanal ruido y de la humedad bochornosa de Barcelona. El objetivo estaba claro: huir del calor y buscar las suaves brisas del incipiento otoño del norte. Así, que uniendo varios cabos (frescor, descanso y buena gastronomía) nos llegó la visión: el norte de Francia. Pensé en unos vinitos de Borgoña, quizás algunas catas por la Champagne y, como no, Verdun. Mi subconsciente había elegido el destino.
Esa misma noche, durante una cena con una pareja de amigos salió el tema del viaje. Al poco de hablar y gracias a los efluvios de un buen vino, los amigos ya se habían apuntado y partíamos dos días después. Laura, esta pareja de amigos, mi inseparable Jack Russell (Frasier) y el que escribe.
Primera parada: París. Tres días después Reims y esa misma tarde, sobre las cinco, llegamos a Verdun.
La primera sorpresa - incluso para mí - fue encontrarnos con una hermosa ciudad de pequeñas dimensiones. El primer recordatorio fue el río, la Meuse. Serpenteando por la ciudad es atravesado por varios puentes. Nosotros la cruzamos por el que lleva a la famosa Porte Chaussée, eterno icono de Verdun en postales y sellos de la ciudad. Los muelles estaban perfectamente cuidados, limpios y repletos de curiosas barcazas de recreo amarradas. Al ver la Porte Chaussée me desperté de un largo letargo embrutecedor y me di cuenta de que estaba ya en Verdun. Casi imposible pero así era.
Aún muerto de hambre y exhausto, me moría por ir a los campos de batalla: Douamont, Vaux, Froideterre, Fort Souville, el ravin de la Mort, de la Dame, subir a las pequeñas colinas, meterme en las trincheras, en fin divisar el paisaje de unos de los lugares más célebres de la Gran Guerra.
Eran más de las seis, el día comenzaba a morir, pero yo y mis cuatros amigos pusimos rumbo al infierno, un infierno de infinitos matices verdes.
Cogimos una carretera al este de Verdun, avanzamos unos quinientos metros y casi al salir de la zona urbana encontramos un desvío a la izquierda que nos llevó colina arriba. Subimos, y al final de la cuesta pudimos contemplar la inconfundible silueta de la catedral de Verdun. Fue tal como la imaginaba.
A partir de ahí pareció como si canviásemos de latitud: la tarde se volvió sombría y la carretera, que estaba flanqueada por interminables filas de coníferas, nos conducía a otra dimensión. A esta sensación se le sumó la solitud, estábamos solos. No nos cruzamos con nadie. Al poco una profunda conmoción comenzó a adueñarse de mi. Me sentí como un profanador, como Karloff en Ladrón de cadáveres. Pisábamos un lugar semisagrado, y la sensación no me dejó hasta abandonar Verdun. Flotaba un halo de misterio, algo de estremecedor y no fui el único en sentirlo. Al día siguiente, un gran amigo sintió lo mismo aunque lo pasó peor.
De vuelta a la carretera, y recorrido aproximadamente un kilómetro, encontramos una desviación a la izquierda que señalaba la localización del Massif de Souville. Los cruentos y decisivos combates de junio y julio del 16 me obligaron parar. Entré en el desvío, paré el coche y descendimos. Qué impresionante .... !!!
A banda y banda de la carretera, incluso en una pequeña isleta entre la carretera principal y la desviación a Souville se encontraban, en buen estado, un grupo de trincheras que transcurrían en forma de zig-zag en paralelo a la carretera. No pude evitarlo, algo me empujó a entrar. Los que me quieren y me conocen me explicaron dos días después que en ese momento me transformé, que algo me ocurrió, como si algo o alguien me hubiese poseido. Dicen, incluso, que me cambió el gesto y que mis ojos brillaban con especial viveza. Ahora que lo dicen y mirando las fotos, tienen un poco de razón.
Una vez en las trincheras comencé a pasear por ellas ajeno totalmente a Laura y mis amigos. Sólo me acompañaba Frasier, que lo olisqueaba todo con una ansia desaforada. Al día siguiente comprendí que a Frasier lo habían superado igualmente las circunstancias, aunque quizás algo más.


Fotografías del autor

Continuará en: El infierno mudo (II)

25 ago 2009

Paris, 1919: seis meses que cambiaron el mundo

Tema denso más libro grueso, igual a gran obra. Aunque difícil, no imposible. Esta sería la primera gran conclusión a la que he llegado después de leer el libro de Margaret O. MacMillan, Paris 1919 : seis meses que cambiaron el mundo. Se trata de una traducción a cargo de la editorial Tusquets de la obra original titulada Peacemakers: the Paris Conference of 1919 and its attempt to end war.

Por qué lo del título? Pues porque puede que no tenga mucha importancia en otros casos, pero en este sí. La autora decidió titularlo así por la vital importancia que tuvieron en él las individualidades. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, un protagonista de excepción, Sir Winston Churchill dijo aquello de que nunca tantos debieron tanto a tan pocos... Pues en el caso de Tratado de Versailles y todos sus vástagos (o bastardos), léase Neuilly, Sèvres, Trianón, etc. fue claramente así. Nunca tanto se debió a tan pocos.
La autora señala que, a pesar de las cohortes y legiones de asesores y especialistas que mobilizaron los respectivos gobiernos, fueron las ideas predeterminadas de los líderes junto con sus fobias y fílias, las que dieron una impronta u otra a las principales decisiones de los acuerdos de paz más importantes del siglo XX.
MacMillan hace un somero recorrido por los numerosos temas que se trataron en lo que la historia ha dado en llamar los acuerdos de paz de Versailles o Tratado de Versailles.
Las más de seiscientas páginas recorren todo el orbe mundial: las nuevas fronteras de la Polonia renaciente, la cauta Checoslovaquia, bajan hasta el nuevo estado albanés, saltan al curioso y preponderante papel geoestratégico de Japón en Asia, vuelven hacia las zonas de influencia en el Próximo Oriente, el mandato de Palestina, la mutilación del extinto Imperio austrohúngaro (Croacia, Montenegro,...) y un sinfín de situaciones por solucionar después de un conflicto que había arrasado el mundo durante más de cuatro años. Se dedica un capítulo a cada uno de aquellos asuntos que más relevancia tuvieron en las agendas de las diplomacias aliadas. Tienen un lugar especial la Rusia bolchevique, la China dividida y postimperial, el polvorín balcánico, Asia menor, las reinvindicaciones griegas e italianas, y cómo no el caso alemán. En este punto haré un inciso.
A pesar de que el grueso de las deliberaciones y trabajos fueron dedicadas a concertar una paz con Alemania que contentase a todas las partes, a las aliadas me refiero, considero que el espacio que le dedica la autora a la problemática alemana no es proporcional al peso de ésta en los Tratados de Versailles. El lector tiene la sensación de que los capítulos dedicados a la paz con Alemania son pocos y carentes de profundización. Aunque se trata de una sensación personal, quiero destacarlo.
Volviendo al grueso de la obra y desde una vertiente más estilística, quisiera destacar que tanto el ritmo narrativo como la redacción es excelente. A pesar de que la narración está plagada de notas, éstas no interrumpen el discurso. Es más el lector, ávido de ampliar sus conocimientos, recurre y recorre al impresionante y socorrido capítulo de notas con una asiduidad inquebrantable. Este ir y venir de las notas al texto y viceversa no es cansino, muy al contrario.
La estructuración temática de la obra excluye claramente el hilo cronológico de los debates y de las reuniones secretas, así como las cenas, fiestas y demás. Algo que en un principio podía ser dañino tratándose de una obra de síntesis histórica ha resultado ser, al menos para mi, de gran ayuda.
En una esfera más conceptual (y personal) constato que el grueso de la información es tan grande y compleja que se hace obligatorio listar o inventariar las principales conclusiones a las que he llegado. Las he agrupado en dos grupos, las relacionadas con las personalidades que formaron parte del gran circo del Tratado y las derivadas de las discusiones, reuniones y tratados, es decir las propiamente relacionadas con los acuerdos de paz.

Conclusiones derivadas de los acuerdos de paz

1. La paz que se concierta con Alemania es una paz que a la larga contribuirá a generar otros conflictos. No es una paz definitiva, ni duradera. Aunque la autora no quiera culpar a los acuerdos de los acontecimientos posteriores, Versalles no estableció una paz justa, al contrario.
2. Los intereses de los gobiernos y diplomacias aliadas fueron los que dictaron las grandes decisiones sobre las paces y tratados. Tras los intereses gubernamentales estaban los poderes fácticos y no tan fácticos de sus respectivos países.
3. Woodrow Wilson se vio encorsetado en muchas ocasiones por su famoso programa de los 14 puntos. No respetó el derecho de autodeterminación de los pueblos en numerosos casos, entre ellos el alemán y el austríaco. Aún menos quiso entrar a discutir la controvertida Doctrina Monroe en su área de influencia en América del sur. A cambio de no discutir sobre temas propios dio carta blanca a franceses y británicos en determinados asuntos.
4. Los asuntos europeos y su problemática inherente superaron al equipo negociador norteamericano que se vio obligado a hacer extrañas y curiosas concesiones. Wilson sólo buscaba crear un organismo que en adelante ayudase a dirimir y solucionar los conflictos internacionales: la Sociedad de Naciones, a la cual - curiosamente - no ingresaron jamás los Estados Unidos de América.
5. Británicos y los franceses obraron a su antojo. Los únicos límites que encontraron fueron los de su propia codicia más los espacios o áreas de influencias en los que chocaban entre sí (Oriente Próximo, Asia, etc.)
6. La delegación británica obró de acuerdo a sus intereses imperiales. De hecho, en algunos casos su propia idea de imperio les cegó, véase Palestina, Turquia, Asia, Iraq, Síria, etc.
7. La delegación francesa estuvo cegada por el odio y el revanchismo vestido de seguridad nacional. Bajo la lícita excusa de la autoprotección cayó en el abismo de lo imposible. Aunque es cierto que gran parte de la opinión púbica lo exigía. La zarpa del viejo tigre Clemenceau fue dolorosa, la herida escoció durante veinte años.
8. Las exageradas, y en algunos casos extrañas (Fiume), reinvindicaciones italianas la alejaron del botín final. Su papel durante la guerra no mereció el respeto de sus aliados y eso corrió en su contra durante las negociaciones.
9. China fue dejada a su suerte, nadie quiso inmiscuirse en la depredación japonesa a pesar de las advertencias.
10. Japón hizo lo que quiso con las colonias requisadas a Alemania y prosiguió con su política imperial. La indolencia de las grandes potencias hizo el resto. Tanto Estados Unidos como Inglaterra vieron en Japon su próxima amenaza.
11. Los dominios del Imperio británico (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica) maduraron e impusieron sus condiciones, aunque pocas.
12. Hungría, antipática a todos, fue desmembrada en más de un tercio de su territorio y condenada a caer en brazos de la anarquia o el bolchevismo. Ambos hicieron acto de presencia.
13. Turquía se encontró a si misma en la figura de Mustafa Kemal, Atatürk. La incapacidad de los aliados y el auge del nacionalismo turco hicieron el resto. El Tratado de Sèvres murió y nació el de Lausanna con condiciones más beneficiosas para el nuevo estado turco.
14. El puzzle del Próximo Oriente fue eso, un rompecabezas. A la desunión de los pueblos árabes y no árabes se juntó la lucha de intereses entre británicos y franceses. La promesa de un territorio para el pueblo judío en Palestina hizo el resto. El Oriente Próximo actual bebe absolutamente de las lluvias de Versailles.

Continuará en: París, 1919: seis meses que cambiaron el mundo (II)

18 ago 2009

Galliéni, el hombre del Ourcq (y del Marne)


Joseph S. Galliéni (1849-1916)
General francés.

De familia militar, al finalizar sus primeros estudios militares en la Flèche fue acceptado en la prestigiosa academia militar de Saint Cyr en 1868. Eligió formar parte de la infantería de marina, de la cual fue nombrado subteniente en julio de 1870. En la guerra franco-prusiana se luchó con su unidad, el 3e Régiment d'Infanterie de Marine, en algunos episodios célebres como el de Bazèilles donde terminó siendo herido y finalmente capturado. Prisionero de los alemanes en septiembre de 1870, no volverá Francia hasta marzo de 1871. Dos años después será propuesto para el rango de teniente en el marco del 2e Régiment d'Infanterie de Marine.

A partir de este momento, su carrera tomó un giro colonial y ese mismo año fue destinado a la isla de Réunion. Permaneció allí hasta finales de 1876. Ávido de aventuras, se incorporó al cuerpo de los Tiralleurs senegalais en el Senegal donde formó parte de algunas de expediciones militares y de exploración geográfica. En 1878 fue ascendido a capitán. Su estrella siguió al alza. Se le confiaron tareas de representación diplomática, como la de 1880 en Mali donde logró establecer un protectorado francés, o la que realizó en Níger en 1881 para asegurar las relaciones comerciales con el Alto-Níger en lo que se ha denominado el Tratado de Nango. En 1886 ascendió a teniente coronel y se le nombró gobernador del Haut-Fleuve (Senegal). No fue un período fácil, Galliéni se vio obligado a negociar varios tratados y a reprimir insurrecciones indígenas. De vuelta a la metrópoli fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del cuerpo d'infantería de marina. Pero su estancia en Francia duró poco ya que en 1892 fue enviado a Tonkin (Indochina) al mando de una división con objeto de luchar contra la piratería y reforzar la presencia francesa en la zona hasta 1896.

Su buen hacer en asuntos coloniales le proporcionó ser nombrado gobernador general de Madagascar y al poco ascendido a general de brigada. Su periodo malgache se recordará por su firmeza ante las resistencias a la ocupación gala, pero también a su eficaz administración y por haber modernizado la isla durante sus ochos años de proconsulado. La recompensa a su buen hacer fue el generalato de división en 1899. En 1905 retornó definitivamente a Francia. A su llegada desempeñó diferentes cargos: gobernador militar de la región lionesa, comandante en jefe del 14º cuerpo de ejército y presidente del Comité consultatif de défense des colonies. En 1911 su culminación: se le propuso como futuro comandante en jefe de l'Armée, pero aduciendo razones personales declinó la oferta. Joseph Joffre ocupó ese lugar.

En abril de 1914 pasó a la reserva, pero el estallido de la guerra le volvió a situar otra vez en escena, y el 26 de agosto fue nombrado gobernador de la región militar de París. Su experiencia y templanza ante la adversidad del momento -el inexorable avance alemán y la marcha del gobierno a Burdeos entre otros- le permitieron organizar la defensa de la capital, así como tener un papel clave en la posterior batalla del Marne en septiembre de 1914. No en vano fue gracias a su visión y rapidez en el mando lo que permitió una pronta respuesta aliada a los errores tácticos alemanes. El éxito en la batalla del Ourcq, la antesala del Marne, fue completamente mérito suyo. Quizás el éxito de Joffre en el Marne fue seguir al pie de la letra lo que dictaba el sentido común, sin apenas cambiar una coma del guión prestablecido. En este punto y ante el papel preeminente que protagonizó Galliéni, Joffre decidió marginarlo para situarse él mismo como único y gran responsable del éxito aliado en el Marne.

A pesar de estas innecesarias -aunque comprensibles- maniobras, la historia fue honesta con él y lo acabó situando como lo que fue: el hombre del Marne. Galliéni pasó de puntillas por el altar de la gloria, incluso en el despacho de 1º de octubre de 1915 se empequeñeció su aportación al Marne, pero ese mismo mes, Briand decidió nombrarlo Ministro de la guerra. Galliéni no rechazó la responsabilidad, pero en los primeros combates de la recia batalla que se libraría durante toda la guerra entre la cúpula militar y circo político lo llevaron a desistir en marzo de 1916. Su enfermedad y su sobretodo el convencimiento de haber hecho todo lo humanamente posible por Francia le convencieron. Joseph Galliéni falleció en mayo de 1916 después de unas complicaciones post-operatorias. En 1921 y a título póstumo fue nombrado Mariscal de Francia.

Fuentes:

- Blanchon, G. Le genéral Galliéni. Paris : Bloud, 1915.
- Cladel, Judith. Le général Galliéni. Paris : Berger-Levrault, 1916.
- Galliéni, Joseph. Mémoires du Maréchal [...]. Paris : Payot, 1928.
- Gheusi, P.B. Galliéni. Paris : Société anonyme des imprimeries réunies, 1922.

10 ago 2009

Pierre Renouvin, La Première Guerre Mondiale

Al navegar por los tenebrosos mares de la historiografía francesa dedicada a la Grande Guerre un faro ilumina los peligrosos pasos entre Scylla y Caribdis, se trata de la figura de Pierre Renouvin. Estas tortuosas aguas fueron provocadas por los huracanados vientos del ensidioso revanchismo y del sectarismo oficial. Las heridas de la France todavía supuraban, pero de ahí a establecer un estricto "cordón sanitario" iba un mundo, en el caso de Renouvin recorrió un páramo.
Pierre Renouvin, de una formación titubeante en derecho pasó a su pasión inconfesable: los estudios históricos. De sólida formación, la Gran Guerra le truncó los estudios, y de pasó se le llevó un brazo en la tristemente famosa Chemin des Dames. A pesar del trauma, se doctoró al acabar la guerra. Al poco, el gobierno francés le pidió que elaborará un estudio sobre los orígenes de la guerra.
A base de estudiar el conflicto, Renouvin se consagró como uno, sino el mayor, especialista en Primera Guerra Mundial del panorama historiográfico francés. Juntamente con el estudio de la casuística de la guerra, Renouvin creó la Bibliothèque de documentation internationale contemporaine con los fondos documentales aportados por numerosos mecenas. Al poco de adentrarse en el laberinto del estallido de la guerra, se topó con la dura realidad: la petición del gobierno de estudiar las causas de la guerra respondía más a una intencionalidad política que al hecho de encontrar o buscar la verdad histórica.
En 1920 la cuestión de las reparaciones de guerra estaba sobre la mesa y el gobierno francés necesitaba un estudio científico que las avalase, al menor moralmente. Aún habiéndose percatado de la encerrona, fijó el fiel de su balanza en un estrado independiente fuera de las manipulaciones parciales. El resultado fue un impresionante examen a consciencia del mundo de las relaciones internacionales y de la diplomacia de la época pre-bélica.
Varias fueron las obras fruto de sus investigaciones. En esos años las que trataron exclusivamente la Gran Guerra fueron Les origines immédiates de la guerre : 28 juin-4 août 1914, de 1925 y La Crise européenne et la Grande guerre (1904-1918), de 1934. Ésta última, revisada y sintetizada, se convirtió en La Première guerre mondiale (PGM) de la famosa colección de conocimientos didácticos Que sais-je ? que acercaría la Gran Guerra a todos los públicos ya que la edición original de su Crise europénne contaba con más de 650 páginas, hecho que la alejaba de los neófitos o profanos en el conflicto.
Su Première guerre mondiale es fiel a su fuente, la Crise européenne. En un estilo completamente distinto pero con un mensaje claramente unívoco, Renouvin va dando cuenta de su visión del conflicto. Sin estridencias ni dogmatismos va tejiendo un discurso histórico casi implecable. Su síntesis no ahonda en datos superfluos, la misión de su librito es informar y desmitificar. Lo primero lo consigue al 100%, en lo segundo es más un intento. Aunque su concepción un tanto heterodoxa de l'École des Annales no aplaude el discurso marxista al completo, sí recoge su testigo de las Mentalités. Para el autor, el tema de las mentalidades es reverencial. Éstas se convierten en un sujeto histórico capaz de crear, bastir y construir todo una fenomenologia histórica, incluída la Gran Guerra.
Las primeras páginas del libro desbrozan el camino y las dudas que surgen al buscar los culpables del desastre. Éstos se hallan divididos en tres grupos: políticos y diplomáticos ; militares ; y la mentalidad de los pueblos. La conjunción e interrelación de estas tres mentalidades fue la que empujó al mundo al abismo. Claro que Renouvin se acuerda de nombrar algunos aspectos más sobresalientes: las negativas de los Imperios Centrales de entablar conversaciones antes de agosto de 1914, el empecinamiento austríaco en aplastar a Serbia, y otros detalles. Pero éstos son una excepción. El conjunto casuístico que expone es una mixtura de mentalidades y de tragedia griega. Evidentemente la narración y el desarrollo de los hechos acaecidos desde el asesinato del príncipe heredero Franz Ferdinand hasta las declaraciones de guerra se exponen de forma más amplia y perfectamente detalladas en La Crise, aún así la sintetización de la Première guerre mondiale es muy buena.
El recorrido cronológico está muy bien trenado, desde el estancamiento de 1915 pasando por el año de las grandes batallas de 1916 y los desastres de 1917. 1918 y los momentos finales de la guerra junto con los preparativos del Tratado de Versalles son tres de los momentos en que el autor está más lúcido. No es que en los capítulos anteriores no lo esté, pero la redacción sencilla y clara de los últimos capítulos es casi perfecta a pesar de las dificultades que supone un período tan convulso, sobretodo a la hora de explicarlo.
Renouvin no abandona nunca ese tono entre didáctico y docente. Es precisamente este didactismo el que adecúa perfectamente su obra para cualquier persona que quiera tomar contacto por primera o segunda vez con un conflicto tan denso y lleno de especifidades como es la Gran Guerra.
No hay sobrepoblación de datos ni estadísticas, tampoco de mapas o fotografías. Las grandes batallas son narradas desde la distancia, y como buena síntesis deja en el tintero lo que la historiografía llama escenarios menores. Así pues, son mínimos los comentarios a la guerra aérea o la naval. Realiza un par de incursiones a la guerra submarina para argumentar la entrada de los Estados Unidos en el conflicto o para detallar la falta de previsión de los mandos alemanes.
La obra de Renouvin, aún tratándose de un subproducto destinado a la divulgación, tiene sus curiosidades como cualquier creación humana. El historiador francés cae ligeramente a su banda de babor en todo lo que atañe a los esfuerzos militares en la guerra, o al menos en su significación histórica. Me explicaré mejor: la práctica totalidad de personas que conocen mínimamente la historia de la Primera Guerra Mundial sabrán, por ejemplo, que durante la batalla del Somme (1916) el peso primordial de la lucha lo llevaron a cabo las tropas británicas (entiendo por ello fuerzas militares del Reino Unido junto con las de algunos países miembros de los llamados dominios británicos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Índia). Pues bien, Renouvin tiene un pequeño descuido al mencionar esta participación ya que sólo recuerda brevemente la claramente menor participación francesa. Este pequeño detalle es una muestra de las derivas que demasiado a menudo tienen algunos autores reputados. Algún atento lector me corregirá - estará en su derecho - y me dirá que en la historiografía británica ocurre lo mismo. Yo le responderé que es cierto, sino más. Eso no excluye que se deba ir hacia la imparcialidad casi absoluta evitando dejar en el camino pequeñas muestras de un corregible olvido.
Por lo demás, la obrita de Renouvin se lee en un par de días y lo mejor: a los profanos los empuja a seguir interesándose por la Gran Guerra o incluso por adentrarse en la lectura de su gran obra, La Crise europénne et la Grande Guerre, 1904-1918, imprescindible para cualquier estudioso de la Gran Guerra, sin ningún lugar a dudas.
En este sentido, la Première guerre mondiale es un anticipo muy halagüeño.

Fuentes:

- PROST, A., Jay Winter. Penser la Grande Guerre - Un essai d'historiographie. Paris: Editions du seuil, 2004.

Versión digital de La Première Guerre Mondial de Pierre Renouvin.

6 ago 2009

Minas en el Mosa: la guerra fluvial en Verdun

 
No hay duda de que la batalla de Verdun fue uno de los peores durante la Gran Guerra, no sólo por la crueldad de la lucha sino por el simbolismo de la misma para ambos contendientes. El enemigo utilizó todos los medios a su alcance para aniquilar al adversario: artillería pesada en números hasta ahora desconocidos, gases mortales, lanzallamas, bombardeos aéreos selectivos y, minas acuáticas. Sí, la batalla de Verdun tuvo también su escenario acuático. Fue una batalla por tierra, río -el Mosa- y aire. La lucha hasta ahora poco conocida en Verdun, al menos por el que escribe, también tuvo su protagonismo en forma de sabotaje. El ejército alemán aprovechó su dominio en las partes más altas del río para lanzar a éste artefactos explosivos (minas) que perseguían destruir y aniquilar los puentes o estructuras que permitían el flujo de tropas francesas entre las dos orillas. El minado del Mosa respondía más a operaciones de hostigamiento que de un planteamiento estratégico en si. Fue Agustí Calvet (Gaziel), prestigioso periodista y escritor, el que durante su corresponsalía para La Vanguardia en Paris durante la Gran Guerra informó de ello. De sus múltiples crónicas para el diario - fervientemente acogidas por el público -, la editorial Estudio decidió aglutinarlas en forma de libro. Es precisamente en uno de esos libros, El Año de Verdun (1916), en el que se informa de esta peculiar forma de guerrear del ejército alemán en Verdun.
El pasaje en el que se menciona el episodio de la mina es este:
 
"Media hora después de abandonar la carretera de Bar-le-Duc a Verdun, y de habernos introducido por la soledad de un estrecho sendero [...] llegamos a las orillas del Mosa. Sobre la corriente del río están tendidos seis puentes paralelos de barcas.[...] Pasamos a la otra orilla, andando sobre uno de los puentes, y al tocar en ella suena explosión formidable, ensordecedora. Los montes que cierran a ambos lados el cauce del río, retumban sacudidos por la conmoción del aire. Volvemos, de instinto, los ojos hacia el lugar donde sonó el estampido, y divisamos un chorro gigantesco de agua brotando del fondo del cauce, a doscientos pasos de nosotros, en medio de un tranquilo remanso entre los innumerables que el Mosa forma por aquellos parajes. La tromba se levanta a una altura prodigiosa, y luego cae en peso, desplomada, salpicándonos el rostro de rocío. Todo vuelve a su aspecto primero. Los excursionistas nos miramos con inquietud. Ninguno de los soldados esparcidos por ambas orillas parece fijarse siquiera en el raro fenómeno. ¿Se tratará de una granada alemana? Nuestro guía nos explica el suceso. Lo que acaba de reventar en el agua no es una granada, sino una mina. El enemigo, que está instalado más arriba del curso del Mosa, en las cercanías de la selva de Apremont, acostumbra a lanzar de tiempo en tiempo artefactos de esos, con la intención de desbaratar las comunicaciones entre ambas orillas del río. La corriente se encarga de empujar las minas flotantes, y de empujarlas hacia Verdun. Pero los franceses han dispuesto, para librarse de ellas, una suerte de barreras, diques y pontazgos, contra los cuales las minas vienen a estallar inútilmente. Estas vallas están compuestas de series paralelas de estacas, empotradas en el lecho del río o flotando sobre la superfície, unidas entre sí por fuertes alambradas a manera de jarcias, que sostienen un muro de sacos atiborrados de arena. Los soldados no hacen caso ya de esos alarmantes fenómenos que la explosión de las minas producen, porque menudean de continuo. De suerte que, al cabo de unas cuantas explosiones consecutivas y espaciadas, los soldados se dicen: "Si el enemigo no miente, debe estar ya por caer la suspirada hora del almuerzo"..."
 
Gaziel. El Año de Verdún (1916). Barcelona : Estudio, 1918, pp. 22-23.

28 jul 2009

Churchill y la intervención norteamericana en la Gran Guerra


Afirmar que Sir Winston Churchill fue todo un animal político es tanto como decir que la rueda gira o que el agua moja. Cuando se habla de Churchill nadie queda indiferente. Este político británico vivió siempre aposentado en el ojo del huracán histórico, y tanto en los anales de la política como de la diplomacia permanecen sus citas como recurrente fuente de inspiración para los políticos y politólogos de hoy día y de generaciones futuras. Para bien y para mal, claro. Uno de los episodios menos conocidos sobre su pensamiento respecto al final de la Gran Guerra tuvo que ver la participación de los Estados Unidos a finales de la misma. Tan controvertidas fueron sus declaraciones a un diario norteamericano, The New York Enquirer, que el editor jefe Griffin y el mismo Churchill se enzarzaron en una agrio pleito para dirimir si sus declaraciones se habían o no producido. Después de diferentes fases en el proceso, en 1942 - seis años después de las supuestas declaraciones - Churchill reconoció haberlas efectuado.
El contenido de las declaraciones de Churchill eran sumamente incendiarias ya que culpaban de la situación política europea de aquel entonces (nazismo, fascismo, comunismo) a la intervención norteamericana en la Primera Guerra Mundial.Las declaraciones que realizó Sir Winston Churchill en agosto de 1936 al New York Enquirer fueron las siguientes:

"America should have minded her own business and stayed out of the World War. If you hadn't entered the war the Allies would have made peace with Germany in the Spring of 1917. Had we made peace then there would have been no collapse in Russia followed by Communism, no breakdown in Italy followed by Fascism, and Germany would not have signed the Versailles Treaty, which has enthroned Nazism in Germany. If America had stayed out of the war, all these 'isms' wouldn't today be sweeping the continent of Europe and breaking down parliamentary government - and if England had made peace early in 1917, it would have saved over one million British, French, American, and other lives."

Traducción:

"América debería haberse metido en sus propios asuntos y permanecer fuera de la I Guerra Mundial. Si no hubierais entrado en la guerra los aliados podríamos haber llegado a una paz con Alemania en la primavera de 1917. Habríamos alcanzado la paz sin que hubiera llegado a producirse la Revolución Comunista en Rusia ni el fascismo en Italia. Alemania no habría firmado el Tratado de Versalles, que alentó el nazismo en Alemania. Si América hubiera permanecido fuera de la guerra, todos estos 'ismos' no habrían triunfado en el continente europeo acabando con el gobierno parlamentario, e Inglaterra habría logrado la paz en primavera de 1917, salvando a más de un millón de ingleses, franceses, americanos y muchos otros."

Churchill, a mi juicio, pecó en sus declaraciones. No por sinceridad sino por los tempos. Cierto que la intervención norteamericana en la Gran Guerra fue episódica a nivel militar, pero su papel como suministradora de capitales y de materiales la hicieron indispensable a todas luces para decantar la balanza ganadora del lado aliado. Los mandos franceses y algunos británicos esperaban la llegada de los americanos como agua de mayo, no sólo para ganar la guerra a nivel material, sino a nivel moral. No es posible entender los movimientos u ofensivas militares de mediados de 1917 hasta el final de la guerra sin el horizonte de la llegada de efectivos norteamericanos. Las operaciones que abarcan de la 3a batalla de Ypres (Passchendaele), verano de 1917, hasta las triunfantes ofensivas alemanas de 1918 tienen como motivo la futura intervención norteamericana. Los británicos denuedan esfuerzos para conseguir doblegar a los alemanes antes de que los americanos lleguen y marquen los tempos de la paz, y los alemanes preveyendo el desembarco más que masivo de material humano y de armamento se la quieren jugar a la última carta. Ambas opciones fracasaron, y llegó la paz y después de ésta un tratado.
Quizás no fue la paz que Churchill deseaba, pero cuál quería él??
Hubiese evitado la vorágine política posterior?
Como el resto de ucronías vivirá en el reino de los Ýsies.

22 jul 2009

Sanitäthunde: los perros de la Cruz Roja en la Gran Guerra


La Gran Guerra tuvo el dudoso privilegio de convertirse en el truculento escaparate por el que transitaron los peores y más mortíferos inventos que la industria fue capaz de poner al servicio del hombre para eliminar a su semejante de la forma más rápida y productiva posible. La aparición del gas venenoso, la plena expansión de la ametralladora, el lanzallamas, el tanque , etc... son los vástagos de la Primera Guerra Mundial. Pero no sólo empleó la técnica. El hombre, para la hecatombe, reclutó a otras especies para su propia empresa de muerte. Caballos, asnos, palomas y perros fueron utilizados para realizar diferentes tareas y quehaceres, desde el envío aéreo de mensajes hasta el contínuo transporte de artillería y cocinas móviles por todo el frente de batalla. De estas especies, la más polifacética fue la de los perros. Se les usó para enviar mensajes desde los cuarteles generales hasta los puestos de mando en el frente, para vigilar en los puestos de centinelas, para transportar ametralladoras o incluso cañones de pequeño calibre como en el ejército belga, aprovisionar de munición a las posiciones avanzadas, rastrear minas e incluso fueron empleados como fuerza de choque en algunas escaramuzas con el ejército turco. Sin embargo, el trabajo más meritorio lo realizaron en los servicios sanitarios. Los perros destinados a unidades sanitarias tenían como misión principal el rescate y localización de heridos en la temida Tierra de nadie después de los combates. No siempre se cumplían la principales normas de humanidad - cómo iban a cumplirse !!!! - y las treguas para recoger a los caídos fueron desapareciendo a medida que fue avanzando el conflicto. La búsqueda y rescate de los heridos se solía realizar de noche durante los pocos intervalos de tranquilidad que se otorgaban los contendientes. Bajo el amparo de la noche, los perros, ataviados de chalecos con la cruz roja, y acompañados de otros héroes anónimos, los camilleros, se adentraban en el siniestro campo de muerte para localizar a aquellos soldados que daban señales de vida, que agonizaban llamando a sus seres queridos o que lanzaban insultos contra sus propios compañeros por no socorrerles.
El trabajo de los canes era el de localizar en el terreno a los heridos susceptibles de ser transportados a un puesto de socorro. Los perros se adentraban en la abrupta y destrozada Tierra de nadie, cuando localizaban a un supuesto herido (sabían diferenciar los muertos de los vivos) le arrencaban un pedazo del uniforme que identificase la nacionalidad del caído y volvían a la línea con los camilleros. Éstos al observar el pedazo decidían si adentrarse o no para recoger al herido. Los camilleros eran héroes anónimos pero tampoco estaban dispuestos a arriesgarse para nada. A menudo, si los perros no podían identificar al herido por el uniforme, le arrebataban un objeto que informase del bando al que pertenecía, una cantimplora, una gorra, el casco, etc.
Los principales contendientes (Francia, Reino Unido, Bélgica, Alemania) utilizaron perros para realizar tareas sanitarias, pero fue el ejército alemán el que reclutó para sus servicios sanitarios a más de 2.500 perros. Previamente a su incorporación al frente, los perros recibían un adiestramiento especializado, además de enseñarles a no reaccionar de forma negativa ante el contínuo martilleo de la artillería. Por eso y para evitarles un sufrimiento innecesario solían realizar misiones nocturnas aprovechando la calma de los frentes. Su agudizado sentido de la orientación y su impresionante olfato les capacitaban para la búsqueda en terrenos de muy difícil acceso y con poca visibilidad. Algunas fuentes calculan el número de heridos alemanes rescatados por canes en más de 8.000.

Fuentes:
"Dogs of the war that save the wounded: the Sanitätshunde". En Current history, april 1916, p. 138.
Dogs at war http://www.greatwardifferent.com/Great_War/Animals_at_War/Dogs_Text_01.htm

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