28 jul 2009

Churchill y la intervención norteamericana en la Gran Guerra


Afirmar que Sir Winston Churchill fue todo un animal político es tanto como decir que la rueda gira o que el agua moja. Cuando se habla de Churchill nadie queda indiferente. Este político británico vivió siempre aposentado en el ojo del huracán histórico, y tanto en los anales de la política como de la diplomacia permanecen sus citas como recurrente fuente de inspiración para los políticos y politólogos de hoy día y de generaciones futuras. Para bien y para mal, claro. Uno de los episodios menos conocidos sobre su pensamiento respecto al final de la Gran Guerra tuvo que ver la participación de los Estados Unidos a finales de la misma. Tan controvertidas fueron sus declaraciones a un diario norteamericano, The New York Enquirer, que el editor jefe Griffin y el mismo Churchill se enzarzaron en una agrio pleito para dirimir si sus declaraciones se habían o no producido. Después de diferentes fases en el proceso, en 1942 - seis años después de las supuestas declaraciones - Churchill reconoció haberlas efectuado.
El contenido de las declaraciones de Churchill eran sumamente incendiarias ya que culpaban de la situación política europea de aquel entonces (nazismo, fascismo, comunismo) a la intervención norteamericana en la Primera Guerra Mundial.Las declaraciones que realizó Sir Winston Churchill en agosto de 1936 al New York Enquirer fueron las siguientes:

"America should have minded her own business and stayed out of the World War. If you hadn't entered the war the Allies would have made peace with Germany in the Spring of 1917. Had we made peace then there would have been no collapse in Russia followed by Communism, no breakdown in Italy followed by Fascism, and Germany would not have signed the Versailles Treaty, which has enthroned Nazism in Germany. If America had stayed out of the war, all these 'isms' wouldn't today be sweeping the continent of Europe and breaking down parliamentary government - and if England had made peace early in 1917, it would have saved over one million British, French, American, and other lives."

Traducción:

"América debería haberse metido en sus propios asuntos y permanecer fuera de la I Guerra Mundial. Si no hubierais entrado en la guerra los aliados podríamos haber llegado a una paz con Alemania en la primavera de 1917. Habríamos alcanzado la paz sin que hubiera llegado a producirse la Revolución Comunista en Rusia ni el fascismo en Italia. Alemania no habría firmado el Tratado de Versalles, que alentó el nazismo en Alemania. Si América hubiera permanecido fuera de la guerra, todos estos 'ismos' no habrían triunfado en el continente europeo acabando con el gobierno parlamentario, e Inglaterra habría logrado la paz en primavera de 1917, salvando a más de un millón de ingleses, franceses, americanos y muchos otros."

Churchill, a mi juicio, pecó en sus declaraciones. No por sinceridad sino por los tempos. Cierto que la intervención norteamericana en la Gran Guerra fue episódica a nivel militar, pero su papel como suministradora de capitales y de materiales la hicieron indispensable a todas luces para decantar la balanza ganadora del lado aliado. Los mandos franceses y algunos británicos esperaban la llegada de los americanos como agua de mayo, no sólo para ganar la guerra a nivel material, sino a nivel moral. No es posible entender los movimientos u ofensivas militares de mediados de 1917 hasta el final de la guerra sin el horizonte de la llegada de efectivos norteamericanos. Las operaciones que abarcan de la 3a batalla de Ypres (Passchendaele), verano de 1917, hasta las triunfantes ofensivas alemanas de 1918 tienen como motivo la futura intervención norteamericana. Los británicos denuedan esfuerzos para conseguir doblegar a los alemanes antes de que los americanos lleguen y marquen los tempos de la paz, y los alemanes preveyendo el desembarco más que masivo de material humano y de armamento se la quieren jugar a la última carta. Ambas opciones fracasaron, y llegó la paz y después de ésta un tratado.
Quizás no fue la paz que Churchill deseaba, pero cuál quería él??
Hubiese evitado la vorágine política posterior?
Como el resto de ucronías vivirá en el reino de los Ýsies.

22 jul 2009

Sanitäthunde: los perros de la Cruz Roja en la Gran Guerra


La Gran Guerra tuvo el dudoso privilegio de convertirse en el truculento escaparate por el que transitaron los peores y más mortíferos inventos que la industria fue capaz de poner al servicio del hombre para eliminar a su semejante de la forma más rápida y productiva posible. La aparición del gas venenoso, la plena expansión de la ametralladora, el lanzallamas, el tanque , etc... son los vástagos de la Primera Guerra Mundial. Pero no sólo empleó la técnica. El hombre, para la hecatombe, reclutó a otras especies para su propia empresa de muerte. Caballos, asnos, palomas y perros fueron utilizados para realizar diferentes tareas y quehaceres, desde el envío aéreo de mensajes hasta el contínuo transporte de artillería y cocinas móviles por todo el frente de batalla. De estas especies, la más polifacética fue la de los perros. Se les usó para enviar mensajes desde los cuarteles generales hasta los puestos de mando en el frente, para vigilar en los puestos de centinelas, para transportar ametralladoras o incluso cañones de pequeño calibre como en el ejército belga, aprovisionar de munición a las posiciones avanzadas, rastrear minas e incluso fueron empleados como fuerza de choque en algunas escaramuzas con el ejército turco. Sin embargo, el trabajo más meritorio lo realizaron en los servicios sanitarios. Los perros destinados a unidades sanitarias tenían como misión principal el rescate y localización de heridos en la temida Tierra de nadie después de los combates. No siempre se cumplían la principales normas de humanidad - cómo iban a cumplirse !!!! - y las treguas para recoger a los caídos fueron desapareciendo a medida que fue avanzando el conflicto. La búsqueda y rescate de los heridos se solía realizar de noche durante los pocos intervalos de tranquilidad que se otorgaban los contendientes. Bajo el amparo de la noche, los perros, ataviados de chalecos con la cruz roja, y acompañados de otros héroes anónimos, los camilleros, se adentraban en el siniestro campo de muerte para localizar a aquellos soldados que daban señales de vida, que agonizaban llamando a sus seres queridos o que lanzaban insultos contra sus propios compañeros por no socorrerles.
El trabajo de los canes era el de localizar en el terreno a los heridos susceptibles de ser transportados a un puesto de socorro. Los perros se adentraban en la abrupta y destrozada Tierra de nadie, cuando localizaban a un supuesto herido (sabían diferenciar los muertos de los vivos) le arrencaban un pedazo del uniforme que identificase la nacionalidad del caído y volvían a la línea con los camilleros. Éstos al observar el pedazo decidían si adentrarse o no para recoger al herido. Los camilleros eran héroes anónimos pero tampoco estaban dispuestos a arriesgarse para nada. A menudo, si los perros no podían identificar al herido por el uniforme, le arrebataban un objeto que informase del bando al que pertenecía, una cantimplora, una gorra, el casco, etc.
Los principales contendientes (Francia, Reino Unido, Bélgica, Alemania) utilizaron perros para realizar tareas sanitarias, pero fue el ejército alemán el que reclutó para sus servicios sanitarios a más de 2.500 perros. Previamente a su incorporación al frente, los perros recibían un adiestramiento especializado, además de enseñarles a no reaccionar de forma negativa ante el contínuo martilleo de la artillería. Por eso y para evitarles un sufrimiento innecesario solían realizar misiones nocturnas aprovechando la calma de los frentes. Su agudizado sentido de la orientación y su impresionante olfato les capacitaban para la búsqueda en terrenos de muy difícil acceso y con poca visibilidad. Algunas fuentes calculan el número de heridos alemanes rescatados por canes en más de 8.000.

Fuentes:
"Dogs of the war that save the wounded: the Sanitätshunde". En Current history, april 1916, p. 138.
Dogs at war http://www.greatwardifferent.com/Great_War/Animals_at_War/Dogs_Text_01.htm

10 jul 2009

Ludendorff de Correlli Barnett (The Swordbearers)


Barnett, Correlli. "Ludendorff" en The Swordbearers. London : Cassell, 2000. pp. 269-362.

Comencé el capítulo de Ludendorff del libro de C. Barnett The Swordbearers con la ilusión de aquel que poco o nada conoce sobre el biografiado excepto aquellos tópicos manidos y lanzados desde las trincheras de la historiografía oficial aliada. A estas alturas ya no me sorprende comprobar que los viejos tópicos, como los rockeros, nunca mueren. Tras un decepcionante comienzo, al acercarse a 1918 la cosa comenzó a ponerse interesante. Llegaron la desastrosa guerra submarina total, las luchas entre el canciller Bethmann-Hollweg y los militares, las supuestas peticiones de paz, y al poco se instauró la indisimulada dictadura militar que impusieron Ludendorff y la cara respetable del regimen, Hindenburg.
Una vez situados a finales de 1917 y examinando la grave situación interna alemana, agravada por el horizonte de masivas llegadas de tropas norteamericanas, Ludendorff y los think tanks del Oberste Heeresleitung (OHL) decidieron jugar su última carta. En este punto de la narración Barnett se crece, saca lo mejor de un texto histórico impecable, sin mácula. En las siguientes páginas se fraguan la ofensivas alemanas de la primavera de 1918, o lo que la historiografía ha dado en llamar la Kaiserschlacht o la batalla del Kaiser.
La disección que realiza Barnett de la Kaiserschlachtraya la perfección.
En primer lugar, el lector se encuentra de frente con unos argumentos desde la parte alemana inapelables, inevitables, de tragedia griega. Barnett lo define de varias maneras: última jugada, último cartucho... Ludendorff se juega el todo por el todo, sabe que después de esto no hay nada. Si fracasa la Operation Michael (así se llamó en términos militares) y sus vástagos (Mars, Valkirie, Georgette) todo se acabó. Lo extraordinario en el caso alemán es entender como un pueblo como éste puede llegar a ese punto que raya la extenuación y en el que los soldados apostados en las trincheras esperan con ardoroso deseo la mañana del 21 de marzo.
Durante el proceso de planificación de la ofensiva, Ludendorff está en su mundo. Su habitat natural: la sala de mapas entre cartas y partes meteorológicos. Ludendorff no lo hará solo. Tuvo cómplices. Lo acompañan en sendas reuniones de finales de 1917 los jefes de estados mayor Kuhl y Wetzell. Éstos abogan por la misma idea: la ofensiva total y final, pero difieren de Ludendorff en el dónde.
Barnett expone de forma soberbia el porqué de ambas opciones. Kuhl aboga por la zona de Verdun y St. Mihiel por el desgaste francés aparte de por la presencia de los bisoños norteamericanos. Wetzell se decanta claramente por la zona de Flandes, Ludendorff también se inclina por este sector. Sin embargo, sabe que se trata de una zona en la que el terreno juega de parte de los británicos. El barro y el tiempo lo asustan, lo previenen. Y al final se acaba decantando por asestar el gran golpe, el definitivo entre el 3r y 5º ejércitos británicos, en la zona del Somme situando el eje en Peronne. El 18º ejército comandado por von Hutier (el héroe de Riga) estará en el flanco derecho del ataque germano junto con el7º en reserva, el 17º al mando del principe Ruprecht atacará por la izquierda. El 2º ejército en el centro.
Barnett razona el porqué de estas decisiones. Incluso analiza y anticipa las razones del posterior fracaso. Analiza también los errores de concepción de unos y de otros, y los contrapone. Los británicos en las ofensivas caniculares de 1917 (Passchendaele) erraron en la estrategia y en la táctica aunque tenían perfectamente claros los objetivos de su ofensiva. Los alemanes, por el contrario, en la primavera de 1918 tienen el control absoluto de la táctica pero yerran clamorosamente en sus objetivos, no en los primeros pero sí en los definitivos que son los que cuentan. Resumiendo, Barnett explica perfectamente que los británicos en 1917 sabían lo qué querían pero no sabían como hacerlo. Tropezaron casi de forma idéntica en los errores de 1914, 1915, y 1916: falta de elasticidad en el mando, ataques frontales estáticos, bombardeo artillero exagerado que machacaba el terreno y eliminaba el factor sorpresa, etc. Lo único prácticamente novedoso era la aparición del tanque. Por contra, los alemanes - en parte por culpa de Ludendorff según Barnett - están cegados por el término. Creen en el golpe definitivo. Ludendorff sólo piensa en la separación entre los frentes británico y francés. Después del gran golpe ya se verá, pensó Ludendorff. Y ciertamente por el desarrollo posterior de la ofensiva así se desprende.
La ofensiva alemana del 21 de marzo es apabullante. Las líneas británicas son superadas y las tropas huyen casi en desbandada. El caos es prácticamente total. El 22 el ritmo será parecido, von Hutier sabe lo que se hace y su ejército continua la progresión hacia el sudoeste. El 5º ejército británico de Gough es una sombra, ya no existe. Haig acude suplicante a Pétain. Le pide que sitúe 20 divisiones francesas en el sector de Amiens. Pétain, fiel a su estilo, no se niega pero sólo le envia seis para reforzar la derecha británica. Pétain teme un golpe similar en la zona de la Champagne. Comienzan las primeras fisuras en el barco aliado. Como dice Barnett, el egoismo es el primer hijo de la crisis. A todo esto, Ludendorff exultante. El Kaiser se pasea, incluso, por Avesnes. El clima es de euforia. Nada hace predecir lo que era predecible: el cansancio de las tropas alemanas, graves problemas de transporte y la falta de alimentos y munición frenarán la ofensiva. La logística alemana no pudo seguir el ritmo de sus tropas. Y así fue, la ofensiva día a día se fue marchitando y por el 28 las tropas alemanas fueron frenadas. El avance había sido espectacular, pero sólo había sido eso: un gran avance, nada más. Barnett disecciona en este punto los errores del mando. Acusa a Ludendorff de improvisar los objetivos ulteriores como si estos fuesen a aparecer de la nada. Lo tilda de inconstante por no proseguir o otorgar más poder a von Hutier y su gran golpe de mano. El autor llega a sugerir que de haber puesto todas las reservas en el ejército 18º de von Hutier el resultado quizás hubiese otro. Pero en cambio Ludendorff desperdigó y malgastó las reservas en cubrir más extensión de terreno. Él mismo debilitó el ataque. Afirma que si el día 23 hubiese puesto todas las reservas en un punto, el resultado de la ofensiva hubiese sido otro. Por la parte psicológica, Barnett carga contra Ludendorff acusándolo de inestable e incoherente. No sólo por sus errores de índole militar, sino por su actitud ulterior ante el fracaso. Cita numerosos testimonios de proximidad como Lossberg, Hindenburg, etc. para describir a un hombre deshecho ante el fracaso. Incapaz de reaccionar ante la derrota que acaece a partir del 18 de julio cuando comienza a haber claros signos de descomposición en las filas alemanas.
Barnett compara en más de una ocasión a Ludendorff con la figura Hitler. Lo hace sobretodo para subrayar la testarudez en la defensa de posiciones indefendibles e inútiles de sostener como Stalingrado. En este caso, recurre al testimonio del general Lossberg - especialista en sistemas defensivos - para acusar a Ludendorff de ceguera ante el necesario repliegue alemán. Repliegue que retardó a la espera de una reacción que jamás llegó. Y que de haberse llevado a cabo en el momento que se lo sugirió Lossberg la resistencia alemana hubiese sido otra, más eficaz.
Barnett no descansa, fustiga a Ludendorff hasta el final. Narra sus discusiones con Hindenburg, la pérdida de confianza del Kaiser Wilhelm II, las jugarretas que le juega al príncipe Max de Baden con las negociaciones de paz, etc. Para el mismo Ludendorff, lo expresa en sus memorias, el principio del fin es el 18 de julio con la contraofensiva francesa de Villers-Cotterets a manos de Mangin. Elucubrará otros golpes de mano, pero más como gesto que como solución a un fin irreversible.
Sólo para concluir, dos últimas menciones.
La una dedicada a la exquisita redacción de los hechos históricos. Existe un perfecto equilibrio en el discurso histórico entre dato y testimonio. La redacción de Barnett deja poco margen a la duda respecto a la personalidad del personaje que si bien no es dogma de fe, bien puede sentar las bases para posterior estudio. Otras referencias pueden ser quizás más discutibles, como las que hace al derrotismo final de Pétain o a la mejora táctica de Haig hacia el final de la guerra. Pero este no es el lugar para discutirlas. La postrera consideración es de tipo personal y absolutamente subjetiva como el resto de la reseña pero sin la misma intencionalidad: recomiendo vehemente la lectura de este capítulo así como el resto del libro.
Muy bueno, rayando la excelencia.

2 jul 2009

Casco Adrian (modèle 1915)


El estallido de la Gran Guerra no sorprendió a los Estados mayores de los diferentes ejércitos, ni tampoco a las cancillerías o diplomacias de las potencias en lucha, pero a buen seguro sí lo hizo con los responsables de los ejércitos contendientes. Los más desprevenidos quizás fueron los de l'Armée française. En agosto de 1914, los soldados franceses marcharon a la guerra entre vítores y marchas pero sus uniformes eran prácticamente los mismos que usaron sus abuelos durante las guerras napoléonicas casi un siglo antes. Los uniformes de color azul marino y rojo escarlata resultaban del todo obsoletos para el nuevo tipo de guerra que se avecinaba.
La guerra corta se alargó, y la Navidad se pasó en los gélidos frentes del este y oeste europeo. Las trincheras se convirtieron en incómodas moradas, pero esto era sólo el principio de una pesadilla de cuatro interminables años. Había nacido la guerra industrial. La cesura de la modernidad fue implacable. La Humanidad se dió de bruces con su propio Leviathan. En términos militares, las antiguallas fueron superadas por los signos de los tiempos: y el viejo képis azul con ribetes rojos sucumbió por su propio peso. Su presencia en el campo de batalla era hilarante, casi ridícula en un conflicto donde la artillería y su mortífera eficiencia marcaban los tempos de una sinfonía de violencia. Los uniformes de l'Armée y sus guapos soldaditos eran lindos de ver en un desfile, pero para nada más. El estancamiento fue un aviso y la guerra de posiciones dió paso al infierno de la zanja y la trinchera. La miseria de la guerra subía un peldaño más. Las cargas de caballería dejaron paso a la destrucción masiva a cargo de la artillería pesada, y los efectos no se hicieron esperar: las bajas en las ejércitos augmentaron de forma exponencial. Los inhumanos destrozos que producían la artillería y sus diabólicos inventos eran estremecedores. Según cálculos expertos, cerca de tres cuartas partes de las bajas eran producidas por lesiones o heridas en la cabeza. Nueve de cada diez heridos en la cabeza morían. Se imponía un reflexión: cualquier esquirla o trozo de metralla, o incluso, cualquier pedazo de tierra o piedra podía tener efectos funestos si alcanzaba alguna parte de la cabeza desprotegida o cubierta con un simple képis de ropa. A muy poca distancia se podía decir lo mismo del débil pickelhause alemán.
El tema se puso sobre la mesa y una de las primeras conclusiones a las que llegó el Alto Estado mayor francés, a parte de las escasez de proyectiles, fue la de cubrir la cabeza de sus soldados de una forma más segura y eficaz. Uno de las encargados de llevar a cabo el estudio, Louis Auguste Adrian, director de l'Intendance au Ministère de la guerre francés propuso una solución al problema. La primera de sus iniciativas consistió en idear y fabricar una pequeña coraza metálica de forma ovalada. El prototipo de casco tenía unos 0,5 mm de espesor e iba situado por debajo del képis. Esta protección cubría la parte superior del cráneo hasta la altura de las sienes. Su inventor la bautizó con el ocurrente nombre de cervelière, aunque fue conocido también como la Bourguinotte Adrian. De este artefacto se acabaron fabricando unas 700.000 unidades. Los resultados, sin embargo, no fueron los esperados. En febrero de 1915, el Alto Mando se propuso encontrar la solución definitiva. Aprovechando las ideas y avances de Adrian, se decidió estudiar la fabricación e implantación de un casco metálico.
Adrian mejoró sus diseños en forma de una protección más completa y envolvente. Tambien hubo otras opciones o trabajos como el proyecto Detaille o la Batterie de Vincennes, pero su diseño fue el elegido para equipar a las tropas francesas. A parte de cuestiones ergonómicas, Adrian pensó en los procesos de producción con el fin de facilitar al máximo la fabricación en tiempos de guerra, para ello contó con la ayuda de Louis Kuhn, jefe de producción de la fábrica de Japy. Se calcula que su coste en moneda de la época era de unos cinco o seis francos de 1915. Las primeras unidades del casco Adrian salieron de la fábrica de Japy en abril de 1915. No fue hasta junio que Adrian lo presentó en sociedad. El casco Adrian recibió la bendición y se ordenó la fabricación de más de millón y medio de unidades para ese mismo junio, pero no fue hasta inicios de otoño que se distribuyeron masivamente. El primer año se fabricaron más de siete millones. Aunque se trataba de un casco ciertamente endeble, un grosor de plancha de acero de 0,7 milimetros y peso medio de 700 gramos, el Adrian modèle 1915 tuvo tal éxito que diversas naciones pidieron a Francia unidades para sus respectivos ejércitos.
El casco Adrian, modèle 1915, estaba compuesto de cuatro piezas. En la parte superior del casco (bóveda) iba fijada una cresta (cimera) metálica a través de cuatro remaches. Debajo de la cimera iban situadas unas ranuras de aireación. La visera, parte delantera, y el cubrenucas, parte posterior, se unían por soldadura de puntos o por remaches, dependiendo de la fecha de fabricación. La unión de ambas piezas evolucionó durante la guerra. Durante el año 1915 se unían mediante soldadura, pero después se unían mediante dos remaches superpuestos en los flancos del casco. En la parte delantera de la bóveda, encima de la visera, se colocaba la insigna del cuerpo a la que pertenecía el soldado. En los primeros tiempos iba pintada pero luego se sustituyó por una insignia metálica. Cada cuerpo de l'Armée tenía su propio distintivo en el casco. Los primeros cascos fueron destinados a los cuerpos de infantería e ingenieros. No fue hasta 1916 que se crearon las insignias para la artillería, las tropas coloniales, las africanas, las de los chasseurs o cazadores y el servicio sanitario. Cada uno de estos cuerpos llevaba una insignia distintiva. Incluso la gendarmería acabó teniendo una propia. La guarnición (forro o interior) del casco tuvo dos variantes. La más primitiva, consistía en un forro de cuero segmentado en siete lenguetas unidas por una correa igualmente de piel. El forro iba fijado al casco mediante ocho enganches o grapas metálicas y aislado del casco por un aluminio ondulado. El segundo tipo de guarnición varió del primero en su composición ya que eran siete pedazos de piel unidos mediante un hilo, pero que no formaban un todo uniforme sino que iban enganchados a la parte metálica del casco mediante grapas. El ahorro en piel estaba detrás de este nuevo diseño. El color de la guarnición también varió de un modelo a otro. El barboquejo sufrió modificaciones, aunque menores. Se trataba de una simple tira de piel de caballo (evitaba la deformación por la humedad) que iba asida a dos presillas en los dos extremos del casco y con un hebilla de bucle. La longitud del barboquejo variaba según la talla del casco. Aunque se podía reglar según el tamaño. Lo que varió fue el tipo de fijación al casco. En el caso de los oficiales, a menudo el barboquejo no era una simple cinta, a veces estaba trenzada. El Adrian 1915 disponía de tres tallas, de la A a la C, y luego 9 subtallas. Sobre el color del casco también hubo pequeñas modificaciones. Al principio, el color del casco era de un azul tirando a marino abrillantado, lo cual lo convertía en un blanco demasiado visible. Al poco se optó por rebajar el color azul a un tono más suave y convertirlo en un mate menos llamativo. El color definitivo se llamó bleu horizon o bleu artillerie, más acorde con el nuevo uniforme de campaña. A su vez, las tropas coloniales llevaban pintado el casco de un color khaki, los franceses lo llamaron moutarde (mostaza), como sus uniformes.

Fuentes: Tavard, Christian Henry. Casques et coiffures militaires français. Paris : J. Grancher, 1981.
http://www.cascoscoleccion.com/
http://www.world-war-helmets.com/fiches/Casque-Adrian-Mle-15.php

30 may 2009

La Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (II)

Viene de: La Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (I)



Con las tornas cambiadas, los australianos se encontraron defiendo posiciones muy precarias. La 1ª y 3º australianas resistieron y repelieron los contraataques alemanes por cuatro días. La artillería alemana se concentró sobre Pozières. El bombardeo artillero alemán fue terrible, sobretodo el día 26. Esa noche, la del 26 al 27 de julio tuvo lugar la llamada batalla de las granadas. Un épico y maratoniano combate a granada, de unas doce horas, entre las tropas australianas, ayudadas por las británicas, y las alemanas por hacerse con el control definitivo de la cresta de Pozières, el último y gran objetivo del mando aliado del sector, aparte de Mouquet farm y Thiepval más a lo lejos. Después de todas las penurias, las exhaustas tropas australianas fueron relevadas por la 2a división australiana el 27 de julio. La única forma de acabar con la presión alemana era capturar sus posiciones al norte de Pozières y la cresta.

Gough, presionado por Haig y por su propia impetuosidad, apremió al mando australiano - Legge - para que en la noche del 28 al 29 de julio, tropas de la 2a división atacasen a los alemanes en las llamadas antiguas líneas alemanas, las OGL2 (Old German Lines), paso previo para la cresta de Pozières. Fue un terrible y costoso fracaso: 3500 bajas. Una escasa preparación -Legge no era Walker-, la impaciencia en atacar y una especie de inútiles rampas que dejaban al descubierto a la infantería fueron las causas del desastre. Incluso la 7º brigada australiana tuvo que ser retirada debido a las enormes bajas. Cuentan las habladurías que el mismo Haig reprendió a Birdwood, el comandante en jefe del 1r ejército de las ANZAC. Sin embargo, en el diario de Haig apenas hubo una mención negativa hacia el comportamiento de los australianos. El mando no cedía en su empeño. Durante cuatro días las tropas de la 2a división australiana estuvieron atacando de forma desigual en dirección a la cresta. El 4 de agosto se reanudaron los combates, esta vez mejor preparados. Se decidió atacar al crepúsculo para evitar la negra noche y la falta de referencias en el ataque. El molino -o lo que quedaba de él- fue la principal. La 2a división logró capturarlo al día siguiente, así como las 2as. antiguas líneas alemana (OGL2). La cresta también cayó del lado australiano. A pesar del éxito, las bajas fueron espectaculares.

Los hombres de la 2a división fueron relevados por los de la 4a. Volvía a ser el turno de los alemanes. Bombardearon y machacaron el sector sin descanso y desde todas sus posiciones, incluso desde Thiepval. Las primeras líneas australianas formaban un peligro saliente, y sus bajas fueron enormes. Los alemanes no cesaron en contraatacar. El último intento lo llevaron a cabo al alba del 7 de agosto. Los alemanes consiguieron sortear en algunos puntos sus antiguas líneas donde ahora se refugiaban las tropas británicas pero algunas acciones puntuales consiguieron desbaratar el contraataque alemán. Los australianos resistieron en Pozières y a lo largo de toda la línea elevada de la cresta. No hubo más contraataques de importancia. Pozières significó el bautizo de sangre australiano en tierras europeas durante la Primera Guerra Mundial. No sería el último. El precio de la hazaña: cerca de 15.000 bajas. Pero Pozières no significó el primer baño de sangre, fue el inicio de una desconfianza y de resentimiento desde las filas australianas hacia las británicas. Gough, y Haig, fueron el objeto de duras acusaciones por parte de los altos mandos australianos por proseguir costosas ofensivas a un precio irrisorio en cuanto a ganancias estratégicas.

27 may 2009

Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.

Kennett, Lee. The First Air War: 1914-1918. Free pages, 1999.


Convencido de la necesidad de ilustrar mi completa ignorancia sobre el universo de la guerra aérea durante la Gran Guerra, me puse a buscar un compendio que abarcase mínimamente y de forma somera el tema. Cierto que es harto difícil encontrar un volumen donde toda esa información esté condensada, pero no por más difícil es imposible. Y comenzó la búsqueda hasta que dí con el libro que hoy reseño: The First Air War: 1914-1918 de Lee Kennett.
Debo decir que estaba vacunado de una lectura anterior, Aces high de A. Clark. Este libro, reseñado en el blog me proporcionó un acceso jocoso al mundo de los aviadores y de sus gestas durante la Gran Guerra pero también me acercó al maravilloso mundo de los gazapos agazapados. Clark comete algunos errores de los llamados de bulto.
Así pues, pensé que una buena forma de corregir los posibles errores sería dar con un libro serio y contrastado. Y así fue. El libro de Kennett es una obra seria, constratada e infalible. El autor es o era - lo desconozco - un especialista consumado en la historia de la aviación. Se nota. Deja de lado la pseudomitología romántica de caballeros y caballeretes del aire para estudiar a fondo temas poco tocados en otras obras como por ejemplo el desconocido origen de los bombardeos aéreos durante la Primera Guerra Mundial, el apasionante mundo de los observadores en globos cautivos, o los frentes aéreos de escenarios como el frente oriental u Oriente medio, entre otros. Estos temas pueden resultar de poco interés para el público ávido de aventuritas e historietas aéreas, pero lo que Kennett resalta en todo momento en su libro es que las luchas o justas aéreas entre ases de la aviación eran una pequeña parte de todo el conflicto aéreo y que éste se llevaba a cabo de muchas formas y gracias a cientos de personas anónimas que poblaban los campos de aviación y sus hangares. En este sentido, la obra no sólo es inmaculada sino que raya la excelencia.
Pero no todo son pros y parabienes. Desde un punto de vista subjetivo, el autor peca, en momentos, de excesivo academicismo. No se pierde en datos y estadísticas pero su estilo es demasiado encorsetado, rígido. Digámoslo claro, es aburrido. Es posible que el sufrido lector de esta reseña piense que no se le pueden pedir peras al olmo. Si se quieren historietas de batallitas con barones rojos y flying circus no se pueden tener tratados o estudios serios, dirán. Y en cierta manera es así, pero la historia - aunque algunas escuelas historiográficas piensen al contrario - la hacen y la escriben los grandes hombres. Aquellos que la gente suele llamar héroes. Y la Gran Guerra fue una enorme fábrica, sobretodo en el aire. Era un medio poco conocido que levantaba la admiración de los que los veían desde sus mugrientas y lodosas trincheras o los que se los imaginaban en casa al leer sus historias en los diarios. Pero hay lector !!! No busques en esta obra ases como Boelcke, Richthofen, Ball, Guynemer, Rickenbacker, Mannock, etc. Aparecen sí, pero desde su vertiente más profesional, dejando fuera la mística.
Kennett no bucea en los cientos o miles de testimonios sobre la cotidianidad o vida de estos personajes. En The First Air War sólo predomina la técnica, el mundo de la aviación deshumanizado. A Kennett sólo le interesa eso, o al menos así parece. Falta el factor humano y no es posible hablar de máquinas, a menudo ingobernables y al principio toscas y pedestres , sin la pericia y el arrojo de los hombres que las pilotaban.
Debe existir, ha de haber un libro en el que se narren las vivencias y experiencias de los ases de la Gran Guerra sin caer en el folletinismo o la prensa amarilla. Por eso continúo la búsqueda y durante la ruta encuentro obras como la de Kennett, que recomiendo para lectores aventajados y no amateurs como un servidor.
Muy recomendable.

22 may 2009

Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (I)

Batalla de Pozières, 23 de julio – 7 de agosto de 1916


La batalla de Pozières forma parte de la gran ofensiva aliada que tuvo lugar en la zona del Somme durante los meses de julio a noviembre de 1916. La ofensiva del Somme fue proyectada por el mando aliado como una operación que debía romper el frente alemán en la zona comprendida entre Thiepval-Pozières-Ginchy. En el ataque debían tomar parte unas 40 divisiones francesas y 25 británicas, pero los efectos de la batalla de Verdun redujeron a 22 divisiones la participación francesa. A pesar de que el Somme se convirtió casi exclusivamente en una operación británica, las divisiones francesas lograron notables éxitos.
En los planes del general británico Henry Rawlinson, las previsiones iniciales eran romper el frente y avanzar unos 4 kilómetros, en algunos puntos hasta la 2a línea alemana. Para ello, se programó un impresionante ataque artillero que comenzó una semana antes. En él se emplearon más de 400 piezas de artillería pesada y unas 1000 de artillería de campaña. El bombardeo finalizó poco antes de comenzar la ofensiva, el 1 de julio de 1916 a las 07.30 h de la mañana. Pero a pesar del impresionante bombardeo, las defensas alemanas quedaron en muchos puntos del frente intactas, y el factor sorpresa quedó anulado ya que un bombardeo de tanta duración e intensidad anticipaba un operación de gran envergadura con lo que el ejército alemán estaba advertido y refugiado en las preparadas trincheras y refugios de primera y segunda línea. Entre los numerosos objetivos del primer día estaba capturar la cresta y el pueblo de Pozières.
El ataque se llevó a cabo a lo largo de una línea de frente de unos 28 kilómetros y para ello, Haig decidió contar con unos 120.000 soldados del 4º ejército y con maniobras de distracción de unidades del 3º. Las previsiones fueron en extremo optimistas. El resultado fue un completo desastre. El 1r día del Somme fue un carnicería, la peor jornada en la historia del ejército británico. 60.000 bajas, de las cuales un tercio murieron. Aunque el mando británico prosiguió con su estricto plan, el estancamiento y la dispersión de los ataques provocaron que en la misma ofensiva, tuvieran lugar diferentes batallas. Y Pozières fue una de ellas.
Pozières y su famoso molino de viento ocupaban los terrenos más elevados de la cresta que iba de Thiepval a Ginchy. Al tratarse de posiciones elevadas eran la llave de la línea defensiva alemana en toda el área. La mínima, pero suficiente altitud (160 metros) les confería un excelente punto de observación sobre los movimientos británicos en todo el sector del Somme y por ello, se convirtió en una preciada presa para los mandos británicos. Formaba parte de la segunda línea defensiva alemana, aunque por su posición estaba en un punto más avanzado. La segunda línea alemana discurría desde el punto de Mouquet Farm al norte, luego pasaba justo por detrás del pueblo para girar luego al sur hacia Bazentin ridge y acabar en los pueblos de Bazentin le Petit y Longueval. Pozières se encontraba justo en el centro del sector del ataque británico, en la carretera que iba de Albert a Bapaume.
El desastroso inicio de la ofensiva 1º de julio provocó que los reiterados ataques del 4º ejército contra el sur de Pozières durante catorce días no tuvieron mucho éxito. Sin embargo, el 14 de julio, durante la batalla de Bazentin ridge - sur de Pozières - se produjeron una serie de avances. Estos éxitos aislados animaron a los mandos a proseguir con los ataques. Y le llegó el turno a Pozières.
Haig insistió y el 4º ejército lanzó cuatro infructuosos ataques, del 13 al 17. Pozières aguantó en manos alemanas, pero las bajas en ambos lados fueron terribles. La artillería británica había convertido Pozières en ruinas y cascotes, pero los alemanes resistían. Los británicos bombardearon incluso con gas fosgeno y lacrimógeno. Pero el mando británico insistía: la posición era clave. Por lo que la infantería británica intentó rodear el pueblo a través de la llamada "trinchera de Pozières", pero fue rechazada en varias ocasiones. Las tornas cambiaron el día 17.
Haig decidió que al Reserve Army, también llamado Gough's Army, se le uniese el 1º ejército australiano de las ANZAC, que aún se encontraba en el sector de Armentières. Pozières, a banda de las escaramuzas en el sector de Ovillers y Fromelles, iba a ser su bautismo de fuego en el frente occidental después de lo de Gallipoli. La 1ª división australiana atacaría al día siguiente, pero la total ausencia de preparativos obligó al comandante en jefe de la división, Harold Walker, a demorar el ataque hasta la noche del 22 al 23 de julio.
El ataque lo iniciaron la 1ª y 3ª brigadas australianas pasada la medianoche del 23.
Durante los primeros combates las aguerridas tropas australianas capturaron una parte de la trinchera de Pozières en la parte sureste del pueblo, logrando tomar también las vertientes opuestas a las afueras, al sur de Pozières. Mientras esto sucedía, tropas de las divisiones británicas 25, 34 y 48, acompañadas por un pequeña representación francesa, atacaron por el oeste del pueblo como maniobra de diversión. Ambas acciones permitieron a las fuerzas británicas desalojar a los alemanes del sector sudeste de Pozières, al norte de la antigua via romana.
Al suroeste del pueblo, los australianos conquistaron el temible búnker Gibraltar, el único punto fuerte que los terribles bombardeos no habían logrado destruir. Sobre las seis de la mañana buena parte de Pozières estaba en manos australianas. Los mandos británicos habían recibido informes de que la mayoría de tropas alemanas se habían retirado y que tan solo habían dejado francotiradores.
La historiografía militar australiana insiste en afirmar que se tomó el pueblo en una hora, pero no hay que olvidar que las tropas alemanas se retiraron a posiciones más seguras. Aún así, el mérito australiano es incuestionable. La 2ª brigada australiana, hasta ese momento en reserva, barrió las bolsas de resistencia. Las restantes tropas alemanas se retiraron al este del sector, tras las antiguas líneas alemanas. El objetivo final, la cresta estava a unos 180 metros del pueblo en dirección nordeste. Para ello se habían de sortear dos líneas atrincheradas. A pesar de estos avances, el desigual ritmo de algunas unidades australianas provocó que los contraataques alemanes las cogiesen de flanco y que las bajas fueran numerosas. La batalla por la cresta de Pozières ridge acababa de comenzar y ahora era el turno de los alemanes.

Continua en: Batalla de Pozières, 23 de julio - 7 de agosto de 1916 (II)

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