18 ago 2009

Galliéni, el hombre del Ourcq (y del Marne)


Joseph S. Galliéni (1849-1916)
General francés.

De familia militar, al finalizar sus primeros estudios militares en la Flèche fue acceptado en la prestigiosa academia militar de Saint Cyr en 1868. Eligió formar parte de la infantería de marina, de la cual fue nombrado subteniente en julio de 1870. En la guerra franco-prusiana se luchó con su unidad, el 3e Régiment d'Infanterie de Marine, en algunos episodios célebres como el de Bazèilles donde terminó siendo herido y finalmente capturado. Prisionero de los alemanes en septiembre de 1870, no volverá Francia hasta marzo de 1871. Dos años después será propuesto para el rango de teniente en el marco del 2e Régiment d'Infanterie de Marine.

A partir de este momento, su carrera tomó un giro colonial y ese mismo año fue destinado a la isla de Réunion. Permaneció allí hasta finales de 1876. Ávido de aventuras, se incorporó al cuerpo de los Tiralleurs senegalais en el Senegal donde formó parte de algunas de expediciones militares y de exploración geográfica. En 1878 fue ascendido a capitán. Su estrella siguió al alza. Se le confiaron tareas de representación diplomática, como la de 1880 en Mali donde logró establecer un protectorado francés, o la que realizó en Níger en 1881 para asegurar las relaciones comerciales con el Alto-Níger en lo que se ha denominado el Tratado de Nango. En 1886 ascendió a teniente coronel y se le nombró gobernador del Haut-Fleuve (Senegal). No fue un período fácil, Galliéni se vio obligado a negociar varios tratados y a reprimir insurrecciones indígenas. De vuelta a la metrópoli fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del cuerpo d'infantería de marina. Pero su estancia en Francia duró poco ya que en 1892 fue enviado a Tonkin (Indochina) al mando de una división con objeto de luchar contra la piratería y reforzar la presencia francesa en la zona hasta 1896.

Su buen hacer en asuntos coloniales le proporcionó ser nombrado gobernador general de Madagascar y al poco ascendido a general de brigada. Su periodo malgache se recordará por su firmeza ante las resistencias a la ocupación gala, pero también a su eficaz administración y por haber modernizado la isla durante sus ochos años de proconsulado. La recompensa a su buen hacer fue el generalato de división en 1899. En 1905 retornó definitivamente a Francia. A su llegada desempeñó diferentes cargos: gobernador militar de la región lionesa, comandante en jefe del 14º cuerpo de ejército y presidente del Comité consultatif de défense des colonies. En 1911 su culminación: se le propuso como futuro comandante en jefe de l'Armée, pero aduciendo razones personales declinó la oferta. Joseph Joffre ocupó ese lugar.

En abril de 1914 pasó a la reserva, pero el estallido de la guerra le volvió a situar otra vez en escena, y el 26 de agosto fue nombrado gobernador de la región militar de París. Su experiencia y templanza ante la adversidad del momento -el inexorable avance alemán y la marcha del gobierno a Burdeos entre otros- le permitieron organizar la defensa de la capital, así como tener un papel clave en la posterior batalla del Marne en septiembre de 1914. No en vano fue gracias a su visión y rapidez en el mando lo que permitió una pronta respuesta aliada a los errores tácticos alemanes. El éxito en la batalla del Ourcq, la antesala del Marne, fue completamente mérito suyo. Quizás el éxito de Joffre en el Marne fue seguir al pie de la letra lo que dictaba el sentido común, sin apenas cambiar una coma del guión prestablecido. En este punto y ante el papel preeminente que protagonizó Galliéni, Joffre decidió marginarlo para situarse él mismo como único y gran responsable del éxito aliado en el Marne.

A pesar de estas innecesarias -aunque comprensibles- maniobras, la historia fue honesta con él y lo acabó situando como lo que fue: el hombre del Marne. Galliéni pasó de puntillas por el altar de la gloria, incluso en el despacho de 1º de octubre de 1915 se empequeñeció su aportación al Marne, pero ese mismo mes, Briand decidió nombrarlo Ministro de la guerra. Galliéni no rechazó la responsabilidad, pero en los primeros combates de la recia batalla que se libraría durante toda la guerra entre la cúpula militar y circo político lo llevaron a desistir en marzo de 1916. Su enfermedad y su sobretodo el convencimiento de haber hecho todo lo humanamente posible por Francia le convencieron. Joseph Galliéni falleció en mayo de 1916 después de unas complicaciones post-operatorias. En 1921 y a título póstumo fue nombrado Mariscal de Francia.

Fuentes:

- Blanchon, G. Le genéral Galliéni. Paris : Bloud, 1915.
- Cladel, Judith. Le général Galliéni. Paris : Berger-Levrault, 1916.
- Galliéni, Joseph. Mémoires du Maréchal [...]. Paris : Payot, 1928.
- Gheusi, P.B. Galliéni. Paris : Société anonyme des imprimeries réunies, 1922.

10 ago 2009

Pierre Renouvin, La Première Guerre Mondiale

Al navegar por los tenebrosos mares de la historiografía francesa dedicada a la Grande Guerre un faro ilumina los peligrosos pasos entre Scylla y Caribdis, se trata de la figura de Pierre Renouvin. Estas tortuosas aguas fueron provocadas por los huracanados vientos del ensidioso revanchismo y del sectarismo oficial. Las heridas de la France todavía supuraban, pero de ahí a establecer un estricto "cordón sanitario" iba un mundo, en el caso de Renouvin recorrió un páramo.
Pierre Renouvin, de una formación titubeante en derecho pasó a su pasión inconfesable: los estudios históricos. De sólida formación, la Gran Guerra le truncó los estudios, y de pasó se le llevó un brazo en la tristemente famosa Chemin des Dames. A pesar del trauma, se doctoró al acabar la guerra. Al poco, el gobierno francés le pidió que elaborará un estudio sobre los orígenes de la guerra.
A base de estudiar el conflicto, Renouvin se consagró como uno, sino el mayor, especialista en Primera Guerra Mundial del panorama historiográfico francés. Juntamente con el estudio de la casuística de la guerra, Renouvin creó la Bibliothèque de documentation internationale contemporaine con los fondos documentales aportados por numerosos mecenas. Al poco de adentrarse en el laberinto del estallido de la guerra, se topó con la dura realidad: la petición del gobierno de estudiar las causas de la guerra respondía más a una intencionalidad política que al hecho de encontrar o buscar la verdad histórica.
En 1920 la cuestión de las reparaciones de guerra estaba sobre la mesa y el gobierno francés necesitaba un estudio científico que las avalase, al menor moralmente. Aún habiéndose percatado de la encerrona, fijó el fiel de su balanza en un estrado independiente fuera de las manipulaciones parciales. El resultado fue un impresionante examen a consciencia del mundo de las relaciones internacionales y de la diplomacia de la época pre-bélica.
Varias fueron las obras fruto de sus investigaciones. En esos años las que trataron exclusivamente la Gran Guerra fueron Les origines immédiates de la guerre : 28 juin-4 août 1914, de 1925 y La Crise européenne et la Grande guerre (1904-1918), de 1934. Ésta última, revisada y sintetizada, se convirtió en La Première guerre mondiale (PGM) de la famosa colección de conocimientos didácticos Que sais-je ? que acercaría la Gran Guerra a todos los públicos ya que la edición original de su Crise europénne contaba con más de 650 páginas, hecho que la alejaba de los neófitos o profanos en el conflicto.
Su Première guerre mondiale es fiel a su fuente, la Crise européenne. En un estilo completamente distinto pero con un mensaje claramente unívoco, Renouvin va dando cuenta de su visión del conflicto. Sin estridencias ni dogmatismos va tejiendo un discurso histórico casi implecable. Su síntesis no ahonda en datos superfluos, la misión de su librito es informar y desmitificar. Lo primero lo consigue al 100%, en lo segundo es más un intento. Aunque su concepción un tanto heterodoxa de l'École des Annales no aplaude el discurso marxista al completo, sí recoge su testigo de las Mentalités. Para el autor, el tema de las mentalidades es reverencial. Éstas se convierten en un sujeto histórico capaz de crear, bastir y construir todo una fenomenologia histórica, incluída la Gran Guerra.
Las primeras páginas del libro desbrozan el camino y las dudas que surgen al buscar los culpables del desastre. Éstos se hallan divididos en tres grupos: políticos y diplomáticos ; militares ; y la mentalidad de los pueblos. La conjunción e interrelación de estas tres mentalidades fue la que empujó al mundo al abismo. Claro que Renouvin se acuerda de nombrar algunos aspectos más sobresalientes: las negativas de los Imperios Centrales de entablar conversaciones antes de agosto de 1914, el empecinamiento austríaco en aplastar a Serbia, y otros detalles. Pero éstos son una excepción. El conjunto casuístico que expone es una mixtura de mentalidades y de tragedia griega. Evidentemente la narración y el desarrollo de los hechos acaecidos desde el asesinato del príncipe heredero Franz Ferdinand hasta las declaraciones de guerra se exponen de forma más amplia y perfectamente detalladas en La Crise, aún así la sintetización de la Première guerre mondiale es muy buena.
El recorrido cronológico está muy bien trenado, desde el estancamiento de 1915 pasando por el año de las grandes batallas de 1916 y los desastres de 1917. 1918 y los momentos finales de la guerra junto con los preparativos del Tratado de Versalles son tres de los momentos en que el autor está más lúcido. No es que en los capítulos anteriores no lo esté, pero la redacción sencilla y clara de los últimos capítulos es casi perfecta a pesar de las dificultades que supone un período tan convulso, sobretodo a la hora de explicarlo.
Renouvin no abandona nunca ese tono entre didáctico y docente. Es precisamente este didactismo el que adecúa perfectamente su obra para cualquier persona que quiera tomar contacto por primera o segunda vez con un conflicto tan denso y lleno de especifidades como es la Gran Guerra.
No hay sobrepoblación de datos ni estadísticas, tampoco de mapas o fotografías. Las grandes batallas son narradas desde la distancia, y como buena síntesis deja en el tintero lo que la historiografía llama escenarios menores. Así pues, son mínimos los comentarios a la guerra aérea o la naval. Realiza un par de incursiones a la guerra submarina para argumentar la entrada de los Estados Unidos en el conflicto o para detallar la falta de previsión de los mandos alemanes.
La obra de Renouvin, aún tratándose de un subproducto destinado a la divulgación, tiene sus curiosidades como cualquier creación humana. El historiador francés cae ligeramente a su banda de babor en todo lo que atañe a los esfuerzos militares en la guerra, o al menos en su significación histórica. Me explicaré mejor: la práctica totalidad de personas que conocen mínimamente la historia de la Primera Guerra Mundial sabrán, por ejemplo, que durante la batalla del Somme (1916) el peso primordial de la lucha lo llevaron a cabo las tropas británicas (entiendo por ello fuerzas militares del Reino Unido junto con las de algunos países miembros de los llamados dominios británicos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Índia). Pues bien, Renouvin tiene un pequeño descuido al mencionar esta participación ya que sólo recuerda brevemente la claramente menor participación francesa. Este pequeño detalle es una muestra de las derivas que demasiado a menudo tienen algunos autores reputados. Algún atento lector me corregirá - estará en su derecho - y me dirá que en la historiografía británica ocurre lo mismo. Yo le responderé que es cierto, sino más. Eso no excluye que se deba ir hacia la imparcialidad casi absoluta evitando dejar en el camino pequeñas muestras de un corregible olvido.
Por lo demás, la obrita de Renouvin se lee en un par de días y lo mejor: a los profanos los empuja a seguir interesándose por la Gran Guerra o incluso por adentrarse en la lectura de su gran obra, La Crise europénne et la Grande Guerre, 1904-1918, imprescindible para cualquier estudioso de la Gran Guerra, sin ningún lugar a dudas.
En este sentido, la Première guerre mondiale es un anticipo muy halagüeño.

Fuentes:

- PROST, A., Jay Winter. Penser la Grande Guerre - Un essai d'historiographie. Paris: Editions du seuil, 2004.

Versión digital de La Première Guerre Mondial de Pierre Renouvin.

6 ago 2009

Minas en el Mosa: la guerra fluvial en Verdun

 
No hay duda de que la batalla de Verdun fue uno de los peores durante la Gran Guerra, no sólo por la crueldad de la lucha sino por el simbolismo de la misma para ambos contendientes. El enemigo utilizó todos los medios a su alcance para aniquilar al adversario: artillería pesada en números hasta ahora desconocidos, gases mortales, lanzallamas, bombardeos aéreos selectivos y, minas acuáticas. Sí, la batalla de Verdun tuvo también su escenario acuático. Fue una batalla por tierra, río -el Mosa- y aire. La lucha hasta ahora poco conocida en Verdun, al menos por el que escribe, también tuvo su protagonismo en forma de sabotaje. El ejército alemán aprovechó su dominio en las partes más altas del río para lanzar a éste artefactos explosivos (minas) que perseguían destruir y aniquilar los puentes o estructuras que permitían el flujo de tropas francesas entre las dos orillas. El minado del Mosa respondía más a operaciones de hostigamiento que de un planteamiento estratégico en si. Fue Agustí Calvet (Gaziel), prestigioso periodista y escritor, el que durante su corresponsalía para La Vanguardia en Paris durante la Gran Guerra informó de ello. De sus múltiples crónicas para el diario - fervientemente acogidas por el público -, la editorial Estudio decidió aglutinarlas en forma de libro. Es precisamente en uno de esos libros, El Año de Verdun (1916), en el que se informa de esta peculiar forma de guerrear del ejército alemán en Verdun.
El pasaje en el que se menciona el episodio de la mina es este:
 
"Media hora después de abandonar la carretera de Bar-le-Duc a Verdun, y de habernos introducido por la soledad de un estrecho sendero [...] llegamos a las orillas del Mosa. Sobre la corriente del río están tendidos seis puentes paralelos de barcas.[...] Pasamos a la otra orilla, andando sobre uno de los puentes, y al tocar en ella suena explosión formidable, ensordecedora. Los montes que cierran a ambos lados el cauce del río, retumban sacudidos por la conmoción del aire. Volvemos, de instinto, los ojos hacia el lugar donde sonó el estampido, y divisamos un chorro gigantesco de agua brotando del fondo del cauce, a doscientos pasos de nosotros, en medio de un tranquilo remanso entre los innumerables que el Mosa forma por aquellos parajes. La tromba se levanta a una altura prodigiosa, y luego cae en peso, desplomada, salpicándonos el rostro de rocío. Todo vuelve a su aspecto primero. Los excursionistas nos miramos con inquietud. Ninguno de los soldados esparcidos por ambas orillas parece fijarse siquiera en el raro fenómeno. ¿Se tratará de una granada alemana? Nuestro guía nos explica el suceso. Lo que acaba de reventar en el agua no es una granada, sino una mina. El enemigo, que está instalado más arriba del curso del Mosa, en las cercanías de la selva de Apremont, acostumbra a lanzar de tiempo en tiempo artefactos de esos, con la intención de desbaratar las comunicaciones entre ambas orillas del río. La corriente se encarga de empujar las minas flotantes, y de empujarlas hacia Verdun. Pero los franceses han dispuesto, para librarse de ellas, una suerte de barreras, diques y pontazgos, contra los cuales las minas vienen a estallar inútilmente. Estas vallas están compuestas de series paralelas de estacas, empotradas en el lecho del río o flotando sobre la superfície, unidas entre sí por fuertes alambradas a manera de jarcias, que sostienen un muro de sacos atiborrados de arena. Los soldados no hacen caso ya de esos alarmantes fenómenos que la explosión de las minas producen, porque menudean de continuo. De suerte que, al cabo de unas cuantas explosiones consecutivas y espaciadas, los soldados se dicen: "Si el enemigo no miente, debe estar ya por caer la suspirada hora del almuerzo"..."
 
Gaziel. El Año de Verdún (1916). Barcelona : Estudio, 1918, pp. 22-23.

28 jul 2009

Churchill y la intervención norteamericana en la Gran Guerra


Afirmar que Sir Winston Churchill fue todo un animal político es tanto como decir que la rueda gira o que el agua moja. Cuando se habla de Churchill nadie queda indiferente. Este político británico vivió siempre aposentado en el ojo del huracán histórico, y tanto en los anales de la política como de la diplomacia permanecen sus citas como recurrente fuente de inspiración para los políticos y politólogos de hoy día y de generaciones futuras. Para bien y para mal, claro. Uno de los episodios menos conocidos sobre su pensamiento respecto al final de la Gran Guerra tuvo que ver la participación de los Estados Unidos a finales de la misma. Tan controvertidas fueron sus declaraciones a un diario norteamericano, The New York Enquirer, que el editor jefe Griffin y el mismo Churchill se enzarzaron en una agrio pleito para dirimir si sus declaraciones se habían o no producido. Después de diferentes fases en el proceso, en 1942 - seis años después de las supuestas declaraciones - Churchill reconoció haberlas efectuado.
El contenido de las declaraciones de Churchill eran sumamente incendiarias ya que culpaban de la situación política europea de aquel entonces (nazismo, fascismo, comunismo) a la intervención norteamericana en la Primera Guerra Mundial.Las declaraciones que realizó Sir Winston Churchill en agosto de 1936 al New York Enquirer fueron las siguientes:

"America should have minded her own business and stayed out of the World War. If you hadn't entered the war the Allies would have made peace with Germany in the Spring of 1917. Had we made peace then there would have been no collapse in Russia followed by Communism, no breakdown in Italy followed by Fascism, and Germany would not have signed the Versailles Treaty, which has enthroned Nazism in Germany. If America had stayed out of the war, all these 'isms' wouldn't today be sweeping the continent of Europe and breaking down parliamentary government - and if England had made peace early in 1917, it would have saved over one million British, French, American, and other lives."

Traducción:

"América debería haberse metido en sus propios asuntos y permanecer fuera de la I Guerra Mundial. Si no hubierais entrado en la guerra los aliados podríamos haber llegado a una paz con Alemania en la primavera de 1917. Habríamos alcanzado la paz sin que hubiera llegado a producirse la Revolución Comunista en Rusia ni el fascismo en Italia. Alemania no habría firmado el Tratado de Versalles, que alentó el nazismo en Alemania. Si América hubiera permanecido fuera de la guerra, todos estos 'ismos' no habrían triunfado en el continente europeo acabando con el gobierno parlamentario, e Inglaterra habría logrado la paz en primavera de 1917, salvando a más de un millón de ingleses, franceses, americanos y muchos otros."

Churchill, a mi juicio, pecó en sus declaraciones. No por sinceridad sino por los tempos. Cierto que la intervención norteamericana en la Gran Guerra fue episódica a nivel militar, pero su papel como suministradora de capitales y de materiales la hicieron indispensable a todas luces para decantar la balanza ganadora del lado aliado. Los mandos franceses y algunos británicos esperaban la llegada de los americanos como agua de mayo, no sólo para ganar la guerra a nivel material, sino a nivel moral. No es posible entender los movimientos u ofensivas militares de mediados de 1917 hasta el final de la guerra sin el horizonte de la llegada de efectivos norteamericanos. Las operaciones que abarcan de la 3a batalla de Ypres (Passchendaele), verano de 1917, hasta las triunfantes ofensivas alemanas de 1918 tienen como motivo la futura intervención norteamericana. Los británicos denuedan esfuerzos para conseguir doblegar a los alemanes antes de que los americanos lleguen y marquen los tempos de la paz, y los alemanes preveyendo el desembarco más que masivo de material humano y de armamento se la quieren jugar a la última carta. Ambas opciones fracasaron, y llegó la paz y después de ésta un tratado.
Quizás no fue la paz que Churchill deseaba, pero cuál quería él??
Hubiese evitado la vorágine política posterior?
Como el resto de ucronías vivirá en el reino de los Ýsies.

22 jul 2009

Sanitäthunde: los perros de la Cruz Roja en la Gran Guerra


La Gran Guerra tuvo el dudoso privilegio de convertirse en el truculento escaparate por el que transitaron los peores y más mortíferos inventos que la industria fue capaz de poner al servicio del hombre para eliminar a su semejante de la forma más rápida y productiva posible. La aparición del gas venenoso, la plena expansión de la ametralladora, el lanzallamas, el tanque , etc... son los vástagos de la Primera Guerra Mundial. Pero no sólo empleó la técnica. El hombre, para la hecatombe, reclutó a otras especies para su propia empresa de muerte. Caballos, asnos, palomas y perros fueron utilizados para realizar diferentes tareas y quehaceres, desde el envío aéreo de mensajes hasta el contínuo transporte de artillería y cocinas móviles por todo el frente de batalla. De estas especies, la más polifacética fue la de los perros. Se les usó para enviar mensajes desde los cuarteles generales hasta los puestos de mando en el frente, para vigilar en los puestos de centinelas, para transportar ametralladoras o incluso cañones de pequeño calibre como en el ejército belga, aprovisionar de munición a las posiciones avanzadas, rastrear minas e incluso fueron empleados como fuerza de choque en algunas escaramuzas con el ejército turco. Sin embargo, el trabajo más meritorio lo realizaron en los servicios sanitarios. Los perros destinados a unidades sanitarias tenían como misión principal el rescate y localización de heridos en la temida Tierra de nadie después de los combates. No siempre se cumplían la principales normas de humanidad - cómo iban a cumplirse !!!! - y las treguas para recoger a los caídos fueron desapareciendo a medida que fue avanzando el conflicto. La búsqueda y rescate de los heridos se solía realizar de noche durante los pocos intervalos de tranquilidad que se otorgaban los contendientes. Bajo el amparo de la noche, los perros, ataviados de chalecos con la cruz roja, y acompañados de otros héroes anónimos, los camilleros, se adentraban en el siniestro campo de muerte para localizar a aquellos soldados que daban señales de vida, que agonizaban llamando a sus seres queridos o que lanzaban insultos contra sus propios compañeros por no socorrerles.
El trabajo de los canes era el de localizar en el terreno a los heridos susceptibles de ser transportados a un puesto de socorro. Los perros se adentraban en la abrupta y destrozada Tierra de nadie, cuando localizaban a un supuesto herido (sabían diferenciar los muertos de los vivos) le arrencaban un pedazo del uniforme que identificase la nacionalidad del caído y volvían a la línea con los camilleros. Éstos al observar el pedazo decidían si adentrarse o no para recoger al herido. Los camilleros eran héroes anónimos pero tampoco estaban dispuestos a arriesgarse para nada. A menudo, si los perros no podían identificar al herido por el uniforme, le arrebataban un objeto que informase del bando al que pertenecía, una cantimplora, una gorra, el casco, etc.
Los principales contendientes (Francia, Reino Unido, Bélgica, Alemania) utilizaron perros para realizar tareas sanitarias, pero fue el ejército alemán el que reclutó para sus servicios sanitarios a más de 2.500 perros. Previamente a su incorporación al frente, los perros recibían un adiestramiento especializado, además de enseñarles a no reaccionar de forma negativa ante el contínuo martilleo de la artillería. Por eso y para evitarles un sufrimiento innecesario solían realizar misiones nocturnas aprovechando la calma de los frentes. Su agudizado sentido de la orientación y su impresionante olfato les capacitaban para la búsqueda en terrenos de muy difícil acceso y con poca visibilidad. Algunas fuentes calculan el número de heridos alemanes rescatados por canes en más de 8.000.

Fuentes:
"Dogs of the war that save the wounded: the Sanitätshunde". En Current history, april 1916, p. 138.
Dogs at war http://www.greatwardifferent.com/Great_War/Animals_at_War/Dogs_Text_01.htm

10 jul 2009

Ludendorff de Correlli Barnett (The Swordbearers)


Barnett, Correlli. "Ludendorff" en The Swordbearers. London : Cassell, 2000. pp. 269-362.

Comencé el capítulo de Ludendorff del libro de C. Barnett The Swordbearers con la ilusión de aquel que poco o nada conoce sobre el biografiado excepto aquellos tópicos manidos y lanzados desde las trincheras de la historiografía oficial aliada. A estas alturas ya no me sorprende comprobar que los viejos tópicos, como los rockeros, nunca mueren. Tras un decepcionante comienzo, al acercarse a 1918 la cosa comenzó a ponerse interesante. Llegaron la desastrosa guerra submarina total, las luchas entre el canciller Bethmann-Hollweg y los militares, las supuestas peticiones de paz, y al poco se instauró la indisimulada dictadura militar que impusieron Ludendorff y la cara respetable del regimen, Hindenburg.
Una vez situados a finales de 1917 y examinando la grave situación interna alemana, agravada por el horizonte de masivas llegadas de tropas norteamericanas, Ludendorff y los think tanks del Oberste Heeresleitung (OHL) decidieron jugar su última carta. En este punto de la narración Barnett se crece, saca lo mejor de un texto histórico impecable, sin mácula. En las siguientes páginas se fraguan la ofensivas alemanas de la primavera de 1918, o lo que la historiografía ha dado en llamar la Kaiserschlacht o la batalla del Kaiser.
La disección que realiza Barnett de la Kaiserschlachtraya la perfección.
En primer lugar, el lector se encuentra de frente con unos argumentos desde la parte alemana inapelables, inevitables, de tragedia griega. Barnett lo define de varias maneras: última jugada, último cartucho... Ludendorff se juega el todo por el todo, sabe que después de esto no hay nada. Si fracasa la Operation Michael (así se llamó en términos militares) y sus vástagos (Mars, Valkirie, Georgette) todo se acabó. Lo extraordinario en el caso alemán es entender como un pueblo como éste puede llegar a ese punto que raya la extenuación y en el que los soldados apostados en las trincheras esperan con ardoroso deseo la mañana del 21 de marzo.
Durante el proceso de planificación de la ofensiva, Ludendorff está en su mundo. Su habitat natural: la sala de mapas entre cartas y partes meteorológicos. Ludendorff no lo hará solo. Tuvo cómplices. Lo acompañan en sendas reuniones de finales de 1917 los jefes de estados mayor Kuhl y Wetzell. Éstos abogan por la misma idea: la ofensiva total y final, pero difieren de Ludendorff en el dónde.
Barnett expone de forma soberbia el porqué de ambas opciones. Kuhl aboga por la zona de Verdun y St. Mihiel por el desgaste francés aparte de por la presencia de los bisoños norteamericanos. Wetzell se decanta claramente por la zona de Flandes, Ludendorff también se inclina por este sector. Sin embargo, sabe que se trata de una zona en la que el terreno juega de parte de los británicos. El barro y el tiempo lo asustan, lo previenen. Y al final se acaba decantando por asestar el gran golpe, el definitivo entre el 3r y 5º ejércitos británicos, en la zona del Somme situando el eje en Peronne. El 18º ejército comandado por von Hutier (el héroe de Riga) estará en el flanco derecho del ataque germano junto con el7º en reserva, el 17º al mando del principe Ruprecht atacará por la izquierda. El 2º ejército en el centro.
Barnett razona el porqué de estas decisiones. Incluso analiza y anticipa las razones del posterior fracaso. Analiza también los errores de concepción de unos y de otros, y los contrapone. Los británicos en las ofensivas caniculares de 1917 (Passchendaele) erraron en la estrategia y en la táctica aunque tenían perfectamente claros los objetivos de su ofensiva. Los alemanes, por el contrario, en la primavera de 1918 tienen el control absoluto de la táctica pero yerran clamorosamente en sus objetivos, no en los primeros pero sí en los definitivos que son los que cuentan. Resumiendo, Barnett explica perfectamente que los británicos en 1917 sabían lo qué querían pero no sabían como hacerlo. Tropezaron casi de forma idéntica en los errores de 1914, 1915, y 1916: falta de elasticidad en el mando, ataques frontales estáticos, bombardeo artillero exagerado que machacaba el terreno y eliminaba el factor sorpresa, etc. Lo único prácticamente novedoso era la aparición del tanque. Por contra, los alemanes - en parte por culpa de Ludendorff según Barnett - están cegados por el término. Creen en el golpe definitivo. Ludendorff sólo piensa en la separación entre los frentes británico y francés. Después del gran golpe ya se verá, pensó Ludendorff. Y ciertamente por el desarrollo posterior de la ofensiva así se desprende.
La ofensiva alemana del 21 de marzo es apabullante. Las líneas británicas son superadas y las tropas huyen casi en desbandada. El caos es prácticamente total. El 22 el ritmo será parecido, von Hutier sabe lo que se hace y su ejército continua la progresión hacia el sudoeste. El 5º ejército británico de Gough es una sombra, ya no existe. Haig acude suplicante a Pétain. Le pide que sitúe 20 divisiones francesas en el sector de Amiens. Pétain, fiel a su estilo, no se niega pero sólo le envia seis para reforzar la derecha británica. Pétain teme un golpe similar en la zona de la Champagne. Comienzan las primeras fisuras en el barco aliado. Como dice Barnett, el egoismo es el primer hijo de la crisis. A todo esto, Ludendorff exultante. El Kaiser se pasea, incluso, por Avesnes. El clima es de euforia. Nada hace predecir lo que era predecible: el cansancio de las tropas alemanas, graves problemas de transporte y la falta de alimentos y munición frenarán la ofensiva. La logística alemana no pudo seguir el ritmo de sus tropas. Y así fue, la ofensiva día a día se fue marchitando y por el 28 las tropas alemanas fueron frenadas. El avance había sido espectacular, pero sólo había sido eso: un gran avance, nada más. Barnett disecciona en este punto los errores del mando. Acusa a Ludendorff de improvisar los objetivos ulteriores como si estos fuesen a aparecer de la nada. Lo tilda de inconstante por no proseguir o otorgar más poder a von Hutier y su gran golpe de mano. El autor llega a sugerir que de haber puesto todas las reservas en el ejército 18º de von Hutier el resultado quizás hubiese otro. Pero en cambio Ludendorff desperdigó y malgastó las reservas en cubrir más extensión de terreno. Él mismo debilitó el ataque. Afirma que si el día 23 hubiese puesto todas las reservas en un punto, el resultado de la ofensiva hubiese sido otro. Por la parte psicológica, Barnett carga contra Ludendorff acusándolo de inestable e incoherente. No sólo por sus errores de índole militar, sino por su actitud ulterior ante el fracaso. Cita numerosos testimonios de proximidad como Lossberg, Hindenburg, etc. para describir a un hombre deshecho ante el fracaso. Incapaz de reaccionar ante la derrota que acaece a partir del 18 de julio cuando comienza a haber claros signos de descomposición en las filas alemanas.
Barnett compara en más de una ocasión a Ludendorff con la figura Hitler. Lo hace sobretodo para subrayar la testarudez en la defensa de posiciones indefendibles e inútiles de sostener como Stalingrado. En este caso, recurre al testimonio del general Lossberg - especialista en sistemas defensivos - para acusar a Ludendorff de ceguera ante el necesario repliegue alemán. Repliegue que retardó a la espera de una reacción que jamás llegó. Y que de haberse llevado a cabo en el momento que se lo sugirió Lossberg la resistencia alemana hubiese sido otra, más eficaz.
Barnett no descansa, fustiga a Ludendorff hasta el final. Narra sus discusiones con Hindenburg, la pérdida de confianza del Kaiser Wilhelm II, las jugarretas que le juega al príncipe Max de Baden con las negociaciones de paz, etc. Para el mismo Ludendorff, lo expresa en sus memorias, el principio del fin es el 18 de julio con la contraofensiva francesa de Villers-Cotterets a manos de Mangin. Elucubrará otros golpes de mano, pero más como gesto que como solución a un fin irreversible.
Sólo para concluir, dos últimas menciones.
La una dedicada a la exquisita redacción de los hechos históricos. Existe un perfecto equilibrio en el discurso histórico entre dato y testimonio. La redacción de Barnett deja poco margen a la duda respecto a la personalidad del personaje que si bien no es dogma de fe, bien puede sentar las bases para posterior estudio. Otras referencias pueden ser quizás más discutibles, como las que hace al derrotismo final de Pétain o a la mejora táctica de Haig hacia el final de la guerra. Pero este no es el lugar para discutirlas. La postrera consideración es de tipo personal y absolutamente subjetiva como el resto de la reseña pero sin la misma intencionalidad: recomiendo vehemente la lectura de este capítulo así como el resto del libro.
Muy bueno, rayando la excelencia.

2 jul 2009

Casco Adrian (modèle 1915)


El estallido de la Gran Guerra no sorprendió a los Estados mayores de los diferentes ejércitos, ni tampoco a las cancillerías o diplomacias de las potencias en lucha, pero a buen seguro sí lo hizo con los responsables de los ejércitos contendientes. Los más desprevenidos quizás fueron los de l'Armée française. En agosto de 1914, los soldados franceses marcharon a la guerra entre vítores y marchas pero sus uniformes eran prácticamente los mismos que usaron sus abuelos durante las guerras napoléonicas casi un siglo antes. Los uniformes de color azul marino y rojo escarlata resultaban del todo obsoletos para el nuevo tipo de guerra que se avecinaba.
La guerra corta se alargó, y la Navidad se pasó en los gélidos frentes del este y oeste europeo. Las trincheras se convirtieron en incómodas moradas, pero esto era sólo el principio de una pesadilla de cuatro interminables años. Había nacido la guerra industrial. La cesura de la modernidad fue implacable. La Humanidad se dió de bruces con su propio Leviathan. En términos militares, las antiguallas fueron superadas por los signos de los tiempos: y el viejo képis azul con ribetes rojos sucumbió por su propio peso. Su presencia en el campo de batalla era hilarante, casi ridícula en un conflicto donde la artillería y su mortífera eficiencia marcaban los tempos de una sinfonía de violencia. Los uniformes de l'Armée y sus guapos soldaditos eran lindos de ver en un desfile, pero para nada más. El estancamiento fue un aviso y la guerra de posiciones dió paso al infierno de la zanja y la trinchera. La miseria de la guerra subía un peldaño más. Las cargas de caballería dejaron paso a la destrucción masiva a cargo de la artillería pesada, y los efectos no se hicieron esperar: las bajas en las ejércitos augmentaron de forma exponencial. Los inhumanos destrozos que producían la artillería y sus diabólicos inventos eran estremecedores. Según cálculos expertos, cerca de tres cuartas partes de las bajas eran producidas por lesiones o heridas en la cabeza. Nueve de cada diez heridos en la cabeza morían. Se imponía un reflexión: cualquier esquirla o trozo de metralla, o incluso, cualquier pedazo de tierra o piedra podía tener efectos funestos si alcanzaba alguna parte de la cabeza desprotegida o cubierta con un simple képis de ropa. A muy poca distancia se podía decir lo mismo del débil pickelhause alemán.
El tema se puso sobre la mesa y una de las primeras conclusiones a las que llegó el Alto Estado mayor francés, a parte de las escasez de proyectiles, fue la de cubrir la cabeza de sus soldados de una forma más segura y eficaz. Uno de las encargados de llevar a cabo el estudio, Louis Auguste Adrian, director de l'Intendance au Ministère de la guerre francés propuso una solución al problema. La primera de sus iniciativas consistió en idear y fabricar una pequeña coraza metálica de forma ovalada. El prototipo de casco tenía unos 0,5 mm de espesor e iba situado por debajo del képis. Esta protección cubría la parte superior del cráneo hasta la altura de las sienes. Su inventor la bautizó con el ocurrente nombre de cervelière, aunque fue conocido también como la Bourguinotte Adrian. De este artefacto se acabaron fabricando unas 700.000 unidades. Los resultados, sin embargo, no fueron los esperados. En febrero de 1915, el Alto Mando se propuso encontrar la solución definitiva. Aprovechando las ideas y avances de Adrian, se decidió estudiar la fabricación e implantación de un casco metálico.
Adrian mejoró sus diseños en forma de una protección más completa y envolvente. Tambien hubo otras opciones o trabajos como el proyecto Detaille o la Batterie de Vincennes, pero su diseño fue el elegido para equipar a las tropas francesas. A parte de cuestiones ergonómicas, Adrian pensó en los procesos de producción con el fin de facilitar al máximo la fabricación en tiempos de guerra, para ello contó con la ayuda de Louis Kuhn, jefe de producción de la fábrica de Japy. Se calcula que su coste en moneda de la época era de unos cinco o seis francos de 1915. Las primeras unidades del casco Adrian salieron de la fábrica de Japy en abril de 1915. No fue hasta junio que Adrian lo presentó en sociedad. El casco Adrian recibió la bendición y se ordenó la fabricación de más de millón y medio de unidades para ese mismo junio, pero no fue hasta inicios de otoño que se distribuyeron masivamente. El primer año se fabricaron más de siete millones. Aunque se trataba de un casco ciertamente endeble, un grosor de plancha de acero de 0,7 milimetros y peso medio de 700 gramos, el Adrian modèle 1915 tuvo tal éxito que diversas naciones pidieron a Francia unidades para sus respectivos ejércitos.
El casco Adrian, modèle 1915, estaba compuesto de cuatro piezas. En la parte superior del casco (bóveda) iba fijada una cresta (cimera) metálica a través de cuatro remaches. Debajo de la cimera iban situadas unas ranuras de aireación. La visera, parte delantera, y el cubrenucas, parte posterior, se unían por soldadura de puntos o por remaches, dependiendo de la fecha de fabricación. La unión de ambas piezas evolucionó durante la guerra. Durante el año 1915 se unían mediante soldadura, pero después se unían mediante dos remaches superpuestos en los flancos del casco. En la parte delantera de la bóveda, encima de la visera, se colocaba la insigna del cuerpo a la que pertenecía el soldado. En los primeros tiempos iba pintada pero luego se sustituyó por una insignia metálica. Cada cuerpo de l'Armée tenía su propio distintivo en el casco. Los primeros cascos fueron destinados a los cuerpos de infantería e ingenieros. No fue hasta 1916 que se crearon las insignias para la artillería, las tropas coloniales, las africanas, las de los chasseurs o cazadores y el servicio sanitario. Cada uno de estos cuerpos llevaba una insignia distintiva. Incluso la gendarmería acabó teniendo una propia. La guarnición (forro o interior) del casco tuvo dos variantes. La más primitiva, consistía en un forro de cuero segmentado en siete lenguetas unidas por una correa igualmente de piel. El forro iba fijado al casco mediante ocho enganches o grapas metálicas y aislado del casco por un aluminio ondulado. El segundo tipo de guarnición varió del primero en su composición ya que eran siete pedazos de piel unidos mediante un hilo, pero que no formaban un todo uniforme sino que iban enganchados a la parte metálica del casco mediante grapas. El ahorro en piel estaba detrás de este nuevo diseño. El color de la guarnición también varió de un modelo a otro. El barboquejo sufrió modificaciones, aunque menores. Se trataba de una simple tira de piel de caballo (evitaba la deformación por la humedad) que iba asida a dos presillas en los dos extremos del casco y con un hebilla de bucle. La longitud del barboquejo variaba según la talla del casco. Aunque se podía reglar según el tamaño. Lo que varió fue el tipo de fijación al casco. En el caso de los oficiales, a menudo el barboquejo no era una simple cinta, a veces estaba trenzada. El Adrian 1915 disponía de tres tallas, de la A a la C, y luego 9 subtallas. Sobre el color del casco también hubo pequeñas modificaciones. Al principio, el color del casco era de un azul tirando a marino abrillantado, lo cual lo convertía en un blanco demasiado visible. Al poco se optó por rebajar el color azul a un tono más suave y convertirlo en un mate menos llamativo. El color definitivo se llamó bleu horizon o bleu artillerie, más acorde con el nuevo uniforme de campaña. A su vez, las tropas coloniales llevaban pintado el casco de un color khaki, los franceses lo llamaron moutarde (mostaza), como sus uniformes.

Fuentes: Tavard, Christian Henry. Casques et coiffures militaires français. Paris : J. Grancher, 1981.
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